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Dossier //// 26.08.2021
Creo escuchar, una historia posible de Sanampay

Camila Bejarano es realizadora audiovisual y docente. Dirigió este documental sobre la trayectoria del grupo musical Sanampay integrado por argentinos residentes en México, entre ellos su padre, Eduardo Bejarano. Aquí nos cuenta algunos aspectos de este trabajo.  

Por Camila Bejarano Petersen

Un día tuve curiosidad. El viento neuquino impedía salir a jugar y en la exploración a través de los objetos que permitieran el juego, recordé la valija que guardaba las cosas de papá. Eduardo Bejarano era su nombre. Había muerto en Guadalajara a finales del 83`. Junto a la distancia que separaba el sur del sur en que yo ahora habitaba, del México soleado que casi era, a penas, una lejanía, estaba esa valija.  De marrón claro, conservaba algunas pocas cosas que eran sobre todo las huellas de su paso por este mundo, un relicario. Cuadernos con dibujos, partituras, unas corbatas graciosamente fuera de moda, una armónica, una agenda con fotos desperdigadas y anotaciones en lápiz negro. En ese camino de objetos tan suyos, encontré los discos de Sanampay. De pronto el sonido, los aromas, las luces del escenario se iluminaron y la música retornó del tiempo del exilio.  Pero ¿quiénes eran los Sanampay? Llenaban estadios, compartían el escenario con Mercedes Sosa, Alfredo Zitarrosa, Amparo Ochoa, Gavino Palomares, Tania Libertad, Los Quillapayún, Pancho Madrigal, acompañaron a los músicos de la Nueva Trova Cubana en su llegada a México, abrazaban la utopía de la patria grande y solidaria.  En Argentina se los conocía, pero bien poco. Su historia, el Sanampay del exilio, de México, de la fusión intensa entre horizontes y experiencias, amenazaba con volverse una lengua muerta. Por eso, de esa resistencia, surgió el documental Creo escuchar, una historia posible de Sanampay que se estrenó un 24 de marzo del 2014 en la ciudad de Guadalajara. La fecha y la ciudad, no son casuales. EL 24 de marzo recordamos el comienzo de la dictadura cívico-judicial-militar de 1976 y la ciudad mexicana fue aquella que, en un exilio que parecía llegar a su fin, acompañó a mi padre en su último vuelo. 38 años después Sanampay se escuchaba otra vez en una peña tapatía.

Sanampay, mensajes a través del tiempo

Por los dientes apretados, Por la rabia contenida
Por el nudo en la garganta, Por las bocas que no cantan
Por el beso clandestino, Por el verso censurado
Por los miles de exilados, Por los nombres prohibidos
Yo te nombro, Libertad

(Gian Franco Pagliaro)

Repasemos en clave de reseña periodística: en el año 1976 se crea en México el grupo de música folklórica latinoamericana Sanampay. El sentido del nombre, palabra Quechua, es todo una propuesta: “hacer señales”, “dar aviso”. Se vincula a una perspectiva que aúna la creación artística con la afirmación ética y política. Son señales bellas, potentes, conmovedoras. De cada canción, a través de la finura de la interpretación y la fusión de sonoridades que vienen del sur pero que también se apropian de las texturas mexicanas, surge la fuerza de la denuncia a las violencias que atraviesan el centro y el sur de américa.  Sanampay, su fundación está marcada por el exilio argentino. Volvamos al comienzo. Podríamos decir: Sanampay fue un grupo de música folklórica latinoamericana, ligada a la nueva canción, fundado en México a principios de 1976 por tres músicos argentinos exiliados: Naldo Labrín, Delfor Sombra y Eduardo Bejarano (mi padre); por la joven cantante mexicana Guadalupe Pineda y el músico francomarroquí Maurice Assouline. Naldo -miembro de Huerque Mapu- que había sido el primero de los tres amigos en partir al exilio, conoció a Guadalupe y a Maurice. Poco tiempo después se sumaron Eduardo y Delfor.  Esa fue la primera formación de Sanampay. Grabaron un disco simple, El amigo llega (1977) que les permitió visibilidad y difusión. El registro de una entrevista radial, presente en el documental, permite escuchar las voces de esos jóvenes, y puedo escuchar la voz de mi padre.  

En esta crónica hay que decir: en poco tiempo el grupo logró una gran repercusión y para cuando llegó el segundo disco, Yo te nombro (1978), la formación era otra. Maurice se había apartado. Julio Solórzano Foppa, guatemalteco hijo de la poetiza Alaíde Foppa -desaparecida por la dictadura-, era ahora el representante del grupo. Y se habían sumado Hebe Rossel -también ex Huerque Mapu que “dejó la torre Eiffel” y viajó a la tierra azteca-, Caíto Díaz y Guillermo “Memo” Contreras. El nombre del disco recuperaba la canción de Gian Franco Pagliaro, en una versión de Sanampay que conmovería profundamente al público mexicano en salas llenas, en las pantallas de la televisión, en las emisiones radiales.   

Es momento del volver a la experiencia del documental. A partir de las entrevistas, pude reconocer que más allá de las diferentes formaciones, Sanampay mantenía una propuesta, un voz singular -muchos la vinculan al rol de Naldo como director y a la capacidad colectiva de fusionar sus destrezas, sus valores individuales, con el proyecto común. También se hizo manifiesto que se convirtieron en un grupo de referencia, convocados y convocantes. Canción y lucha, encontraban sustento. El exilio era partida, pero también horizonte para continuar. Y había alegría, aún en la nostalgia. Nostalgia y argentanía -si se permite la expresión- que se manifestaba de muchos modos, y se desplegaba en los ponchos tejidos, tan argentinos, que les arropaban en el escenario. 

En el año1979 grabaron un disco maravilloso, Coral Terrestre (1980) junto a Armado Tejada Gómez (autor de las letras) y la voz del actor neuquino Rolo Domínguez. Un homenaje sentido y complejo a Suramérica. Tu despertarás con la furia viva del volcán,  creo escuchar, allá en el viento un rumor, como de mar, como tumultuosa canción.

El año 1982 presentan el disco A pesar de todo. Hebe y Memo habían rumbeado a otros proyectos y sonoridades.  Eugenia León y Jorge González, junto a los cuatro argentinos, formaban al grupo. Luego el retorno de la democracia, los regresos y las despedidas, dieron final a un pedacito de historia que marcó la vida de sus integrantes y de una generación. Herencias cruzadas que la música de México reconoce, y que la música de Argentina atesora.

El que se va de su tierra siempre deja un rastro para regresar

Una imagen para decir adiós, o hasta luego. Mientras filmaba el documental ocurrió algo hermoso. Era el año 2009, estábamos en un congreso de cine en la ciudad de Morelia. Le contaba del proyecto a una colega mexicana, de mi edad. Ella empezó a cantar la letra de Yo te nombro. Tras la sorpresa comprendí, que la huella estaba, ahí, latente. Que el documental, como un intento de memoria, tenía sentido. Partía de la urgencia por recuperar la historia de esas mujeres y hombres y de sus esperanzas. Por recuperar, también, mi herencia paterna, ese pedacito de patria que no quería perder. La violencia de la dictadura, que había roto algunos de los hilos que unían ese pasado con la experiencia del hoy, no podían desarmar el hilo nuevo que se tejía en cada plano, en cada testimonio. No tuve pretensión alguna de objetividad o transparencia, por eso los fundidos encadenados, los ecos en las voces, recuperan la idea de la memoria como una construcción que es trabajosa, que implica posicionamientos: no es transparente. El punto de partida era recordar lo que (se) olvidaba. Recordar los ecos de una música que venía de lejos. 

Del rodaje de Creo escuchar casi no hay fotos, porque no hay back stage. Todo fue hecho a pulmón, autogestión y mucha sugestión. Pero hay una historia, un deseo enorme de memoriar, de volver a tramar el pasado con el presente, de volver a preguntarse. Por eso Creo escuchar ... vuela otra vez, esperando decirles cosas al oído, ahora de la mano de estas palabras esparcidas sobre la pantalla. Así, desde el exilio hubo horizonte.