Beba Gil, entre Evita y Salvador Allende
A principios de septiembre del 2026 el presidente argentino Javier Milei, antes de su acomodaticia cadena nacional sobre Malvinas, pasó por Chile y reivindicó al dictador Pinochet, apoyando el derrocamiento al presidente Salvador Allende. La figura del líder chileno muerto en el golpe militar tuvo sus idas y vueltas con el peronismo, pero tuvo a una mujer argentina de enlace con el movimiento justicialista: Beba Gil.
Nacida en 1925 como Clementina Florencia Gil, Beba para la militancia. “Un domingo de octubre aparezco”, contó en sus memorias, frente al porteño Abasto. Casada a principios de 1945, los sucesos del 17 de octubre le cambiaron la vida.
El subsuelo de la patria sublevada, según el escritor Raúl Scalabrini Ortíz, o el aluvión zoológico, según el legislador radical Ernesto Sammartino, dicha jornada generó las más diversas reacciones.
Para Beba fue definitorio. Tomó la calle, estuvo en la Plaza de Mayo frente al discurso de Perón, esperando a un hijo, avisó que dejaba de trabajar, le avisó a su marido que se sumaría al movimiento político y, desde allí, nunca paró de militar.
Apoyó, como una más, las movilizaciones de septiembre de 1947 de mujeres que, al grito de ¡Queremos votar!, en la plaza del Congreso presionaron por la pronta sanción de la ley de voto femenino. Logró entrar al Congreso y se pudo cruzar con Evita. El 9 de septiembre se logró la sanción definitiva en Diputados, y el 23 de septiembre escuchó en labios de la propia Eva el discurso que celebró la promulgación de la ley 13.010 de voto femenino.
Dejó a su marido, y en 1949 logró fundar en casa de una amiga una unidad básica femenina, apoyando la creación del partido Peronista Femenino al mando de la propia Evita. Siguió en todas las actividades Se sumó a aquellas mujeres de debían censar, desde el ministerio del Interior, a las mujeres para obtener su libreta cívica, las delegadas censistas.
Primero en el barrio de La Boca, y, de allí, con nombramiento oficial, a subdelegada censista a Santa Cruz, subida en jeep del Ejército, recorriendo durante meses nuestro sur, cumpliendo un rol clave en la organización territorial de las mujeres, superando el prejuicio de los hombres que negaban el censo para no perder el dominio de “sus” mujeres y no descubrir situaciones de servidumbre y abusos.
Conoció un nuevo amor chileno, un industrial ligado a dirigentes peronistas, y, casualidad o causalidad, le encomiendan ayudar a la formación del partido Femenino Chileno, que apoyaría al general Ibañez del Campo, aliado de Perón, y teniendo como aliada a la futura senadora María de la Cruz.
Logró, entre 1951 y 1952, sumar mujeres del sur y centro del país trasandino, pero a pesar de que el partido Socialista fue crítico de Ibañez y de Perón, tuvo buenas relaciones con Salvador Allende, asistiendo a sus actos proselitistas. Su trabajo en la campaña presidencial llevó a la presidencia a Carlos Ibáñez del Campo.
Para 1953 se encontró con Perón, ya que el presidente argentino fue a visitar a su par chileno, para apoyar la unión política entre ambos países, en la embajada argentina en Santiago, donde el propio General la apoya y le sugiere que vuelva a Buenos Aires, y acompañe a la recién electa senadora De La Cruz. A su vuelta a Chile, estuvo en contacto con los exiliados peronistas luego del golpe de 1955, donde tuvo contacto con Héctor Cámporay ella misma sufre los ataques de la prensa, acusada de “peligrosa subversiva” y “espía peronista”. Pero siguió militando, y, al tiempo, participó en 1962 en la organización de la Acción Popular Independiente y, al año siguiente, tras la disolución de la API, se sumó al partido Democrático Nacional, ambos en sintonía con el legado justicialista. Hasta que se acercó a Salvador Allende, líder socialista trasandino, quien le confesó a Beba: “No comprendo a los justicialistas, no están con la derecha ni con la izquierda, parecen estar en el limbo”. Ella se tomó su tiempo y lo fue convenciendo, hasta recordarle que en 1953 se había declarado “antiperonista”, pero que, afirmó, “a lo mejor, en un futuro los comprendo”. Y parece que Beba acercó las posiciones de Allende con el exilado en Madrid, y ella se sumó a las huestes de la Unidad Popular.
Tras el triunfo de Salvador Allende, Beba, que al mismo tiempo fue abuela, se sumó al ministerio de Economía chileno en el Plan de Abastecimiento entre 1971 y 1972. Pero expresó sus discrepancias con el partido Comunista por las tomas de fábricas y estancias que generarían una fuerte rección. ¡Cosa que no se equivocó! Allende, en tanto la envió como emisaria a Buenos Aires para conocer si el FREJULI triunfase, cosa que ocurrió, llevando mensajes de unión entre ambos movimientos políticos, al punto que Allende se sumó en la asunción de Héctor J. Cámpora. Vuelta a Santiago de Chile, el clima de inestabilidad se trocó en el sangriento golpe del 11 de septiembre. Ante el holocausto de Allende, miles de chilenos, entre ellos Beba, sufrieron cárcel y tortura durante la dictadura de Pinochet. De regreso a la Argentina participó en la reconstrucción del movimiento peronista. En 1988 fundó, junto a otras compañeras, la Organización Femenina Político Sindical (OFEMPOS). También fue asesora de la diputada Graciela Camaño y en 2003 fue elegida concejal de la localidad de San Martín, en la provincia de Buenos Aires.
La recuerdo en los primeros días del Instituto Nacional Eva Perón y Museo Evita, colaborando tanto con su testimonio oral, brindando su archivo, o hasta ayudándome a conseguir una máquina de coser de la Fundación Eva Perón, la que fuimos a buscar ambos por Barracas, y ambos bajando la máquina por las escaleras y subiéndola a su pequeño auto. Su militancia su incansable y sin par. Hasta sus últimos días atendió el museo del pueblo Evita en la sede de UTHGRA por Av. de Mayo, donde recibió cientos de visitas, entre ellas la mía, donde conversaba al mediodía luego de dar clases, y hasta fue muy generosa en recibir a los alumnos en donde daba clases en un Terciario porteño, hablando sobre Perón y Evita, y mostrando todos los objetos y publicaciones que había conseguido.
Su fallecimiento, del 28 de junio de 2018, a los 93 años, dejó un poco huérfana a la militancia. Queda su legado, sintetizado en sus palabras. “Creo en los demás, en mi pueblo, y estoy para servir al prójimo como desde muy joven me lo inculcaron Perón y Evita”.