Vuelos de la muerte que esperan justicia
La primera condena por vuelos de la muerte fue en noviembre de 2017, por los aviones que la Armada usaba desde el Aeroparque. En julio de 2022 se dictó la segunda condena, esta vez por los aviones que el Ejército largaba desde Campo de Mayo. Los dos centros clandestinos más grandes del país durante la última dictadura usaban el mismo método para desprenderse de los cuerpos de desaparecidos, arrojándolos vivos, anestesiados, al Río de la Plata. No son las únicas causas por ese tipo de delitos, pero por ahora no tienen fecha de juicio y su investigación es muy lenta. El abogado Pablo Llonto le solicitó al juez Daniel Rafecas que unifique las causas por vuelos de la muerte en el área de lo que fue el Primer Cuerpo de Ejército.
“Hay muchas pruebas, indicios y evidencias desparramadas por varios expedientes dentro de la megacausa del Primer Cuerpo, que nunca se unificó y mantiene la impunidad de pilotos, copilotos y jefes de esos oficiales que tiraron al mar cientos de compañeros. Hay víctimas que aparecieron en las costas, y se juzgaron algunos casos por los centros clandestinos por donde pasaron, pero no se juzgaron a los que ejecutaron la maniobra de los vuelos. Los pilotos saben en que zona se lanzaban esos cuerpos”, le dijo a APU el abogado. Las causas están en el Juzgado Federal n°3 a cargo del doctor Daniel Rafecas, en Comodoro Py, enmarcadas dentro de la causa 14.216 cuya carátula lleva el nombre del general que tenía a cargo aquella jurisdicción: Suárez Mason, Carlos Guillermo. Unificar la causa vuelos de la muerte incluiría a los centro clandestinos del circuito Atlético – Banco – Olimpo, a las brigadas de la zona oeste que usaron los aeropuertos de El Palomar y Morón y que habrían utilizado el sistema de vuelos de la muerte.
El doctor Llonto es uno de los abogados que más sabe sobre las causas vinculadas a la ESMA, Primer Cuerpo y Campo de Mayo. Representa a familiares de muchos desaparecidos y su tarea incansable logró algunas condenas memorables para la historia judicial argentina. Si en el exterior se reconoce a la Argentina por la lucha por el respeto de los derechos humanos, y para que los crímenes del terrorismo de estado no queden impunes, Llonto es uno de los responsables de esa tarea. Al consultarle sobre nuevas causas por vuelos de la muerte en Campo de Mayo explicó que “están en manos de la jueza Alicia Vence, en el juzgado federal n°2 de San Martín, y continúa la investigación con un paso muy, muy lento. Pedimos que se cite a declarar a todo el personal que se desempeñó en el Batallón de Aviación 601, no solo soldados, sino pilotos, copilotos, técnicos mecánicos, jefes, porque allí hubo una gran cantidad de vuelos desde el inicio de la dictadura. Todo viene muy lento en los juzgados de instrucción, avanzan a 1 km por hora, y ni siquiera la Corte de Justicia hace algo por esta demoras graves que se llama ‘retardo de justicia’, que nos cansamos de denunciar, pero parece que ni a los jueces ni a la Corte les interesa”.
En el juicio por los vuelos de la muerte de Campo de Mayo de 2022, Llonto fue abogado querellante por lo que tiene conoce las declaraciones de los que hicieron el servicio militar en esa época. “El testimonio de losex soldados es clave para aportar pruebas sobre la mecánica de funcionamiento de esa parte del Plan de Exterminio. En el juicio de Campo de Mayo cada ex colimba aportaba un tramo, con la descripción de la logística de los vuelos, cómo traían a las víctimas en camiones o camionetas, cómo las inyectaban, como decían en la torre de control que iban a Punta Indio, entre otros elementos. Cada testimonio impacta, porque eran pibes de 18 años o un poco más, que fueron sometidos a escenas de horror, lo que demuestra que a los militares no les importaba nada y además tenían la convicción que contarían con su silencio eterno, como si ellos también hubieran firmado un pacto de silencio”.
Cuando le preguntamos sobre algún testimonio que lo conmoviera, recordó el caso del soldado que reconoció el rostro de un amigo de Zárate que llevaban a la pista en un camión y que él vio a través de una ventanilla. También recordó al soldado Villegas, que se durmió en la guardia, no lo retiraron de la pista y al despertar vio como embarcaban en un avión, a los golpes, a un grupo de personas. “Villegas dio precisiones sobre el camioncito de transporte de sustancias alimenticias donde llevaban a los compañeros rumbo a los aviones y coincidía con el testimonio de sobrevivientes de El Campito. En esos camioncitos llevaban una picana portátil, para seguir torturándolos en el traslado. Las palabras de Villegas y otros soldados fue clave para la sentencia de los vuelos”, cerró el diálogo.
Lo que vio Villegas
Un grupo de soldados buscaba al prófugo entre los eucaliptos. Cerca estaba el arroyo, que rastrillaron por un largo rato. El desertor, tirado en el suelo, escondido entre unas ramas, miraba con atención todos los movimientos. No se movía, apenas respiraba, estaba inmóvil y no tenía las fuerzas como para saltar y correr. Hacía una semana, después de ver la antesala del terror, decidió irse de su puesto de guardia. Ahora era un prófugo y el Ejército lo buscaba. Estaba seguro que si lo encontraban, lo matarían por ser un testigo involuntario que complicaría a los oficiales, suboficiales y al mismísimo presidente de facto, Jorge Rafael Videla.
Hoy Francisco Villegas, el soldado desertor, lleva un dolor que no cesa, una herida que no cicatrizó. Pasaron cinco décadas y siente que quedó frágil y no quiere recordar. Se quiebra al memorar la humillación que sufrió cuando lo torturaron o la noche que vio el castigo y escuchó las puteadas de prisioneros que subían a un avión. Campo de Mayo, la pista de aviación, los helicópteros y los aviones de gran porte forman parte de sus pesadillas.
La primera vez que hablamos, en la vereda de su casa, dijo no estar seguro de poder contarme lo que vivió. Vive en las orillas del Gran Buenos Aires, donde los barrios se acarician con los primeros campos de la llanura. Nació en Derqui, es de la clase ‘58, de los primeros que hicieron el servicio militar con 18 años. Villegas no se negó a hablar conmigo, aunque dudo de su resistencia física, hace poco le detectaron problemas cardíacos. Por fin acordamos reunirnos una semana más tarde, en un lugar tranquilo, para hablar sin que nos molesten. Hizo la primaria hasta 4° y después salió a trabajar: canillita primero, repositor de mercadería y cajero de supermercado después. Jugaba muy bien al fútbol, contra equipos que venían de Pilar, San Miguel, Escobar, José C. Paz. Se le ilumina el rostro cuando cuenta que con Los Caprichosos de Derqui, su equipo de adolescencia, ganaron más de veinte campeonatos relámpagos, a tal punto que no los dejaban participar si jugaban todos en el mismo equipo. A pesar de ser hincha de Racing, con algunos compañeros fueron a probarse a San Lorenzo, y quedaron los cinco. La aventura de ir a la gran ciudad los llevaba a probar otras cosas y al salir de los entrenamientos tomaban una coca, comían un sanguche, compartían alguna cerveza y probaban cigarrillos. A pesar de esconderse hubo dirigentes del club que los vieron, les llamaron la atención y les advirtieron que no podían ener una vida licenciosa si querían ser profesionales, pero volvían a caer y quedaron fuera del equipo.
En marzo de 1976 lo llamaron para cumplir el servicio militar y se incorporó en el Regimiento de Granaderos a Caballo, la unidad creada por el general José de San Martín y que custodian al presidente. Durante 45 días hizo la instrucción y cuando eligieron a los mejor preparados él no tenía la estatura que pedía el protocolo, con 1,76 quedó fuera y lo enviaron al Batallón de Aviación 601, en Campo de Mayo, donde volvió a hacer la instrucción. No le disgustaba la disciplina militar, a la vez que se entusiasmó con el manejo de armas. En las pruebas de tiro con FAL gritó varias veces Viva la Patria, modo en que se festeja cuando se da en el blanco. Destinado a la compañía de Servicios, casi no hacía guardias pues estaba al mando del capitán Horacio Conditti, quien lo llevó a la cocina del casino de oficiales. Como el capitán era profesor de educación física, llevaba a Villegas a entrenar, correr, dar la vuelta del perro, que es como le decían la recorrida a ritmo de carrera por algún sector del regimiento. Nunca iban hacia el bosque cercano a la pista, ni pisaban lo que llamaban el cementerio de caballos, un lugar misterioso donde se decía que mantenían recluidos a subversivos. Viajó en helicóptero, para acompañar a su jefe, quien sumaba horas de vuelo. A su vez participó de un vuelo raro, esta vez de noche, en un avión Fiat G222, conocido por los soldados como Herculito, por su parecido con el Hércules C130, aunque de menor porte. Lo extraño de ese vuelo nocturno, al que un sargento lo hizo subir de manera imperativa junto a Cáceres, otro soldado de su batallón, es que le dijeron que irían a la isla Martín García, a llevar pan dulce a los presos del penal. Viajó adelante, y no vio la isla, apenas percibió el reflejo de la luna de diciembre sobre las aguas calmas del Río de la Plata. Un par de horas después el Herculito volvió a aterrizar en la pista de Campo de Mayo, sin parada intermedia. Pasado el tiempo, y con sucesos que vivió en el regimiento, asoció que esa noche estuvo en un vuelo de la muerte y sospecha que desde la parte trasera del avión arrojaron personas al río. El privilegio de no hacer guardia se acabó por una imprudencia. Un fin de semana salió de franco, debía reincoporarse a primera hora del día lunes, pero no se presentó. El martes tampoco estuvo en su puesto, y recién el miércoles regresó al regimiento, donde lo esperaba el sargento Santander. Ya vestido de fajina el sargento lo llevó a realizar movimientos vivos en un campo arado, mientras le golpeaba la cabeza con el canto de un sable. La tortura se detuvo para que, entumecido y sangrante, fuera a la enfermería. Se le llenan los ojos de lágrimas cuando recuerda que al volver ante el sargento, éste lo destino al calabozo de la guardia, pero antes lo estaqueo a pleno sol del día y lo dejó varias horas a la intemperie, bajo un sol radiante de verano. Terminado el periodo de castigo lo designaron a las guardias de la pista de aviación y del helicóptero presidencial.
La mirada imprudente
La noche que cambió su vida fue cuando cuidaba el helicóptero que usaba Videla para trasladarse y vio lo que no debía ver. El presidente de facto tenía su vivienda en Campo de Mayo, a pocos metros estaba su helicóptero, y algunos metros mas lejos la pista de aviación. Había una serie de puestos de guardia que se cubrían todos los días, a razón de dos horas cada soldado, hasta las 2 de la mañana, en que se levantaban todas las guardias y no quedaba ni un soldado vigilando, hasta la salida del sol. Una noche fría, con una leve garúa, después de la medianoche, Villegas estaba junto al helicóptero presidencial, y esperaba que a las 2 lo buscaran para tomar algo caliente. Por curiosidad se acercó al helicóptero, y al abrirlo vio que por dentro estaba todo alfombrado. No había nadie cerca, estaba oscuro, así que decidió entrar y sentarse a disfrutar de la comodidad. Se quedó dormido, y la camioneta que buscaba a los guardias se fue sin él pues no lo encontró en su puesto. Se despertó con los gritos de personas que pedían que no les pegaran más, a la vez que puteaban a sus agresores. Villegas abrió los ojos, vio la pista iluminada, y a lo lejos veía un camión Mercedes 608, que en esa época se usaba como transporte frigorífico y de alimentos. Del camión bajaban de manera violenta a personas que trataban de defenderse, que pedían que no les pegaran a la vez que recibían golpes de todo tipo: trompadas, patadas y culatazos de FAL. A esas personas las llevaban hasta el Herculito, para que subieran por la parte trasera, y no dejaban de gritar para que no les pegaran. Miró un rato la escena, vio algunas personas con ropa civil, y alrededor vehículos, e incluso a un grupo de bomberos con su móvil que en determinado momento sonó la sirena. El soldado entró en pánico, y permaneció escondido dentro del helicóptero hasta que el avión tomó vuelo, las luces se apagaron y se hizo silencio.
“Yo sabía que si me veían ahí me mataban”, cuenta Villegas compungido. En medio de la madrugada silenciosa, se sacó el casco, la capa para la lluvia, su campera, largó el correaje, tiró los cargadores y dejó el FAL apoyado en el helicóptero. Con borceguíes, bombacha de fajina y una remera verde salió corriendo campo traviesa. Saltó un alambrado y corrió un rato por las vías del ferrocarril Urquiza. En un momento se detuvo, encontró un escondite y se refugió allí, junto a las vías del tren eléctrico. Cuando asomaron los primeros rayos de sol salió de su refugio y empezó a caminar hacia su casa, en Derqui.
Le contó a su mamá lo que vivió en el regimiento. Una semana estuvo en la casita de la zona de El Triángulo, rodeado de manzanas sin viviendas. Alguien le aviso que llegaban militares, y a lo lejos vio algunos vehículos, un Unimog que levantaba polvareda y se acercaba a su casa. Salió corriendo por el descampado, hacia el arroyo Pinazo, y se refugió en una zona de eucaliptos, que él conocía muy bien. Los soldados llegaron a su casa, preguntaron por él, revisaron de punta a punta y sin resultados positivos salieron a batir los campos cercanos. Pasaron muy cerca de él, que estaba entre eucaliptos no muy altos. Cuando el último soldado se alejó, Villegas empezó a correr hacia el distrito de Moreno, en medio del campo. Vivió algunos días escondido, hasta que empezó a trabajar en un horno de ladrillo. Ese fue su exilio interno, muy pobre, viviendo en una tapera y siempre con miedo de que lo atrapen. De vez en cuando visitaba a su mamá, para que supiera de él, pero sin documentos y desertor, no podía volver ni encontrar un trabajo en blanco. Los años siguientes corresponden a otra vida, que no hacen a este relato.
Los soldados que hicieron el servicio militar en el batallón de Aviación 601 de Campo de Mayo llamaban “vuelos nocturnos”, y a veces “vuelos fantasma”, a los viajes que hacían los aviones durante la madrugada. Los casos salieron a la luz como vuelos de la muerte, y en plena pandemia, en el verano de 2021, con más de seis décadas sobre sus hombros, un matrimonio, cinco hijos, y un amor intacto por Derqui, Francisco Villegas testimonió en la causa judicial por los vuelos en Campo de Mayo. Se quebró emocionalmente cuando contó sus desventuras, y fue fundamental para la condena a los jefes del regimiento. Fue un pequeño triunfo, pero las heridas que arrastra desde aquellos días no cicatrizaron aun. Pablo Llonto, abogado querellante, dijo que el testimonio de Villegas corroboró lo que contaron otros soldados, coincidió con las declaraciones de sobrevivientes de El Campito, centro clandestino de detención de Campo de Mayo, y fue clave para condenar a oficiales del Ejército. El juicio fue por cuatro víctimas cuyos cuerpos aparecieron en las playas de Magdalena y Las Toninas. Los condenados fueron Santiago Riveros, jefe de la Guarnición de Campo de Mayo; el jefe del Batallón de Aviación 601 Luis del Valle Arce, el subcomandante de dicha unidad, Delsis Malacalza; y el oficial de operaciones, Eduardo Lance. Quedan muchos que ni siquiera declararon, guardan secretos y Llonto espera sentar en el banquillo de los acusados, antes que el paso del tiempo y la vejez los selle la impunidad.