Cambio de etapa: una nueva oportunidad
La crisis actual del gobierno no es una crisis más. No alcanza con sacar un fusible como Adorni, ni tampoco con una intervención de Trump o el FMI. La situación estructural, junto a elementos coyunturales, cambiaron el escenario político para lo que resta del mandato de Milei. El plan económico del gobierno no solamente muestra fisuras, sino que se encuentra en una dirección de difícil salida para mostrar mejoras en las condiciones de vida de la gente de acá a las elecciones presidenciales del año que viene.
El tercer año de una gestión, puede decirse, es el primero del proyecto real de gobierno. Los primeros dos se debate la herencia, se gobierna desde las expectativas, y los gobiernos tienen la posibilidad de confrontar futuro con pasado. Luego de las elecciones de medio término tienen que empezar a verse resultados, más si las ganaste con claridad. Pese a la novedad que fue la irrupción del proyecto libertario, este tercer año de mandato muestra a un gobierno que parece no poder escapar del loop ilusión-desencanto producidos desde el final del ciclo kirchnerista. Primero Macri, después Alberto Fernández, vivieron su etapa esperanzadora y llegaron al tercer año desencantando a su electorado. Javier Milei empieza a dar señales de repetir la nueva tradición de la dirigencia política argentina: desilusionar.
El gobierno se encuentra frente a un dilema que pretendía sortear disputando la agenda mediática con múltiples temas y jugando con números de aparente bonanza alejada del sentir popular. Una economía dual donde el boom de Vaca Muerta, más minería, más cosechas récord permiten mostrar algunos números de crecimiento que hubieran podido poner en contraste con los números del mercado interno que empeoran día a día. Sin embargo, esta economía dual no puede tapar un problema aún mayor. Hoy se hace evidente que la principal bandera que el gobierno puede enarbolar, la baja en la inflación, está en crisis y su continuidad sólo se logra a costa de un deterioro aún mayor de las condiciones actuales. El dilema hoy se define como inflación o reactivación del mercado interno.
La pelea contra la inflación se lleva adelante de forma bien ortodoxa: ajuste fiscal, tasas altas, caída en los ingresos y apertura económica con atraso cambiario (dólar barato) para disciplinar los precios locales con productos chinos. Si el gobierno quiere recuperar la tendencia a la baja de la inflación que perdió hace casi un año (mayo 2025) debe profundizar esa dirección. Si elige reactivar la economía local debe bajar las tasas y permitir paritarias más altas, entre otras medidas, que permitan salir del ahogo a la población y que se recupere el consumo y la inversión. Eso, teniendo en cuenta que la gran mayoría de la producción local está sin márgenes de ganancia, supone que si se recupera la capacidad de compra los precios volverán a subir.
Hasta hace unos días parecía que el gobierno había decidido relajar los objetivos inflacionarios y apostar a la recuperación bajando las tasas de interés que incentiven los créditos (no sólo los hipotecarios para los funcionarios del gobierno). Pero la inflación de marzo en 3,4% prendió las alarmas. Ahora Milei pretende atarse al mástil del ajuste perpetuo. El rumbo a elegir por parte del gobierno no termina de estar definido. De todos modos, ninguno de los caminos entre los que podría optar es suficiente para reactivar un mercado interno devastado con el incremento de la desocupación, los bajos ingresos, el pluriemplempleo y la precarización. Sólo cabe imaginarse un giro dramático en la estrategia ante el escenario depresivo. Dolarización, Convertibilidad o algún otro plan megalómano de consecuencias imprevisibles.
La caída
¿Qué pasó desde aquella victoria contundente de octubre pasado? El resultado significó en primer lugar el fin de la herencia. La situación social ya endeble se apalancaba en las expectativas de un futuro promisorio. Se veía en las encuestas de fin del año pasado: a la gran mayoría le costaba llegar a fin de mes, pero el votante de Milei tenía esperanzas en la recuperación futura luego de despejar el “riesgo kuka”. Sin embargo, con el correr de los días llegaron el aumento de la carne, los tarifazos en los servicios y el cierre de empresas, con el caso paradigmático de Fate, en el contexto de la reforma laboral, para finalmente llegar a la crisis del transporte público, que no desatará un estallido social a la chilena, pero parece haber terminado de abrir la canilla del hartazgo.
Ninguno de los escándalos que rodea al gobierno permearía en la sociedad como lo está haciendo si no fuera por la asfixiante situación social que no parece tener salida. Libra, Spagnuolo (y el 3% para Karina), Espert, Adorni y los créditos hipotecarios del Banco Nación hoy cobran un nuevo sentido: el gobierno que venía a destruir el Estado parece que sólo vino a sacarle una tajada. La “moral como política de Estado” era la carta que tenía Milei para presentar este 2026, un año que se sabía no prometía un jardín de rosas, pero sí debía prometer un gobierno honesto acompañando el esfuerzo social. Con la bandera de la moral manchada la trampa del gobierno termina de solidificarse: ni bienestar ni acompañamiento. Mientras esperamos quizá la última jugada posible, la mirada ya se posa en la oposición.
Hay 2027
El camino descendente del gobierno encontró en marzo su mes fatídico. Todas las encuestas muestran un descenso pronunciado en la imagen del presidente y en las expectativas económicas. A su vez se simulan escenarios electorales donde el gobierno pierde con cualquier opositor. Por esto, uno de los fenómenos de la etapa que comienza es la relevancia de lo que sucede dentro del campo opositor. Las mismas encuestas presentan un panorama novedoso con algunos datos destacados: la centralidad de Axel Kicillof, hegemonizando el voto peronista y despejando todo tipo de dudas respecto al liderazgo del kirchnerismo. En segundo lugar, el crecimiento de figuras como Myriam Bregman y Juan Grabois en el votante joven y harto de los fracasos del peronismo; y en tercer lugar la reemergencia de la identidad PRO ante el desencanto con el proyecto libertario.
El escenario político recién comienza a abrirse. En el devenir del gobierno ahora empieza a jugar lo que suceda en el frente opositor. Las conversaciones, las alianzas que empiecen a tejerse y los borradores de propuestas tendrán impacto en la nueva coyuntura. El contexto de crisis social y de persistencia en el rumbo por parte del gobierno generará las condiciones para la emergencia de un proyecto alternativo.
Lo que se diga desde la trinchera opositora será insumo político, tanto del gobierno como de las expectativas del electorado opositor cada día más deseoso de una salida. La pregunta que también se instala es cómo salir del loop que viene destruyendo el vínculo entre la dirigencia y la sociedad: las promesas incumplidas y la política que sólo se representa a sí misma. Así la ardua tarea de la construcción de una alternativa debe estar advertida de la serie de fracasos que se vienen acumulando desde hace más de una década.
Se abre una nueva etapa. El gobierno da señales de profundizar su rumbo pese al deterioro de las condiciones de vida. La oposición tiene la oportunidad de volver a articularse en torno a un proyecto que no repita los fracasos anteriores y que pueda torcer el rumbo declinante hacia una persistente mejora de la situación social y un nuevo proyecto de desarrollo de largo plazo. De la solidez y consistencia de ese proyecto alternativo depende la construcción de una nueva esperanza o de la profundización del desencanto con las dirigencias políticas.
* Para comunicarse con el autor: @carraspero (X) y @lucio_fm (IG)