Cuando los símbolos patrios despiertan conciencia nacional
El autor es psicólogo y docente universitario (UBA)
Hay imágenes que trascienden el deporte y se convierten en hechos políticos y culturales. La bandera con la inscripción "Las Malvinas son Argentinas" desplegada por los jugadores de la Selección Nacional en pleno Mundial no fue solamente un gesto patriótico, fue una intervención simbólica de enorme potencia. En pocos segundos logró lo que muchas campañas institucionales no consiguen en años, volver a instalar en agenda la discusión sobre la soberanía nacional de nuestras Islas del Atlántico Sur.
Desde la psicología, entendemos que las sociedades no se organizan únicamente alrededor de instituciones o normas jurídicas. También se necesitan símbolos capaces de construir pertenencia y referencias identificatorias. En este sentido, la bandera, el himno, el territorio, la memoria por Malvinas y la defensa de los recursos naturales estratégicos funcionan como organizadores de nuestra identidad nacional.
Cuando esos símbolos aparecen encarnados por quienes representan el mayor orgullo deportivo del país, adquieren una legitimidad extraordinaria. Por eso no fue casual que millones de argentinos, incluso personas con profundas diferencias políticas, compartieran esa imagen con emoción. Sin dudas, Malvinas continúa siendo uno de los consensos nacionales más importantes que permanecen firmes y nos unen como pueblo. Sin embargo, mientras esa bandera recorría el mundo recordando que las Malvinas forman parte del reclamo irrenunciable de los argentinos, en nuestro país comenzaba otra discusión vinculada también con la soberanía.
El debate parlamentario sobre la modificación del régimen de propiedad de las tierras rurales despertó una fuerte preocupación social. Finalmente, el Gobierno debió retirar el capítulo referido a la flexibilización de la venta de tierras a extranjeros y lo referido al manejo del fuego para conseguir la aprobación del proyecto, luego de encontrarse una amplia resistencia política y social de diversos sectores populares. Pero a pesar de que la Ley de Tierras Rurales N° 26737 finalmente no fue modificada, sí lograron obtener la media sanción del Senado para la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, a fin de garantizar desalojos exprés y nuevas restricciones a las expropiaciones estatales. Nos queda por delante el debate en Diputados.
No se trata de afirmar que ambos hechos (el reclamo de los jugadores en el Mundial y el reclamo por nuestra Tierra de ayer) sean equivalentes. Pero sí de reconocer que dialogan alrededor de una misma pregunta: ¿Qué entendemos por soberanía en el siglo XXI? ¿La soberanía es únicamente un reclamo diplomático sobre las Islas Malvinas o también implica discutir quién controla nuestros recursos naturales estratégicos y el territorio?
Las respuestas pueden ser distintas según la posición ideológica y formación de cada unx. Pero lo importante es que esas preguntas vuelvan a formar parte del debate público, porque una comunidad que deja de discutir sobre su soberanía debilita su identidad como colectivo. Los símbolos nacionales no producen únicamente emoción, también generan marcos de interpretación sobre lo propio y lo nuestro. Cuando un símbolo adquiere legitimidad masiva, modifica aquello que las personas consideran aceptable, valioso o digno de ser protegido. Por eso la bandera levantada por los campeones del mundo tuvo un impacto que excede ampliamente al fútbol. No fue solamente una expresión deportiva. Fue un recordatorio de que la Nación continúa siendo una construcción colectiva y que existen bienes (materiales y simbólicos) cuya defensa es irrenunciable y trasciende a los proyectos de gobierno.
La movilización realizada ayer frente al Congreso expresó que una parte importante de la sociedad quería hacer oír su voz respecto del proyecto en debate. Como ya ocurrió en otras jornadas de resistencia, el operativo de seguridad terminó con represión. El uso de gases lacrimógenos, camiones hidrantes, balas de goma y la gran cantidad de personas heridas y detenidas demostraron nuevamente hasta qué punto es capaz de llegar este gobierno por defender los intereses del mercado y que va por todo con tal de obedecer a las corporaciones.
En una democracia madura, la protesta social no debiese ser entendida como una amenaza, sino como una forma legítima de participación ciudadana. El Estado tiene la obligación de garantizar el orden público, pero también de proteger el ejercicio del derecho constitucional a manifestarse. Cuando la respuesta estatal privilegia la confrontación por sobre la gestión del conflicto, el riesgo es que el centro del debate deje de ser el contenido de las demandas para concentrarse en el conflicto posterior. Que el árbol no nos tape el bosque, ni nos distraiga de lo importante que subyace en el fondo, que es la resistencia por la defensa del territorio.
A modo de cierre, y retomando la cuestión de los símbolos patrios, quizás el mayor legado de aquella bandera no sea únicamente recordar que las Malvinas son argentinas. Tal vez nos invite a formular una pregunta más profunda, que es ¿Qué significa hoy defender la soberanía nacional? ¿Alcanza con emocionarnos frente a una bandera durante un Mundial o también debemos comprometernos con las discusiones sobre el destino de nuestros recursos, nuestro territorio y nuestras instituciones democráticas? Siempre en paz, como ayer, pero firmes.
Messi y los muchachos nos recordaron que existen causas capaces de unir a los argentinos. Ahora nos corresponde a nosotros transformar esa emoción en una demanda ciudadana, capaz de debatir sin miedo que la soberanía no se ejerce solamente en los mapas y en los pronunciamientos. También se construye todos los días, en las decisiones políticas, en las instituciones y en nuestros actos en la defensa de la democracia. Porque una Nación no pierde únicamente su territorio cuando renuncia a defenderlo. También comienza a perderlo cuando deja de discutir colectivamente qué país quiere construir para las próximas generaciones.