Conducir no es apropiarse: lo que el método Scaloni le enseña al liderazgo argentino

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    Selección Ezeiza

Conducir no es apropiarse: lo que el método Scaloni le enseña al liderazgo argentino

22 Julio 2026

El Mundial nos dejó una derrota y una revelación. La derrota duele y pasará. La revelación incómoda y debería quedarse: los argentinos sí creemos en el liderazgo. Lo que dejamos de creer es en los liderazgos que tenemos. Cuando la Selección volvió sin la Copa, el país la recibió con un “gracias” de 150 metros pintado en la pista de Ezeiza. Ningún dirigente político, judicial o empresario de la Argentina contemporánea podría aspirar hoy a ese recibimiento, ni siquiera ganando.

En Datacivis medimos ese contraste. La confianza en la Justicia promedia 2,5 puntos sobre 10 y acumula 64% de imagen negativa. El Congreso registra 70,7% de opiniones negativas; los partidos, 59,8% de desconfianza; los empresarios, 62,2% de valoración negativa. Nuestro Mapa del Hartazgo lo resume en una cifra: 71,2% del electorado reclama un cambio de paradigma de gestión, y entre 40 y 50% del padrón ya no tiene expectativa política tangible. No es apatía: es un duelo institucional. La clase media productiva repite en las seis regiones del país el mismo argumento —“soporté el ajuste, pero el derrame nunca llegó”— y se repliega en un individualismo de supervivencia.

Frente a ese paisaje, el ciclo Scaloni funciona como experimento natural de otra forma de conducir. Sus rasgos son conocidos y, sin embargo, exóticos para nuestra vida pública: perfil bajo, gestión de egos al servicio del colectivo, mérito antes que lealtad, decisiones impopulares explicadas con honestidad, y una regla de oro que nuestra dirigencia viola a diario: el conductor no se apropia del resultado. Cuando le preguntaron por su futuro tras la final, Scaloni no culpó al árbitro ni a la cancha: se quebró, agradeció y dijo que necesitaba pensar. Esa vulnerabilidad administrada —hacerse cargo— es exactamente lo que la sociedad no encuentra en tribunales que se perciben como factor político, en un empresariado asociado al privilegio antes que al riesgo, y en una política que confunde conducción con propiedad.

La evidencia de escucha social es quirúrgica en este punto. La misma semana en que el país agradecía a los jugadores, el intento oficial de capitalizar el fenómeno se desplomó a un sentimiento neto de −72: la ciudadanía distingue en horas entre quien encarna un valor y quien intenta apropiárselo. Y no es casual que la única institución que atraviesa con confianza intacta las seis regiones del hartazgo sea la universidad pública: como la Selección, condensa esfuerzo, mérito y futuro intergeneracional — los tres valores que nuestro informe identifica como los más violentados de la Argentina actual.
¿Quiénes liderarán entonces el día a día que viene? Los que ya lo hacen sin título de líder: los gobernadores e intendentes que operan como escudo de sus comunidades, los docentes y médicos que sostienen lo público, las pymes que arriesgan sin red. El método Scaloni no es una épica futbolera: es un estándar de gestión verificable — conducir equipos, no hinchadas propias; construir procesos, no personalismos; irse a tiempo, no atornillarse. La ventana para 2027 no la abrirá quien se ponga la camiseta en la foto, sino quien se anime a dirigir como Scaloni condujo: con la humildad del que sabe que el resultado es de todos, y la responsabilidad del que igual da la cara cuando no alcanza.