Venecia, la ciudad eterna

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Venecia, la ciudad eterna

23 Septiembre 2018

Por Daniel Mundo

 

Esta crónica sobre Venecia será diferente de las otras tres que escribí para Agencia Paco Urondo en este último mes. Las de Madrid, París y Ámsterdam fueron impresiones vivas de ciudades que quise volver a visitar, escritas al apuro en un iphone5, mientras que ésta la escribo de memoria, de lo que recuerdo de la última vez que la visité, hace ya varios años.

 

Venecia es una ciudad mágica, no tengo dudas. El tema es que definamos qué entendemos por magia. Lo primero que nos viene a la cabeza cuando decimos magia son hechiceros o brujas que mezclan brebajes para influir en el espíritu de otras personas, y que hace apenas unos cientos de años atrás eran quemadas en las plazas de los pueblos; otra figura de la magia es la de un individuo que hace trucos con cartas y saca de la galera conejitas y palomas; también el término remite a esa especie de sexto sentido que nos permite encontrar en elementos anodinos un umbral al más allá; por último, y acá con peso académico, cuando hablamos de magia nos referimos, sabiéndolo o sin saberlo, a ese proyecto político que recorrió Europa, desde Praga hasta Londres, en los siglos XV y XVI, y que culminó con la institución de la ciencia como único modo válido de conocer y descubrir el mundo.

 

Pero la ciencia, esa gran máquina exterminadora de saberes laterales e intuitivos, que domina aún el imaginario social (y cuya última encarnación es el periodismo), no logró hacer desaparecer del todo esas prácticas mágicas y alquímicas; en todo caso las acorraló en el desván de las cosas excéntricas e incomprensibles. Estas prácticas y saberes negados son como bacterias que están acostumbradas a sobrevivir en los márgenes, el silencio y el olvido. Lo que quiero decir es que no fue la ciencia la que acabó con la magia, sino otra fuerza social e histórica que paradójicamente pretende resucitarla, para barnizar con ella una realidad que se volvió psíquicamente brumosa y socialmente monótona: el turismo de masas. Al turismo de masas le encanta descubrir ese “rincón mágico” no ollado por pie alguno, esa “puesta de sol” donde el naranja más vivo se confunde con el negro estrellado, ese bosque como impenetrable que del otro lado de la autopista se convierte en una fábrica de muebles de diseño. Cuando nos subimos a una góndola y el gondolero, murmurando un canto típico de la región, nos introduce por un canal añejado por el moho, las casas y la oscuridad que esconden se nos vienen encima como gárgolas antiguas que tantean nuestra alma y nuestros miedos. Es una sensación mágica.

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Mágica suele ser la postal que uno se lleva de Venecia, porque siempre será una imagen entre onírica y pesadillesca, como si la razón y lo irracional se trenzaran en plena Piazza San Marco. Seguramente es por eso que en Venecia, como en ningún otro lugar de Europa, fue y sigue siendo tan importante el carnaval, esa fiesta popular en la que se invierten los roles sociales y se relajan las costumbres. Napoleón, por miedo a un levantamiento, lo prohibió a principios del siglo XIX, y fue reintroducido como rito de la ciudad a fines de la década de 1970. Aún hoy el símbolo prototípico de ella es la máscara carnavalesca. Por algo será. Pero bueno, como nada es eterno, tal vez llegó el momento de que Venecia pierda su disfraz, no por esta crónica, obviamente, sino por la fuerza arrolladora que, como una fiebre, arrasa a Europa: el disfrute, los goces y los deseos de las masas.

Cuando fui por primera vez a Venecia, hará unos veinte años, quise comprar una máscara, por supuesto, como souvenir. No fue fácil. En el recuerdo que tengo, distorsionado por los años y el deseo, me veo caminando con Vero, mi pareja de ese momento, felices de perdernos por las callejuelas y los canales como dos chicos al borde de una travesura surrealista; era como que había que perderse una o dos veces para dar por fin con el negocio de los disfraces. Y cuando llegabas, ya la vidriera te impresionaba, con dos máscaras iluminadas como los actores principales de un drama que se desenvolvía sobre unas cortinas pesadas y negras que servían de fondo. Abrías la puerta y chirriaba como la de un sarcófago. Al rato aparecía una anciana que farfullaba algo en véneto; hacía de cuenta que no entendía el inglés. Así sucedió en los dos o tres negocios de disfraces que encontramos y que sabíamos que agotaban las posibilidades que ofrecía la ciudad. De cada uno salíamos rajando, además, porque no nos alcanzaba la plata: eran casi objetos de arte para una aristocracia decadente que pagaba lo que sea por su recuerdo —todo era un poco decadente en Venecia en esos años. Lo que más recuerdo, y que en aquella época ni lo habíamos notado, era que estos negocios estaban como escondidos, como si quisieran pasar desapercibidos, por absurdo que parezca. Qué diferente a ahora. La última vez que estuve en Venecia compré unos hermosos souvenirs de mascaritas con plumas para todos los compañeros y compañeras de mis hijas. Salían 0,70 centavos de euros, menos de 10 pesos en ese momento. Se fabricaban en China.

¿Qué quiero decir? Que para bien y para mal todas las grandes ciudades europeas se convirtieron en una especie de shopping al aire libre, con sus recorridos señalizados y sus EXIT en caso de apuro; si no hubiera ocurrido esto posiblemente yo nunca hubiera podido llegar a Venecia. En ninguna se nota esta masificación más que en Venecia, que parece todo lo contrario a una sociedad de masas. Quizás se deba a la insólita forma urbana que tiene, con más de quinientos canales y cuatrocientos puentecitos que conectan todo el archipiélago. No lo sé. Tiene dos o tres grandes avenidas peatonales en las que conviven lapiceras de 15.000 euros con imanes para la heladera de 0,70. La gente camina, admira, pasea, fotografía y muy de vez en cuando compra. Igualmente, estas galerías a cielo abierto se parecen más a los pasillos de un museo que a un shopping. El turista sorprendido avanza atropellado por los pasos susurrantes de sus desconocidos compañeros de ruta. Ni los vidriecitos de colores de Murano lo entusiasman.

Lo maravilloso de Venecia, para mí, consiste en una realidad  a la que por el poco tiempo con el que cuenta el turista, y por las mil maravillas que siempre hay que conocer, no suele accederse. Uno se aleja cincuenta metros de las peatonales de los negocios y entra en otra atmósfera de quietud y silencio, un planeta paralelo donde todo lo que es algo —una ventana por donde se ve un techo, una escalera que termina en una pared sin puerta, una escollera en la que nunca amarra ningún bote— pareciera esconder otra cosa. Solo en Lisboa tuve una sensación parecida, porque la conocí cuando Portugal recién ingresaba en la euro zona y entonces tenía una peatonal de unas diez cuadras rodeada de todas las miserias que se sueñan con dejar atrás cuando se entra en el camino del progreso (el capitalismo nunca deja, igual, que ese sueño se cumpla). ¡¿Qué difíciles de atravesar son esos cincuenta metros?! ¿Para qué, por qué estúpida razón atravesarlos, si del otro lado de esa frontera cultural no hay nada, sólo baldíos y pobres? Se pasa del aturdimiento auditivo y visual de las vidrieras atestadas al desamparo de la puerta de madera percutida y como cerrada para siempre. Es un problema de espacio pero también tiene que ver con el tiempo, porque cuanto más se acerca la media noche, esa hora fatídica de la verdad, más crece la sensación de soledad y extrañamiento. Junto a la noche avanzan los fantasmas. Es la hora en la que sale a las calles el veneciano.

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Ya sé que todas las ciudades tienen dos vidas, una diurna, llena de ajetreos y apuros, y otra nocturna, con sus riesgos y aventuras, pero en ninguna este contraste es más nítido que en Venecia. La ciudad es literalmente abandonada, dejada a su suerte por sus visitantes, que en cuanto terminan de comer vuelven al hotel para reponer fuerzas. Ya unas horas antes de la medianoche, a eso de las diez y media u once, cuando cierran los locales de comida y las góndolas se amarran a los muelles, se empieza a escuchar ese sonido eterno y constante, el plaf-plaf del agua golpeando lentamente contra las paredes de las casas. Imposible escucharlo durante el día. Plaf-plaf. ¡Cuánto vale ese sonido!

Me referí recién a los riesgos y aventuras de la noche veneciana. No son los mismos que nos asaltan en cualquier megalópolis, esos provocados por la miseria y la inseguridad, por el tipo encapuchado o el asaltante potencial: es más fácil encontrar una aguja en un pajar que un pobre en Venecia. Son riesgos literarios y aventuras metafísicas los que nos persiguen, como si la oscuridad que encierran los canales pudiera seducirnos y conducirnos a un reino subterráneo (y subacuático) de túneles y catacumbas sobre el que está construido la Venecia visible y diurna.

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Obviamente que estos riesgos y aventuras son producto de la fantasía. Pero la fantasía se alimenta con elementos de la realidad. El momento de mayor esplendor de Venecia, cuando era una ciudad-estado independiente y albergaba un estilo pictórico propio, Venecia también era el lugar de pasaje entre los reinos de Oriente (China e India) y Europa. Se comercializaba básicamente telas y especies, pero por debajo de estas mercancías, como ocurre siempre, también se traficaban saberes y cultos arcaicos. El veneciano no va a compartirlos con los extranjeros, incluso aunque estos sean italianos (tampoco hay que olvidar que hasta mediados del siglo XIX Venecia era un territorio en disputa entre Francia y Austria). Sospecho que por esto no sale de su casa ni siquiera al atardecer, cuando todavía es más de día que de noche, sino cuando la oscuridad y el silencio ganaron ya palmo a palmo las callejuelas sin nombre en las que se desarma la ciudad. No quiere que le pregunten, no quiere responder. No quiere ver a nadie, quiere ser invisible.

 

La última vez que estuve en Venecia nos sentamos con mis hijas al borde de un canal con una botella de vino. Esperábamos —yo esperaba— la aparición de un espectro tan bello como el que retrata Thomas Mann en Muerte en Venecia. Pero no concurrió nadie ni nada del pasado a la cita. Tan solo hablamos un poco del futuro, cuando Venecia esté cerrada al público como las cavernas de Lascaux y hayan construido una réplica 1.1 en Mestre (¿para qué queremos ver el David original si la copia es idéntica o mejor incluso, ya que está en el lugar en el que lo exhibió el genio de Miguel Ángel?). Estoy seguro que no volveré a Venecia, asolada como está por un tipo de sociedad que no me gusta y a la que le encantan tan solo un par de verbos: comprar, consumir, informarse, volver a casa siempre con algo, por poco que sea. Nos imaginamos cuando ellas fuesen grandes y viajaran de luna de miel y les retornase del pasado remoto esa imagen del papá tomando vino con las piernas colgando sobre el canal. La grande, de doce años en ese momento, confesó que ella iba a ser arqueóloga como Indiana Jones e iba a conseguir un pase para que la dejaran entrar a estudiar el casco antiguo y las casas originales. La más chica no habló durante unos segundos, luego dijo que ella nunca iba a casarse.

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