fbpx Una pobre doña Rosa (Montero), por Leandro Andrini*
Cultura //// 13.12.2010
Una pobre doña Rosa (Montero), por Leandro Andrini*

Capital Federal (Agencia Paco Urondo)

*En la columna el autor responde a la escritora Rosa Montero que comparó la muerte de Néstor con las demostraciones masivas durante la nazismo.
Estoy en Argentina, país que amo, porque aquí he nacido con todas las contradicciones que ello implique.
¿Qué se puede esperar de un/a escriba a sueldo? ¿Una idea novedosa? ¡Sí! Las tienen, de cuando en cuando, como el relato de ese sustito acerca de los paroxismos colectivos que hacen que “tu criterio individual desaparezca sumergido en la masa” (no por novedoso el miedo que les producen a estos literatos los pueblos, sino por novedoso el acontecimiento sociológico de la individualidad sin mediaciones en pleno siglo XXI). Nada mejor resumido que en la mezquindad del titulito mismo del artículo “el dolor propio” [1].
¿Criterio individual? ¿Acaso el de esta escritora no está “masificado” ya por ser parte integrante de la línea editora de los mass media en los que publica? ¡Mass media! Es decir, debemos dejarnos mediatizar por su sustito, nosotros sí.
“Estoy en Argentina, país que amo, en plena resaca mortuoria por Kirchner. Desconfío de las multitudes emborrachadas de sentimientos”. ¿Solemnidad literaria? ¿Redescubrimiento del Romanticismo? No, literatura de baja estofa (epígonos de Vargas Llosa hay a patadas, Vargas Llosa uno y sólo uno).
Y para darle firmeza a su literatura de pretensión sociológica y sociologizante nos dice que “diversos experimentos científicos han demostrado que el ser humano prescinde con temible facilidad de su responsabilidad moral si se siente amparado por la muchedumbre”. ¡Responsabilidad moral! (¿no será en todo caso ética?) ¿La (responsabilidad) moral puede medirse científicamente? Son palabras atinentes a dar crédito con certeza absoluta a sus principios subjetivos (y más que eso, a sus prejuicios –no en el sentido de juicio previo, sino en el de desvalorización-). Esos experimentos (no citados) siempre son muy dudosos, y para los que quieran ver de qué se trata la cosa ni más ni menos que “la falsa medida del hombre” de S. Jay Gould.
A partir de ese sustito que le produce a ella, individuo aislado de la comprensión cabal de la realidad, llega a que “la horda enardecida y unánime posee un atractivo venenoso al que nadie es inmune, por ejemplo, los grandiosos desfiles del nazismo eran de una belleza contagiosa”. ¡Ni que decir de incursión en contradicciones! ¿Dónde esta literata vio hordas enardecidas en ese funeral? Aquí se vuelve epígono de Borges, en la literalidad. Pero la ilación de palabras de una pobre doña Rosa es gratuita y no necesariamente lógica y mucho menos necesariamente una descripción periodísticas (sino una catarsis de sus miedos ideológicos; típico de derechas que descubren y redescubren a Hitler y sus políticas por todos los rincones, salvo en el preciso rincón en el que Hitler ejerce el poder).
“Ya no sabemos compartir nuestras penas. Por eso necesitamos una excusa ajena con la que poder llorar en común el dolor propio”. Pero ¿quién le dijo que eso no era la pena propia del que lloraba ese día en compañía de tantos otros (que tanto asustan a esta pobre doña Rosa)?
Esta es la misma presumida doña Rosa que en Madrid se complace de manifestarse por "por una Cuba libre y democrática”. Y es la misma que escribe en El Nuevo Herald de Miami que “los marmolillos procastristas necesitan mitos y dogmas de la misma desesperada manera que el yonqui  su dosis de droga”.
La misma que en el 2007 escribió para El País de España, con el rimbombante título “la enfermedad moral totalitaria”, que “el totalitarismo de izquierdas es una repugnante enfermedad moral”, agregando a párrafos seguidos que “el perfecto ejemplo de esta ofuscación ética es el caso de Cuba”.
¿Atractivo venenoso del lenguaje? ¡Violencia del lenguaje (no por bonito deja de ser violento)! En lo despectivo de su uso: “masa”, “muchedumbre”, “horda”, “multitudes emborrachadas (de malos sentimientos)”, “resaca mortuoria”, “marmolillos (marmolillos mitómanos y dogmáticos)”. ¡Vaya dignidad subyacente que la impulsa a escribir a esta pobre doña Rosa!
Pongamos por caso que las marchas de las que participa en alguna aldea del mundo "por una Cuba libre y democrática” fueran multitudinarias. ¿Qué diría esta sagaz periodista? ¿Qué su criterio individual desapareció y quedó sumergido en la masa? Estimo –y no quiero ser prejuicio- que no.
A lo que le tienen miedo no es estrictamente a las manifestaciones populares, sino a la posibilidad de cambios que esas manifestaciones populares eventualmente exteriorizan, y por ello toda manifestación popular, sea en Cuba sea en Argentina o sea en Francia, será siempre desde los pensamientos de una pobre doña Rosa equiparable con… ¡REPUGNANTE ENFERMEDAD MORAL! (Agencia Paco Urondo)