Trances reales

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    Cifarelli

Trances reales

02 Octubre 2026

Desnudos en el balcón tomamos una cerveza que saqué de la heladera enana mientras un nimbo de esmog blanqueado por la luna palpitaba sobre los edificios del Bajo. Volvimos a la cama. El silencio me aturdía. A Nina también. Si no hay plata para un aire acondicionado te conformás con un ventilador que remueve el calor. Es una sensación más extraña que estar adentro de un horno. Nina fue a bañarse para no soportar el calor ni el silencio. Abrió la canilla de la bañadera con patas de bronce y dejó a Charly, el dragoncito de goma, sentado en la suave alfombra negra comprada en el mercado chino, rodeado con frascos de champú vacíos. Charly, cuando estamos drogados, camina demasiado rápido en círculos. Ahora, supongo que estaba quieto porque no estábamos drogados. Las rejas de la ventana del dormitorio eran pequeñas X contra un cielo extrañamente olvidado. El otro muñeco de Nina, una Piggy que le trajo una prima de Londres, habla desde su lugar en la cocina, murmura gracias, gracias, gracias, todo el tiempo y no sabemos por qué. Nina quiso matarla una noche, pero la disuadí diciéndole que no está bien matar juguetes, menos si son regalados. «No está bien en ningún caso», dijo Nina, medio llorosa, y regresó a la cama. Le dije que estaba cada día más flaca. Me insultó. Yo no me enojo. Sé cómo es Nina. Por eso estoy con ella. El otro día me dijo que al sol lo hicieron con hilos las bolivianas que venden especias en la vereda del edificio. Me dieron ganas de orinar y fui al baño. Charly se estaba tomando un restito de champú de uno de los frascos. Le grité. Nina no escuchó, por suerte, nada. Cuando regresé a la cama ella ya se había dormido.

Todas las sombras de los sótanos de los alrededores suben a esta hora, dos en punto de la mañana, a nuestro departamento. Hablamos. Son historias ordinarias. Estupideces. Hablan de huérfanos que podríamos salvar como si nosotros estuviésemos en condiciones de salvar a alguien. El superyó verdugo de la ciudad. Yo trabajo de enfermero en un manicomio y Nina trabaja en una heladería de mierda. A veces, a la noche, trabaja de puta en hoteles de la zona. Cualquier problema me avisa por el celular. Eso es todo. Aún no hubo problemas. Nina pone las condiciones: esto sí, esto no, etcétera. Los tipos aceptan. Pobre gente. Llegamos a fin de mes con lo justo. No sobra nada, faltan muchas cosas, pero no son esenciales. Tal vez, sí, el aire acondicionado. Una cuenta pendiente. Las voces de las sombras del dormitorio parpadean mientras sus lenguas se congelan en preguntas para las que no tengo respuestas. Para qué estamos acá, qué sentido tiene vivir de esta forma, ese tipo de cosas. Nina no sabe nada de las sombras y se duerme con su velador encendido dejándome a mí la obligación de apagárselo. No le gusta la oscuridad. Yo les pregunto quiénes son y las sombras dicen que no lo saben. Existen y no. Caminan sobre la terraza. Las escucho a veces. O las sueño caminando muy lentas por pasillos iluminados apenas por esvásticas de neón verde. A las ocho y media entro al manicomio. Casi ni duermo. Llego drogado pero nadie se da cuenta. Es un manicomio. El mejor trabajo del mundo. Te das cuenta de que sos más sano de lo que pensabas. De que lo tuyo, los reptiles en tu cabeza, las ciénagas que representan cada una de tus pesadillas, son puras pavadas. A quién no le pasa. Los psiquiatras del manicomio dicen que si no tuviéramos fantasías no seríamos humanos; mientras uno no las realice o le pasen, está todo bajo control. Esa es la palabra. Los locos necesitan ser controlados. Esa, no lo digo ahí, es otra fantasía. Esta fantasía es nuestra, no la de los locos. Nuestra fantasía es justamente que los locos son necesarios para probar nuestra cordura.

Algo alteró mi vida ayer a la noche. Parecía ocasional y que no iría más allá, pero las cosas sucedieron de una manera bastante ilógica, siempre y cuando admitamos que hay una lógica en lo que pasa. Nunca me había pasado. Un dolor agudo en el oído derecho. Nina me quiso acompañar a la guardia pero le dije que no. El hospital está cerca, a menos de diez cuadras. El empleado de la guardia me anotó en la pantalla y dijo que me llamarían por mi nombre. No recordaba haber tenido un dolor así en mi vida, en ninguna parte del cuerpo. Me taladraba el interior de la cabeza como una avispa. Había poca gente, afuera hacía frío y caía un rocío fastidioso. Cuando me senté en una de las butacas de plástico a esperar mi turno, el viejo entró cerrando el paraguas, con paso marcial. Se registró en el mostrador del empleado y vino a sentarse junto a mí.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches.
—¿Hace mucho que está? —preguntó.
—No.
—¿Atienden rápido?
—Supongo que sí.
El viejo se rascó la frente, pensativo y casi enojado.
—Una cosa es suponer —dijo— y otra, saber, ¿no?
Me dolía demasiado el oído como para enojarme. Con el pelo prolijamente cortado y los ojos vivaces y azules, el viejo lucía un aspecto de hombre absolutamente satisfecho con su vida. Tendría unos setenta y cinco años o quizás un poco menos.
—¿Y por qué vino usted? —me sacudió suavemente un hombro.
Lo miré fijamente.
—Me duele el oído y si hablo o me hablan me duele más.
 —A mí también me está jodiendo el oído. Pero si hablo, me duele menos. Mire qué diferentes somos los seres humanos. Por eso, eso de que somos todos iguales, en fin, cosas de otras épocas.
Llamaron a dos personas. La atención parecía ser rápida. Quizás eso callaría al viejo. Llegó una mujer joven con un chico de unos seis o siete años en sus brazos y se sentó detrás del viejo. Enseguida un linyera, sólo tapado con un gamulán roto y sucio, entró y se quedó parado en un rincón con cara amenazante. En un momento quedamos el viejo; la mujer y el chico; el linyera y yo. El linyera empezó a hablar solo mientras caminaba alrededor del sector de las sillas. El hombre realmente olía, y sin embargo no era tan patético y sucio como parecía a primera vista. Su cabello blanco se erizaba arriba de su frente; el rostro, agridulcemente arrugado, parecía hecho con la piel de una pera pasada. Sus ojos rojos y quemados no tenían la agudeza de la locura sino de la cordura más horrorosa que había visto en mi vida.
—¿A usted le parece? —dijo el viejo.
—¿Qué?
—Este loco.
—Quién le dijo que está loco.
—Ah, bueno —el viejo emitió una risita sarcástica—. Bueno. Bueno. Si este no está loco, nadie está loco, amigo.
—De hecho, es así. Estamos todos locos. El mundo es un manicomio. La locura es una condena necesaria para encerrar a la gente. Para reventarla contra la pared y arrumbarla como un montón de ropa sucia en lugares inmundos, excepto que uno tenga plata para una cárcel cómoda.
El viejo me miró como miraría un detective a su sospecho ideal.
—¿Usted es comunista?
—¿Usted qué es?
—Alguien que trata de pensar las cosas con sentido común.
—El sentido común no existe.
—Veo que pensamos diferente.
—En eso coincido.
Una doctora joven salió desde un pasillo y llamó a la mujer con el chico.
—¿Vio eso? —dijo el viejo, malhumorado—. ¿No estábamos nosotros antes?
—Es para pediatría, señor —intervino el empleado del mostrador.
—¿Y nosotros qué? —dijo el viejo—. Además, si vale la aclaración, con usted no estoy hablando.
El empleado volvió la mirada de furia a la pantalla dejando al viejo masticando su bilis.
—¿A usted le parece justo? —me preguntó el viejo.
—¿Usted vino a ver a un pediatra? —le dije.
El viejo meneaba la cabeza.
—Yo hablo de justicia y usted me habla de pediatría.
—Piense un poco, por favor. No tengo ganas de discutir.
—Dejemos mejor las cosas como están.
—Sí, mejor.
Unos instantes después acercó su cara perfumada a mi oído atrofiado.
—Era una broma —dijo el viejo en voz baja y amigable—. No se enoje. ¿Quiere que le diga la verdad? Me aburro en casa. No me duele nada. A veces voy a un bar, a veces a una plaza, otras veces, como ahora, a una guardia. Digo cualquier cosa. Un dolor en la muñeca, en el cuello, cualquier pavadita. Sé fingir bien un resfrío. Me recetan y me voy. Cuando salgo tiro la receta a la mierda. No tomo remedios para nada, soy un roble. Tengo ochenta y todavía no sabe cómo funciono. Sólo tomo pastillas Renomé, jajajaja.
—Qué bien.
El empleado del mostrador lo escuchaba y levantaba la cabeza de vez en cuando mirando al viejo con ganas idénticas a las mías de pegarle una buena patada en el culo.
—Y ni le digo otras cosas… Jejeje, usted se imagina. Todavía me queda cuerda en el carretel, y qué cuerda, jejeje.
—Se entretiene —le dije.
—¡Y cómo! —se golpeó las rodillas conteniendo la risa—. Hay que engañar para divertirse. Usted debería saberlo, ya es un muchacho grande.
—No hay que engañar a la gente.
—Bueno, hay que entretenerse, ¿no? Pasar la vida.
—Es una vida de mierda vivir así.
—Con todo respeto, muchacho, no concuerdo.
—No me diga muchacho, no me gusta.
El viejo se calló. A todo esto, el linyera, después de permanecer inmóvil en un rincón con sus ojos muy abiertos que miraban nada en especial, ahora rondaba el sector de butacas rascándose furiosamente la cabeza.
—En la noche de la mente no siempre —dijo con voz grave y serena—, no siempre lo que vemos es real. Vemos cosas que no existen pero las que realmente existen, ¿dónde están? Yo sospecho dónde están. En el circo. Dan vueltas alrededor del circo, pero el circo está vacío. De noche, todavía está más vacío.
—Las cosas que hay que soportar —me codeó el viejo, intentando reanudar una comunicación amistosa.
—Él también se está entreteniendo —dije.
—¿Este? —gruñó el viejo—. Este no tiene derecho a nada, mi amigo. A este habría que mandarlo al manicomio.
—Yo trabajo en un manicomio. No es nada entretenido. No por los locos, que son gente en general inteligente y apacible, sino por los que tenemos que cuidarlos.
El viejo se quedó mirándome sin comprender. A cierta clase de sujetos, cuando se les dice la verdad, se descolocan, como si se hubieran despertado en Marte y no en la cama donde se acostaron a dormir. El linyera se había parado a un costado de nosotros con los ojos clavados en el viejo.
—Los cerebros de los muertos dominan la noche y hay que comérselos —dijo el linyera.
—Usted es un necrófilo —dijo el viejo.
El linyera se detuvo y se encorvó para mirar al viejo como si este estuviera a mayor distancia de la que realmente los separaba.
—¿Me está tomando el pelo, señor? —preguntó el linyera.
             —Vuelva a su madriguera y no moleste a la gente, usted no tiene nada que hacer acá —respondió el viejo.
—Le voy a decir algo que pocos saben —dijo el linyera; el viejo se frotaba las manos, impacientándose—: Dios creó el mundo y fue asesinado en un circo. Lo asesinaron después de crear el mundo y a nosotros. Lo metieron en un circo llamado Gólgota y lo asesinaron entre dos ladrones. Nosotros somos los restos del circo, no de la creación. Hay que quemar los circos y rearmar a Dios antes del Apocalipsis.
             —Déjese de decir pavadas —le dijo el viejo, sobreactuando una indignación de chupacirios pasado de moda.
El linyera se plantó con los puños cerrados, pero bastaba ver sus ojos para comprobar su incapacidad de agredir a alguien.
—¿Pavadas? ¡Usted es un sacrílego!
—¿Cómo va a decirme semejante cosa? ¿No hay seguridad acá? ¿Dónde está el empleado? ¿Empleado? ¿Empleado?
Era difícil precisar si el viejo era un gran actor o estaba sintiendo una indignación real.
—¿Seguridad? —dijo el linyera—. Yo hablo del asesinato de Dios y usted habla de seguridad. ¡Hable conmigo! ¡El empleado de Dios soy!

La lluvia arreció de pronto, golpeando todo como contra un parche seco, y hubo un silencio profundo. La suma de un trueno y un relámpago hizo vibrar los vidrios y las butacas, se cortaron las luces de la sala y, tras un momento de oscuridad total, se encendieron las de emergencia y un aura blanquecina flotó arañando, casi sin quererlo, las paredes.

—Todo se inunda —dijo el linyera—, se inunda, se quiebra; todos, justos o injustos, van a morir bajo la marea sin haber rearmado a Dios. Somos sus espías y no lo sabemos, nunca quisimos saberlo. Entiendan, ¡somos sus espías!
             —Deje de gritar, ¿qué tiene que ver Dios con una tormenta? —protestó el viejo—. Aproveche la lluvia y péguese una buena ducha, que apesta, che.

—¡Su alma es lo que acá apesta!

El viejo se levantó y se acercó al linyera con la intención de golpearlo. El linyera, para defenderse, alzó las manos hacia el techo y aulló como si le hubieran clavado un cuchillo al rojo vivo en el estómago. De inmediato, el viejo se paralizó y cayó de rodillas tomándose el pecho. El linyera se fue alejando del viejo arrastrándose como un gato herido. Mi petrificación duró unos instantes. Me levanté para asistir al viejo y, aunque presumí un infarto, le pregunté qué le dolía.

El viejo balbuceó babeando una espuma oscura.
—El demonio… Sáquelo… Este hijo de puta es un demonio…
El linyera, acurrucado contra la pared, lloraba como un chico.
—¡Un médico! —gritó el empleado.
—Están todos muertos —dijo el linyera—, ahogados en el barro de Dios. Jesús fue el único médico —lloraba desconsolado—. Jesús… Jesús…

Entraron dos tipos de seguridad desde un pasillo. Uno se encargó, con mi ayuda, de sentar al viejo en una butaca. El otro se encargó de pegarle al demonio. Lo separé; el tipo de seguridad insinuó lanzarme una trompada y retrocedí para pegarle antes, pero cuando el enfrentamiento era inevitable, nos congelaron las luces rojas y azules que traspasaron los vidrios. Entraron dos agentes. Hablaron con el tipo de seguridad, que había aflojado los puños, y se llevaron al demonio a la rastra, como una bolsa llena de huesos sueltos. Los seguí para ver si le pegaban. El demonio se negaba a ponerse en pie. Interviniendo, le pedí que lo hiciera. Extrañamente, obedeció. No sabía que podría llevarme tan bien con el demonio. Lo acompañaron casi amistosamente a la salida y lo metieron en la parte trasera del vehículo policial. Subieron y desaparecieron en la noche.

Me había olvidado del viejo. Cuando entré a la guardia no lo vi. Los tipos de seguridad y el empleado se habían ido. Oía voces que hablaban en voz alta, pero no alcanzaba a entender lo que decían. El lugar vacío olía a desolación y naufragio. Cinco minutos habré estado dudando entre sentarme o irme. Otra enfermera vino desde el pasillo por donde se habrían llevado al viejo.

—¿Es… era pariente suyo? —me preguntó.
—¿Quién?
—El señor.
—Ah, sí… Mi tío…
—Falleció. Lo lamento mucho.

Me palmeó el brazo y se fue con la cabeza gacha. Apenas unos instantes bastaron para que me diera cuenta de que ya no me dolía el oído y que un fluido tibio me había manchado el cuello y el hombro de la campera. Me sequé con el pañuelo y salí a la calle. El viento había cambiado, no llovía y el cielo se había aclarado.

La imagen del viejo como un ratón estirando la pata en la camilla irrumpió en mi cabeza, y me reí, así, simplemente. Recordé algunas de sus frases y volví a reírme con ganas; me reía tanto que vino una tos que casi me hace vomitar en la vereda. Pasado ese momento, la risa, de inmediato, volvió. De nuevo, no podía parar; me reía tambaleándome de un lado a otro de la calle, golpeaba contra la fila de los autos estacionados junto al cordón, rompí, sin querer, dos espejos, y después, no sin querer, de pura felicidad, les pegué patadas a varias puertas. Sonaban las alarmas, se levantaban las persianas y se asomaban cabezas, y yo me reía, me reía, pero cuando se acercaba la sirena de un móvil policial escapé cruzando la avenida desierta y me escondí detrás de un árbol hasta que la risa se fue yendo.

Cuando volví a casa desperté a Nina riendo en la cocina mientras me preparaba un café. No podía parar. Otra vez vibraba como electrocutado y lloraba de risa; tanto me reía que me terminé orinando en los pantalones. Nina apareció, asustada, y me pedía explicaciones, me preguntaba por el oído; yo reía, no podía, me ahogaba y cuando retomaba el aire mis respuestas eran risas, sólo risas. Se me iba el cuerpo con tanta risa; empecé a golpear las paredes, la puerta de la heladera, se cayeron todos los imanes y facturas. Con la cabeza rompí el vidrio que separaba la cocina del lavadero; la sangre me corría por la cara, pero era más fuerte que yo, más fuerte que el mundo, esa risa, hasta que Nina me pegó varios cachetazos y me tiró dos baldazos de agua en la cabeza. Ahí, no mucho, pero me calmé. Nina me secó la cabeza con una toalla, me cortó el pelo en la zona de la herida —yo contenía bastante bien la risa— y verificó la profundidad del corte. «No creo que haga falta coserlo», dijo, y me lo pegó con La Gotita. Me dio dos gramos de paracetamol. No tenía chichón ni mareos ni nada. Dormimos poco. Por momentos parecía que me despertaba la risa, pero no, estaba realmente cansado; me dolía el estómago de tanto reírme. Se duchó ella primero, yo después. La risa era bastante controlable. No quería problemas con Nina.

Cuando salí del ascensor al hall del edificio, el portero me saludó y me dijo, muy amable, que había recibido quejas de los vecinos por el griterío en nuestor departamento a semejante hora. Para ese momento la risa ya había muerto completamente. Le dije que me había caído en el baño y me había hecho un corte en la cabeza. Incliné la cabeza y le mostré el pequeño parche que Nina me había puesto. El portero me consoló. «Tenga cuidado, por favor», me dijo, «esos golpes pueden ser bravos». Le di las gracias. Los buenos tipos son gente crédula, son los que mantienen este mundo funcionando. Lo único que lamento de todo este asunto es que tuve que gastar plata en un taxi para no llegar tarde al manicomio. Pero el taxista era otro buen tipo. Cuando empecé a reírme a mitad de camino, no tanto como para reventarme la cabeza contra el techo o la ventanilla, el taxista me miró por el espejo unos instantes y luego se tentó, y él también, sin decir nada, empezó a reírse. No paramos de reírnos hasta el final del viaje.

Subí las escalinatas tapándome la boca. Al cruzar el portón la risa estalló como una granada en mi cabeza. Fui a la sala, di los buenos días, tomé las planillas. Los nombres de los pacientes se borraban. Me sequé los ojos y, conteniéndome, empecé la recorrida por mi pabellón. En cada cama veía la cara espumosa del viejo. La risa volvió o, en verdad, nunca se había ido. Ya no, ya no podía. Empecé a levantar a los locos y las locas de sus camas; casi todos se reían conmigo. Corríamos de acá para allá. Pura risa y revoleo de almohadas y sábanas era el pabellón. Dos enfermeros que ni vi me tacklearon contra el piso y casi enseguida sentí el pinchazo en la nalga.

Cuando desperté en la camilla, Nina estaba en un rincón llorando, apoyada contra los azulejos que no eran los de la cocina de casa. Charly y Piggy, de tamaño natural, la consolaban. Amigos fieles. Me reía, pero menos. Porque la voz del linyera murmuraba en mi oído, del cual otra vez fluía el barro de la ciénaga: «gracias, gracias, gracias».