"76", de Felipe Pigna: la necesidad de comprender

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    Felipe Pigna
    Foto: Alejandra López

"76", de Felipe Pigna: la necesidad de comprender

12 Abril 2026

No se puede comprender qué fue y cómo fue posible el golpe del 24 de marzo de 1976, y lo que éste desencadenó, sin reconstruir por lo menos sus inminentes años anteriores. Esto es lo que hace Felipe Pigna en su nuevo libro: 76. Crónica de un año que cambió nuestra historia para siempre (editorial Planeta) —como su nombre lo indica, no solo hace esto, también detalla lo ocurrido a lo largo de todo ese año trágicamente inolvidable —temo que “para siempre” sea demasiado tiempo.
Sobre la Dictadura, como sobre tantos otros temas en nuestro país, hay dos posturas antagónicas y aparentemente irreconciliables, cada una de las cuales tiene tantos matices casi como individuos la integran, y que simplificadamente denominaría Nosotros y Ellos. Pigna es uno de los abanderados de Nosotros. Ellos justifican con malos argumentos lo ocurrido en esos años injustificables, como lo hacen, por ejemplo, Milei y su troupe (y ayer lo hizo Menem y los suyos, etc.). Para Nosotros lo ocurrido es imperdonable.

En mi opinión, el abanderado de Nosotros o el de Ellos no es el que grita más fuerte la culpabilidad de los otros (y los odia), sino el que multiplica las perspectivas para poder reflexionar y comprender cómo se llegó a eso. Pigna hace esto, o intenta hacerlo —es Pigna el que recurre a ese verbo tan potente en la tradición fenomenológica: comprender (distinto a justificar, como aclara él, y también distinto a entender).
Como es un libro muy bien documentado, a lo que Pigna ya nos tiene acostumbrados, por otro lado, en sus excelentes trabajos de archivo y difusión, y como además me gustó mucho por muchos aspectos, en esta breve reseña voy a plantear algunas diferencias que me surgieron mientras lo leía.

Sin duda no tengo diferencias con respecto a la escritura sobre el período, escritura, la de Pigna, que tal vez sea de lo más imparcial que se puede ser sobre este tema, a pesar de ciertos adjetivos que utiliza —esta imparcialidad reflexiva nos permite sospechar, por ejemplo, que la avanzada represiva de la famosa Triple A (Alianza Argentina Anticomunista), comandada por el “Brujo” López Rega, tuvo el visto bueno del recientemente electo presidente Perón, mal que nos duela. Como ya sabemos, la Triple A fue un experimento que luego se amplificaría con el plan sistemático de secuestro, muerte y desaparición de personas llevado acabo por las Fuerzas Armadas, que monopolizaron tanto el uso legítimo como el ilegítimo de la violencia.

76, por otro lado, me confirmó en una idea controvertida, pues el anacronismo es un mal difícil de sortear en nuestra sociedad olvidadiza. Quiero decir: en mi interpretación, hasta la Dictadura, o hasta el fin de la Dictadura (y a pesar del bombardeo del 55 y de la Noche de los bastones largos del 66 etc.), las Fuerzas Armadas gozaban socialmente de cierto prestigio histórico y se representaban como salvaguarda última del orden de la nación. En el libro de Pigna encuentro más de un motivo para respaldar esta idea. Es lo ejecutado por la Dictadura lo que lleva a su ruina tanto a la institución militar como a los símbolos patrios (los himnos, la bandera, etc.), que recién serían resignificados en 1989, cuando Charly García se apropió del himno nacional.

Hasta hace poco tiempo no se ponía en duda quién estaba habilitado para escribir la historia de lo que sucedió en la Dictadura, como sí estaba y está en duda quién escribe la historia “verdadera” del peronismo, por ejemplo, o de la Revolución de Mayo, etc. Hoy esa hegemonía está en crisis, aunque Ellos todavía no hayan encontrado el escriba adecuado para semejante tarea. El libro de Pigna puede paliar esta crisis de hegemonía, pero no sé si la resuelve.
¿Por qué?
No porque no cuente la historia “completa”, para decirlo en términos de Ellos, ya que narra, por ejemplo, los atentados y las muertes cometidos por las guerrillas armadas antes y después del Golpe (de hecho, alguno de estos atentados lo narra dos veces, como para que no queden dudas de su postura). Lo que falta en esta reconstrucción, creo, es dar cuenta del fanatismo y la ceguera que embargó a esa “juventud maravillosa” que entregó su vida por una causa justa, aunque hoy no lleguemos a entender bien por qué  —debo confesar que me resultó extraño que Pigna no explique qué significa el término “perejil”, pero entiendo que es un toc que tiene mi imaginación.

Falta, en mi opinión, la responsabilidad que en este sacrificio social tuvieron las cúpulas de estas guerrillas, que justificaron y siguen justificando lo perpetrado por ellas tanto en lo político como en lo militar, antes y después del Golpe —esto, todo hay que decirlo, no tiene nada que ver con la mítica autocrítica, que tanto muchos de nuestros actores como los espectadores de aquel período no dejaron de hacer.

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libro 76

En ciertos párrafos Pigna se permite novelar algunas escenas, sin perder por eso la rigurosidad de un trabajo de difusión histórica, pero volviéndolo ameno y accesible a un público amplio —para los que investigaron el período quizás no haya grandes revelaciones, aunque el capítulo dedicado a las políticas llevadas acabo por el ministro de economía José Alfredo Martínez de Hoz son muy esclarecedoras.
Con respecto a esto, y como ya se volvió tradición, Pigna denomina a la Dictadura “dictadura cívico-militar”. Yo tengo mis reparos con esta denominación (a la cual podríamos agregarle más responsables directos, como el poder mediático y el poder eclesiástico). No porque ignore que el plan sistemático de desaparición y exterminio estuvo respaldado e incluso motivado por intereses privados, civiles y económicos, sino porque sospecho que estos intereses no provenían de la sociedad civil, provinieron más bien del capital concentrado nacional e internacional (un capital nacional que estaba globalizándose). Es decir, del sector más privilegiado de la sociedad civil, que aún goza de impunidad.

De hecho, y Pigna lo dice de alguna manera, la sociedad vivió el Golpe hasta con cierto alivio, en parte debido a la desinformación generalizada y en parte al clima opresivo de desatada violencia que imperó antes y después de la muerte de Perón —este clima de terror fue alimentado por las campañas de prensa y por los mismos militares, pero también por el desconcierto y la impotencia en la que estaba hundida la cúpula política, Balbín & cia. Aunque nos duela aceptarlo, hubo un tácito (o no tan tácito) consenso que avaló el Golpe —como ocurre generalmente, hay que tener cuidado con lo que se desea porque este deseo suele cumplirse literalmente.

No hay que olvidar, por otro lado, que en esos aciagos años, esos años dominados por el sueño de la Revolución, nadie confiaba en la democracia en sí, ni tampoco en los derechos humanos —valores que comenzaron a regir en nuestro país una vez que la Dictadura concluyó debido a sus propios desastres e inoperancias.
No hay que olvidar, tampoco, que hasta las mismas guerrillas armadas “festejaron” el Golpe como un acontecimiento propicio para el desencadenamiento de una revolución que acabaría con el régimen capitalista en nuestro país, y que solo algunas voces aisladas advertían de la catástrofe en la que se estaba.
Pigna lo recuerda, aunque no de la manera enfática como a mí me gusta recordarlo.
Por último, lo que falta en el libro de Pigna (vuelvo a decirlo: un libro imprescindible para el que quiera comprender), y es lógico que falte ya que no es un libro de literatura sino de historia, es esa dimensión de la realidad en la que la sociedad fue, digamos, feliz. En medio de ese pasado de plomo, terror y muerte, la sociedad se reprodujo y fue feliz. Había mucha censura y persecución y muerte, pero no todo era muerte.