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Cultura //// 22.03.2020
Siete años oscuros

Infinidad de veces escuché la frase “El tiempo todo lo cura”, pero ni el tiempo ni nada han logrado correr de mi memoria los apagones nocturnos, los Falcon sin patente atravesando la ciudad y cargando en los baúles a quienes jamás volveríamos a ver. Por Daniel Kaminszczik.

Foto: Melisa Molina

Daniel Kaminszczik

 

Cuarenta y cuatro años. Ese es el tiempo exacto que habrá transcurrido este 24 de marzo desde el comienzo de la pesadilla que envolvió en un manto de oscuridad y terror a nuestra amada Patria durante siete interminables años.

Con la excusa de la “violencia terrorista”, la “degradación institucional” y la “corrupción”, se desató en la Argentina, bajo la conducción de la oligarquía asociada al capital financiero concentrado y mediante la mano ejecutora de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, una macabra fiesta de violencia terrorista, degradación institucional y corrupción de la que no se registraban antecedentes en toda nuestra historia. Fiesta que no hubiera sido posible de no haber mediado el silencio en algunos casos, la complicidad lisa y llana en otros, de las instituciones religiosas, de todo el arco político antiperonista (y no tanto) y de los principales medios de comunicación.

Pero, ¿qué no se ha escrito, desde la recuperación del derecho al voto, sobre aquella infamia? ¿Qué no se ha dicho que no haya graficado explícitamente el horror de la tragedia cuidadosamente planificada desde las mismas entrañas del imperio y ejecutada a sangre y fuego por el sicariato local? ¿Cuántos océanos de tinta y cuántos trillones de caracteres se emplearon para expresar el retroceso de las conquistas sociales, la violación sistemática de los derechos civiles, la supresión de personas e identidades, la entrega del patrimonio nacional, la reducción del valor de la vida hasta convertirlo en la nada misma?

Y entonces pienso: ¿Cómo no ser redundante a la hora de recordar toda aquella angustia y toda aquella oscuridad? ¿Qué decir que no se haya dicho?

Infinidad de veces a lo largo de la vida escuché la frase “El tiempo todo lo cura” pero ni el tiempo ni nada han logrado correr de mi memoria los apagones nocturnos, los Falcon sin patente atravesando la ciudad y cargando en los baúles a quienes jamás volveríamos a ver, los patrulleros en los cruces de avenidas haciendo sonar las sirenas cada hora, el obelisco advirtiéndonos que “El silencio es salud”, la noticia de cada día de compañeras y compañeros caídos, de amigas y amigos exiliados, el relato de quienes por ser hijos, ahijados o protegidos de “alguien”, habían sido liberados tras unos días de salvajes torturas en los centros clandestinos y contaban todo desde el exilio, las entradas de personas y los “traslados” del chalet de inteligencia de Falke y compañía asentadas en el cuaderno del contramaestre de guardia de la Base Naval Mar del Plata, al que cada tanto tenía acceso cuando mi suboficial de cargo estaba de guardia y se descuidaba un rato, las “razzias” en cines, teatros, pubs, albergues transitorios, el autoadhesivo que rezaba “Los argentinos somos derechos y humanos” que te pegaban de prepo en la luneta y que tenías que despegar a escondidas -por si la denuncia de algún vecino con ojeriza- si no querías ser cómplice e infinidad de otras imágenes, de otros recuerdos que no mienten ni un poco y que permanecen intactos en mi mente y en la de gran parte de mi generación.

Siete años -cual maldición bíblica- duró aquella larga noche negra que se cargó a los mejores 30.000 para disciplinar a la sociedad y asegurarse que su “reorganización nacional” fuera irreversible. Siete años que descalabraron estructuralmente a la Argentina revirtiendo la distribución del ingreso, desarmando el entramado social, exterminando todo vestigio de la comunidad organizada, arrasando con el aparato productivo nacional, criminalizando la juventud, la cultura popular y la pobreza, excluyendo a amplios sectores de la sociedad, entregando nuestra soberanía con la farsa montada en conjunto con el imperio en Malvinas y sometiendo nuestro futuro –que es el presente que hoy vivimos- a los designios de los acreedores externos y sus socios vernáculos quienes, como ha quedado demostrado desde 1983, continúan detentando el poder real y determinando –con la inefable colaboración de la “justicia” y de los medios de comunicación de siempre- sobre el curso de los acontecimientos políticos y económicos y sobre cómo se reparte la torta.

Siete años duró y en 1983, recuperamos el derecho al voto y, claudicación alfonsinista y traición menemista por medio, recuperamos la libertad de circular sin documentos, la posibilidad de decir, leer y escribir lo que sea, cuando sea y donde sea y sí, metimos presos a muchos genocidas y sí, recuperamos a una parte de los nietos apropiados y sí, hasta nos dimos el lujo de una “década ganada” que repartió derechos a diestra y siniestra para las minorías y que tuvo la osadía de meterse con la redistribución progresiva del ingreso hasta hacerla intolerable para los sectores de poder y de pensar y poner en marcha el desarrollo científico y tecnológico de manera autónoma e independiente hasta crispar al establishment global. ¡Y claro que no fue poco! Pero también está claro, que la consolidación del poder oligárquico y del poder financiero operada durante aquel “proceso” es capaz, en cuatro años, de hacernos retroceder décadas hasta la vulnerabilidad de antes incluso, de la Revolución Peronista de los años 40 y 50.

Y entonces me siento obligado a “decir lo que no se dijo” y que durante casi cuatro décadas vivió en mí pensamiento como un estigma grabado en la frente. La esencia de la dictadura sigue vigente. Su espíritu sigue intacto, no sólo porque su “pata civil” aún continúa impune y porque falta conocer el destino de muchos de los 30.000 y de la mayor parte de sus hijos nacidos en cautiverio sino porque sus ideólogos, renovados generación tras generación, siguen acechando y esperando el momento de lanzarse sobre la vida y los recursos de nuestro pueblo.
El espíritu de la dictadura continúa intacto y sólo podremos darla por finalizada y celebrar el retorno pleno de la Democracia, cuando sus consecuencias estructurales, tanto económicas y políticas como culturales y sociales, sean erradicadas para siempre de la faz de la tierra.