Raymond Carver: un perfil ético del artista
Por Santiago Asorey
"La literatura ha sido la salvación de los condenados; la literatura, la literatura ha inspirado y guiado a los amantes, vencido a la desesperación, y tal vez en este caso pueda salvar al mundo."
John Cheever
Cuando se publicaron los cuentos originales de Raymond Carver del libro De qué hablamos cuando hablamos de amor sin la corrección de Gordon Lish, su editor, se armó una especie de polémica absurda respecto a cuál era el verdadero Carver. Si era aquel que decía Tim O' Brien que "utilizaba el idioma inglés como una cuchilla, talla piezas de prosa austeras y exentas de adornos" o si era este nuevo Carver sin corregir, mas explícito, menos depurado. En la versión original - sin corregir- del cuento "Una cosa más" Carver hacía decir a su personaje L. D. aquello que a sus personajes tanto les cuesta decir: "Solo quiero decir una cosa más, Maxine. Escúchame y no lo olvides - dijo - . Te quiero. Te quiero pase lo que pase. Y también te quiero a ti, Bea." En esta frase está todo el motor del cuento, la necesidad de decir te quiero y la imposibilidad de decirlo en la vida cotidiana. En la versión corregida, Carver entiende que el L. D. no puede decirlo y muestra cómo todo el proceso de la escritura surge de esa imposibilidad. Que la literatura muchas veces nace en el fracaso de las cosas importantes que no podemos decir en la vida cotidiana. De ese lugar nace la literatura de Carver. Por eso en la versión corregida, su personaje termina sin decirlo: "Solo quiero decir una cosa más - empezó. Pero le resultó imposible imaginar cual podía ser aquella cosa".
De alguna manera, esta disputa absurda sobre cuál es el verdadero Carver tiene que ver con una lectura que no contempla todas las dimensiones que tiene su obra. Que para llegar a escribir los cuentos depurados y crudos, primero necesitó escribir las capas que se escondían por debajo del texto. Carver tuvo que comprender el origen de la necesidad de narrar. Es por eso que el valor de la nueva edición de Principiantes sea ese. Entender de qué lugar viene Carver. Como lo explica Pablo Ramos en un ensayo: “De la imposibilidad de comunicarse con el mundo y en especial con el mundo cercano, con esos seres queridos que si no se están yendo su permanencia en nuestras vidas pende de un hilo. Del terror que sentimos frente a la inminente ruptura de ese hilo, y de la impotencia, también, que nos genera ese terror porque pese a amar, pese a necesitar, pese a ser necesitados no somos capaces ni siquiera de saber 'de qué hablamos cuando hablamos de amor', de ahí: de lugares como ese, viene Carver."
De ninguna manera las dos supuestas versiones de Carver- el corregido y el sin corregir- se contraponen. Por el contrario, la lectura de las dos versiones enriquecen la figura de Carver como autor. Los textos dialogan entre sí, nos muestran nuevos matices, nuevos lugares atravesados por su narrativa. Los cuentos de Principiantes nos ayudan a entender el lugar en el que había nacido la verdad profunda que había en sus textos y la forma en que Carver concebía a la literatura. Carver es tal vez el cuentista más grande del siglo XX, una especie de Chéjov norteamericano. Pero lo que más me conmueve de él no tiene que ver con técnicas literarias, ni expresiones poéticas. No tiene tampoco que ver con el minimalismo o el realismo sucio. Lo impresionante es cómo lleva de la mano al lector a un lugar de la realidad oscuro, crudo e inestable de soledad, que muchas veces vivimos, pero solo él puede expresar. Nos muestra cómo, de alguna manera, nuestras miserias son compartidas. Como si la culpa fuese un motor narrativo potentísimo y los personajes, a pesar de toda la torpeza, necesitasen redención. Él pone en palabras aquello que parece imposible poner en palabras y debajo de una frase simple emerge la profundidad del dolor en la cotidianidad.
Esta forma en que Carver trabaja con el material de la vida muestra que existe en él un verdadero gesto vanguardista. No se trata de la superficie de los textos, se trata de entender a la obra de arte como parte de la vida. Una obra que nace como respuesta estética a un problema concreto de la vida. Comprender nuestro destino de artista, hacerse cargo de él. Con toda la dignidad que ese destino requiere, Carver lo entendió. Hay dos grandes fragmentos que siempre vuelvo a leer cuando me olvido por qué escribo. Cuando olvido desde qué lugar escribo. Uno de esos de esos fragmentos es de Rainer Maria Rilke en su Cartas a un joven poeta: "Acaso resulte cierto que está llamado a ser poeta. Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido".
El segundo fragmento pertenece a los diarios de John Cheever, quien escribió entre muchas cosas excepcionales, una que siempre recuerdo: "Mi percepción de la moral es que la vida es un proceso creativo y todo lo que restringe o impide este impulso es malo u obsceno. Las estructuras más sencillas, árboles, una fila de cabinas en la playa, la torre de una iglesia, un banco en el parque parecen tener un significado moral, una continuidad que es alentadora y corresponde a todo mi sentido del ser. Pero hay especulaciones y deseos que parecen oponerse al admirable derivar de nubes en el cielo y la tristeza más honda que conozco tal vez se haya de absorber en ellas." Qué se puede decir después esto. Casi nada o muy poco. Tal vez que el peso de elegir vivir esta verdad de la cual Cheever habla es a veces muy grande. Que la incompatibilidad de la culpa con el arte que Cheever y Carver llevaban era, también, el germen que los llevaba a escribir. Que la lucha contra los sentimientos de culpa, tristeza o soledad nos sienta a escribir, pero implica pagar el precio de elegir vivir la verdad. Estimulamos nuestra imaginación, sin saber también que estimulamos nuestra capacidad para destruirnos. Intuyo que para estos grandes titanes de la literatura, Carver, Cheever y Rilke, lo que definía al escritor no era publicar un libro, ni aprender un oficio, ni ganar un premio, sino comprender un destino del cual es imposible huir. Un destino que implica frente al fracaso en la realidad, sentarse y escribir sobre cómo fracasamos, una y otra vez.
Principiantes, 2010. Editorial Anagrama