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Cultura //// 22.08.2021
"A puro Palo”: las noches de Los Visitantes

Una crónica de los recitales de Palo Pandolfo y su banda durante los años 90, en los boliches del under porteño: El Parakultural, Die Schule y Bolivia.   

Por Ramiro Gallardo | Ilustración: Ramiro Gallardo

En tiempos del secundario, un amigo me invitó a ver una banda. “Está buena”, me dijo, “te va a gustar”. Ese sábado por la noche bajaba las escaleras del Parakultural para ver a Palo en un escenario alto, cantando como un desaforado. Estaban por sacar Salud universal. Recuerdo que me impresionó lo que gritaba aquel tipo: nunca oí gritar a alguien como a Palo Pandolfo: "Aaajooaaooaaoaoaoa. Auauauoooaaaa. Jjjhhhuuaauaua. Ahhhh. Ahh ahh ajjj ajjj jjj”.

Aquella noche empecé a seguir a Los Visitantes.

Tengo un ranking personal con los mejores recitales de mi vida, y el peor. Los primeros son tres: los Redondos en el Santa Lucía de Florencio Varela, el Indio Solari en Olavarría y Los Visitantes en un bar de la calle México, en San Telmo. El peor, también de la banda de Palo...

Tocaban en Die Schule. La noche, que ya arrancaba tarde, se demoraba demasiado. La banda no salía. El público estaba impaciente y no se respiraba el mejor de los climas. Un espacio en doble altura ¿o tal vez triple? con barandas de hierro, un escenario neutro, gradas de madera al costado de la sala.

Jorge, borracho, durmiendo debajo.         

Por fin, hacia las 5 de la mañana aparece la banda. Comienza el primer tema y Palo que se cae, se levanta, resbala. Apenas puede cantar. Balbucea y se sostiene gracias al pie del micrófono que oficia de bastón. Termina el tema y la banda se retira. Se lleva a Palo, más bien.

Pasa un rato, que en mi recuerdo no fue demasiado largo, y reaparece la banda, pero Palo no está. Comienzan a tocar un instrumental. No resultaba del todo extraño en un primer tema tras un corte, a veces el cantante no aparecía y se sumaba recién en el siguiente. Una forma de darle protagonismo al resto de los músicos. Pero el segundo tema también fue instrumental. Karina improvisaba algún que otro coro.

Al tercero la gente comenzó a protestar, y al cuarto se pudrió todo. Con el primer zapatillazo la banda salió corriendo. El público explotaba. Encendieron las luces y todo el mundo a casa.

Sacamos a Jorge que seguía durmiendo abajo de las gradas y salimos indignados. En aquel momento no llegaba a entender a Palo. Jugaba al espectador exigente. No volvimos a ver a Los Visitantes por un año.

Las fechas se me confunden pero sospecho que el recital de la calle México fue tiempo después. Estábamos los de siempre: Tuta, Pini, Jorge, pero esta vez se había sumado Esteban. Raro. El bar se llamaba Bolivia y no cabían más de cincuenta personas. En la calle, antes de entrar, hubo una pelea. Uno era flaquito y vestía de negro y de mochila; el otro era más grandote, un punki. Sufrí por el flaquito, pero se la bancó.

Adentro las disputas desaparecieron. El lugar era diminuto, con espacio para una barra y no mucho más. Entre el escenario -una tarima de pocos centímetros de altura- y la pared de ladrillo del fondo no habría más de cinco metros. Los Visitantes tocaban su repertorio habitual, mechaban temas de Don Cornelio y Palo estaba especialmente verborrágico. Era casi como una fiesta con una banda de amigos tocando. Tocando y tocando.

Tocaban y tocaban.

Tras hora y media de canciones y cervezas de a litro acechaba el momento de los bises. Uno, otro y chau, lo habitual. “Otra más, otra más” y un nuevo bis y chau de nuevo y “dale Palo una más y bueno dale” y la guitarra que arranca.

Otros tres o cuatro temas y el Mexicano que se harta -se le nota la calentura-, da un golpe fuerte con las baquetas y se las toma. Dos temas más y el que se raja es el bajista. Queda solo Palo. Aquella noche Karina no estaba, y sospecho que el tecladista tampoco.

Palo miró con cierta gracia -diría que contento, liberado- y arrancó. A partir de ahí ya no hubo que pedirle bises, Pablo y su guitarra estaban imparables. A veces él la dejaba descansar y recitaba un poema, otras veces simplemente charlaba o se reía, pero en seguida ella pedía pista y sonaba un nuevo tema.

En algún momento de la noche, ya sea porque el dueño del boliche le haya hecho un gesto, porque Palo no daba más o porque no quedábamos más de veinte personas, el recital terminó. No fue fácil, ahí sí le pedíamos que siguiera: “Dale Palo, tocate otro”, “Tazas de té chino, Palo”, “Palo, Palo, Palo, Palo bonito Palo eh...”

Y Palo nos daba todos los gustos. Cuando tocó el último tema ya era de día, a la salida habremos ido a desayunar, supongo, no lo recuerdo. De lo que no me olvido es de aquella noche mágica, íntima, eterna. A puro Palo.