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Cultura //// 16.08.2020
Poema que vuelve: Olga Orozco

Olga Orozco recibió el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes en 1980 y en 1988 el Premio Nacional de Poesía. Falleció en Buenos Aires, por estas fechas, un 15 de agosto de 1999. En esta nueva entrega compartimos un poema de su autoría, prácticamente desconocido.

Por Miguel Martínez Naón | Ilustración Matías De Brasi

En 1946 aparece "Árbol de niebla”, poema publicado por primera vez en la revista Canto. Su autora es Olga Nilda Gugliotta Orozco, conocida popularmente como Olga Orozco, una de las poetas más destacadas de nuestro país. Nació en Toay, la Pampa, en el año 1920 y tras unos breves años en Bahía Blanca su familia llegó a Buenos Aires, en 1936.

Comenzó a colaborar como periodista en la revista Canto, que reunía a la llamada generación del 40; donde escribían y publicaban muchos jóvenes (todos hombres a excepción de ella) como José María Castiñeira de Dios, Enrique Molina y su director Miguel Ángel Gómez, primer esposo de Olga.

Ella dirá, años después, que no se sintió nunca identificada con esta generación: “proveníamos de influencias muy diferentes, unos de la literatura española, otros de la inglesa, otros de la alemana, otros hacían una poesía muy coloquial, otros tenían resabios del ultraísmo, y algunos asomos del surrealismo”. Según cuenta, cuando sacaron el primer número de esta revista le entregaron los ejemplares a unos pibes para que la “vocearan” en la calle Florida, y estos gritaban: “¡Canto, Canto, revista de poesía contra los fantasmas!”. Fue así que en pocos minutos se agotó.

Por esa época también hacía comentarios sobre teatro clásico español y argentino en Radio Municipal; fue actriz teatral (encarnó el personaje de Mónica Videla entre 1947 y 1954) y trabajó en Radio Splendid en la compañía de Nydia Reynal y Héctor Coire. Desde la publicación de su primer libro Desde lejos, Olga dio pasos agigantados. El mismo fue editado por Gonzalo Losada en una gran colección donde estaban incluídos Rafael Alberti (quien fue el primero en elogiarla durante su visita a Buenos Aires), Pablo Neruda, Miguel Ángel Asturias, entre otros.

Su segundo libro, Las muertes, tal como ha contado ella son mitos modernos, epitafios de personajes en cuya vida ya no se puede entrar para modificar nada, porque “han tenido un principio y un fin ejemplares, en el sentido de que son muertes perfectas, literariamente, ya intocables”

Luego vinieron Los juegos peligrosos; Museo Salvaje; Mutaciones de la realidad; Cantos a Berenice; En el revés del cielo; La noche a la deriva; y con esta boca, en este mundo. Más su libro de relatos de infancia La oscuridad es otro sol. Sobre este último ella dirá: “Algo brilla siempre en la oscuridad, hay algo de referencia que te muestra lo que no se ve a la luz de todos los días”. Y como contraparte de este libro publicó posteriormente “También la luz es un abismo”, también de relatos.

Tal como mencionamos antes, el poema que compartimos hoy fue publicado en aquella revista en el año 1940 cuando ella tenía solo 20 años de edad, y no fue incluido en ninguno de sus libros. Recién en el año 2000 será publicado en el número 11 de la revista “El jabalí”, y lamentablemente no quedará incluido en la Obra Completa (AH editores, 2012). Por eso, desde esta columna lo compartimos una vez más; “Poema que vuelve” se ocupa con fervor cada domingo de rescatar para nuestros lectores poemas olvidados, inéditos, desconocidos.

Cabe destacar que. en esta oportunidad, hemos contado con la enorme gentileza de la poeta Marisa Negri, quien fue amiga personal de Olga Orozco, gran conocedora de su obra, lo que la llevó a editar el libro “Yo Claudia” (Ediciones en Danza, 2012) que recopila los artículos periodísticos de Olga publicados entre 1964 y 1974 en la Revista Claudia.

Olga Orozco recibió el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes en 1980; y en 1988 el Premio Nacional de Poesía. Falleció en Buenos Aires, por estas fechas, un 15 de agosto de 1999.

En diálogos transmitidos hace unos años por Canal Encuentro dejó selladas varias definiciones, impresiones e experiencias de su vida, sosteniendo que los temas en su escritura siempre fueron los mismos: “la búsqueda de dios, el hecho de acechar más allá de lo visible o de lo inmediato, de ampliar las posibilidades del yo, el tiempo y la memoria, la justicia, la libertad, el amor y la muerte”

Los dejamos entonces, querido lector, con este gran poema. Que lo disfruten.

 

Árbol de niebla

¿De dónde esta tristeza que me llega
cómo un último amor,
como la débil rebelión de la tierra
por sus lluvias,
por las lianas azules de sus nieblas?

No sé si de la muerte de aquellas dulces hojas,
en las que el viento busca todavía
La pálida ternura del estío.

No sé si de ese día en que el otoño
abandonó su rostro sobre un río,
perdido en la congoja.

No sé desde qué cielo tanta sombra
asomada a mi pecho entre la pampa,
cuando mi vida vuelve como el llanto
a su antiguo paisaje, a sus antiguas voces
que crecen como hiedra desde el sueño.

 

¿Cómo no amar entonces

la libertad tan triste de los médanos,

el deseo de mar con que se duermen

mirando hacia otro cielo,

donde el recuerdo tiene solamente

la eternidad del trébol?

¿Cómo no amar la angustia de las piedras,
sometidas sin lucha
al inútil retorno de la hierba,
al invencible polvo,
a ese lejano muro donde el tiempo
se disgrega desnudo, sosteniendo
las huellas de mis manos?

Alguien me llama aún por sus desiertos
por el aire sombrío que se inclina
al desolado oeste;
mientras yo estoy aquí,
con mis pequeñas muertes como un árbol
esperando el olvido.