Orillera, lo que se está por decir

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Orillera, lo que se está por decir

02 Junio 2019

Por Lorena Bermejo

No parecés de acá. Una frase se repite y toma forma en las voces de cada personaje en distintos momentos de la obra. ¿Cómo se conforma la identidad con un lugar? Ese acá, ¿es Mar del Plata, es la familia? No parecés de acá. Me voy. Salgo. En Orillera, sus personajes parecen buscar un lugar donde estar en calma o al menos poder existir como son. Si ese lugar existe, en escena no nos enteramos; lo que está claro es que ahí donde están, no están bien. La histeria y la tensión se mantienen durante toda la obra, y si el ritmo decrece y la intensidad baja, es porque el conflicto se agudiza y algo se destapa: tengo un atraso.

En Orillera no hay escenografía: una silla, una trompeta y una guitarra, y las linternas que los actores y actrices llevan en las manos, son todos los elementos de la obra. La historia está situada en una Mar del Plata que se comprime para ser el escenario de lo que podría ser un pueblo, un barrio, o un par de cuadras: una madre soltera con tres hija/os, una panadería, un taxista, un joven brasilero que busca a su madre. En Orillera hay un conflicto que atraviesa la historia más allá de cada historia personal, una búsqueda de género, una pregunta por la sexualidad, la fuerza, y la violencia. En todos los personajes hay algo que está por romperse, un abismo que se esquiva justo cuando va a caer, una transformación que es inminente pero todavía no se asume, un secreto iluminado que nadie quiere ver. Y entre tanta confusión, la heteronorma como columna donde sostenerse: Orlando, el taxista boxeador, que concreta su masculinidad cada vez que se impone frente a una mujer, a Diana, con su exacerbado deseo sexual que se reduce a la brasa restante de un cigarrillo, y a Sara, la panadera empoderada que se enfrenta cada día con un bollo de masa en la cocina.

Al igual que en Gurisa, la obra que Toto Castiñeiras estrenó en 2017, el texto se narra en fragmentos: las voces de sus personajes cuentan su versión de la historia, y en medio de los hechos concretos hay siempre una confesión: me gustan más los varones, me gusta el nombre Laura, creo que me gustan las mujeres. Las revelaciones no desacomodan los roles de los personajes, y Ada, la madre y jefa del hogar, funciona como el pilar firme de la casa hasta que aparece Joao, su hijo abandonado en Brasil, y los recuerdos de una relación la despiertan: ya no sé quiénes son mis hijos. Y entonces ellos empiezan a enfrentarla, a decirle la verdad.

El impacto que genera la obra atraviesa el cuerpo, todos los sentidos. Los movimientos actorales son parte de la narración, y en las escenas cada protagonista está sujetado por los demás, como si las personas mismas fueran arneses, un sostén, una pared. Los personajes toman forma de objetos cuando no están en escena, una escena que está delimitada por luces que también quedan en manos de quienes actúan. No hay más, no hay un afuera de la obra: ellos son iluminación, sonidos, música, narración y personajes. Y las tensiones no siempre vienen de las palabras porque, como en toda conversación, los silencios también significan. Orillera es un viaje por las tensiones de las relaciones familiares, las cadenas de los mandatos culturales (patriarcales) y la compleja búsqueda de una identidad.

 

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Ficha Técnica

Autoría y Dirección: Toto Castiñeiras

Actúan: Mariela Acosta, Juan Azar, Julieta Carrera, Nicolás Deppetre, Manuela Méndez, Teresa Murias, Mauro Pelle, Fred Raposo, Corina Romero y Roco Saenz.

Diseño de iluminación: Alejandro Le Roux

Diseño de Vestuario: Daniela Taiana

Coreografía: Valeria Narvaez

Asistente de dirección: Emilia Benitez

Fotografía Lucas Schlott

Prensa: Débora Lachter

Producción ejecutiva: Rocío Gómez Cantero

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