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Cultura //// 04.04.2021
No hay que escribir sobre la muerte de Busqued, pero cáguense

A los 50 años, murió el escritor Carlos Busqued, autor de dos grandes obras como son Magnetizado y Bajo este sol tremendo. En este artículo, unas palabras en su memoria. 

Por Branco Troiano

No hay que escribir sobre la muerte de Busqued. Está mal. 

Listo, guardo esa línea, esas dos oraciones, y mando. Es para homenajear a Carlos Busqued. Guardo y mando. Solo eso, una línea, dos oraciones.

Pero no. Sigo.

Mariana Enríquez, la autora argentina más leída del momento, cuenta algo que vivió con Busqued y lo cierra: “¿Está mal contar anécdotas? ¿Es vanidad? Qué me importa”.

Yo soy nadie. Entonces, qué me va a importar a mí. Además, pienso que a él le agradaría leer algo de un nadie, quizás hasta más que algo de un cercano.

Solo hablé dos o tres veces con Carlos. Me pareció un tipo cálido y tierno. Las decenas de mensajes que a estas horas se ven en redes lo ratifican. Pero esto no importa. O sí. No voy a iniciar con contar anécdota porque no la tengo, pero, ¿qué es un homenaje, sino?, ¿acaso no es una de sus formas?

Muchos no lo conocimos, pero con sus dos libros, Bajo este sol tremendo y Magnetizado, alcanza y sobra.

A Busqued nunca le interesaron las cosas buenas. Claro que las identificaba, pero nunca le interesaron. Primero porque hablaban por sí solas, y segundo porque bien sabía que también había cosas malas, y que ahí estaba todo.

Carlos era fanático de los aviones y del calor de Chaco y no le gustaba la gente mala. Porque lo malo, para Carlos, hacía mal. Lo malo malo. Entonces lo decía. Esto es malo, decía. Después, para lo otro, para el horror, el tedio, para lo insondable, se permitía sus concesiones. Es que, en fin, ¿quién puede dar cuenta de la complejidad humana sin permitírselo? 

Antes que para hablar, para saber: para saber hay que ser valientes. Carlos lo era. A partir de allí, hablar parece ser cada vez más accesorio. Todos hablan, pocos saben, Carlos sabía, era valiente. “La música linda siempre parece hablar o venir de un mundo que no es este”, escribió ayer, 29 de marzo, el día de su fallecimiento, en twitter, plataforma en la que casi a diario dejaba apreciaciones como ésta. Lo hacía sin comas ni puntos ni tildes ni mayúsculas ni cualquier otro signo sin poses ni nada no era un farsante no era un payaso se reía de ellos de él de nosotros de ustedes. Las coman nos permiten un respiro. Él no lo necesitaba. O, en verdad, a él no le servía. Sus escritos; a ver, él: era una aplanadora. No había que parar, no servía a la causa y no había lugar para hacerlo.

Con los hijos de puta tampoco había que parar. Por eso cuando a su “sos un sorete grande como una casa hernan ojalá recibas tu merecido castigo”, Hernán Iglesias Illia, ex funcionario del macrismo, le respondió “muy bueno tu segundo libro. el primero no lo leí.”, Busqued sentenció “me ensucias la obra leyéndola”.

El Twitter, su maravillosa industria de guerra. “Debe ser lindo morirse y ser tan querido”. Es que era eso: no había lugar.

Carlos espantaba porque era bueno, incomodaba por lo mismo. Carlos Busqued, el Truman Capote de nuestros pagos. No hacen falta buenos escritores o buenas escritoras, hacen falta miradas que se atrevan y corazones que, como puedan –bajo tumbos flagelos implosiones grietas derrumbes-, las sostengan. Carlos fue lo que hacía y hace falta y, en el mundo que él proyectaba, lo que hará falta. Tuvo la valentía de exponerlo -exponerse-, con su tremendísimo “Magnetizado”, ahí, en esas zonas donde todo parece estar dado para perder.

Una obra que debería darse en distintos niveles educativos. O no, qué estupidez. Me río. Él, estimo, también lo estaría haciendo. Carlos era un tipo con sentido del humor. Ácido, corrosivo. Algo lógico, digamos: no hay manera de ganarle -al menos una partecita- al horror sin saber habitar el humor y, a partir de allí, encarar de lleno a la abyección, apuntarle a la cabeza. 

La red, su red, Twitter, se ve atestada de mensajes en su memoria. De sus lectores, nosotros, a quienes, siempre que pudo, agradeció genuino. Nuestros mensajes, de nosotros sus lectores, los que, cada vez que tomábamos o retomábamos sus libros, su Bajo este sol tremendo o su Magnetizado, como insta toda buena obra, no íbamos a completar nada: íbamos a reescribir.

A reescribir y a abrazar. Busqued fue valioso porque fue humilde, o humilde porque fue valioso, entonces sus textos, humildes y valiosos, valiosos y humildes, como todos los grandes textos, nos invitaban a eso, a un agasajo sin reparos de reescrituras y abrazos. Sin reparos. Sobre todo a la hora de comer sanguchitos (se comenta, otra de sus aficiones).

“Tan mierda puede ser este mundo para que se venga a morir Busqued?”; “Murió Carlos Busqued. Tipo insólito, insondable, complejo, extraño, único, divertido, roto, querido.”; “Muchos escriben. Varios lo hacen bien. Pocos van al hueso y conmueven. Busqued era uno de esos. Buen viaje, loco…”; “Siempre es triste la muerte, pero la de Busqued, además de todo, es tan sorpresiva que cómo digerirla. Se reiría mucho de algunas condolencias que dan vueltas por acá, eso seguro”; “Se murió Carlos Busqued. Entre tanto falso profeta de la luz, él escribió de lo único que realmente interesa: la mugre de ser humano. Ojalá que por lo menos la gente saquee las librerías y agote, de nuevo, Bajo este sol tremendo”.

En fin, se fue un grande, un escritor de la ostia, y se fue, sobre todo, o por ende, un valiente. 

No hay que escribir sobre la muerte de Busqued. Está mal. Pero qué se yo, me cago, que se caguen.

Que en paz descanse, maestro.