fbpx Nico Favio: “Los chicos y chicas que vendrán van a amar a Favio” | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Cultura //// 03.06.2018
Nico Favio: “Los chicos y chicas que vendrán van a amar a Favio”

Nico Favio aún se sorprende por el cariño popular que despierta su padre Leonardo, quien el lunes 28 de mayo hubiera cumplido 80 años. AGENCIA PACO URONDO mantuvo una charla larga, de recuerdos y anécdotas que pintan la vida y obra de un excepcional artista popular.

Por Diego Kenis

Nico Favio heredó de su padre, el gran Leonardo Favio, no pocos rasgos del rostro, la sensibilidad por lo popular y la vocación por la música, que pronto lo llevará a presentar un nuevo (y especial, anticipamos) trabajo discográfico.

También lo acompaña un tono colombiano, que no heredó de su padre, pero sí de su exilio, al que recuerda como “una aventura” a sus ojos infantiles de entonces. Pero que sabe desgarrador para el actor, cantante y cineasta de cuyo nacimiento se cumplieron 80 años el reciente lunes 28 de mayo.

Pasado el aniversario, Nico aceptó la invitación de AGENCIA PACO URONDO a una charla larga, en donde fueron apareciendo recuerdos familiares o de infancia, intimidades del nacimiento de obras maestras de nuestro cine, la pasión por la música, el cariño del público de buena parte del mundo, la mirada política, la sensibilidad social, el culto a la amistad y el compañerismo. O, incluso, magias secretas de películas que no llegaron a plasmarse en el celuloide.

 

AGENCIA PACO URONDO: ¿Cómo te gusta recordar a tu papá, en casi seis años de su ausencia física y en lo que hubiera sido, el lunes 28, su cumpleaños 80?

Nico Favio: Lo celebramos con amigos, con Jorge Candia, que compuso con él tantos éxitos que es como de la familia; mi amigo Huguito, un amigo que vino de Colombia y otro, que se llama Daniel Alaniz, que es fanático de mi papá. Tiene una colección enorme y siempre viene para esta fecha, para estar cerca de la familia. Todo simple, tranquilos y recordándolo siempre en el cariño de tanta gente. De muchas maneras lo tengo presente a mi papá.

APU: ¿Qué sentís que dejó en el pueblo y en la cultura del país y de la Patria Grande latinoamericana?

NF: Un legado enorme, inmortal. Nuestra historia contada en su cine. Pasarán cien años y seguirás escuchando a Leonardo Favio. No sé cómo explicarlo con palabras, pero es un legado enorme. En Colombia, la gente tiene altares en sus casas, piezas dedicadas a mi papá con sus discos, velas y flores. Es un amor muy grande el que dejó en la gente. Eso se traspasa de generación en generación, los chicos y chicas que vendrán van a amar a Favio, y así seguirá. Es un legado enorme. El más grande cineasta que dio la Argentina. Como la música de (Astor) Piazzolla se estudia en universidades de todo el mundo, el cine de mi papá también. Mientras esté la humanidad, seguirá existiendo. Como la música de Mozart o Beethoven.

APU: Siempre mencionás el amor de tu papá por su música. ¿Qué nos podés contar sobre eso, habiéndolo vivido de cerca como hijo y músico?

NF: El legado musical de mi papá, para mí, es tan enorme como el del cine. Acá mucha gente, como era tan popular, le daba como cosa decir que le gustaban sus canciones. Decían: “me gusta como cineasta”. En el resto de Latinoamérica no pasa eso. De hecho, cada tres minutos suena una canción de mi papá en radios de toda Latinoamérica, salvo en la Argentina, que es muy de vez en cuando, para homenajes o algo así, pero no con la continuidad con que suena en todas las radios latinas del mundo. En Latinoamérica, Europa o Estados Unidos.

En YouTube se da un fenómeno muy particular (ver nota relacionada). Una vez, unos muchachos de una empresa nos llamaron a mi hermana y a mí porque habían hecho un análisis de los artistas más importantes de Argentina de los últimos cien años en rock, folklore y balada. Estaban Carlos Gardel, Los Fronterizos, Charly, Soda Stereo, Spinetta, Almendra, Miguel Mateos… Y el que tiene mayor cantidad de visitas en YouTube en el mundo es mi papá. Va a la cabeza de todos.
 

APU: Recientemente se inauguró el Museo “Leonardo Favio” de Avellaneda. ¿Qué experiencia particular tenés con ese espacio?

NF: Sí. Hay muchos museos en el mundo. De hecho, en Chile, un muchacho fanático de mi papá levantó con sus propias manos una casita en el campo, con toda su colección, viaja por todo el continente buscando cosas y le puso como nombres Leonardo Favio y Nico Favio a sus dos hijos.

El Museo de Avellaneda, más que un museo, es una recreación de su lugar de trabajo. Nosotros no teníamos dónde guardar las cosas de mi papá. Eran muchísimos baúles y no cabían en ningún lado. Los guardó durante un tiempo un amigo, Pablo Rioba. Pero llegó un momento en que tuvo que desocupar el depósito. Y nosotros, sabiendo que en Avellaneda existía el edificio municipal “Leonardo Favio”, hablamos con (el intendente Jorge) Ferraresi para saber si podríamos guardar allí las cosas. No las donamos: eso estará ahí mientras siga la gestión de Ferraresi u otro intendente de la misma ideología.

En el edificio, mil chicos estudian cine, en un instituto que es de lo más adelantado, donde tienen lo último en tecnología. Da clases, por ejemplo, Omar Quiroga, historiador de Perón, Sinfonía del sentimiento y otra gente que trabajó con mi papá. Es todo en un nivel muy alto. Entonces, cuando fuimos a guardar las cosas ahí, se nos ocurrió hacer una pieza y recrear su oficina. Para que los chicos vieran los libros que él leía, los discos que escuchaba… Recreamos su cuarto, pusimos su cama, el televisor chiquitito en que veía Telesur… Y toda la gente que trabajó con él sintió que volvía a entrar a su oficina. Esa oficina que estaba tan desolada, porque estaba todo guardado, porque él antes de internarse mandó a pintar, para tener todo pintado al regreso. Fue muy triste ver las cosas en bolsas y baúles, porque era una oficina que siempre estaba llena de vida. Yo iba en la semana y me sentía bien sólo con tomar un café allí. Con el Museo se reverdeció esa energía.

Notas relacionadas: Jorge Ferraresi inauguró el Museo Leonardo Favio en Avellaneda y Bienvenidos al Museo Leonardo Favio
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APU: ¿Y qué devolución tuviste de quienes estudian allí?

NF: La emoción de los pibes. Muchos no conocían el cine de mi papá. Entonces miraban un tráiler, que se llama Pasión, poesía y memoria, y se enganchaban. Hubo momentos de mucha emoción. Además, en sus colecciones de libros o discos, mucha gente se encontraba con libros de poetas amigos, que le habían enviado y él conservaba. Atesoraba los regalos de sus fans. Por ejemplo, uno: Tonny Cornielle, dominicano que vive en Nueva York y se gana la vida cantando tributos los fines de semana. Y entre los discos de la colección de mi papá estaba el suyo, que se lo había regalado en Nueva York. Le envié la foto por Facebook, y no lo podía creer. Estaba loco de felicidad.  

APU: Viviste de cerca el nacimiento de muchas de sus películas. ¿Qué recordás de cada una?

NF: Recuerdo una de las películas que no nació, Severino di Giovanni. Es una película que mi papá nos contaba. Como hizo con Gatica (1993) y muchas otras: nos ponía de público, nos contaba sus ideas, hacía su marketing con nosotros. Veía cómo reaccionábamos a la música que quería, a los sueños que nos contaba. Y así iban saliendo canciones, músicas, escenas. Era ver cómo pasaba todo de la fantasía a la realidad. A Severino la venía soñando de chico en Mendoza, y era como el cuento de las buenas noches: nos reuníamos en el patio y mi papá nos contaba nuevas escenas que se le habían ocurrido. Así fue también con Gatica, cuyo nacimiento también pude palpar. Y con Juan Moreira (1973) nací yo. Y con Nazareno (1975) y Soñar, soñar (1976) era muy chico. Pero veía que él reunía a sus amigos y les iba contando el desarrollo, el final, ponía músicas, iba soñando en voz alta y con mucho entusiasmo.

APU: ¿Qué significó haber participado como artista de la musicalización de Aniceto (2008), su último largometraje?

NF: Todo. Me dio vuelta la vida, porque estar ahí fue como un gran éxito, un gran triunfo. Porque mi papá no te regalaba nada, artísticamente hablando. Él era muy bondadoso, pero en el arte no te iba a regalar nada, aunque fuera su hijo. Él cuando escuchó la canción ya le gustó muchísimo cuando se la canté con la guitarra. Y cuando escuchó el arreglo, cerró los ojos y me dijo: “es el final de Aniceto”. Un reconocimiento artístico enorme.

APU: Fue especial el encuentro con Pilín Massei, ¿no? ¿Cómo lo conociste?

NF: Sí. Yo no lo conocía. Y cuando escuché su música en Aniceto no sabía que era alguien contemporáneo. Por los arreglos de cuerda me sonó a Vivaldi, o a algunos tangos de Piazzolla. Y como mi papá hurgaba mucho en la historia y conocía muchas cosas, pensé que esa música tan bonita la había encontrado él.

Cuando fuimos a hacer un homenaje a mi papá en San Juan, mi mamá (Carola Leyton) me dijo: “Nico, viene Pilín Massei”. Yo le pregunté quién era. Me dijo “el compositor de ‘El Cusa’”. “¿Y qué es ‘El Cusa’?”. “La música de Aniceto, cuando baila la Francisca”. “Ah –dije-, pero ¿es contemporáneo, entonces?”.

Yo esperaba encontrarme con un hombre de pelo blanco, un sobretodo, un estuche de guitarra. Duro, solemne. Y apareció un negro atorrante, haciendo chistes verdes. Nos hicimos muy amigos y grabamos un disco hermoso, Lentejuelas en el alma.

Por eso, Aniceto me abrió una puerta enorme dentro de un mundo mágico como el del arte. También trabajé con Margarita Fernández, del Ballet Folklórico Nacional, que fue coreógrafa en la película. Nunca me había imaginado que mi música pudiera llegar a las danzas clásicas.

APU: Y muchos años antes, con Juan Moreira y su melodía, tu papá le había abierto la puerta a otro músico…

NF: ¡A Pocho Leyes! Sí. Pocho es un gran amigo mío. Su música la escuché desde la cuna, porque nací con esa película. Me ponía el sonajero en la boca, imitando a Juan Moreira y su cuchillo entre los dientes. Y hay una foto mía, de chiquito, subiendo un muro, como Moreira.

La música de la película la iba a hacer originalmente Waldo de los Ríos. La película tendría a Waldo de los Ríos, Rodolfo Bebán como protagonista y Leonardo Favio en la dirección. Un suceso. Estaba todo arreglado.

Pocho era amigo de mi papá y estaba bien empapado de todo lo que era la atmósfera de Moreira, porque era uno de aquellos amigos a los que mi papá contaba sus sueños, sus planes de las películas.

Un día, Pocho le dice que tiene unos amigos que hicieron una música que quiere que escuche. “Bueno, traémela”, le respondió él. Pocho le trae el cassette, mi papá lo escucha y dice: “¡Ésta es la música de Moreira! Pocho, traeme ya a los pibes éstos”. Y Pocho le responde: “No, Leonardo, te mentí, porque me daba vergüenza: en realidad la grabación es mía”.

En ese momento, mi papá levanta el teléfono y llama al productor, Tito Hurovich, para decirle que no iba a ir la música de Waldo de los Ríos, que ya estaba trabajando en el tema. “¿Y quién va?”, le preguntó. “Pochito”, respondió. Tito soltó una carcajada, pero fue disminuyéndola a medida que escuchaba que lo que decía mi papá iba en serio. “¿Estás en tu oficina? Voy ya para allá”… Y llegó con ganas de ahorcarlo, je. Pero ya era imposible volver atrás.

Y fue esa música. Emblemática del cine argentino. La hizo con Luis María Serra, que acababa de llegar de Europa y era su amigo. De tanta tensión que pasó, Tito Hurovich se desmayó en el cine el día del estreno. Por esa historia fue muy lindo verlo a Tito en la inauguración del Museo de Avellaneda, mientras Pocho Leyes hacía la música con el Coro municipal, llorando de emoción…

APU: Quedó trunca una última película. Para los amantes de su cine, que nos quedamos con las ganas: ¿cómo iba a ser El mantel de hule?

NF: Quedaron algunos escritos, que quizá en algún momento se puedan editar. Pero no llegó a terminar siquiera el guión. Y no hay nadie que pueda dirigirla. Tenía que ver con un músico que volvía a su pueblo, después de haber triunfado en el mundo. Y también tenía que ver con los desaparecidos. Tenía unas imágenes maravillosas, era un poema.

APU: ¿Qué recordás de su mirada política?

NF: Nosotros, dentro de todo, estábamos bien. En cualquier momento. Pero mi papá se sentía feliz cuando veía que había contención hacia la gente, cuando la gente podía pasarla un poco mejor. Esa era su mirada política, el bienestar de la gente. Él quería que los más humildes estén bien. Sentía mucho eso.

APU: ¿Cómo transitaron la experiencia del exilio?

NF: Yo era chico y lo transité como una aventura, aunque fue muy doloroso desprenderme de mi abuelo. Y fue muy duro para mis abuelos. Nos quebró como familia. Después, uno es chico y se repone. Pero imagino que mi papá la pasó muy mal, con la ausencia del propio terruño, la familia y saber de los amigos caídos.