Manuel Rosales: “Quizás se trate, simplemente, de trabajar la propia sinceridad”

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Manuel Rosales: “Quizás se trate, simplemente, de trabajar la propia sinceridad”

19 Agosto 2018

Por Fermín Vilela

 

El barrio de San Cristóbal y un frío húmedo, un frío del que cualquier ruso o fueguino se mofaría. Me fijo la hora: tarde dos minutos. Toco el timbre mientras pongo los ojos en la esquina, donde un triste bar tanguero anuncia que ahí nació y pasó su infancia Aníbal Troilo. De pronto se abre la puerta. Veo a un chico con rasgos de viejo sereno, que me sonríe e invita a pasar. Se llama Manuel, es músico, compositor y, según tengo entendido, lector y poeta entusiasta.

Caminamos por un largo pasillo. Después entramos a la casa. Hay muchos libros desparramados y una gata que viene, sin vergüenza, a pedirme mimos. Se escucha el silbido de una pava calentándose. Manuel agarra su mate, vierte el agua caliente en un termo y me invita a subir. La velocidad de sus movimientos asombra. No tienen nada de bruscos, nada de apresurados. Por el contrario: se dirigen, con fuerza y seguridad, adonde sea estén yendo.

Dos pisos por escalera de madera. Al llegar, otra puerta. Después de verla abrirse pasamos a una pieza muy amplia. Veo un piano, tres guitarras apoyadas en la cama, un par de cajones peruanos y, hacia el fondo, un instrumento rarísimo que Manuel presenta como “arpa africana”. Nos sentamos. Saco el grabador y él ceba un primer mate.

 Agencia Paco Urondo: Estamos hablando con Manuel Rosales, guitarrista, compositor, poeta. Corregime si me equivoco.

Manuel Rosales: Sí, te equivocás (risas) Poeta… poeta no creo que sea. Compositor y guitarrista, sí. No podría decir que corrijo lo que escribo. Al menos no lo que se refiere a textos que no estén atravesados por música. De hecho, hace poco tiempo me estuvo pasando algo respecto al trabajo con las letras. Tomarme el trabajo de sentarme, leerlas en voz alta y corregirlas no era algo que me surgía automáticamente después de haber hecho la composición. Recién ahora estoy poniéndome las pilas respecto a eso.

APU: ¿En qué momento empezó la música en tu vida? ¿Hay una escena, una imagen?

 MR: Hay distintas escenas. En cuál de ellas empezó la música y en cuál empecé a tocar música son dos distintas. Creo que hay un salto: cuando era chiquito, tres o cuatro años. Mi película fetiche era Help! de los Beatles. La miraba, recuerdo, muchísimas veces a la semana y no era raro que yo estuviese con una de las guitarras de mi viejo encima, rasgando las cuerdas con todo. Eran enormes esas guitarras… Una vez, y me acuerdo del instante preciso, me di cuenta de que estaba tocando cualquier cosa, que no tenía nada que ver con lo que estaba tocando John Lennon. Es ahí donde me empezó a importar la música misma. En mi casa estuvo siempre ahí, presente. La música me generaba cosas fuertes, y yo no la elegía: llegaba sola. Por ejemplo, la banda sonora de algún dibujito animado, alguna película. Me acuerdo de acudir a esos archivos, esas canciones que se transformaban en mi tipo de escape. Los Beatles estuvieron siempre y, como le pasó a tantos otros, fueron los primeros que elegí para sentarme a escuchar. El primer solo que saqué, por ejemplo, fue uno de George Harrison. Yo tenía catorce años.

APU: Hay algo de los lazos familiares con respecto a la música…

MR: ¡Claro! Las herencias de mis viejos, cosas que ellos escuchaban. Estaban Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat, Jaime Ross, Chico Buarque, música de Brasil. Pero eso yo no lo ponía, simplemente sonaban en el aire. Queen y Beatles sí eran algo que me entusiasmaba. A partir de los 10 años, empecé a decidir por mi propia cuenta. Me acuerdo de estar descubriendo a Bersuit, la primera banda que me impresionó con mayúscula. A diferencia de los Beatles, ya no se trataba de algo heredado, esto era… ¡Bersuit! Justo venían de sacar De la cabeza, y todo eso se mezclaba con que yo estaba terminando la primaria e ingresando en la secundaria, imaginate… (risas) La sensación de pertenencia, sentir que había algo de eso que me identificaba era algo increíble. De hecho, Bersuit fue mi primer recital, cuando presentaron La argentinidad al palo. Yo tenía unos doce o trece años.

APU: En tus canciones solés hablar del retorno a lo primitivo y de cómo los cuerpos, de cierta forma, sufren las consecuencias del pasar urbano. ¿Es esto parte del “mensaje” que querés bridarle a la gente, o se trata sólo de una búsqueda estética?

MR: Ambas cosas, te diría. Respecto a esto de lo “primitivo”, creo que hay algo de eso. Pero al mismo tiempo sería encasillar algo que, en mi experiencia, nunca terminó de ser así. No sé si se trataría en definitiva de “un retorno”. Sí de lo que está y va a seguir estando. Del lado nuestro que permanece oculto. Viajar, en este sentido, me formó muchísimo. En mi adolescencia tendía más a escuchar cierto tipo de música, y cuando empecé a visitar ciertos lugares en la provincia de Córdoba, por ejemplo, aparecieron otras cosas. La naturaleza, el costado de “lo primitivo”. Recuerdo de tener, en esas escapadas, ataques fuertes de lectura. Eso me ayudó a profundizar hacia adentro. Y en ese sentido la escucha musical empezó a virar para otros lados: recuerdo haber conocido a Violeta Parra, o llorar con canciones de Silvio Rodríguez, que son artistas bien viscerales. Con ellos aprendí ciertas cosas, por ejemplo, a apreciar de otras formas las líricas. Ahí hubo un crecimiento. 

APU: Ya que mencionaste esto último… ¿Ves a la lectura como algo fundamental en el proceso de escritura de tus letras?

MR: No, creo que la lectura ayuda. En mi caso me atraviesa, pero no lo veo como algo excluyente.

APU: Claro. Hay muchos casos de músicos que se nutrieron de múltiples lecturas…

 MR: ¡Es verdad! Como también hay casos de músicos que mucho no han leído y han compuesto grandes cosas. Hace poco conocí a un tipo que componía temas buenísimos y no había realizado “múltiples lecturas” (risas) Uno podría ponerse a pensar en cómo hubiesen sido sus letras si hubiese leído más – ¡o menos!–, pero no sirve demasiado razonar en esa dirección. A veces pienso,  en cuántos poetas llegaron a escribir grandes cosas sin haber leído lo que, por cuestiones lógicas de tiempo, no habían podido leer. Creo que sí existe una capacidad para la sensibilidad y la sinceridad a la hora de escribir. Si uno piensa en las vivencias, sin dudas lo más importante, aparecen muchas imágenes. Me acuerdo de estar en unos de mis primeros viajes largos en plena montaña, con amigos, y estar corriendo desnudo en medio de la noche con una sola luz, que era la de la luna. A muchos les podrá parecer ridículo. Pensarán en los árboles que te podrías llevar puesto, en las piedras, qué se yo. Este tipo de situaciones me irían hablando del tipo de estética que me atraería. O mejor dicho, que me identificaría. Cuando toco intento transmitir ese tipo de sensaciones.

APU: La sensación de una posibilidad…

MR: Sí, posibilidad de ser un poco más libres. Ser bichos de ciudad, “civilizados”, no nos priva de animarnos a pasar por experiencias nuevas en lugares recónditos. Si pensamos en la represión de los cuerpos, la voz bajita, la afinación, las estructuras, el foco tan puesto en lo intelectual. Hay tanta música que nos aleja de todo eso. Subirte a un escenario e intentar lograr una búsqueda de libertad es algo importante.

APU: Lo que decís me hace acordar a esa frase del Flaco Spinetta que dice que “lo que está y no se usa nos fulminará”.

MR: ¡Mirá! Está buena, no la conocía. Cuando arranqué a componer canciones tenía una pretensión, casi sin darme cuenta, de buscar algún tipo de misticismo en las letras. Después fui yendo hacia otros lugares, bajando las pretensiones.

APU: Para volver a esto de la música en relación con la literatura, Fernando Pessoa decía que ser poeta no era ambición suya, sino “una forma de estar solo”. ¿Cómo lleva la soledad Manuel Rosales? ¿Y qué valor le da al momento de la creación?

MR: En mi caso acudí siempre a la soledad para componer. Con la soledad y mi guitarra creo canciones. Creo que no alcanza, sin embargo, con la simple soledad. Existe siempre la posibilidad de que aparezca –y esto lo digo porque me viene dando vueltas hace varios días– ese ruido que uno lleva dentro y que hay que ir poco a poco desenredando. El miedo al futuro, al “cómo haré para vivir de la música”, al “en qué cosas le estaré pifiando”. Esos fantasmas pueden llegar a venir junto con la soledad, haciendo que el acto creativo simplemente no suceda y que uno se aleje del estado de entrega y de juego.

APU: ¿Más que mirar al futuro, quedarse del lado del presente?

MR: ¡Eso! Permitir decirse “estoy en esta, y en nada más que en esta”. Por momentos el momento de creación se siente como un regalo, como un permiso entre tanto quilombo. En este mundo tan caótico, tan repleto de cosas jodidas, es imposible alcanzar el estado ideal de silencio, de felicidad. Por más que uno pruebe conectarse con el arte, el amor o la naturaleza, no deja de ser complicado estar en el acá y ahora.

APU: Sobre la enseñanza de la música. Desde un lugar de inexperiencia, me animo a preguntarte si será posible transmitirle a un otro eso que está más allá del instrumento musical.

MR: Sí, lo bueno de esto que decís, de la enseñanza misma de “lo que está más allá del instrumento”, es que puede provenir de alguien que no estudió música formalmente. Hace un tiempo conocí a Ginga, un músico brasilero que dijo, en una clínica de guitarra, que él no creía en enseñar, sino en aprender. Si bien por momentos sigo pensando en qué quiso decirnos con esa frase, siento algo de verdad en ella. Trayendo a Pessoa, hay una palabra que él usaba: “desaprender”. Pensando en la música, en estos días, la conclusión a la que llego es respecto a eso mismo. Lo que uno hace muchas veces es quitar, más que poner. Pulir y pulir, desaprendiendo todo lo que te establecieron como “la vía correcta”. Hay veces que siento que lo que traba el desarrollo de la música es la vergüenza, la expectativa, el reprimirse ciertas cosas. Con el tiempo se fueron perdido nociones como la respiración, el saber aflojarse… Todo esto forma parte del enseñar a hacer música, también. Todo es parte de la entrega artística.

APU: ¿Se podrá, entonces, enseñar a “entregarse”? Supongo hay cosas que un maestro no puede transmitir, que deberán adquirirse en otros lugares…

MR: A escala mayor, no creo que un maestro pueda enseñarte ciertas cosas que la vida sí. Posiblemente ayude a preguntarte por esas trabas que no te permiten darte cuenta que la vida misma es una gran maestra. Que no permiten entender que si te sensibilizás y salís a la calle, vas a encontrar cosas de las que hablar por tu propia cuenta. Todo esto le da un sentido a la herramienta música, un sentido al vehículo. Hay tantos casos de gente que llega a buenos resultados no necesariamente porque alguien le enseñó a ser un creador, sino porque ellos mismos se construyeron y se dieron ese permiso. Día a día voy necesitando esa construcción, esa sinceridad. Y cuanto más te vas acercando a eso, más intenso se pone el viaje. Esto de dedicar cada vez más tu vida a algo tan absurdo como hacer arte (risas) despierta una inquietud intensa, por momentos angustiosa. Habiendo tantas otras cosas por vivir, constantemente me pregunto: ¿Y si esto lo largo? ¿Me animo a largarlo? Entonces pruebo dejar de lado las pretensiones y encarar el arte como salud, como un “mantenerse en forma”. El sistema, en esto de las especializaciones, te dice que para ser un gran artista tenés que estar diez horas para serlo, sacrificándote de forma incluso culposa. Yo no necesito correr diez horas diarias para estar en forma. Sería una exageración. Quizás alcance con menos. Quizás se trate, simplemente, de trabajar la propia sinceridad antes que nada.

 

Para conocer la obra de Manuel: https://www.youtube.com/channel/UC94lNYhsjdMlJq49CHCL54g //