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Cultura //// 14.11.2021
Luz Galathea, transformada por la música

AGENCIA PACO URONDO conversó con la cantante, compositora y militante trans sobre diversidad y activismo. Una vida atravesada por el arte y la lucha desobediente bajo la inspiración de Luis Alberto Spinetta.

Por Mariano Nieva |​ Fotos: Juli Ortiz

Luz Galathea es cantante, compositora y militante trans. En diálogo con AGENCIA PACO URONDO, reflexionó sobre su recorrido en la música bajo la inspiración perpetua de Luis Alberto Spinetta, los difíciles tiempos en los que le tocó vivir su disidencia sexual, su activismo actual en SIGLA y el recuerdo permanente de todos/as los compañeros/as caídos/as en la lucha por lograr visibilización y derechos para la comunidad LGTBI. “Todo lo que se ha logrado hasta aquí fue en base al sacrificio y las muchas vidas que se perdieron en el camino de compañeros/as como Diana Sacayán, Lohana Bertkin, y tantos/as otros/as que fueron combustible para la lucha. Y por todos/as ellos/as es que también hoy puedo disfrutar de beneficios y libertad para vivir mi percepción”, dice emocionada.

AGENCIA PACO URONDO: ¿Qué podés contar con respecto a tu primer acercamiento a la música? ¿Tu casa junto a tus padres fue, como le pasó a la mayoría de los/as artistas, el lugar donde todo comenzó?

Luz Galathea: Totalmente. Éramos una familia de clase obrera. Mi madre daba clases de danzas populares en el club que estaba a la vuelta de casa. Yo soy de la ciudad de Avellaneda donde viví toda mi infancia y adolescencia. Entre los discos que teníamos podías encontrar a Oscar Alemán, Mariano Mores y todos los long plays (LPs) de Bill Halley y Elvis Presley, de los cuales mi vieja era muy fanática. Por el lado de mi papá, tenía un pequeño taller mecánico y también era músico tocando la guitarra (con los años él me enseñó a tocar el instrumento) en un conjunto de tango donde interpretaban los temas de Agustín Magaldi. Recuerdo que cuando lo veía que se ponía el traje y se iba a actuar me encantaba ver esa transformación. Como si él fuera una especie de Clark Kent que luego pasaba a ser Superman. Y ese cambio creo me fue formateando. Además, mi padre había estudiado zapateo americano y, con unas chicas amigas de él, hacían los números de Fred Astaire y Ginger Roger, todo muy fascinante. Por eso es que no tengo dudas que en ese contexto en que fui creciendo fue mi caldo de cultivo musical. Sumado a todo lo que podía escuchar por la radio de entonces, donde podías sintonizar programas de nivel como el que tenían tipos como Ángel Merellano, por ejemplo. Donde pasaba los mejores jazzeros de Buenos Aires, lo cual me permitió adquirir una amplitud de criterios en cuanto a la música que no permite encasillarme.

APU: Me detengo en esa fascinación que decís te producía de niña ver a tu padre como si fuera “otro” cada vez que actuaba. ¿Creés realmente que el/la artista, cada vez que se sube a un escenario, experimenta una transformación?

L.G.: Estoy convencida que el/la artista sufre una transformación en el sentido de estar buscando todo el tiempo respuestas. Y esa búsqueda la puede hacer a través de una canción o una pintura nueva, por ejemplo. Por eso es que al subir al escenario se produce ese trance que experimentan gente como Indio Solari o el recordado Luis Alberto Spinetta, por nombrar solo dos, que se convierten en una especie de chamán. Y logra que cada uno en su estilo hagan que la gente que los sigue quiera volver a vivir ese instante al que ellos los/as llevan cada vez que actúan. Porque cuando te preguntas porque a Indio la última vez en Olavarría lo fueron a ver 300 mil personas, la respuesta la tenés que encontrar en que el tipo, primero, se rompió el alma laburando durante 40 años, no tranzando con las grandes discográficas; y segundo en la propuesta artística que ofrece. Me detengo en Solari porque, para mí, como referencia es muy importante y siempre me impactó ver cómo se produce ese rito cada vez que toca. Cuando meses antes el público comienza a prepararse para ese recital viendo con quién ir y cómo llegar al destino donde se va a producir el encuentro con el chamán.

APU: ¿Cómo fue tu primer encuentro con el público rockero?

L.G.: Toqué en bandas que hacían covers de The Beatles de la época post Revolver (1966) y en otra que versionábamos a The Rolling Stones que se llamaba Luly y La Fundición. Con la cual llegamos a ser teloneros de Manal y donde yo me vestía de mujer. Y si bien, al comienzo, el público nos miraba con cierta reticencia, finalmente nos aprobó porque el grupo sonaba realmente muy bien y poderoso. Por eso es que tengo y forjé un espíritu rockero aunque en mi música encuentres jazz, tango, pop o haga una balada. No te olvides que vengo de una ciudad como Avellaneda, impregnada de rock y blues donde, de chica, escuchaba en sus calles sonar las canciones de Los Stones, Muddy Waters, Deep Purple, Creedence Clearwater Revival, Iron Maiden y Black Sabbath, entre otros.

APU: En otros ámbitos, como tu propia casa o el colegio mismo. ¿Costó poder expresar libremente tu disidencia?

L.G.: En mi caso no podía hablar mucho de cómo me autopercibía porque ni mi madre ni mi padre aceptaban la homosexualidad. Por eso la tenía que vivir en completa soledad. Recuerdo tener nueve años y ponerme los vestidos de mi mamá cuando ella salía para hacer las compras y sufrir cada vez que salía a la calle y veía a las chicas con sus hermosas polleras y yo no poder vestirme así. Y en el colegio tampoco podía expresar lo que me pasaba porque a cada rato el patotero que mandaba en el patio me acosaba y me pegaba con sus esbirros. Por culpa de tener muchas amigas y porque los modales femeninos me salían naturalmente. Por eso es que, como recuerdo de la disidencia, perdí un diente (risas).

APU: Teniendo en cuenta estas limitaciones que encontrabas para poder vivir en plenitud lo que sentías. ¿Te parece que la música te sirvió como vehículo para poder contar quien realmente sos? 

L.G.: Claro. Todas las etapas de mi música estuvieron atravesadas por el tema de la transexualidad. Desde el momento en que descubrí qué me pasaba con el género en una época muy difícil, donde la diversidad que se podía advertir era poca, por no decir nula. No te olvides que en los años en que gobernó el general Juan Carlos Onganía, por ejemplo, todos/as las chicas y los chicos teníamos que ir a la escuela con el pelo recogido y la pollera no tan corta. Años en donde había personajes como el comisario Polo y el censor Miguel Paulino Tato, que estaba al frente del Ente de Calificación Cinematográfica. Entonces, en ese panorama tan complicado es que había que moverse para intentar vivir lo diverso. Y si bien ya pasó mucho tiempo, "los dinosaurios", como bien dice Charly García, están ahí y se niegan a desaparecer. Por eso es que hay que estar muy atentos.

APU: ¿Qué significa para vos y tu militancia un espacio como SIGLA?

L.G.: Mucho y te agradezco que lo menciones. Pertenezco a SIGLA (Sociedad de Integración Gay Lésbica Argentina) desde hace 10 años, en la sede que tenemos en Parque Chacabuco, CABA, en la calle Pasaje del Progreso 949. Me acuerdo que cuando llegué tenía miedo de vestirme como mujer y con la ayuda de todos/as mis compañeros/as tomé fuerzas y conciencia de mi identidad. Allí nos reunimos todos los viernes y sábados en los grupos de reflexión para varones gays y lesbianas, para seguir construyendo un activismo cada vez más fuerte. En algún momento también fui miembro de la comisión directiva de la institución y hoy mi actividad principal tiene que ver con el Taller de Fotografía Arte Mutante, donde trabajamos apropiándonos de las imágenes para transformarlas en mensajes que tengan que ver con lo diverso. SIGLA, a su vez, hace un trabajo muy importante recibiendo a las chicas trans, dándoles asesoramiento jurídico, de derechos y psicológico, sobre todo a las que vienen de la provincia de Buenos Aires que son las que además tienen menos recursos. Y el espacio es abierto a todo el mundo porque busca replicar cual es su ideal, la inclusión.

APU: ¿Qué opinión tenés sobre el activismo en general y de las políticas de inclusión que se llevan adelante desde el Estado nacional?

L.G.: Que si bien hay cosas que se están haciendo de manera correcta, siento que todavía falta mucho. Sin olvidar que todo lo que se ha logrado fue en base al sacrificio y a muchas vidas que se perdieron en el camino, de compañeros/as como Diana Sacayán, Lohana Bertkin, y tantos/as otros/as que fueron combustible para la lucha. Y por todos/as ellos/as es que también hoy puedo disfrutar de beneficios y libertad para vivir mi percepción. Pero como decía antes, hay cosas que faltan hacer y resolver. Por ejemplo, sigue habiendo mucha soledad en las chicas que son empujadas a la prostitución porque no les queda otra alternativa para sobrevivir. O acentuar el rol del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) para que no solo sea un organismo de acumulación de estadísticas y denuncias, sino que opere más en el cambio y el apoyo a las víctimas. Como cuando logró este año que en el festival pre Cosquín de folclore se instalara, saliendo de la lógica binaria hombre – mujer, la categoría Voz Solista Folclórica. Y de esta forma incluir en la grilla a una chica trans llamada Ferni Gyldenfeldt. En definitiva, que este organismo tan importante no sea solo un lugar donde ir a llorar las injusticas sufridas sino que nos sintamos acompañados/as y, cuando haga falta, defendidos/as. 

APU: Además, hay que decir que los sectores conservadores alineados con los grandes medios de comunicación, la derecha política y la Iglesia católica siguen trabajando para obturar la conquista de más derechos para la comunidad LGTBI. Como una rémora de la estigmatización que sufrieron en tiempos en que apareció el SIDA, por ejemplo, y que estos grupos de poder llamaron despectivamente “peste rosa”.

L.G: Acuerdo absolutamente con tu planteo. Recuerdo el pánico que sentí cuando se empezó a conocer la noticia de la enfermedad. Y que junto a mis amigos/as que sobrevivimos a todo aquello, dejamos de ir por miedo a los lugares que frecuentábamos y nos metimos otra vez para adentro. Por otro lado, nuevamente la Iglesia católica y los medios hegemónicos de comunicación fogoneaban con que éramos pervertidos/as y culpables de ese castigo divino que para ellos era el virus del SIDA (Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida). Es decir, volvimos a padecer la imposibilidad de desmentir las calumnias que caían argumentando algo que sea contundente frente a la creencia de la opinión pública que nos estigmatizaba haciendo que sea mortal para nosotros/as por la indefensión muy grande que sentíamos. Y si bien no había salida posible, en medio de esa desesperación es que surgió un movimiento gay mas organizado con la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) a la cabeza y las figuras emblemáticas de Carlos Jáuregui y Rafael Freda. Gente que puso todo lo que había que poner en esos años enfrentando también las razzias y la represión de los milicos, portando sus pancartas e identificándose con la comunidad gay para que, visibilizándonos, nos protegiéramos. Porque si no lo hacíamos y algo pasaba, nadie iba a extrañar a quien nunca vio.

APU: La última, contame sobre tu material discográfico que podemos encontrar en todas las plataformas digitales.

L.G.: Que pueden escuchar mi primer disco llamado Amores en el estío (2017), donde participan como músicos invitados Alejandro Braver y Daro Barreda. Y se grabó en Quarzo Estudio, propiedad de Alejandro, un lugar de pura magia y luz. Y ahora estoy trabajando en un segundo álbum con canciones propias, pero con un perfume a Spinetta, quien de muy chica me atrajo con su poesía desde la época de Almendra.