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Cultura //// 24.05.2020
Homenaje en vida a Charly García

Introducir al rock en las masas significa más o menos lo mismo que darle vida, y fue Charly el que lo hizo. No solo enseñó a varias generaciones enteras de argentinos a percibir el mundo; enseñó a percibirlo bajo el principio básico de la libertad. Por Daniel Mundo.

Por Daniel Mundo

 

Lanata: -¿Cuándo fuiste feliz?

Charly ríe con su risa cavernosa y se recuesta contra la silla en silencio, como si solo se le ocurrieran respuestas idiotas. Debe estar pensando que es una pregunta idiota. Responde: -Ayer.

Lanata: -¿Por qué?

Charly piensa: -No sé jejejuajua. Hablé con Pipo.

 

“La mayoría de las veces no entendemos ni lo que hacemos nosotros mismos,

¿cómo podemos juzgar a los demás?”

Ch.G.

 

Mi vicio

 

Es increíble la cantidad de cosas que nos permite hacer la cuarentena. A mí, por ejemplo, me habilitó estar tirado durante horas y horas y horas en la cama dejando que la vulgar YouTube enlazara a su capricho decenas de videos de Charly García en vivo. Recitales y entrevistas. Muchos “inéditos”. Muchos exhibidos, en su momento, en canales de aire. Algunos “hechos” para la tele. Otros en lugares ignotos, un subsuelo parecido al que fui cuando lo vi por primera vez a Charly, muy a comienzo de los ochenta. Para mí, Charly no sólo es el músico más grande de la Argentina, es uno de los artistas más grandes de todos los tiempos en cualquier campo de la cultura argentina.

La cabeza contra la almohada, entre dormido y despierto, con el genio actuando y tocando en mi tele inteligente, el volumen alto, mirando de reojo cómo la noche y después la madrugada pujaban en la ventana. Mi dedo índice se movía para parar y retroceder y volver a escuchar alguna versión de una canción clásica que nunca había escuchado. Hay millones. Por momentos quería arrancarme de las almohadas porque ni yo mismo me bancaba el ritmo somnoliento de las horas, pero era imposible. Estaba fascinado. Estaba enviciado. Mirar. Escuchar. Recordar. Retroceder una vez más y otra. ¡Qué placer este vicio!

 

JLB.SA

 

Sé que alguien puede decir que el músico más grande de la Argentina le parece que es el “Flaco” Spinetta o Luca Prodan o Andy Chango, etc. etc. No me interesa esa discusión. Sobre gustos no hay nada escrito. Yo tengo motivos objetivos para afirmar que Charly García compite en las grandes ligas con personeros de la talla de Jorge Luis Borges, por ejemplo.

Voy a decirlo: la marca JLB.SA es lo más lejos que llegó la literatura argentina. Acá también acepto que es una apreciación personal y que debe de haber muchos experimentos literarios re-contra-buenos y, tal vez, mucho más masivos que Borges, pero en mi formación universitaria JLB.SA es el techo. Puedo hasta compartir todas las críticas políticas que queramos hacerle. Su gorilismo. Su golpismo. Etc. Etc. No me hacen cambiar de opinión. A Charly se lo puede condenar por motivos muy parecidos: los nostálgicos que nunca le perdonaron a Yoko Ono lo que le hizo al pobre de Lennon. Los ídolos son de carne y hueso. El motivo por el que JLB.SA y Charly compiten por la estatuilla de Campeón Cultural es porque ambos inventaron una tradición nacional (a Charly la idea de un rock nacional le parece tan absurda que siempre cita a Moris cuando éste le dijo: “No es nacional sino que el rock nació-mal, acá”). Ningún otro hizo lo que hicieron estos dos monstruos.

 

La masa

 

Charly nutrió la lengua argentina, tanto la lengua poética como la musical. Creó temas que son íconos generacionales. Alcanzan un par de acordes para que sepamos qué viene. Y cuando reconocemos la canción no es que nos sentimos manipulados por responder mecánicamente a los impulsos, títeres del intérprete. No, al contrario. No sé cómo ocurre, pero yo me siento más libre. Charly no solo enseñó a varias generaciones enteras de argentinos a percibir el mundo; enseñó a percibirlo bajo el principio básico de la libertad. Pero no cualquier libertad. Éste es un aporte importantísimo de Charly. La libertad no es algo abstracto. Una idea o una palabra. No. Charly cuestiona cualquier idea de libertad absoluta o estúpida como la que sostiene que mi libertad empieza donde termina la del otro. Él plantea otro tipo de libertad, comprometida y situada en un mundo que no elegimos, pero que aprendimos a querer. La diferencia es un matiz, pero el matiz es fundamental: “Los amigos del barrio pueden desaparecer/pero los dinosaurios van a desaparecer”. La libertad consiste en vigilarnos para no caer en lo previsible, para no hacer lo que queremos, para ampliar nuestros sentidos. Es como si de la borrachera lo que más gustara fuera la resaca y el dolor de cabeza. Tiene su lógica. La libertad es un combate, no un estado. Una acción y una conquista, no un tesoro conquistado. Estos videos de Charly en Youtube fueron como una claraboya por la que entró en mi cabeza un torbellino de música y libertad. Viene bien en cuarentena.

Sin dudas que Spinetta es un músico increíble, un poeta inigualable. Escuchar sus canciones no deja de estremecernos. De hecho, Charly no se cansó de repetir, cada vez que pudo, que fueron The Beatles y Spinetta los que lo ayudaron a dejar la música clásica. Pero Spinetta no es ni un músico ni un poeta de masas. Spinetta es un músico íntimo que le canta al oído de cada uno de sus oyentes. Charly, con su metáfora elíptica, sin embargo, le canta siempre a un público masivo. Aunque esté en un antro rosarino en el que casi tiene que tocar parado y grita: “Corransé un poco para atrás que no puedo tocar”, él actúa como si lo estuvieran filmando. Efectivamente, lo filman con una cámara fija desde arriba. Él, como suele hacer, se guarece detrás de los teclados. El video pertenece a la época del Charly sacado. Al comienzo mismo de la rock session se la agarra con una chica del público porque se ve que se puso a bailar. Para qué. Charly para todo y le ordena que se siente y deje de bailar porque ahí hay un solo ídolo y era él. Le dice: “No necesito competencia. Sentante. Sentate o me voy”. La chica tarda en sentarse, debe pensar que es joda. La maltrató un rato largo: “Me sacaron la onda”. Cuántas cosas están pasando acá. Un pibe parado al lado le iba renovando los porros y compartiendo el vaso de whisky. Cada tanto cantaba en lugar de Charly. Incluso en ese sótano de morondanga el público es amplio y masivo. Introducir al rock en las masas significa más o menos lo mismo que darle vida, y fue Charly, no Spinetta, el que lo hizo. Otro cantar es si lo que se parió es un chanchito de los huevos de oro o un Frankenstein.

¿Cuándo ocurrió? Varios personajes de la industria del rock no dudan en señalar la despedida en vivo de Sui Generis en el Luna Park como el primer evento de rock de masas en la Argentina. Fue en septiembre de 1975, plena debacle de Isabelita. Muchos años más tarde Charly cuenta que cuando terminó el recital y bajó la adrenalina se fue caminando a su casa en Caballito. No tenía plata para un taxi, dice. Cuando lo escuchás a Charly contando eso te suena increíble, porque pensás que después del recital toda la troupe se va a un fiestón descomunal en la que corren todas las sustancias. Estás haciendo anacronismo. Juzgás un fenómeno del pasado con los parámetros que justamente ese fenómeno permitió crear. Que en la Argentina el rock sea una fiesta y el rockero una estrella del espectáculo se debe a Charly. Lo afirman colegas y amigos de él. Ese recital de despedida fue la primera vez que se reunieron 30.000 personas para escuchar a una banda argentina. Entrevistan a adolescentes que están haciendo la cola para entrar: “Porque es el más grande”, dice un chico con el tono clásico de los años setenta. En el verano de 1999 graba en vivo Demasiado Ego frente a 362.000 personas, récord para un músico argentino. El escenario siempre es una fiesta. Verlo a Charly con la famosa galera aporreando los teclados y a la gente con el póster en la mano saltando y bailando no sólo me catapulta a mi infancia, me enfrenta a una cierta candidez o inocencia. Estaban pariendo el rock masivo en el medio de un carnaval. Era un carnaval macabro y siniestro. El último disco de Sui Generis había sido Instituciones (1974): “Tengo los muertos todos aquí/quién quiere que se los muestre”. Ya había empezado el giro de Charly hacia la electrónica. A la gente no le gustó, querían más folk. En la calle, la Triple A ya había anunciado lo que se venía. Se había acabado la inocencia country.

Sé que va a sonar desmesurado, pero quiero pensarlo aunque sea por un minuto: de ahí en más, desde el recital de Música del alma, pongamos, desde ese momento la obra de Charly empieza a ser una Obra de Arte Total, tal como la que había soñado R. Wagner. Ya sé que estoy diciendo una obviedad. Lo que pasa es que esa obviedad me deslumbró: nunca había visto tantas y tantas horas de Charly en vivo. Acá estoy diciendo algo muy importante: todo lo que yo pude ver, todo lo que sostuvo y sostiene mi vida en este estado de cuarentena, es la virtualidad. Internet no produjo casi ninguno de estos recitales, a los que yo pude acceder simplemente porque tengo conexión. Nunca como en esas horas interminables sentí en carne propia la mutación cultural o mediática que estamos viviendo. Miraba los recitales capturados desde diferentes cámaras, el zoom, el público saltando, primeros planos de Charly, y advertía que jamás hubiera accedido a ellos con otro parque mediático, sin internet. Me acordaba que a algunos de esos recitales había ido. Me imaginaba saltando ahí. Pero cuando vas al recital te quedás con otras experiencias. No ves el show desplegado. Por lo menos es lo que me pasa a mí. El escenario está lejos. El cuerpo sudado está muy cerca. Saltás y cantás hasta quedarte afónico.

 

Show

 

Para bien y para mal, lo primero que nos viene a la memoria cuando decimos “los shows de Charly” son los recitales de la década del noventa, recitales que podían durar tres horas o 15 minutos, donde se peleaba a las trompadas con el público, o con el que arreglaba los cables o directamente con el parlante. ¡Cómo me gustaba ese Charly desobediente! Sufría por él, obvio. El Charly rancio y ruidoso de Say No More. Incluso, INCLUSO, el Charly del brazalete. Lo explicaré otro día, porque es un gesto muy controvertido. De hecho, hasta imitaba la mímica del saludo nazi, lo sé. Say No More y El Aguante son las obras de ese momento. Los shows de mediados de los noventa constituyen el piso y el techo del rock en Argentina. Hay un video que graban para la tele. Al segundo tema Charly está harto. Le ordena al público que se adelante, que se acerque. Pide que suban el volumen. Se ve que desde detrás de la cámara le dicen que no se puede: “Ya se los dije, no se puede hacer rock en la televisión. Si no suben el volumen me voy”. Estos acontecimientos serán muy difíciles de superar. Primero, porque la sociedad no tolera más personajes excéntricos como ese Charly. Lo políticamente correcto se impuso como norma de convivencia colectiva. Tolerancia lo llaman. De ahí en más vivimos en una atmósfera redundante y cacofónica. Todes decimos las cosas que queremos que nos digan. Estoy exagerando, pero no mucho. Contra esa lógica social luchó Charly. Lo hizo en carne viva. Esos shows “sacados” se volvieron indigeribles. Se les permitieron a Charly porque Charly, hasta ese momento, había sido la “nena” mimada del espectáculo (las entrevistas que le hace Badía o Susana Giménez o Jaime Bayly, etc. muestran la devoción de la tele por este genio “incomprendido”, no se las pierdan). Sería castigado por ellos. Los efectos del castigo todavía se sienten en la actualidad.

En algún lado Charly cuenta que tiene la ventaja de percibir la realidad con unos minutos de adelanto. Es cierto. Podemos adjudicar esta genialidad a su bigote bicolor o a su oído absoluto (es muy patético cuando Lanata lo entrevista y se quiere hacer el cool y toca en el piano unas teclas para que Charly “adivine” qué nota es: cualquier chico que haya cursado solfeo básico lo sabría). Alguno se lo adjudica a la cocaína. Su percepción anticipada de lo que está ocurriendo lo convierte en el individuo más idóneo para animar el espectáculo de la cultura. Pareciera que el espectáculo hubiera sido hecho para él. Era como si pudiera acomodar el espectáculo para que se adapte a su propia forma. Bueno, en los noventa esta “magia” se acabó. En realidad, pasó otra cosa: con el menemismo el espectáculo cubrió todo el territorio psíquico y afectivo fr la Argentina. El costo para ingresar en él era la renuncia a la transgresión y a lo nuevo. Era pegarle dos tiros al corazón de la creación. Es muy interesante cómo Charly concibe la creación. A Badía le dice que un artista necesita soledad. Era 1982. Unos años más tarde agrega: “Me salió esa canción. Bah, robé, ustedes saben, copié, esas cosas que hacen los genios como yo”. No hay originalidad: “Los buenos compositores no toman prestado, ROBAN”. La originalidad es la mezcla. La apropiación y traducción. En esa época lo nuevo se escuchaba en la calle, en la radio, se veía en la tele. Era el ruido atronador. ¿Cómo traducir ese ruido? Fuimos nosotros, que al mismo tiempo madurábamos y envejecíamos, los que renunciamos a hacer el esfuerzo por comprender al Charly ruidoso, aunque lo que entendiéramos no nos gustase. ¿Por qué tendría que gustarnos? ¿Con qué criterios juzgamos lo que no nos gusta? ¿Cómo nos autojustificamos en hacer cosas que en otra dimensión nos parecen aberrantes o dañinas? Dejar de hacer ese esfuerzo fue lo que condujo a la clase culturalmente hegemónica, la clase media, al final catastrófico del 2001. Charly funcionó como fusible social, el chivo expiatorio de la clase media. Traicionamos principios. Queríamos ir de shopping por el mundo.

 

“Saben los que te conocen/que no estás igual que ayer/uuuuuaaaaa”

 

Lo que quiero decir es esto: la Argentina quemó etapas y pasamos de una sociedad que no tenía teléfonos público ni privado, a otra que veía porno en la tele. La industria del espectáculo afectó a todo el campo de la cultura, desde la música a la academia, desde el fútbol hasta los programas de chimentos. Son los años de la paridad cambiaria. Una clase social no sólo accede por primera vez a un avión internacional, al mismo tiempo el país se remata y llega a Buenos Aires la comida mexicana. En esta época el show debía atenerse a unas pautas mediáticas: shows prolijos, hechos para la sociedad del espectáculo, donde se permitía alguito nuevo siempre y cuando hubiera mucho de los hits de siempre. Te sentabas en la butaca y aplaudías. Tal vez el Indio Solari producía shows peligrosos, pero era a pesar suyo. En Charly el peligro era él. Había, sin duda, bandas under o pequeñas cuyos recitales eran rupturistas, pero a nivel de figuras masivas como Charly, el espectáculo había comprimido todas las posibilidades de escenificación. Como afirma S. Marchi, uno de sus biógrafos, a esa clase de show renunció Charly. En realidad, impidió que su obra se estancara. De lo que se nutría estaba filtrado por la confusión y el batifondo, ¿de qué otra forma iba a salir el producto? Abandonar o seguir, he aquí la cuestión. Se paga con la vida. A la crítica y al público no les gustó que Charly no renunciara. Además, tampoco les gusta que sus ídolos se burlen de las normas que los restringen a ellos. Charly se estaba destruyendo y sus shows eran autodestructivos. En realidad, si fuera estricto, debería escribir: autodeconstructivos.

Un error común en esta breve interpretación se basa en creer que Charly elegía el camino que había tomado y que hubiera podido agarrar por otro ramal existencial. De un lado o del otro, los que festejábamos sus violencias y exabruptos como imprescindibles, tanto como los que condenaban estos chirridos como marcados por el caos y la cocaína, lo que hacíamos era renunciar a entender. Charly estaba solo. En una entrevista dice que él no consume droga para exaltarse o ponerse de la cabeza, que lo hace para comprobar qué pasa con la realidad. Adicto por elección. No es algo que se tolere. Además, la crítica y el gran público sienten devoción por lo que llamamos el libre albedrío y el yo soberano dueño de sí mismo. Justamente uno de los temas eternamente presente en las canciones de Charly: “Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo”. No hay control. O hay otras formas del control, no racional, no teleológico, no instrumental. Un control intuitivo, paranormal o lateral. En este sentido, me gusta imaginar a Charly como el último artista integral o existencial, es decir renacentista, del término. Obra y vida no pueden separarse en ese amasijo de placer y sufrimiento en el que se convirtieron: “Se me hizo complicado por donde yo encaré la búsqueda conmigo mis… —dice Charly en alguna entrevista, y se corrige, improvisando, como hace siempre— conmigo sismo para encontrarme”. Cómo no se va a reír cuando le preguntan si es feliz.

Para bien y para mal tengo en mente el libro de A.A. sobre Van Gogh, El suicidado por la sociedad. Es obvio. Me hubiera gustado escribir uno como ése dedicado a Charly: “Se puede proclamar la buena salud mental de Charly García que durante su vida sólo se tiró de un noveno piso, y fuera de esto, no hizo más que autodestruirse metódicamente, promocionar la droga y no mirar la tele, en un mundo en el que todos los días la gente come vagina cocinada con salsa verde”. Los artistas son fusibles sociales. No sólo representan con su obra un momento de su lugar y su país, lo hacen también con su vida. Son como esporas de su medio ambiente que traducen lo que reciben a otra lengua. Charly lo dice clarito en una entrevista de 1982: "Tengo una sensibilidad, una percepción, no sé, un canal abierto para que toda esa polenta, todas esas cosas que piensa la gente y esas cosas que vienen de un poco más arriba puedan transmitirse". Era la época que, por primera vez, un artista argentino en solitario llenaba un estadio de fútbol, Ferro. “No bombardeen Buenos Aires”, con el escenario de M. Minujín siendo atacado por misiles de luz durante minutos y minutos. W. Iturri, el baterista, cuenta que cuando vio los misiles salió corriendo y se escondió abajo del escenario. Hay otras conexiones y alimentos. Las cosas no están hechas para respetar los protocolos. Se pueden descolocar. A veces hay que ayudarlas. Si te alimentás del despilfarro y las miserias tal vez sea difícil crear un cielo color de rosa.

 

Influencias

 

El mismo Charly que tocaba en el Salón Blanco de la Casa Rosada y sacaba un disco llamado Charly & Charly (García&Menem), que para la crítica progresista y la clase media era como un vómito a sus Grandes Principios Egoístas, era el que se iba a tirar del noveno piso de un hotel, y que a los pocos años se declararía el Rey de la Argentina. Era el mismo Charly que encarnaba en carne propia y quizás a su pesar las catástrofes políticas, sociales y psíquicas que asolaban al país menemista, y que él llamo Say No More. Siempre definió de distintas maneras qué significaba SNM. Qué alegría escuchar en Almuerzo desnudo, la película de Cronenberg, que la máquina de escribir en un momento dice “say no more”. A veces parece no saber qué significa ni él mismo, SNM. Es un territorio. Llega a afirmar que es un territorio donde el artista puede volverse fascista. “Ojo que todavía no renuncié del todo a eso”, confiesa en 2002. Tiernos momentos. Como cuando dice lo que copio en el epígrafe, que ni siquiera nosotros entendemos lo que hacemos. No puede entenderse todo. Todo el tiempo Charly se la pasa repitiendo eso: NO ENTENDER como política de Estado.

El tema que representa como ningún otro ese estado de desposesión, de entrega, es “Influencia”, la traducción que hace Charly del tema de Todd Rundgren: “Una parte de mí dice ¡Stop!/fuiste muy lejos/Guauuuu/Pero la otra dice: fuiste fuiste fuiste/ no puedo contenerlo/Si yo fuera otro ser/no lo podría entender/Es muy difícil ver/algo domina mi ser”. La traducción de Charly no solo actualiza sino que “mejora” el original (así como la traducción borgeana de Las palmeras salvajes “mejora” a Faulkner, según el criterio de los especialistas). Estamos en presencia de una apropiación. Con las apropiaciones y traducciones que Charly practica a lo largo de toda su vida, a veces consciente, otras inconscientemente, inyecta vida al rock nacional. Lo dice León Giego, entre otros. Charly se burlaba: “Se cansó de hacer canciones de protesta/y se vendió a Fiorucci” —a veces creo que “los ochenta” fueron un invento de Clics modernos, con el grafitti neoyorquino y todo. Como si entre Yendo de la cama al living y Parte de la religión hubieran nacido cosas tan valiosas y heteróclitas como Los Twists, Soda Stéreo, Luca Prodan y el Indio Solari. Inventos de Charly.

¿Y Tango 4? O ¿Cómo conseguir chicas? ¿Y La hija de la lágrima, ya bien entrados los noventa? ¿No son todas obras que inventan algo nuevo? ¿No traspasan nuestras corazas musicales y nos influencian para siempre? No digo solo los hits, esos temas que se hacen para la radio y que Charly va abandonando a medida que avanza la década menemista, me refiero también a una lengua musical y artística, a una búsqueda que ineludiblemente termina en el ruido aparatoso de SNM. Cada uno de los discos merecería un análisis exhaustivo y minucioso. Lo que hermosamente descubrí estos días colgados de la cuarentena es que sus shows también merecen un análisis así.

 

Charly Popular

 

Por último, voy a plantear otra cuestión controvertida: el carácter popular de Charly García. “Al principio lo popular no me gustaba. Yo tocaba Chopin”. A lo largo de toda su vida Charly se preocupó por cambiar esto y combinar la música clásica (cada vez que puede repite que ésa es su formación; todavía tiene en su casa el piano de cola con el que estudió en el Conservatorio) con la música popular. Este cruce no lo hizo nadie más que él: “Hay que ver qué músico clásico toca rock”, le retrucó a Sofovich en uno de sus programas ómnibus de la noche del sábado. A los 24 años le preguntaron en una tele blanco y negro qué música hacía La máquina de hacer pájaros, la banda que acababa de formar. Charly respondió muy suelto de cuerpo y con un cigarrillo en la mano: “música popular”. Cualquiera que haya escuchado un rato La máquina… advierte el despropósito de esa afirmación. Y sin embargo, “era” popular… o “iba a serlo” inminentemente. Era un pueblo que había que inventar y que vivía en un universo electrónico o sinfónico. Charly inventó ese pueblo. Charly es de los artistas no-miméticos que suponen que “lo popular” está siempre por construirse o inventarse. Está en el futuro, no en un pasado a adorar. Si bien nunca se puede saber lo que vendrá, esta idea de Charly es una gran lección para un momento de incertidumbre extrema como el que estamos viviendo.

Para terminar, tengo que corregirme. En el podio del Campeonato Nacional de Cultura Charly se ubica en el tercer puesto. Estar en el segundo o tercer puesto le debe resultar totalmente indiferente a Charly. En el segundo lugar se ubica JLB.SA. El Campeón indiscutido se llama Diego Armando Maradona (DAM).

 

Bonus Track: Una vez, hacia fines de los ochenta, un grupo de amigos de la facultad quisimos hacerle una entrevista a Charly. Íbamos a hacer una revista de vanguardia o revolucionaria, no sabíamos bien. Llegamos a hablar por teléfono con él: “Miren muchachos, la verdad es que no entiendo lo que ustedes dicen y no sé si voy a poder entender algo, alguna vez, y tampoco sé si hay algo para entender. Pásenla bien”. Y cortó. Yo entendí perfectamente lo que dijo.