El mar de la serenidad
Esa medianoche el bombardeo empezó contra posiciones a casi cien metros de nuestro pozo de zorro. Duró varias horas. Cuando el ataque acabó, un helicóptero nuestro pasó con una bandera blanca. Francisco, mi compañero de pozo, murió apuntando una antiaérea. La onda expansiva de un cohete le voló un brazo y un ojo. Yo había salido a buscar municiones a un puesto de comando a veinte metros, y sólo tuve un corte en una mejilla y otro en la frente.
Cuando eran chicos Francisco y su gemelo se habían hecho tajos en las palmas de las manos. Francisco en la derecha, el otro en la izquierda. Para que no los confundieran. Al padre no le gustó y usando la misma navaja les hizo un tajo en las palmas que habían quedado sin marcar.
A Francisco le conté que hubo una vez un negocio. Traer caballos de los campos. Yo no veía tantos caballos en la ciudad. Le dije a Francisco que se lo dije a mi padre y que mi padre reaccionó furioso. Estás idiota, decía mi padre. No estoy idiota, decía yo. Sí, estás idiota, soporto a un idiota en la familia, otro se mataría en mi situación. En este pueblo no los caballos son necesarios desde hace cuarenta años, andate al campo si querés caballos y no jodas acá.
Una vez tuve una novia que era gitana y no pudimos casarnos. Ni mi padre ni el de ella quisieron. La mejor mujer que podría haber existido. La más hermosa. Nunca vi una igual ni la veré. Los gitanos se mudaron del pueblo y no la vi más. No se mudaron por mí. Se mudaron. Enseguida el verano se murió una tarde de otoño, se pudrió colgado en la rama de un árbol de un cementerio de pesadillas. Después vino otro verano, el regimiento y la guerra.
Los gitanos viajan todo el tiempo, dijo mi padre, una noche en la galería. El calor era tremendo y tomábamos cerveza, mirando él la nada y yo la luna. El mar de la serenidad brillaba como nunca y los grillos habían sido aniquilados por las avispas.
En noches como estas, en el pasado, dijo de repente mi padre, encontrábamos campamentos nómades que mezclaban el circo itinerante, la gastronomía exótica y la prostitución adolescente, y los resultados de esas mezclas, nunca idénticas en proporción de unos y otros, eran inapreciables. Los campamentos centelleaban bajo la luna como naves venidas de mares desconocidos. No era raro ver bailar a un oso con una ninfa desnuda, ni lo era que un rato después nos acostáramos en un jergón con esa ninfa que nos leía las líneas de las manos, todas mentiras, en una mezcla de griego y magyar mientras las panderetas sonaban alrededor del fogón. Para ese momento el oso dormía adentro de la jaula. A la mañana todos dormíamos menos los moscones que acometían contra los huesos de los animales manducados, limpiándolos. Con esas ninfas se podían hacer muchas cosas, menos casarse.
Ella no era una ninfa de circo, dije yo.
Él no dijo nada. Porque no tenía qué decir o porque estaba muy borracho.
Mi padre se casó con mi madre cuando ella tenía quince años y él treinta y dos. Mi madre murió poco después del parto. Él no se volvió a casar. Trajo alguna que otra mujer a casa, pero duraron poco.
Mi novia tampoco tenía madre, había muerto muy joven. Tenía una tía que era como la madre o más que una madre. Una pascua, por única vez, las dos vinieron a comer a casa. Mi padre se comportó como un caballero.
No la viste cómo nos tocaban los cubiertos de alpaca, dijo cuando ellas se fueron. Cómo agarraban las copas biseladas, no viste a la tía que te mira como una culebra, esta se escapó del Hospicio de las Mercedes, hablando de su puta vida todo el tiempo, a mí qué mierda me aporta su vida, a ver si te apiadás, adónde querés llevarme, carajo, al infierno querés llevarme.
A la noche miro la luna y pienso: ella la está mirando como yo y de alguna forma nos vemos uno al otro en el vacío. Francisco decía que la luna se aleja cada año treinta y ocho milímetros de la tierra. El ángulo de ese eje, que no es recto, mide veintiocho grados. La luna aún no se fue demasiado lejos, decía, pero habrá un momento en que la distancia entre la luna y la tierra enloquecerá al ángulo del eje. Un solo meteorito del tamaño de un ratón que impacte en la luna provocaría que la tierra comenzara a girar como un tornillo loco.
Caminamos con las manos en la nuca los cinco kilómetros que nos separaban del puerto. A los costados del sendero había cuerpos envueltos en trapos quemados. Nos sacaron los elementos metálicos que teníamos encima más los cordones de los borceguíes. Después de dos días a la intemperie nos embarcaron en el buque Bahía Paraíso. Subimos y nos mandaron a bañar. Echaron los uniformes a la caldera, nos dieron un mameluco azul, un par de zapatillas blancas, un plato de caldo caliente, una manzana, una manta, y nos dijeron que nos acomodáramos como pudiéramos. Yo no me acomodé. Miraba la luna a través de un ojo de buey con los brazos cruzados sobre el pecho. Al que viene y me dice algo lo cago de un cabezazo. Nadie vino. Ella también la estaba mirando, estaba seguro, más seguro que cualquier otra cosa que se me hubiera ocurrido pensar en ese momento. Ella la está mirando y piensa en mí, donde esté, con quien esté, gracias a Dios la luna permanece en su mismo lugar así no la perdemos y podemos los dos verla al mismo tiempo. Llegamos de noche y no había nadie esperándome. Pregunté a un policía cómo llegar a la estación para tomar el tren a casa. El policía me dio tantas indicaciones que me perdí. No sirven ni para cagar, decía mi padre. En eso tenía razón. Al final encontré la estación y viajé gratis.
La ciudad era la misma.
Ese mismo día en que volví mi padre me mandó a hachar leña para los hornos. Yo andaba a caballo. Esos días no anduve y años después tampoco. Cuando me dieron ganas de andar otra vez, no pude. A Silver, el último caballo que tuvimos, lo encontramos muerto en el fondo de casa.
Le reventó el corazón, dijo mi padre.
Cabalgábamos más allá de la rotonda, campo adentro, donde la llanura es puro océano. Vos sos mi mejor amigo, le decía, pero nunca se lo digas a nadie porque la gente odia la felicidad, y Silver relinchaba jurándome que jamás revelaría nuestro secreto.
Lo rociamos con querosén. Mi padre le echó un fósforo. Fumábamos en la galería mirando hipnotizados el fuego. Cuando el fuego se apagó enfriamos el esqueleto a baldazos de agua de pozo. Con un hacha Padre lo partió en varias partes que enterré atrás de los hornos.
Los años pasaron y todo igual. La luna, ella, yo, mi padre, Silver en su tumba, Francisco en la suya. Nadie más. Cerca de uno pasan cosas pero no me importan.
El verano pasado iba por la ruta. Salí a dar vueltas como casi todos los fines de semana con la camioneta que era de mi tío, y mi padre, en una incompresible vuelta del destino, decidió regalármela. Vino una tormenta y yo estaba en la ruta. Las cortinas de lluvia eran cada vez más densas. Yo aceleraba más. Más. Más.
Después de una curva vi la silueta haciendo señas sobre la banquina.Me detengo, destrabo la puerta y entra.Gracias, dice.
De nada.
El pellejo de la cara con bigote negro y tupido es aceitoso como el de una anguila.
¿Va a la ciudad, no?, me pregunta.
El olor a humedad y jabón vencido de su uniforme de gendarme me hace
estornudar.
Salud.
Gracias. Sí, paso por la ciudad, pero no entro.
Me bajo en la rotonda, antes del puente. El colectivo tarda más cuando llueve y a mí se me quemó el carburador del auto, una detrás de otra. ¿Va a trabajar?
Hoy no. No sé bien adónde voy, voy y vengo. Paseo, digamos.
Está sin trabajo.
Trabajo con mi padre, pero hoy no. Hornos de ladrillos.
Qué bien. ¿Es de la zona?
No soy de ninguna zona.
Cómo sería eso.
Soy de cualquier parte de la misma zona, estoy aquí y allá. Hay una sola zona. No me gusta estar mucho en casa, me gusta moverme.
Viajar.
No. Moverme. Viajar no. Viajar sería ir a la luna. Pero fueron y no encontraron nada. Rocas, polvo. Fueron y no encontraron a Dios. Al parecer mucha gente pensaba que estaría en la luna. Yo no. Pero Dios ese día se fue de la luna. Dios va a donde se le cantan los cojones. Es mi opinión.
¿Usted cree en Dios?
Sí. ¿Usted?
Sí, claro.
La realidad es que uno sólo cree en las cosas que hay a su alrededor. Tal vez esté Dios moviendo los hilos de las cosas. Las cosas tienen su movimiento, yo tengo mi propio movimiento. Todo es una zona, una misma zona donde todo está conectado. En eso creo. Uno no viaja a ninguna parte, siempre está en el mismo punto.
Puede ser.
Uno mira y ve cosas. ¿Existen? Aparentemente sí. Porque además de las cosas está uno. Y adentro de uno hay muchas cosas que no son las cosas que los otros pueden ver. Uno solo las ve. ¿Quién o qué es más real? La verdad está en entender el todo. Pero nadie puede ver todo. Yo no entiendo una mierda de nada, voy y vengo, no tanto como debería. Más movimiento. Más movimiento. Una vez estuve en la guerra y murió un amigo, se murió y yo no pude hacer nada. Pero él está adentro mío, por decirlo de alguna forma. Vivimos con los muertos. Ellos están con nosotros. No como fantasmas. Los fantasmas no existen. Existen los muertos.
Lamento de su amigo.
Yo también. Todos los días lo veo muerto sin el brazo. A un muerto sin un brazo se lo puede abrazar mejor. No sabía eso. No sé si con un vivo es lo mismo. ¿Pude hacer algo? No. ¿Entonces?
¿Entonces qué?, pregunta.
Entonces nada. Esa es la verdad: uno no puede hacer nada, nada de nada.
En esos casos, no en todos.
Esos son los casos que importan, evitar la muerte de esto y aquello.
El tipo se calla, de vez en cuando me mira de reojo.
Pienso en ella. En la luna. No voy a hablar de ella con este tipo. Quién es. Baja en el puente y adiós. Yo sé dónde está. Ella. O creo saber. Por qué no voy. Me bastaría el hacha y el 22. No más. La saco de la casa y nos vamos campo adentro. Quizás lo hago. Serán mil doscientos kilómetros desde casa. Mínimo diez horas de viaje. Me odio cuando pienso que voy a hacer algo y después empiezo con las dudas. En campo adentro se puede vivir sin problemas.
A tres o cuatro kilómetros de la rotonda un caballo se cruza a menos de diez metros del paragolpes. Clavo los frenos en un grito, la camioneta se ladea, sinuosa, y se detiene como en cámara lenta.
Respiramos hondo.
La puta madre que los parió, digo.
Se cruzan como si fueran moscas, dice.
Hay muchos por acá, sin dueños, guachos.
Si no cuidan a los hijos, van a cuidar a los caballos, son todos indios. Volvieron. Empezaron a comérselos. ¿Lo sabía?
A quiénes.
A los caballos.
No, no lo sabía.
La carne de potranca es rica, casi como si fuera de vaca.
Nunca comería carne de potranca.
Estos comen cualquier cosa. Un día nos comen a nosotros. Mírelo. Está ahí como si no hubiera hecho nada.
Salga de la ruta, ordena. Del lado del caballo.
Para qué.
Para respirar un poco de aire.
Me corro a la banquina y apago el motor.
Él abre la puerta y sale mirando hacia ambas direcciones de la ruta. Lo imito.
La pistola asoma en su mano. Trato de no inquietarme.
El caballo, azabache, resplandeciente, bajo la banquina junto a un árbol, es la imagen más venerable de la quietud en movimiento que vi en mi vida.
Da unos pasos hacia el caballo.
¿Qué hace?, le pregunto.
Le quita el seguro a la pistola.
¿Qué hace?
No me escucha, o me escucha y no le importa mi pregunta.
Asústelo, le digo, y se va campo adentro.
Pulsa el gatillo, le apunta y dispara. El caballo sacude la cabeza como si intentara quitarse la bala que la ha penetrado y enseguida se desmorona sobre las patas, que dejan de agitarse antes de que el estallido se pierda en algún hueco hambriento fuera del mundo.
Son un peligro, dice guardando la pistola en la cartuchera. El tono de la voz. más que pedir mi acuerdo, levanta una advertencia.
¿Me espera un minuto?, dice.
Sí.
Separa las piernas y orina suspirando parado al borde de la zanja que corre a lo largo debajo de la banquina.
Doy uno, dos, tres, cuatro hacia él. Miro a los cuatros puntos cardinales. Nadie. Nada. Algunas vacas a pocos metros. O sea: nada.
Me descubre cuando estoy apuntándole con el 22 y disparo. Tuerce el cuello por el que salta un chorro de sangre y rueda por la zanja sin tiempo ni para alzar los brazos.
Espero. La tierra gira enloquecida. Me tambaleo, no caigo. Las vacas mugen. Apenas llovizna, el aire se espesa y hace más lenta la llovizna. Esas vacas boludas. Por qué no hace nada para que no las despedacen. La tierra se va deteniendo de a poco. Espero. Luego me acerco.
Un aguilucho grazna en el cielo, pero no se le ve.
Todavía respira. Lo remato. Al pecho, no a la cabeza.
No, no voy a ir por ella. No. Es lo que estaba escrito en alguna parte y no lo leí. Esta escrito en sangre y en piedra, en fuego y en oro: está escrito desde siempre, todo existe desde siempre y para siempre, aunque algunas cosas desaparecen: son las letras de la eternidad, van a estar cuando el mundo se haga pedazos, van a flotar en sus mismos lugares, va a formarse otro mundo en el lugar de este y las mismas historias se repetirán con otros actores iguales a los antiguos actores.
Francisco decía cosas parecidas. Mi hermano, mi amigo, mi sombra, mi fundamento. O soñé que me las decía. Pero no es el punto: estaba escrito. Ver la luna, ella en una parte, yo en otra. En la misma zona. Escrito desde el primer día del mundo.
Nunca le hablé de ella. No quería amargarlo. No.
Me acuerdo sí de un sueño que tuve hace poco. Estamos en un corredor oscuro y Francisco me dice: La guerra ha terminado pero no terminó, nunca termina. Y se va arrastrándose cuerpo a tierra en la oscuridad.
Somos polillas solitarias bajo la luna. Excepto ella con sus ojos de jade azul redondos, sus largas pestañas de seda negra, sus pasos suaves de muñeca más gringa que todas las gringas en el atajo de hojas secas hacia una casa a la que nunca iremos.
La luna saldrá dentro de poco. O quizás no. Muy nublado está. Ojalá salga. Así ella y yo vemos a los caballos cabalgando libres en el mar de la serenidad.
Ella tenía, tiene alas. Invisibles. Alguna noche aparece volando y aterriza en el fondo. Espero estar despierto para cuando llegue la hora.
Desde esta misma noche empiezo a esperarla.
Ya no respira.
Cierro los ojos, oigo los mugidos de las vacas que pronto van al matadero. Firme. Respiro lentamente. La nada de estos campos donde hasta los silos pajeros crecen me refresca hasta la última bóveda.
Toda mi vida debería ser así. Paz en el movimiento, movimiento en la paz.
Vuelvo a la camioneta.
Pongo el 22 otra vez debajo de mi asiento.
Este es más boludo que una vaca pensaste.
Bajo la ventanilla y enciendo un cigarrillo.
Este es más boludo que una vaca pensaste y ahora te hundís en una zanja.
Arranco.