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Cultura //// 04.10.2020
El diablo todo el tiempo: no es casualidad

Daniel Mundo reflexiona sobre el azar y la lógica, lo onírico y lo ordinario: “La electricidad nos está dando poderes que nosotros, seres racionales aplanados por la lógica periodística, descartamos como idioteces sin sentido”.

Por Daniel Mundo | Ilustración: Gabriela Canteros

Para Nina, Franny y Agus

Mi hija mayor está enamorada de Tom Holland y me hizo ver la nueva película donde actúa: The devil all the time (traducida como El diablo a todas horas, Netflix production). Lo que caracteriza a la película son un par de tips fuertes, absurdos y verosímiles a la vez: la idiotez del fanatismo religioso, la simultaneidad y correlación de acontecimientos que parecen casuales, la relación lateral que mantienen, hasta que al final todo termina coordinándose para armar una historia. En este preciso momento de mi vida, en cuarentena, subrayaría la lucha que parece entablarse entre el azar y la predestinación, no porque sea un tema nuevo (es tan antiguo como el ser humano), sino por cosas que me vienen pasando en lo que llamamos la vida real. Puedo adelantar la conclusión: hay que liberar los sueños y las alucinaciones. Como los acontecimientos suelen presentarse aislados e inconexos, no llegamos a advertir la red de “casualidades” que se va organizando. Voy a narrar algunas de esas anécdotas, de menor a mayor.

El otro día le regalé un vino a la madre de mi hija menor, uno de esos que se regalan para eventos especiales (no había ninguna fecha especial, solo las ganas de regalar). El vino, me contó después, desapareció. Lo buscó por toda su casa, no lo encontró. La justificación más plausible que se dio es que sin darse cuenta lo había tirado junto con cajas que estaba limpiando. Siempre encontramos un motivo racional para encuadrar lo que escapa de nuestros marcos metales. Mi mamá recurría a saberes populares, decía que lo había escondido el diablo. Los progres buscan motivos en el baúl freudiano. Tenemos que empezar a aceptar que Freud normalizó los sueños, pero que los sueños también hubieran podido tener otros destinos.

Mi hija pequeña, Nina, se acuerda todas las mañanas los 2 ó 3 sueños que tuvo a la noche. Es una máquina de soñar. Cuando se despierta me encanta acercarme a su cama y decirle que me cuente lo que soñó. Nunca interpreto, simplemente me dejo ir con su historia. A veces terminamos a orillas del mar, sentados en el agua, dejando que las olas nos lleven de acá para allá. Una vez casi no pudimos volver de lo lejos que habíamos llegado.

Franny, mi hija mayor, tiene una amiga que es como una hermana para ella y un miembro más de nuestra familia. Una noche, hace unas semanas, estaba durmiendo en su cama y de pronto se despertó por el ruido que había hecho uno de los cuadros que tiene colgado en el cuarto. Asustada por el batifondo, prendió la luz, y vio que el póster estaba tirado en el piso, y que en la pared había un agujero donde antes estaba el clavo. Cuando se despertó a la mañana el cuadro no estaba. Buscó abajo de la cama, sobre su escritorio, por toda la habitación. No lo encontró. El agujero dejado por el clavo seguía ahí. La madre no sabía nada. A la noche, cuando se iba a acostar, vio que el cuadro estaba en el otro ángulo del cuarto, a dos metros de donde lo había visto caído la noche anterior. Ahí mismo llamó a mi hija y le contó la anécdota. Cinéfilas como son las dos, rápidamente llegaron a una explicación más o menos tranquilizadora: la matrix en la que estamos insertos empezó a dar muestras de su desperfecto.

Una noche, una vieja amiga me recomendó que viera una peli: On body and soul. Lo insólito de la película consiste en que dos personas que no tienen nada en común advierten de casualidad que están compartiendo sus sueños, que ambos sueñan lo mismo, como si los sueños fueran un film en el que ellos viven en un mismo espacio/tiempo. Cuando termina, el espectador se tiene que preguntar, aunque sepa la respuesta de entrada, si no estaremos compartiendo sueños sin darnos cuenta.

Esa noche yo soñé con una escena bizarra, como suelen ser las escenas oníricas, en la que me acostaba con alguien que no tenía cabeza. Por increíble que suene, ese día un amigo me escribió contándome que había soñado conmigo y que en su sueño yo tenía sexo con una figura cubista a la que no le encontrábamos la cabeza por ningún lado.

¿Casualidades? Solo una mente muy estrecha creería eso. Mi hija me contó algunas cosas que pasan en su TikTok: un hombre cuenta que soñó que iba a una casa en la que había vivido de chico, y que la casa se incendiaba. Decenas de personas le respondieron que habían soñado lo mismo. En otro TikTok una mujer dice que soñó que una nena se ahogaba en una pileta, y que ella la veía desde el fondo. Al otro día no solo varias personas afirmaron que habían soñado lo mismo, sino que también salió la noticia en la tele de que en una ciudad perdida de Estados Unidos se había ahogado una nena en una pileta. Más casualidades. Todos los días deben ahogarse miles de niños en piletas.

La madre de mi hija mayor tuvo un sueño durante toda su vida. Lo que más le hubiera gustado desde chica (la conozco desde que ella tenía 16 años) era filmar una película y que la invitasen a un festival en Europa. Este año de pandemia su primera película, un corto dentro de una producción conjunta, salió galardonada en San Sebastián. Razonablemente, ella tuvo miedo de viajar. El fin de semana le contó a mi hija que había visto en IG que ese día había llegado Johnny Deep a San Sebastián. Entre sumamente triste y divertida le comentaba que si no hubiera sido por la pandemia ella hubiera podido estar ahí, a metros de él, Él, Johnny Deep. Se deprimió un poco, quién no. Lo extraño es esto. Mi hija hace unos meses me había contado un sueño: ella había soñado que la madre ganaba un premio internacional, pero al que no sabía por qué motivo no había ido. En ese momento, por supuesto, todavía no le habían anunciado a la madre lo de San Sebastián. Aquella noche soñó que la madre se enteraba por IG que Johnny Deep había llegado a la ciudad y que su mamá se ponía triste y que le decía que toda su vida había soñado con ganar un premio e ir a un festival y estar cerca de los famosos. Franny tiene toda una teoría elaborada sobre los seres “craft”, que para ella son como “brujas” con capacidades de viajar psíquicamente por el tiempo.

La semana pasada vi, de casualidad y porque cada tanto vuelvo a mirar películas de Cronenberg, La zona muerta. Un hombre tiene un accidente y de pronto, cuando toca a otra persona, puede ver lo que ocurrió en el pasado o lo que va a ocurrir en el futuro de ella. Son como shocks psíquicos devastadores.

Daré mi explicación mcluhaniana: la electricidad a la que estamos expuestos diaria y continuamente, y que consideramos algo totalmente natural, no puede ser inocua. Como las brujas, los magos, los chamanes, los adivinos en otras civilizaciones, ahora la electricidad nos está dando poderes que nosotros, seres racionales aplanados por la lógica periodística, descartamos como idioteces sin sentido. En una dimensión, apelar a la alucinación es un modo de evadirse de esta realidad terrorífica a la que estamos sometidos. En otra dimensión, tal vez está llegando la hora de rearmar el rompecabezas de boludeces que nos afectan, a ver si al final la ficción auténticamente nos está prediciendo lo que va a ocurrirnos. La vida es sueño y los sueños…