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Cultura //// 06.02.2022
Disco “Por esa infancia”, de Claudio Almonacid

El cantante interpreta con identidad y poesía el repertorio de tangos. Desde “Packard” que tiene una visión metaforizante y alegórica, hacia “Nada”, que se ensambla con el lenguaje audiovisual, pasando por “Tinta roja”, que marca un ritmo puglesiano.

Por Silvina Gianibelli | Foto: Silvina Gianibelli

Por esa infancia, de Claudio Almonacid, es un disco pensado desde una perspectiva fundamental: asumir los espacios poéticos que nuestras propias huellas mnémicas asumieron en la síntesis de nuestro pasado.

Como si se tratase de un film el disco recorre estados musicales que convergen, ya no en la melancolía sino en el espacio atemporal desde donde se sitúa nuestra alma. 

Hay una expresión que acompaña esta hipótesis de creación del dramaturgo Ricardo Monti: “El arte es un camino a la infancia”.

Y este pensamiento lleva a otro por contigüidad: cuál es la potencia de un cuerpo que recuerda o bien, qué es lo que recuerda un cuerpo.

Es posible que la respuesta esté en los tangos y sus versiones en sus formas multiplicantes, sin embargo nos acercamos a otro planteo estético, ¿cómo es posible que la poesía se vuelva tango?

Y el tango mismo, se vuelva diálogo con la existencia. Ahí radica su punto de vista fundamental: la voz poética es la propia existencia.

De eso se trata Por esa infancia (que lleva el nombre del tango de la autoría de Luis Sampaoli), no hay dudas que siempre el arte se habla a sí mismo, se vuelve sobre sí mismo cuando la búsqueda es la identidad de una creación profunda y comprometida. 

Desde “Packard” que tiene una visión metaforizante y alegórica, hacia “Nada”, que se ensambla con el lenguaje audiovisual, pasando por “Tinta roja”, que marca un ritmo puglesiano, allí está la calidez en la interpretación de Almonacid, “el Turco” es integral; se puebla de imágenes que acompañan el recorrido cauteloso de la canción. 

En un lenguaje suave pero a vez duro, allí deambula su poesía.

Quizá hay que volver a pensar este género musical desde la premisa borgeana: “El tango no corresponde a un pensamiento sino a algo más profundo, a una emoción”. Es tiempo de desafiar los preceptos sabatianos respecto de que el tango es un pensamiento triste que se baila.

Cada pieza musical nos atraviesa y se engarza una a otra como si se tratase de un vals. La presencia en la ausencia cae como un rey cae en jaque, a los pies de la reina que es la música.