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Cultura //// 09.02.2013
Del carnaval medieval al carnaval del país

Para pensar al carnaval en Argentina en tanto festejo público, popular y masivo, es necesario pensarlo, como la práctica política, social y cultural que supo ser hace muchos siglos atrás.

 
Por Mariela Genovesi* | El combate entre don carnaval y doña cuaresma (1559). Así se denomina esta obra del pintor flamenco Pieter Brueghel “el viejo” (1525-1569) y que recrea el proceso de reforma mediante el cual los católicos y protestantes, primero, y las clases altas, después, intentaron modificar las creencias y festejos propios de la Cultura Popular, fundamentalmente del Carnaval.
Las celebraciones carnavalescas ocupaban un importante lugar en la vida de la población medieval (en algunas ciudades duraban casi 3 meses) y su cosmovisión influía radicalmente en el pensamiento de los hombres; los obligaba a renegar en cierto modo de su condición oficial y a contemplar el mundo desde un punto de vista cómico.
Pero lo más particular, es que todos participaban del carnaval porque era una práctica común donde se borraban las jerarquías. Así como la cultura oficial se encargaba de restaurarlas e imponerlas, pues no todos tenían el privilegio de participar de sus rituales y prácticas, la cultura popular carnavalesca no se acotaba a una esfera social y era compartida por todos. En esta etapa, si bien coexistía la dualidad entre la cultura oficial y la popular, los aspectos cómicos y serios de la divinidad, del mundo y  de los hombres, eran igualmente sagrados y oficiales.
En el régimen feudal, la relación de la fiesta con los objetivos superiores de la existencia humana, la resurrección y la renovación, sólo podía alcanzar su plenitud y su pureza en el carnaval y en otras fiestas populares y públicas. Por eso, el carnaval era la segunda vida del pueblo basada en el principio de la risa y en los elementos característicos del juego. Era su vida festiva, la forma que el pueblo tenía de materializar y expresar esa segunda vida que temporalmente penetraba en el reino utópico de la universalidad, de la libertad, de la igualdad y de la abundancia.
En cambio, las fiestas oficiales no sacaban al pueblo del orden existente. Al contrario, contribuían a consagrar, sancionar y fortificar el régimen vigente. En la práctica, la fiesta oficial miraba sólo hacia atrás, hacia el pasado, que servía para consagrar el orden social presente, sus  valores, normas y tabúes religiosos. Por eso, traicionaba la verdadera naturaleza de la fiesta humana, la desfiguraba. Pero como el carácter auténtico del carnaval era indestructible, tenían que tolerarlo e incluso legalizarlo parcialmente en las formas exteriores y oficiales de la fiesta y concederle un sitio en la plaza pública. El carnaval era el triunfo de una especie de liberación transitoria, la abolición provisional de las relaciones jerárquicas.
En consecuencia, esto creaba en la plaza un tipo particular de comunicación inconcebible en situaciones normales.  Puesto que, “la segunda vida”, se construía como parodia de la vida ordinaria, como un mundo al revés donde las relaciones y tratos formales desaparecían. Esto produjo el nacimiento de un lenguaje propiamente carnavalesco basado en groserías, gestos soeces o expresiones verbales prohibidas y eliminadas del campo oficial. Palmotearse el vientre, por ejemplo, era un gesto carnavalesco por excelencia.
Pero esa tolerancia y condescendencia por parte del clero y las clases altas comienza a desaparecer por diferentes razones a partir del Siglo XVI. Se asiste a un proceso de reducción y empobrecimiento progresivo de las formas de los ritos y espectáculos carnavalescos a la vez que se produce una creciente persecución y domesticación de las celebraciones y creencias populares.
Por una parte se genera una estatización de la vida festiva, que pasa a ser una vida de gala, y por la otra se introduce a la fiesta en lo cotidiano, quedando relegada a la vida privada doméstica y familiar. Los antiguos privilegios de las fiestas públicas se restringen cada vez más. La cosmovisión carnavalesca, su universalismo y  osadía comienza a transformarse en simple humor festivo y en la antesala de “la cuaresma”.
La renuncia del clero y las clases altas
El clero, la nobleza y la burguesía tenían sus propias razones para abandonar la Cultura Popular. Sin embargo, el liderazgo de este movimiento estuvo inicialmente en manos del  clero cuya retirada fue parte de la reforma católica y protestante. En 1500, la mayoría de los curas tenían un nivel social y cultural muy próximo al de los feligreses. Los reformadores no estaban muy contentos con esa situación y demandaron un clero instruido. Los protestantes procedían de universidades, por eso, en el Concilio de Trento los católicos decidieron que los sacerdotes debían ser educados en seminarios y debían conservar la gravedad y el decoro de la profesión. Aquel viejo párroco que llevaba máscara, bailaba y contaba chistes en las fiestas debía ser sustituido por otro mejor educado.
Los nobles, por su parte, estaban adoptando comportamientos más refinados, acordes con un modelo ascético de vida. A medida que su función militar había ido declinando, la nobleza tuvo que encontrar otro camino para justificar sus privilegios entre los que se incluían las consideraciones estéticas, en nombre no de la moral sino del buen gusto y la distinción. Se comportaban con indiferencia, con elegancia y con decoro. En la interiorización de esa ética del orden y del autocontrol, encontraban al carnaval como perturbador, tosco y vulgar.
Pero asimismo, la intención de los reformadores era modificar ese estilo de vida y las creencias de los sectores populares en pos de otro inspirado en la disciplina, la prudencia, la razón, la sobriedad y la frugalidad. Para ello se imprimen los procesos de reforma y persecución (la “caza de las brujas” alcanza su máxima intensidad a fines del siglo XVI y comienzos del XVII coincidiendo con la primera etapa de la reforma).
La coexistencia y polaridad de estas dos formas de vida puede apreciarse en el cuadro de Brueghel. En el marco superior izquierdo aparece “la taberna” símbolo del derroche, el vicio, la gula, la embriaguez, en una palabra, “el mal” que alejaba a los feligreses de la Iglesia, aquel otro símbolo que aparece en el marco superior derecho. La dicotomía y el vívido conflicto entre ambas tradiciones, también es recreada en pequeños pasajes del cuadro o en escenas que reúnen a los exponentes de una y de otra vertiente. Como el hombre gordo (el carnaval), que está montado sobre el barril de cerveza, es arrastrado por el bufón y empuña una brochette de carne para luchar contra “la cuaresma”, esa mujer delgada sentada sobre un reclinatorio, arrastrada por un monje y una monja y que “se defiende” portando una pala con arenques (el pescado, símbolo de la abstinencia de carne)
La reconversión cristiana y estatal del carnaval
En 1500 la cultura popular era una cultura de todos, una segunda cultura para los más instruidos, y la única para el resto. Sin embargo, en 1800 y en la mayor parte de Europa, el proceso de reforma ya había culminado y el abandono y “resignificación” de la cultura popular, o más precisamente, del carnaval, ya era un hecho.
Desde la Iglesia Católica se propone una etimología del carnaval para integrarlo a la liturgia y a los rtiuales cristianos. Del latín vulgar, carne-levare, el carnaval significaría ahora el 'abandono de la carne'. Sería una víspera dedicada a la “preparación”, una jornada en la que el pueblo celebraría la llegada de los días de cuaresma y el inicio de la pascua. La renovación y resurrección no de su vida ni de su cuerpo universal (en tanto pueblo), sino de la vida Jesús, el cuerpo de Cristo, nuestro Señor.
Pero asimismo, y dentro del proceso de organización de los estados modernos en alianza con las nuevas prácticas ascéticas y religiosas, el carnaval también es recuperado como parte de las fiestas oficiales del estado. Una vez sedimentado y consolidado el abandono, comienza el proceso de “descubrimiento” de lo popular como algo exótico e interesante. Ya no era peligroso, su “influjo” y “poder” sobre las “masas” ya estaba muerto. Era momento entonces de recuperarlo, de venerarlo como algo folklórico, en pos de una nueva finalidad: como parte de los antepasados, de las tradiciones de aquellos estados modernos que buscaban organizar y armar su propia historia y origen cultural.
Las tradiciones carnavalescas, así, se desarrollan en cada Estado Nación de acuerdo con las costumbres culturales propias de las generaciones pasadas. Así emergen diferentes formas de festejo, de configuración del Carnaval. Los habrá con máscaras, disfraces o con carrozas. Con danzas, con música o con rituales paganos. Y de Europa, se trasladará también, a América.
Argentina: carnaval cósmico, del país y del barrio
Pensar al carnaval en términos socio-históricos, nos condujo a recuperarlo en tanto práctica política, social y cultural. De ser una fiesta pública popular -profana, lujuriosa, irreverente, blasfema- que borraba las asimetrías sociales y que le permitía al pueblo sentirse un “todo” -al cantinero, por ejemplo, hablarle soezmente a la hija del mercader y ésta serle correspondida en ese lenguaje-; a pasar a ser una fiesta pública –pero oficial-, religiosa –pero cristiana-, popular –pero folklórica y tradicional-, media una acción y una intervención política. Esa que permite el pasaje de la Edad Media a la Modernidad y la conformación de los estados nación, el capitalismo y la sociedad de clases.
Pensar ahora el carnaval en Argentina,  nos sitúa primero, ante la celebración de un festejo ya fosilizado (pues llega a nuestras tierras como herencia de la Europa Moderna); pero, no obstante, nos obliga a pensarlo en relación a las diversas políticas de estado y a las lógicas de mercantilización y masificación de los festejos populares que han tenido lugar de un tiempo a esta parte.
Al respecto, es posible localizar tres tendencias que responden a orígenes y a representaciones carnavalescas distintas como así también a procesos de desarrollo e intervención diferentes: “el carnaval del norte”,”el carnaval del país” y “el carnaval del barrio”.
“El carnaval del norte” es el que acontece en la región andina, más precisamente en las ciudades de Humahuaca y Tilcara. En él subsisten antiguas tradiciones indígenas pertenecientes a la civilización andina prehispánica y es el que más se conecta con el aquel espíritu festivo, desenfrenado, de libertad y abundancia del carnaval medieval. Pese a la oleada de turistas, su ritus y sus principios básicos de embriaguez, glotonería y descontrol se mantienen y se sostienen en el hoy. Se vive como una auténtica “segunda vida” donde las comadres y los compadres tras el desentierro del diablo (durante el primer día de los ocho que dura el carnaval) liberan todos los deseos reprimidos durante el año, deseos que con su entierro (al octavo día) se vuelven a ocultar. Se retoma entonces, luego del festín, el desenfreno y el baile; la vida oficial, la mundana. Por otra parte, la conexión de la tierra con el cuerpo se convierte en un principio material de carácter cósmico y universal. El que celebra no es el individuo aislado, es el pueblo, que festeja con su tierra, con sus frutos y riquezas.
”El carnaval del país”, sin embargo, responde a otra lógica de existencia. Es el de Gualeguaychú, el de la región mesopotámica. Del principio material que conecta a la tierra con el cuerpo, se pasa al principio corporal. Desvinculado del sentido cósmico y universal, el cuerpo, emerge como valor único, como fin en sí mismo. Sin diablo ni Pachamama, billetes y cirugías. Las antiguas tradiciones afro a las cuales debería rendir culto –pues resultan ser su origen más inmediato- apenas subsisten en los colores, brillos y máscaras de las comparsas que simulan ser primas-hermanas de las de Río. Dura un mes, pero no por rendir culto al desenfreno o a la “segunda vida” que absuelve los privilegios y las diferencias, sino porque responde a una lógica comercial cuyo crecimiento descomunal se produce en los noventa, de la mano de las políticas neoliberales y la red mediática y farandulera. Es el carnaval “masivo” y “oficial” de las “estrellas”, al que el “pueblo” asiste como carnada. No suprime diferencias, las expone y resalta.
“El carnaval del barrio”, el más castigado y olvidado de todos. Los corsos de “Mercedes”, de “Lincoln”, de “9 de Julio”, así como los de “Monserrat”, “Mataderos” o “Laferrere”. Capital y el primero, el segundo y el tercer cordón del conurbano. Son los que más sufrieron la consolidación mediática y masiva del carnaval de Gualeguay, la anulación de los feriados de carnaval (durante la última dictadura cívico-militar) y la pérdida de ciertos valores y tradiciones culturales ligadas a la mística carnavalesca del barrio (arrojarle baldazos de agua al vecino o al verdulero de la esquina, por ejemplo). El pomo de nieve, las “bombuchas” recuperan parte de estas prácticas, así como las murgas (principalmente en los barrios de Capital) reemplazan a las antiguas carrozas que solían desfilar.  La política cultural del gobierno nacional (al restituir los feriados perdidos) y el porteño (al permitir que los festejos se reapropien del espacio público y copen las avenidas y calles) ha revitalizado el crecimiento de este tipo de carnaval en los últimos años. Pero estos tampoco se viven como una “segunda vida”, ni como abolición de los privilegios y las diferencias, sino como parte de un tipo de acción político gubernamental que tiende a ser de carácter “cultural” más que de índole “social”.
* Basado en textos de Bajtin, “la cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento” y de Peter Burke, “la cultura popular en la Europa moderna”