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Cultura //// 21.11.2021
¿Cómo puede ser que no conozcamos a Kosice?

En el barrio de Almagro donde vive Dani Mundo, autor de esta nota, hay un museo disimulado: es del enorme artista Gyula Kosice, cuya obra es imprescindible conocer.

Por Dani Mundo

¿Cómo explicar un volumen hidrocinético

o el color azul?

G.K.

No se me ocurre una vida más aburrida que la de un profesor universitario, con sus libros y sus papelitos amarilleándose hasta pulverizarse entre los dedos. Pero bueno, tampoco es cosa de negar las ventajas que tiene trabajar de docente en una facultad. Año a año se va renovando imaginariamente el carnet de juventud, por ejemplo. El público, los alumnos y las alumnas, siempre tienen la misma edad, veintipico, una época hermosa en la que todavía hay ilusiones y esperanzas. Leer y pensar aún tiene sentido, porque el mundo casi está por inventarse. Muy de vez en cuando, un docente puede hacerse amigo de alguno/a de ellos/as. Un año que había muchos paros (¿cuándo no? Frente a los paros yo tengo diferentes resoluciones, no siempre paro y me quedo en casa) tuve la suerte de que uno de esos alumnos fuera ayudante de un artista argentino increíble, in-cre-í-ble, que nos habilitó una visita a su museo recién estrenado en el barrio de Almagro. Debo confesar que no conocía a Gyula Kosice (Ferdinand Fallik) antes de esa visita. Qué terrorífica ignorancia la mía.

De afuera es imposible saber que esa casa chorizo remodelada y pintada de turquesa es el Museo Kosice, ningún cartel lo indica. Recién mucho después entendería por qué esa fachada estaba pintada de turquesa. Parecía un búnker. Llovía ese atardecer, y hacía el frío típico de junio, me acuerdo como si hubiese sido ayer. Esperé a que llegaran todos los alumnos y a las 19:30 tocamos el timbre. No fue porque tuviera alguna sustancia en mi cuerpo por lo que sentí, ni bien entré al museo, que me había teletransportado a un lugar que todavía no existía. Que no existía, pero era real. Es un museo del futuro, con cantidad de esculturas de luces que nos hacen entrar como en un caleidoscopio. Me puse eufórico como un nene al que llevan a la juguetería. ¿Cómo podía ser que yo no conociera a un tipo como Kosice? El futuro que nos permitían imaginar las esculturas de agua y esa especie de platillos voladores que encarnaban la ciudad hidroespacial era orgánico y poético, y no como parece que va a ser si todo sigue como hasta ahora: maquinal, mercantilista, competitivo, utilitarista, digital, con la belleza encorsetada en unos moldes prefabricados y en el que todos estamos todo el tiempo evitando el aburrimiento y neutralizando los afectos perturbadores. Las propuestas de Kosice son respuestas directas a este futuro deshumanizante y que ya estamos transitando, pues la contaminación ecológica y la devastación psíquica no dejaron de crecer desde que Kosice propuso sus soluciones hidrocinéticas. Igual, es cierto que él siempre creyó en los seres humanos. Él fue un auténtico self made man.

Para empezar, Kosice no diría que vivimos en el planeta tierra, diría que a este planeta habría que llamarlo Agua, ya que casi el 80 % de su materia está constituida por este elemento que suele pasarnos desapercibido. Él justifica sus obsesiones con el agua por diferentes motivos traumáticos: el viaje transatlántico que hizo con su madre y sus hermanos durante su infancia temprana para reencontrarse con su padre, que había venido antes a probar suerte en nuestro país (Fallik nació en la ex Checoslovaquia); o la otra anécdota, de cuando tenía 10 años y ya era huérfano de padre y madre, y casi se ahoga en un lago en Entre Ríos, del que lo salvó un aprendiz de gaucho que tenía 6 años. OK. Tal vez sea por estos hechos infantiles y psicoanalíticos por los que Kosice se volvió un artista, pero la verdad es que a mí no me importan las causas, me importan los efectos.

Me llevó un tiempo darme cuenta que toda la obra de Kosice, todas sus esculturas móviles y sus poemas y sus obras hidrocinéticas nacieron porque él estaba perdidamente enamorado de los colores turquesa y azul (alguna vez supo compartir galería con Yves Klein, del que ahora hay en París un local boutique en el que se comercializa su Klein Blue; los artistas del primer mundo no son nada boludos). Él podía esgrimir otros motivos, posiblemente. Pero ¿qué importan las justificaciones que dan los artistas? Hay gente que es así, que vive persiguiendo un deseo que ignora aunque retrospectivamente se lo detecte con mucha claridad. Su eje psíquico eran el turquesa y el azul primero, y el agua después. Podríamos creer que cumplió con éxito su misión. Tiene esculturas de más de 12 metros de altura en el centro de CABA, en La Plata, en Seúl, etc. etc. Ganó más de 40 premios a lo largo de su vida. Inventó ni más ni menos que una vanguardia. Expuso más de 3 veces en París, en Nueva York, en Japón, en Buenos Aires. Vendió obra a instituciones prestigiosas como la de René Favaloro. ¿Qué más puede desear un artista? Eso sí, tuvo que trabajar de marroquinero haciendo carteras hasta los cuarenta y pico de años, profesión que había aprendido en su infancia desolada.

Kosice sufrió en carne viva lo que implica ser un/a artista en Argentina. El Estado ayuda poco y nada, y ser un empresario de sí mismo en el campo del arte no está del todo bien visto. En nuestra mente romántica todavía nos cuesta aceptar el negocio del arte. No tener una afiliación política clara tampoco ayudaba, y las propuestas realmente revolucionarias con las que Kosice fue superándose a sí mismo tampoco facilitaban su reconocimiento: lo que no se entiende, se ignora o directamente no existe.

Sea por lo que sea que Kosice terminó inventando lo que inventó, lo cierto es que fue el primer artista en la historia que utilizó el agua como elemento fundamental en una obra de arte. Sus esculturas (que él aclaraba que seguía denominando así, aunque la función y los elementos de la obra rompieron con su sentido etimológico) de agua, poliéster, metal, fibra de vidrio, mármol, acrílico, plexiglás, luz, sonido, cemento, etc., tienen movimiento. Vale la pena aclarar que Kosice fue también el primer artista en el mundo que utilizó el gas de neón como material artístico.

Aquella noche, cuando salimos del museo y me volví caminando a casa sentía que la cabeza me estallaba: ¿realmente se podrá construir esa ciudad a 1.500 metros de la superficie terrestre y sostenida con la utilización del agua contenida en las nubes? Y si fuera posible, ¿seríamos capaces de pensar los espacios como nos lo propone Kosice, en lugar de reducirlos a esa máquina de alojamientos reproductivos y unidades funcionales que constituyen nuestros habitáculos existenciales? Kosice, obstinado, se la pasaba repitiendo que su proyecto no era una utopía, que su proyecto era real y que podía implementarse. De hecho, viajó a la NASA para convencer a los científicos de verdad con su plan urbanístico hidroespacial. Por lo que se sabe, no le dieron mucha bola.

Cuando llegué a casa llamé a mis amigos libreros para chequear qué existía de nuestro artista. Ahora tengo 6 o 7 libros suyos. Aquella lejana noche de invierno Kosice me regaló uno de sus libros, que leí y miré hasta la madrugada: Arte Madí, se llama. Madí es una de las pocas auténticas vanguardias argentinas cuyos mensajes y búsquedas no perdieron nada de actualidad (el que quiera conocer sus aportes y sus rupturas con todas las otras vanguardias estéticas tiene que leer Teoría sobre el arte de Kosice, donde se recopilan los manifiestos y artículos que salían en la revista Arte Madí Universal). El otro libro que conseguí fue Arte y filosofía porvenirista, una recopilación de notas que fue escribiendo a lo largo de toda su vida y que respaldan teóricamente sus apuestas estéticas. Por último, el que quiera saber algo de la vida de Kosice puede leer su Autobiografía, o mirar los videos que hay en YouTube, o directamente pedir turno en el museo y experimentarlo ahí mismo. Kosice, que falleció en el 2016, se la pasaba repitiendo que su “mejor obra es la que está por venir”. Nuestra vida está en el futuro, no en el pasado.

Pd: uno de los libros que conseguí aquella vez (y que ahora no encuentro en mi fakin biblioteca) es de mi maestro, el gigante Jorge B. Rivera: Madí se llama también. Es un análisis de la obra de este grupo vanguardista al que él, Rivera, pertenecía y que yo también ignoraba.