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Cultura //// 21.06.2020
Bubu: música del alma

Bubu es el gran secreto del rock progresivo argentino: un disco de excepción, Anabelas (1978) y un regreso con material impecable: Resplandor (2016) y El eco del sol (2018).  APU investigó y registró el testimonio de parte desus integrantes, además de la opinión del crítico musical Norberto Cambiasso. 

Por Andy Andersen y Jorge Hardmeier I Ilustración: Leo Della Torre 

 

Buenos Aires, segunda mitad de la década de los  70’s. Triple A. Bombas. Golpe militar. ¿Cómo nace, en ese contexto, esa rara avis del rock argentino denominada Bubu?  En ese 1976 no se encuentran referencias al sonido de moda por entonces, cosa que sí ocurre al escuchar otros grupos contemporáneos que remiten fuertemente a Yes, Jethro Tull, Genesis, ELP, así como también a una cruza con el jazz- rock:  Crucis, La máquina de hacer pájaros o Alas.  Bubu suena como música de cámara para banda de rock, con fuertes antecedentes en Stravinsky y King Crimson. No se parecían a nada que se conociera. Daniel Andreoli refiere sobre los comienzos de la banda: “Bubu no tenía correspondencias contemporáneas ni a nivel nacional ni extranjero, también las influencias de los músicos son ciertas: Wim Forstman tenía a Coltrane como referente, Cecilia Tenconi participaba a sus dieciséis años de los grupos de improvisación de Gerardo Gandini y Polizzi ingresaba a la sinfónica nacional, no obstante las improvisaciones estaban pautadas. Y yo enamorado de Stravinsky y King Crimson era Lizard/Islands”. Andreoli, en esa década desbordante de creatividad (la de los 70’s), escuchaba en un Winco a Beatles, Rolling Stones, Led Zeppelin, Procol Harum, Fleetwood Mac y siguen las firmas: King Crimson, Pink Floyd, ELP. Wim Forstman, saxo tenor y letras,  fue parte central de Bubu y ahonda en esos comienzos: “Hubo un grupo previo a Bubu, llamado Sion, que se formó por acumulación de amigos, de ahí la heterodoxia de la instrumentación. Yo fui el último en incorporarme. Allí se tocaba una parte de lo que luego fue el “Cortejo de un Día Amarillo” –primer tema del disco Anabelas-. No sonaba como yo quería, entonces propuse a Sergio Blostein -que fuera quien me había invitado a ser parte del grupo- que cambiáramos algunos músicos. La respuesta fue: Ni se te ocurra porque ellos son muy unidos, son muy amigos. Así que me fui del grupo, pero la música de Andreoli me había gustado y me sigue gustando. Entonces, un tiempo después, cite a Blostein y Andreoli, en lo que era el Bar El Foro, y les propuse armar un grupo donde Andreoli haría la composición, Blostein los arreglos y yo dirigiría. Eso en cuanto a la génesis y heterodoxia, el proceso posterior fue largo. En cuanto a la música que escuchábamos la respuesta más lógica sería: de todo. La composición y los arreglos estaban todos escritos, pero yo nunca soporté participar en proyectos donde la improvisación no fuera parte, así que en Bubu hubo partes de solistas sobre bases escritas y  partes de improvisación grupal, mi principal interés”. Tal vez sea Miguel Zavaleta, posterior líder de Suéter y autor de canciones emblemáticas de tal grupo de los 80’s como “Amanece en la ruta”, “El anda diciendo” o “Mamá plánchame la camisa”, el nombre de mayor índice mediático relacionado con Bubu. Fue el cantante hasta la grabación del disco Anabelas; de hecho, se retiró de la agrupación en el contexto de la concreción del álbum: “Mi ingreso a la banda fue, más que nada, porque conocía al compositor, Daniel Andreoli, con el cual habíamos compartido una banda anterior, con música de él, también, que se llamaba Sion. Pasaron un par de años y me fueron a buscar a casa. Ya estaba todo hecho, salvo un rocanrol que era instrumental, y yo no sabía mucho lo que era ser autor, entonces metía la cuchara en todos lados. Ni pensaba que había derechos de autor. Así que hice unas partes de rocanrol que, de todas maneras, no me habría anotado como co-autor, hubiera sido un caradurismo. La obra ya estaba hecha y yo tenía poco para cantar. Entonces, como tenía poco para cantar, empecé a disfrazarme y le sumé esa partecita. La música estaba bastante organizada. Había un arreglador que era Sergio Blostein. Estaba el coro, donde había unas chicas bárbaras, entre otras cosas, que lo dirigía Abel Zuker, a veces, hermano del Zuker que había sido músico de Alas, con Moretto, un músico extraordinario de la década del 70 que después se fue a vivir a Estados Unidos. O sea que el coro, también, tenía una persona que se ocupaba de aquello. Era una cosa, todo, de lo más increíble.  La música que me influenciaba, en ese momento, era todo el rock sinfónico, King Crimson, Génesis, fue la época en la cual me enamoré de ello y decidí hacerme músico. Escuchar esa música era salir disparado hacia el universo. Era maravillosa. Y, sin dudas Peter Gabriel es, para mí, un ícono, es realmente muy importante. Era también, todo, muy importante para el público, porque era la época de mezclar mucho teatro, además de que era una música grandiosa. No era mía, era de Andreoli, no es que estoy hablando bien de mi música. Era una música grandiosa que tenía mucho de ópera, era una mezcla de cosas musicales muy altas. Y yo, como no tenía mucho para cantar, me divertía haciendo personajes. Y había lugar para la improvisación, pequeños momentos, pero no era una banda de blues que ahí viene la improvisación y venía. No. Estaba todo escrito pero, dentro de eso, había cierta improvisación”.  Wim Forstman acumula referencias musicales: “Ya sea prog o música contemporánea clásica, tanto Polizzi (violín de la Sinfónica Nacional) como Tenconi, parte de los músicos de Gerardo Gandini, y yo participábamos en conciertos de música contemporánea, aunque en lo personal, yo había hecho mis primeras armas en el rock sinfónico con un grupo llamado Poema Hidráulico de los Siete Enanos. Mi querido Fleck, Edgardo Folino -miembro de Bubu, el bajista- amaba el rock inglés y junto con Polo Corbella, Eduardo Rogatti y yo trabajábamos como músicos de sesión”. “Hired gun”, agrega Wim como dato. A investigar.

Anabelas o todo verdor perecerá

Primeras drogas.  Pastas y el rock como otra forma de resistencia. Daniel Andreoli, alma mater de la banda, esboza aquel estado de la mente musical que se denominó Bubu: “La mecánica, todo se construía sobre una base obstinada y los solistas iban dialogando, respetando las texturas. Originalmente, en el grupo previo a Bubu o sea, el lado A del disco no había partes vocales, era un sólo movimiento instrumental, arreglado por Sergio Blostein, no fue hasta la incorporación de Wim quien sugirió la necesidad de incluir canción texto, por ese motivo aparecen en el lado B “El viaje de Anabelas” y “Sueños de maniquí”, cuyas letras son de Wim Fortman. Zavaleta era una suerte de Peter Gabriel porteño y fue el primer cantante de Bubu ensayando su futuro Suéter, quien por ciertos desgastes grupales no llego a grabar. De un momento para otro y con la fecha de grabación encima, hubo que probar cantante y fue Pety Guelache que en plena sesión de grabación aprendió ambas canciones y así quedaron registradas.  Yo estaba muy concentrado en el armado de planillas donde apuntaba cada instrumento, en que canal, y como organizar cada sesión, era un lujo contar con 16 canales, pero era imprescindible economizar espacio para los agregados y que este todo claro a la hora de la mezcla. Los músicos estaban ceñidos a la partitura exclusivamente, durante el periodo previo al Bubu que grabó, contamos con los arreglos de Sergio Blostein, mientras que “El viaje de Anabelas “y “Sueños de maniquí“ fue escrito íntegramente en un cuarto del Collegium Musicum y las partes improvisadas eran generadas en mi presencia en la sala de ensayo, buscando texturas y colores”. Durante la grabación de Anabelas, entonces,  la banda sufre un cambio. Miguel Zavaleta, frontman, cantante e integrante fundamental en cuanto al aspecto teatral de Bubu, decide abandonar el grupo: “Me fui de la banda, durante la grabación de Anabelas, porque estaba harto de este país, todos mis amigos se habían ido, este era el país más aburrido del universo”, explica Zavaleta y prosigue: “Y había mucha gente que había colaborado con el proyecto Bubu, y muchos de ellos tenían créditos en autorías y esas cosas y yo ni sabía que existían. Estaban un poco enojados conmigo. Había algunas caras raras, no de la banda, pero sí de lo periférico, había un flaco que había puesto plata. Yo no me di cuenta de que había herido a alguien. No me di cuenta de que algunos estaban heridos y yo estaba aburrido de este país y me tomé el palo. Me remplazó un pibe que cantaba muy bien, Pety Guelache. Y luego, no es que se separan, es que el país no daba para nada. Ni el propio Spinetta casi tocaba. En 1978, cerca de la ESMA, había un teatrito muy lindo, era fúnebre, no había color, nada y estaba el pobre Spinetta haciendo fuerza y ya casi no quedaba nadie. Los 70’s fueron realmente siniestros, desde el 75 para arriba, especialmente. Y me tomé el palo. El género estaba mutando. En esa época el rock era música alta, de élite, y se fue para un lado que no me interesaba. Sobrevino el pop y eso me interesó más.  Esa era música para gente que ama a la música, Bubu y otras bandas no podían tener raigambre popular, fue una época muy loca la del rock de calidad, pero duró un par de años y luego entró a caer. Esa época gloriosa, con bandas en las que además nadie ganaba un peso, aparte cuando dividís la plata entre once y la agencia, si la hay, difícilmente te quede un peso, al menos que seas los Rolling Stones. Creo que el destino estaba marcado para que el rock fuera una música genial durante algunos años y luego desapareciera como creo que, lamentablemente, está pasando. Y en esa banda, el grueso, fue compuesto por Andreoli. Era el centro”.  Las partes vocales estaban articuladas, sobre todo en función melódica y armónica respecto de la composición. Bubu realizaba un gran despliegue escénico -ejemplo: recital en La Ciudad de Los Niños– poseía un notable coro; el cantante era entonces Miguel Zavaleta, una suerte de Peter Gabriel porteño. Ese mismo día participó en ese festival, Orion’s Beethoven y su cantante era Pety Guelache, un tenor operístico cruza entre Ian Gillian y Jon Anderson. Durante la grabación del disco Anabelas, Zavaleta abandonó el grupo y su remplazo fue, justamente, Guelache.  No quedó registro de la participación del futuro líder de Suéter.  En el transcurso de la grabación del disco, Pety se convierte en el cantante: “El primer recuerdo es una conversación telefónica, creo que con Daniel Andreoli  (no sé cómo me ubicaron) donde, entre otras cosas, me preguntaba si sabía leer música y, ante mi negativa, quedamos de todas formas en encontrarnos en casa de Wim Forstman, así me mostraban de qué se trataba. Yo nunca los había escuchado, pero sabía de ellos por comentarios y notas que había leído. Así que me puso muy contento el hecho de que me llamen porque imaginé que andábamos en búsquedas similares, aunque lo mío era un poco más “rock”. Así que allá fui, a la casa de Wim, donde entre él y Andreoli me pasaron en el piano las partes cantadas, y creo que al toque ligamos, a pesar de que estaba algo nervioso. Luego, cuando ya estaba en el proyecto, trabajé un par de veces con Cecilia Tenconi y otro personaje que iba a grabar los bajos. Así fuimos puliendo las voces, porque yo también me sumé a los coros que ya estaban grabados. Y pude agregar unos agudos en falsetes tremendos: me sentía en el cielo. Por entonces King Crimson era mi mayor influencia y también Gentle Giant, Zappa y Van der Graaf, digamos toda la vanguardia de aquella época irrepetible, y que sumado a lo más pesado, tipo Deep Purple, que venía escuchando de antes, iba forjando mi propia identidad. A mí, particularmente, lo del despliegue escénico no me llamaba mucho la atención, y creo que además fue parte de la razón del cambio de cantante, creo que la idea era enfocarse más en la música. Nunca me sugirieron nada respecto a lo escénico y, por lo tanto, tenia total libertad para hacer lo mío, lástima que solamente tuve la oportunidad de un solo recital en vivo, que fue en el Luna Park, porque ya después vino la separación.  Por eso también hay muchas cosas que desconozco de la gestación del proyecto, entré muy al final. Calculo que se manejaban mucho con partitura porque casi todos estaban en distintas cosas y eso hacía que en los ensayos, por ejemplo para el del Luna, estaba solamente la base y yo que era nuevo, a algunos los conocí el día anterior al recital, en el ensayo general, por eso, los que no venían seguido tenían que leer sí o sí. Así que bueno, lo poco que duró para mí fue mágico. Recuerdo que cuando escuché en el estudio toda la banda, acostumbrado a trabajar solo con el piano, me voló la cabeza, tener toda esa tremenda obra en los auriculares y empezar a cantar fue insuperable”.

Norberto Cambiasso es crítico musical, profesor de música y crítica cultural en universidades como las de Buenos Aires, Quilmes y el Conservatorio Manuel de Falla. Fue  el director de la revista Esculpiendo milagros, especializada en música experimental. Es autor de varios libros de investigación musical y aporta su análisis sobre Bubu: “Era una proposición demasiado avanzada para el rock argento de la época. Una pieza integral, compuesta de antemano, a la que después se adapta un ensamble para tocarla, no era común en aquellos tiempos.  En el seno del rock argentino diría que carecía de contexto, más allá de ciertos intentos de Arco iris con Sudamérica y, especialmente, Agitor Lucens. La teatralidad que le añadía Zavaleta en los primeros tiempos fue aquello que permitió cierto contacto con el público y la prensa de la época. Hay reminiscencias de Crimson y algo de Zappa. Pero está clara la influencia de la música contemporánea (en especial Stravinsky y, tal vez, algo de Messiaen) en la composición de Andreoli. De hecho, parte de la gente que participa (Sergio Polizzi, Cecilia Tenconi, Sergio Blostein) venían de la música contemporánea. Fernando Basabru, en las primeras reseñas, los comparaba con “el jazz rock de Henry Cow y East of Eden”. Pero no eran estas, ni Bubu, bandas de jazz rock en el sentido de Mahavishnu o Weather Report. Y Basabru, junto con Alfredo Rosso, eran los únicos críticos inteligentes e instruidos de aquella época. La etiqueta de RIO (Rock in Opposition), no me parece que explique gran cosa. Los fans del prog la usan para cualquier cosa que les suene más o menos complicada. Y no creo que Wim o Daniel estuvieran al tanto de RIO en aquellos tiempos. Después de todo, RIO se constituyó en 1978 y Anabelas es, al menos, dos años previo.  Lo tardío de la grabación (y la edición posterior) les jugó en contra. Para cuando salió Anabelas (a fines del ’78) el contexto del rock había cambiado por completo respecto de la época de la concepción del disco (1975/76). Con esto quiero decir que las condiciones que permitieron el desarrollo de una pieza como Anabelas habían desaparecido por completo dos años más tarde, no solo por las transformaciones políticas internas (el Proceso) sino también por el cambio de las tendencias musicales en el exterior”.

Todo tiene un final, ¿todo termina?

La grabación de Anabelas, su posterior y tardía publicación fue una jugada en contra del azar. Dictadura. Amigos en peligro. Exilios. Desmembramientos de proyectos, hecho del cual no estuvo exento Bubu. Mates, puchos y alguna pasta como refugios. “Los 70’s fueron realmente siniestros”, recuerda Wim Forstman. Anabelas, según palabras del propio Andreoli, “se grabó a fines del 77 y salió a fines del 78 y se agotó. En el 79 me fui a Holanda. La noche de la dictadura era extremadamente negra”. Pety Guelache certifica el desmadre, la diáspora creativa que generó la dictadura: “Yo creo que el motivo real de la separación fue el retiro de apoyo de la producción que teníamos en ese momento, que optó por proyectos más fáciles y lucrativos. El sello tampoco hizo mucho a nivel difusión y demás; desconozco si existía algún otro motivo de desgaste en la relación de los músicos, ya que era bastante gente para ponerse de acuerdo. Y sí, los tiempos de cambio apuntaban a cosas, digamos, más “fáciles” y masivas, yo creo que Bubu era demasiada “data”. Fue una banda irrepetible, ni antes ni después hubo algo parecido en el país. Después del golpe, que significó que había que empezar otra vez de cero, ensayamos un par de veces los que quedábamos, Andreoli en el bajo, Wim en el saxo, Polo Corbella en la batería y yo, que también ahora tocaría la guitarra, pero no dio, la cosa se fue diluyendo del todo y cada uno hizo lo suyo por su lado, una lástima. No sé qué hubiese pasado si seguíamos, pero calculo que algo “grosso”, aunque difícil de imponer en un “mercado” que, salvo unas pocas y raras excepciones, se estaba poniendo bastante mediocre. Agradezco profundamente haber sido parte”. Andreoli insistió en la resistencia estética antes de su partida: “A fines del 78 yo retomé el bajo y tocamos en el Luna junto a Mederos, Los desconocidos de siempre y no me acuerdo qué otra banda. Mientras estábamos tocando veíamos a la policía llevarse a los que estaban en la última fila, asustados cada uno se fue por su lado, cuando llegué a mi casa, mi papá me comento que, el día del concierto, vinieron tres hombres a decirle que no debía seguir dando recitales. Mi hermana sacó un pasaje de ida a Holanda, donde vivía mi amigo y hermano Norberto Glodburd, artista plástico”. ¿Cómo fue el exilio de Daniel Andreoli,  generador de esa música que llevaba el nombre de Bubu? “Con Anabelas bajo el brazo recaí en la casa de Juancho Tajes, en Ámsterdam, director del grupo Praxis, compañía de teatro. Quien inmediatamente me dio trabajo, me encargó musicalizar el Bloody Opera, una sátira operística partiendo de la idea base de la Comedia del arte. Proseguimos una situación tipo de la ópera Pagliaccio, Arleccino e Colombina. Bloody Opera se presenta como un concierto de cámara que duraba 1.15 hora. Praxis se presentó en Roma y Torino”.

Todo resurge. Bubu reapareció en 2016 bajo el liderazgo, sí, de Daniel Andreoli, con un EP titulado Resplandor. En 2018 se lanzó un nuevo álbum de la banda, El eco del sol.  Y Anabelas fue reeditado. Dice Forstman: “La reedición de Anabelas me parece bárbara, porque en un panorama musical desolador como en el que vivimos, demuestra que hay gente que todavía escucha.  Fue una banda irrepetible”. Cambiasso opina sobre esta reedición, publicada por una discográfica coreana.  Leyeron bien: coreana. “Respecto de las reediciones, me enteré de que hay una lujosísima de Anabelas, coreana o algo así. Un vinilo hecho de arena. El disco se ha convertido en objeto de lujo (ni hablar en nuestro país). Hoy el packaging es lo que importa, no poner la música al alcance de un público masivo. No hay futuro para la escucha seria de música. La música ya no tiene la centralidad que supo tener en los 60’/ ’70. El prog será un nicho cada vez más reservado a gente con poder adquisitivo (el famoso ABC1 del marketing), mientras muestran la figurita difícil en vinilo en los grupos de Facebook”.