Anahí Mallol: “Hay que ser curiosos, tirar del hilo tiene que ver con buscar”

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    Anahí Mallol
    Foto: Mariano Cocozzella
APU ENTREVISTAS

Anahí Mallol: “Hay que ser curiosos, tirar del hilo tiene que ver con buscar”

09 Julio 2023

La poeta y ensayista Anahí Mallol, autor de libros como Posdata (1998), Polaroid (2001), Zoo (2009), El poema y su doble (2003) e Historias de amor, no (2021) conversó con AGENCIA PACO URONDO sobre su búsqueda personal a la hora de escribir y del panorama poético en general.

Agencia Paco Urondo: ¿Cómo empieza tu camino por la poesía?

Anahí Mallol: Los comienzos son un poco difíciles o es un poco difícil salir de escribir en la soledad. Eso que tenés guardado en el cajón, con mucha timidez. Estaba haciendo la carrera de Letras en La Plata, donde no está orientada hacia la creación. Hasta estaba como un poco mal visto, te decían “ya está todo escrito, qué vas a poder hacer vos”. Así que estaba como muy retraída hasta que, en un encuentro, leí un ensayo. Entre el público estaba Delfina Muschietti, que me llamó aparte y me dijo “¿pero vos escribís poesía, no? sino, no entiendo cómo pudiste escribir ese ensayo”. Era un ensayo sobre Alejandra Pizarnik. Ahí me comentó que tenía un taller y me invitó a ir. Fui, estaban Marina Mariasch, Carolina Cáceres y Juan Andreini. Llevé mis poemas y los empezamos a trabajar. Leíamos teoría, leíamos otros autores, traducíamos.

APU: Como todo un acontecimiento.

A.M.: A mí, eso me abrió todo un mundo. En esa época, fines de los 90, había un ciclo muy importante en el Centro Cultural Rojas que se llamaba La voz del erizo y se hacía una vez por mes. Ahí leían tanto poetas más conocidos, con varios libros publicados, como poetas que recién estaban empezando. Después, siempre, nos íbamos a comer, a tomar algo. Íbamos todos los meses con Delfina y las chicas del taller, se hablaba de poesía, había muestras de arte, fue todo otro mundo.

APU: ¿Y qué leían, qué les recomendaban?

A.M.: Teníamos una parte teórica que era mucha reflexión acerca de la poesía, leyendo ensayos. Me acuerdo, por ejemplo, que leímos el ensayo de Benjamin sobre la traducción, el trabajo de Derrida, Qué es la poesía. Después leímos poetas (que me acuerde, porque son muchos años) como Juan L. Ortiz; a Pasolini, que Delfina lo estaba traduciendo, en ese momento. A Silvia Plath, Anne Sexton, Alfonsina Storni.

APU: Me gusta pensar que hay poca distancia entre el ensayo y la poesía, me parecen cercanos, pero desearía saber cómo lo ves.

A.M.: En general, la persona que escribe poesía, reflexiona sobre el género. Reflexiona por sí misma, porque le hacen preguntas, porque lee prólogos, ensayos, diarios de otros escritores donde se habla sobre el tema. Algunos, damos un paso más para escribir eso y ahí surge el ensayo. O para escribir las lecturas, se suele escribir sobre una base de intensas lecturas. De otros escritores anteriores, de los contemporáneos. Empecé a hacerlo para mí y, después, me pareció que estaba bueno devolver esa lectura que hacía sobre los poetas que estaba leyendo. No me acuerdo cómo fue al principio, si me pidieron un pequeño ensayito o si mandé algo muy breve, para la zona de reseñas del Diario de Poesía. Después empecé a mandar regularmente, agregando cosas que se nutrían de esas discusiones. Uno salía de esas lecturas y decía me gustó tal, y por qué, fulano ahora cambió, me parece que este escribe cómo, me suena a Juanele, a Gianuzzi. Luego, lo volqué por escrito en el libro.

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APU: Pensando en los y las poetas de los 90 ¿cómo era el rol de la mujer, en ese momento?

A.M.: No quiero quejarme, no la tuvimos tan difícil como años anteriores, pero se notaban algunas diferencias. Los muchachos eran más amigos entre sí, tenían actividades (las siguen teniendo) más masculinas de encontrarse entre ellos a comer, jugar al fútbol, y yo no sé si nos leían. Nos leían esporádicamente o, por ahí, nos escuchaban. Pero hacían sus encuentros y se sentían más cómodos entre ellos. Siesta, la editorial que fundó Marina Mariasch, vino a proponer otro lugar. Uno con más intercambio, con mucha menos marca de género masculino. Tengo muchos grandes amigos, pero cuando vos leés los diarios, ves cómo se tramaban las relaciones y había como un grupo eminentemente masculino.

APU: Lo preguntaba más porque, visto desde acá, pareciera como que hay sólo hombres y hay cantidades infinitas de mujeres con un rol preponderante, con ciclos de lectura y mucha participación.

A.M.: También en la década anterior. La década de los 80 se suele resumir como la disputa entre los neobarrocos y objetivistas y, sin embargo, tenés figuras muy importantes que lanzaron libros fundamentales en esa época como Mirta Rosenberg, Diana Bellessi, Tamara Kamenszain, Irene Gruss. Lo puse en el ensayo: para mí, hubo una lectura un poco patriarcal, sobre todo, de parte de la crítica literaria más que de los mismos escritores. Por ejemplo, si vos elegís seguir leyendo en los 80, en los 90, en el eje de la poesía política entendiendo la política como militancia y con los roles, todavía, separados entre lo público y lo privado, el hombre y la mujer, te cuesta hacer entrar alguien que no sea Juana Bignozzi que se define, igual, por la negativa. “La sola idea de la lucha me ha producido tanto cansancio”, dice. Pero me parece que eso viene por cuestiones de la crítica académica.

APU: ¿Cuáles son los temas, la materia prima que utilizás para escribir? Te ayudo un poco, tengo Una ciudad, libro que me identificó mucho en algunos pasajes

A.M.: No me acuerdo cómo surgió. Sí, en general, me pasa que me surge algo, me convoca, puede ser una imagen o una frase que leí, sale un poema, dos, tres y, después, ya veo como una serie. Lo voy buscando, lo voy siguiendo. A veces, investigando, también. Empezar eso es como ponerme unos anteojos con un cristal de determinado color y comienzo a ver todo de esa manera. Por ejemplo, eso fue muy claro con Zoo. El primer poema salió por un caballo que vi, parado, debajo de la lluvia. El segundo salió por un sapo que vi aplastado y después empecé a ver todo en clave animal. Me contaban algo, una historia de una persona que conocí, que tenía tres hijos y uno de ellos había muerto y después veía un documental de una osa que tenía tres oseznos y uno moría en la nieve y todo se iba transformando en historias de animales.

Con Una Ciudad, también, empezó a estar tramado por ese pensamiento sobre la ciudad que es, fundamentalmente, La Plata, pero no exclusivamente ella. Como nací ahí, vinieron los mitos sobre La Plata, sobre los túneles, esas catacumbas y las cosas que se contaban. Y una experiencia mía de haberme ido un poco lejos y volver a ir para llevar a mi hijo a la Escuela de Bellas Artes y encontrarla igual y cambiada, ese paso del tiempo. Y obviamente, debe haber habido otras lecturas, otras grandes ciudades dando vueltas.

“Empezar eso es como ponerme unos anteojos con un cristal de determinado color y comienzo a ver todo de esa manera”.

APU: Hebe Uhart decía que no se enseña a escribir, se enseña a estimular ¿qué pensás?

A.M.: Hay que estar atento. Y para estarlo hay que salir, un poco, del runrún de lo cotidiano que te aliena, te aleja de vos. Hay que mirar con deseo, con ganas, con curiosidad y descubrís cosas o frases. Hebe Uhart, me da la impresión de que escribía mucho a partir de frases o personajes. Entonces, si estás en la cola para el cajero, mirás y por ahí ves un cachorro jugando con alguna piedrita o una flor, o ves una señora paseando al perrito y de esa primera impresión tenés que tirar como de un hilo que no sabés a dónde te lleva o cuando va a terminar de desenroscar el ovillo, pero así va llegando. Hay que ser curiosos, tirar del hilo tiene que ver con buscar.

APU: ¿Cómo fue traer a Diotima, esta poeta antigua, a la escena contemporánea?

A.M.: Lo de Diotima fue un gran trabajo de muchos años. Eran poemas que iban apareciendo, cayendo, se iban reescribiendo. Los leí en un festival en la Feria del Libro y, después, estuvimos conversando con Tamara Kamenzsain y se me ocurrió que tenía que encontrar un tono que unificara todos esos poemas, son como 200, que dividí como en siete libros. No recuerdo cómo surgió que el tono era el del epigrama, así que me puse a repasarlos, sobre todo los latinos, de Marcial, Catulo y alguno que conseguí, porque no se consigue mucho sobre los epigramas antiguos, sobre todo, los griegos. Hice como una traducción al revés: desde lo contemporáneo hacia el siglo I. Con libros de Historia, con planos de Roma, de esa época. Trataba de ver cuál era el equivalente de ciertas cosas, no sé, rompiste con alguien y ves que publica una foto en Facebook con otra persona. Ir a caminar por la vía Appia, que te cruce alguien y no te salude. Fue genial porque, en realidad, no cambió tanto. Tampoco quería que quedara tan clavado a lo contemporáneo que cambia tan rápido. Yo qué sé si de acá a 10 años, “me clavó el visto” es una frase que tiene un significado para alguien. Trabajé ese punto en común, creé la voz y el personaje, el prólogo. Y después le pedí a Silvio Mattoni, que sabe mucho de antigüedad clásica, si quería seguir el juego y escribió el epílogo.