Proyecto Huemul no fue un fracaso: la historia del desarrollo nuclear durante el primer peronismo
El Proyecto Huemul ocupa un lugar central entre los episodios más discutidos de la historia científica argentina. Durante décadas fue presentado como un fracaso absoluto, un fraude impulsado por el científico austríaco Ronald Richter que habría engañado al gobierno de Juan Domingo Perón. Sin embargo, esa interpretación es cuestionada por numerosos investigadores que proponen analizar el episodio dentro de una política científica e industrial mucho más amplia.
En esta entrevista con Agencia Paco Urondo (APU), el físico e historiador de la ciencia Diego Hurtado revisa el contexto internacional de la posguerra, el nacimiento del programa nuclear argentino y el verdadero impacto del Proyecto Huemul. A partir de ese recorrido, explica por qué considera que la iniciativa fue parte de una estrategia estatal de largo plazo que permitió sentar las bases del desarrollo científico nacional, con instituciones como el Centro Atómico Bariloche, el Instituto Balseiro e INVAP.
Además, analiza el papel de Richter, la apuesta tecnológica del primer peronismo, las disputas geopolíticas en torno a la energía nuclear y los mitos que, según sostiene, todavía condicionan la forma en que se interpreta uno de los capítulos más importantes de la ciencia argentina.
Proyecto Huemul no fue un fracaso
APU: Proyecto Huemul fue una iniciativa impulsada durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón que, más de setenta años después, sigue despertando debates, polémicas e incluso cierto halo de misterio. Cuando se busca información sobre el tema aparecen interpretaciones muy distintas. La más difundida sostiene que fue un enorme fracaso: que el físico austríaco Ronald Richter engañó a Perón con la promesa de lograr la fusión nuclear controlada y que todo terminó siendo un fraude científico. Sin embargo, queremos analizar el Proyecto Huemul desde otra perspectiva: como parte de una historia mucho más amplia del desarrollo científico y tecnológico argentino. ¿En qué contexto surge el Proyecto Huemul? ¿Cómo se produce el vínculo entre Ronald Richter y el gobierno de Perón?
DH: Creo que vale la pena seguir hablando del Proyecto Huemul porque, como bien señalabas, se escribió mucho sobre Ronald Richter, sobre su relación con Perón y sobre el supuesto fracaso de la iniciativa. Sin embargo, a mi juicio, todavía falta una evaluación más política del impacto que tuvo aquella decisión del gobierno peronista en el mediano y largo plazo.
Lo primero que hay que destacar es que, hacia fines de la década de 1940, instalar un laboratorio dedicado a investigar la fusión nuclear en Bariloche era una apuesta estratégica extraordinaria. Recordemos que en ese momento a Bariloche llegaba apenas un tren por semana y la comunicación dependía prácticamente del telégrafo. No era la ciudad que conocemos hoy, sino un rincón muy aislado de la Patagonia.
Esa decisión debe entenderse en el marco de un proceso mucho más amplio. Después de Hiroshima y Nagasaki, el mundo ingresaba en la llamada era nuclear y Perón buscaba que la Argentina no quedara al margen de esa transformación. Mientras avanzaba el Primer Plan Quinquenal ya se trabajaba en el Segundo Plan Quinquenal, que incorporaba la necesidad de diversificar las fuentes de energía como parte del proyecto de industrialización de la "Nueva Argentina".
En ese contexto, en 1950 se crea la Comisión Nacional de Energía Atómica, una decisión directamente vinculada al impulso que había tomado la política nuclear a partir de la relación con Richter. Por eso el Proyecto Huemul no puede analizarse de manera aislada: forma parte de una estrategia de desarrollo industrial y tecnológico mucho más ambiciosa.
APU: Sobre la relación con Richter aparece otra cuestión sobre el peronismo que también hay que explicar: la supuesta relación de Perón con el nazismo (Richter era austríaco y en principio no fue nazi).
DH: Hay mitologías muy difundidas. Se suele afirmar que el gobierno de Perón refugió científicos nazis, pero esa interpretación es falsa. Por ejemplo, el físico austríaco Guido Beck, de ascendencia judía, llegó a la Argentina en los años cuarenta y fue uno de los fundadores de la física moderna en nuestro país. Otro caso es el del alemán Walter Seelmann-Eggebert, que trabajaba en la Universidad Nacional de Tucumán y luego sería una figura clave en el desarrollo de la producción de radioisótopos en la Argentina.
Incluso Perón intentó traer a Werner Heisenberg, uno de los físicos más importantes del siglo XX y uno de los fundadores de la física cuántica. Heisenberg aceptó la propuesta, pero las autoridades británicas impidieron su viaje porque querían retenerlo. Si se acusa al peronismo de haber intentado incorporar científicos vinculados al programa nuclear alemán, entonces habría que formular la misma acusación contra Gran Bretaña, Estados Unidos o la Unión Soviética, que también desarrollaron políticas para captar científicos europeos después de la Segunda Guerra Mundial.
Basta recordar el caso de Wernher von Braun, considerado el padre del programa espacial estadounidense. Antes de emigrar a Estados Unidos había desarrollado para la Alemania nazi el misil V-2, un proyecto construido con trabajo esclavo. De hecho, murieron más trabajadores durante la fabricación de esos cohetes que personas a causa de los propios misiles. Sin embargo, hoy Von Braun es reivindicado en Estados Unidos como una figura central de su carrera espacial.
Brasil también impulsó una política de incorporación de científicos europeos. En definitiva, numerosos países buscaron captar especialistas desplazados por la Segunda Guerra Mundial. Ese es el verdadero contexto histórico en el que debe entenderse el Proyecto Huemul.
APU: Vale la pena detenerse un momento en Heisenberg porque estamos hablando de uno de los padres fundadores de la física cuántica. Es decir, el gobierno de Perón no estaba pensando en científicos de segundo nivel.
DH: Exactamente. Era un proyecto muy ambicioso. Traer a Werner Heisenberg, que además era Premio Nobel de Física, implicaba incorporar a uno de los tres o cuatro científicos más importantes del siglo XX, una figura central en la construcción de los fundamentos teóricos de la física cuántica.
Es cierto que Heisenberg había participado del programa nuclear alemán durante la Segunda Guerra Mundial, pero estaba bajo ocupación británica y fue precisamente Gran Bretaña la que impidió que viajara a la Argentina porque pretendía contar con él para su propio desarrollo científico.
Ese es el contexto en el que también llega al país Kurt Tank, uno de los ingenieros aeronáuticos más importantes de Alemania, responsable del desarrollo del Pulqui II. Es justamente Kurt Tank quien presenta a Ronald Richter ante Perón y recomienda incorporarlo al proyecto argentino.
APU: Richter le propone entonces a Perón avanzar en la fusión nuclear controlada. Hasta ese momento, la energía nuclear conocida estaba basada en la fisión, que era el principio utilizado por las bombas atómicas. La fusión, en cambio, era una hipótesis que algunos científicos ya estaban investigando y que buscaba reproducir el mismo proceso mediante el cual el Sol genera energía. Corregime si hace falta.
DH: Sí, exactamente. La energía utilizada en las bombas atómicas y la que, a comienzos de la década de 1950, empieza a pensarse para usos pacíficos es la energía de fisión. Consiste en dividir átomos pesados, como el uranio o el plutonio. Esa ruptura libera enormes cantidades de energía.
Paralelamente existían investigaciones sobre la fusión nuclear. De hecho, la primera bomba de hidrógeno —que utiliza ese principio— recién sería ensayada por Estados Unidos en 1952, tres años después de que Richter le presentara su propuesta a Perón.
La fusión consiste en unir átomos livianos, como los de hidrógeno o helio, reproduciendo el mecanismo mediante el cual el Sol produce energía. Es un proceso que libera todavía más energía que la fisión y, además, lo hace de una manera mucho más limpia, porque prácticamente no genera residuos radiactivos.
Por eso resulta tan interesante observar el episodio desde la perspectiva actual. Richter le prometía a Perón alcanzar la fusión nuclear controlada, un objetivo que todavía hoy, más de setenta años después, las principales potencias científicas del mundo siguen intentando concretar.
En aquel momento ya existían investigaciones en física del plasma, porque para lograr la fusión es necesario generar temperaturas extremadamente elevadas. Richter sostenía que había desarrollado un método para producir esas temperaturas mediante ondas acústicas.
Ahora bien, más allá de la discusión técnica —que tiene su interés—, a mí me parece más relevante analizar el significado político y cultural de aquella propuesta.
Del Proyecto Huemul al nacimiento del sistema nuclear argentino
APU: En Agencia Paco Urondo entrevistamos al ingeniero alemán Paul Jürgen Hahn que tiene una mirada muy distinta sobre Ronald Richter y sostiene que no fue un charlatán, todo lo contrario, sino alguien que abrió un camino para pensar la fusión nuclear. Lo describe como un revolucionario y explica los por qué técnicos de lo que quiso hacer. Después está el libro clásico sobre el tema, El secreto atómico de Huemul, de Mario Mariscotti, donde aparece la interpretación más hegemónica, sobre el fraude de Richter. ¿Cómo pensarlo?
DH: Quien quiera profundizar en el tema tiene muy buenos materiales para consultar. Están las entrevistas que ustedes realizaron en Agencia Paco Urondo y, por supuesto, el libro de Mario Mariscotti, que es un clásico y un verdadero best seller sobre el tema.
Ahora bien, yo quiero ir a un punto muy concreto, que me parece el centro de esta discusión. El paso de Ronald Richter por la isla Huemul, el fracaso de ese proyecto y el reinicio de la política nuclear impulsado por el peronismo en 1952 quedaron completamente atravesados por el golpe de Estado de 1955. A partir de entonces, el Proyecto Huemul pasó a formar parte de la demonización de todas las políticas del primer peronismo.
Eso puede verse con claridad en el Libro Negro de la Segunda Tiranía, publicado en 1956. Allí se presenta al Proyecto Huemul como una muestra más de la supuesta irracionalidad del gobierno de Perón. Es en ese contexto donde empieza a consolidarse el mito de que Ronald Richter, un mitómano, habría engañado a Perón, quien habría tomado decisiones arbitrarias, sin consultar a nadie, gastando fortunas del Estado argentino.
Sin embargo, cuando uno revisa la documentación encuentra otra realidad. En el libro que publiqué, El sueño de la Argentina atómica, muestro que muchas de las cifras sobre la inversión estatal en Huemul difundidas por la dictadura son falsas. En realidad, fue un proyecto relativamente económico si se consideran los enormes efectos multiplicadores que produjo después.
Porque del Proyecto Huemul surgieron el Centro Atómico Bariloche, el Instituto Balseiro y, más adelante, una empresa como INVAP, que hoy exporta reactores multipropósito a países desarrollados y construyó satélites geoestacionarios como el ARSAT-1 y el ARSAT-2.
Uno podría decir, incluso con cierta ironía: menos mal que fue un error, porque si hubiese sido un acierto...
Por eso creo que es importante hacer una evaluación más justa. El libro de Mariscotti es una investigación muy rigurosa desde el punto de vista científico y documental. Yo siempre recomiendo leerlo. Pero cuando llega el momento de realizar una evaluación política del episodio, entiendo que ofrece una interpretación antiperonista que no se desprende necesariamente de los propios datos que él mismo presenta.
APU: Permite muchas lectura el libro.
DH: Mariscotti reconstruye con mucho rigor la apuesta que hizo Perón por el proyecto y, al mismo tiempo, demuestra que fue el propio gobierno peronista el que terminó clausurándolo. Primero envió una comisión evaluadora que advirtió que los resultados prometidos por Richter no aparecían. Luego Perón ordenó una segunda evaluación, integrada, entre otros, por José Antonio Balseiro y el físico alemán Richard Gans, otro científico incorporado al país durante esos años y que dejó una enorme contribución al desarrollo de la física argentina.
El informe de esa segunda comisión recomendó cerrar el proyecto. Y eso fue exactamente lo que hizo Perón: apartó a Richter, trasladó el equipamiento desde la isla Huemul hacia el continente y, a partir de ese momento, relanzó la política nuclear argentina sobre nuevas bases.
Es allí donde comienza el proceso que terminaría dando origen al actual Centro Atómico Bariloche. Hoy cualquiera que visite ese complejo encuentra laboratorios de primer nivel, donde se desarrollan tecnologías de avanzada, incluso paneles solares. De allí surgieron científicos como Juan Maldacena, uno de los físicos teóricos más importantes del mundo, investigador del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton y una referencia internacional en teoría de cuerdas.
Por eso sostengo que, en 1952, el peronismo no abandonó la política nuclear. Hizo exactamente lo contrario: corrigió el rumbo y reinició un proyecto que terminó convirtiéndose en uno de los desarrollos científicos y tecnológicos más exitosos de la historia argentina.
El desarrollo nuclear argentino y el espejo brasileño
APU: Hay otro aspecto que suele quedar afuera de la discusión. Richter recomendó comprar un sincrociclotrón a la empresa Philips, de Holanda, y ese equipo terminó siendo fundamental para el desarrollo de la física nuclear argentina. Sin embargo, esa parte de la historia casi nunca se cuenta.
DH: Exactamente. Ahí hay otro punto que suele omitirse porque no encaja con la imagen de Richter como un simple fabulador. Perón siguió esa recomendación e instaló un sincrociclotrón de última generación en Buenos Aires. A partir de ese equipamiento, Walter Seelmann-Eggebert comenzó a formar la primera generación de físicos e ingenieros nucleares argentinos y puso en marcha la producción nacional de radioisótopos.
Es decir, estamos hablando de un gobierno que apostaba al desarrollo industrial de la Argentina y que, al mismo tiempo, invertía en energía, aeronáutica, medicamentos, electrónica y ciencia. Pensar que toda esa política puede reducirse al supuesto engaño de un solo científico es una simplificación muy difícil de sostener.
Por eso digo que el problema no es únicamente el libro de Mariscotti. Lo tomo como referencia porque es la obra más conocida sobre el tema, pero esa mirada terminó consolidando una interpretación muy extendida: la del mitómano Richter y la ingenuidad de Perón.
Cuando uno observa el proceso completo, ocurre exactamente lo contrario. Incluso si aceptáramos que Richter no logró los resultados que prometía, el balance sigue siendo extraordinariamente positivo porque aquella apuesta terminó generando capacidades científicas e institucionales que todavía hoy distinguen a la Argentina.
Y te agrego una anécdota que me parece muy ilustrativa. Cuando empecé a investigar estos temas conocí a la historiadora brasileña Ana Maria Ribeiro de Andrade, una de las mayores especialistas en la historia del desarrollo nuclear de Brasil. Durante una estadía de investigación en la Universidad Federal de Río de Janeiro le conté el caso Huemul y la experiencia argentina.
Su respuesta fue muy interesante. Me dijo: "Qué curioso, porque Brasil también cometió un gran error en los comienzos de su programa nuclear".
En ese caso, el protagonista fue Isidor Rabi, Premio Nobel de Física en 1944. Rabi impulsó la venta de un enorme sincrociclotrón a Brasil y el almirante Álvaro Alberto, que encabezaba el programa nuclear brasileño, decidió comprarlo para acelerar el desarrollo científico del país.
Sin embargo, ese proyecto terminó convirtiéndose en un verdadero laberinto. Brasil nunca consiguió poner en funcionamiento aquel acelerador de partículas, que quedó en su historia como uno de los grandes tropiezos de la física brasileña.
APU: La diferencia es que, en la Argentina, el equipamiento recomendado por Richter sí terminó siendo útil.
DH: Exactamente. Son historias diferentes. El sincrociclotrón que Richter recomendó comprar a Philips fue una muy buena decisión porque Holanda ya tenía una experiencia consolidada con esa tecnología.
En el caso brasileño la situación era distinta, porque allí también entraban en juego intereses geopolíticos vinculados a Estados Unidos. Incluso esa diferencia permite comprender otro aspecto importante: comprar ese equipamiento en Holanda y no en Estados Unidos ayudó a la Argentina a evitar algunos condicionamientos internacionales que ya empezaban a hacerse sentir a comienzos de la década de 1950.
Ese es un tema poco estudiado. Pero basta mirar lo que ocurre hoy con las presiones que Estados Unidos ejerce sobre distintos desarrollos tecnológicos argentinos para entender que esas disputas geopolíticas no son nuevas. Ya estaban presentes en los orígenes del programa nuclear nacional.
La autonomía tecnológica como proyecto de desarrollo
APU: En tu libro señalás que, durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, existió una campaña internacional que presentaba a la Argentina como un país con aspiraciones de desarrollar armas nucleares. Salvando las distancias, algo parecido a lo que hoy ocurre con Irán.
DH: Es una muy buena observación. Salvando las diferencias históricas, la Argentina de comienzos de la década de 1980 ocupaba un lugar semejante al que hoy ocupa Irán en el imaginario internacional. Circulaba abundante producción académica, especialmente en universidades y organismos de Estados Unidos y Europa, que calificaba a la Argentina como un "país proliferador", es decir, un país que supuestamente buscaba construir una bomba atómica.
Sin embargo, esa caracterización era falsa. Cuando empecé a investigar para escribir El sueño de la Argentina atómica, tomé precisamente esa cuestión como eje de trabajo y publiqué varios artículos demostrando que no existían evidencias que sostuvieran esa acusación.
La política nuclear argentina fue, a lo largo de toda su historia, una política orientada a usos pacíficos. Incluso durante la última dictadura militar. Y esto puede sorprender porque fue un régimen que aplicó el terrorismo de Estado y desarrolló políticas profundamente irracionales. Nadie se extrañaría si dijéramos que existió un proyecto para fabricar una bomba atómica. Sin embargo, no lo hubo.
Entre otras razones, porque la Comisión Nacional de Energía Atómica siguió estando conducida por civiles especializados en el desarrollo de aplicaciones pacíficas de la energía nuclear. La Argentina no tenía hipótesis de conflicto comparables con las que existían entre India y Pakistán, Israel y sus vecinos o, más recientemente, entre otras potencias regionales. América Latina siempre fue una región relativamente pacífica y eso también explica el rumbo que tomó nuestro programa nuclear.
Sin embargo, el argumento de la proliferación fue utilizado para intentar frenar el desarrollo nuclear tanto de la Argentina como de Brasil. Y esa presión continuó durante el gobierno de Carlos Menem, que terminó alineándose con Estados Unidos y desmantelando buena parte del sector nuclear argentino.
Por eso es importante volver sobre el Proyecto Huemul. Muchas veces se dice que Perón apoyó a Richter porque quería construir una bomba atómica, pero eso no tiene sustento documental. En algunos discursos de la época aparece la expresión "bomba atómica", como aparecía en todo el mundo después de Hiroshima y Nagasaki, pero nunca hubo un proyecto destinado a desarrollar armamento nuclear.
Lo que preocupaba a Perón era otra cosa: conseguir energía abundante y barata para sostener la industrialización del país. Esa era la gran promesa de la era nuclear.
APU: Siguiendo con las historias que se omiten. El sincrociclotrón que Richter recomendó comprar en Holanda fue utilizado durante décadas y terminó siendo el único acelerador de partículas de la Argentina hasta la llegada del nuevo equipamiento durante el gobierno de Raúl Alfonsín.
DH: Exactamente. Ese sincrociclotrón fue el único acelerador de partículas del país durante muchísimo tiempo. No había gobiernos que invirtieran en equipamiento de nueva generación.
Y eso nos lleva a una cuestión más profunda: la diferencia entre comprar tecnología y desarrollar capacidades propias. Muchas veces se habla de "frontera tecnológica", como si el objetivo fuera adquirir siempre el producto más avanzado disponible.
Yo creo que esa es una mirada equivocada. El peronismo entendió desde 1946 que el verdadero desafío era construir capacidades autónomas.
Pensemos en el ARSAT-1. Hubo quienes sostuvieron que era más caro fabricarlo en la Argentina que comprar un satélite en Francia o Alemania. Probablemente tenían razón desde un punto de vista estrictamente económico. Pero si lo hubiéramos comprado nunca habríamos aprendido a construir satélites.
Los procesos de aprendizaje cuestan dinero. Desarrollar capacidades tecnológicas propias siempre resulta más caro al comienzo. Pero gracias a esa inversión hoy la Argentina puede producir tecnología de alto nivel y, en otro contexto político, incluso exportarla.
Lo mismo ocurrió con el reactor experimental RA-1. Después de la caída de Perón, la Comisión Nacional de Energía Atómica estuvo a punto de comprar un reactor a General Electric. Finalmente se tomó otra decisión: construirlo en el país.
Sí, hacerlo costó más que importarlo. Pero gracias a esa decisión la Argentina desarrolló conocimientos propios y, décadas más tarde, pudo vender reactores multipropósito a países como Australia, Holanda o Brasil.
Esa es, para mí, la verdadera ecuación del desarrollo. No consiste en comprar la tecnología más sofisticada disponible, sino en generar capacidades autónomas que permitan producir conocimiento, innovar y construir soberanía tecnológica.
Del Proyecto Huemul surgieron el Centro Atómico Bariloche, el Instituto Balseiro y, más adelante, una empresa como INVAP, que hoy exporta reactores multipropósito a países desarrollados y construyó satélites geoestacionarios como el ARSAT-1 y el ARSAT-2. Uno podría decir, incluso con cierta ironía: menos mal que fue un error, porque si hubiese sido un acierto...