¿Qué se hizo en Ciencia desde 2003? Por Ignacio Jawtuschenko
Ciencia y política se entrecruzan como la doble hélice del ADN. La ciencia, inseparable de la política, es -aplicada- uno de los instrumentos para producir cambios sociales. Lo que distingue un país rico de uno pobre es, fundamentalmente, el nivel de producción de conocimientos.
A la ciencia no la hacen científicos aislados en sus laboratorios, como sugieren las caricaturas. Avance, ruptura o reconstrucción están determinados por decisiones que se toman en el contexto de instituciones y organismos, casi siempre desconocidos para la sociedad, y en el más alto nivel de gobierno.
La creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (MinCyT) en el año 2007, al inicio del primer gobierno de Cristina Fernández es consolidación y apuesta estratégica. Contar con un ministerio, como en Brasil y otras potencias industriales, es revalorización. Se recuperó la capacidad de conducción política y con ello, hubo una relectura de los autores del pensamiento latinoamericano de los’70, Amílcar Herrera, Oscar Varsavsky o Jorge Sábato, silenciados después de la dictadura y durante el pensamiento único neoliberal.
Ciencia, de dónde venimos
Kirchner, como antes Perón, le dio a la ciencia un lugar alejado de lo neutral. Para el General, la maquinaria científico tecnológica debía alinearse tras un proyecto de industrialización y su impulso requería de planificación económica. Con la idea que los trabajadores agreguen más valor a su trabajo, hace 64 años Perón amplió el sistema de Educación Técnica oficial y sacó por ley la Universidad Obrera Nacional, luego Universidad Tecnológica Nacional.
Pero no sólo se trataba de democratizar el conocimiento. Por entonces, como también ahora, había que integrar la ciencia con el desarrollo industrial. En el marco del Segundo Plan Quinquenal, se creó todo un sistema de innovación: la Dirección Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, antecedente del Conicet, la Dirección Nacional de Energía Atómica, actual CNEA, el Instituto Nacional de Investigaciones del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia.
Por entonces, en el mundo la ciencia se ponía los pantalones largos. En 1945, el presidente de EE.UU. Franklin Roosvelt recibía de su asesor Vannevar Bush un programa de investigación científica que gatillaba la Guerra Fría, donde la ciencia y la tecnología eran las trincheras más calientes.
En cambio, la Revolución Libertadora liquidó las instituciones con tufillo a planificación y dio predominio a la ideología de “autonomía y libertad total de investigación”. Así, de 1956 a 1966, germinó la denominada “edad de oro” de la Universidad argentina, con un aparato científico desconectado de los problemas nacionales.
En los ’60, la antinomia que dividía este mundo era “ciencia libre” versus “ciencia aplicada”. Ese debate, que hoy parece un anacronismo, subsiste todavía bajo otras banderas: libertad de investigación versus identificación de prioridades. Dicho de otra manera, ¿los fondos públicos pueden orientarse según la demanda de los científicos o a partir de las prioridades del Estado?, ¿están los políticos preparados para determinar las temáticas estratégicas en ciencia?
Bajó la inversión en ciencia y tecnología. Para peor, hubo períodos de deliberada destrucción de la actividad: José Martínez de Hoz en la última dictadura, luego Domingo Cavallo durante el menemismo, ambos una guillotina para que se desarrolle una política científica independiente. Las relaciones carnales del ex canciller Guido Di Tella llevaron a abandonar el estratégico Plan Cóndor II y frenar la actividad nuclear.
La fuga de los científicos
Durante décadas, los sinuosos caminos de la ciencia argentina llevaban a Ezeiza. En pleno gobierno militar de Juan Carlos Onganía, en la llamada Noche de los Bastones Largos de septiembre de 1966, 1.300 técnicos y científicos se fueron del país y más de 6.000 abandonaron la UBA. La universidad era considerada “un nido de subversivos”.
Durante la última dictadura, por lo menos 3.000 profesores, personal administrativo y estudiantes fueron expulsados por razones políticas. En el CONICET se cesanteó a casi un centenar de investigadores. Las noticias sobre científicos desaparecidos circulaban en periódicos y revistas científicas internacionales.
En cuanto a la fuga de cerebros, Argentina fue un caso único. En los 90 el Estado pagó fortunas en retiros voluntarios a investigadores que se llevaron conocimientos que aún hoy no fueron recuperados. Intentaron privatizar el CONICET y la CNEA, dejaron en coma al primer reactor nuclear de diseño propio, el CAREM y, por diez años, no ingresó un investigador más al CONICET. El Estado se redujo y la ciencia pasó a ser un mero ornamento.
Si bien no hay cifras oficiales, se estima que, hay unos 6.000 científicos argentinos en el exterior. Argentina fue uno de los países de América Latina que más investigadores aportó a las naciones desarrolladas.
Es sabido que en el exterior se valora el talento científico argentino. Tanto ahora como en décadas pasadas. El prestigio de ser “el país sudamericano de los tres Premios Nobel” (Bernardo Houssay, Luis Leloir y César Milstein) ha llevado a una fuerte inserción internacional de nuestros investigadores a partir de proyectos de cooperación. Hay grupos que participan en proyectos de punta como el Colisionador de Hadrones (LHC), conocido como “la Máquina de Dios”; el proyecto internacional Pierre Auger radicado en Malargüe, Mendoza; y en desarrollos como el exitoso satélite SAC D/ Aquarius de la CONAE con la NASA norteamericana, entre otros.
“No seré el único loco que quiere volver al país. Hay muchos motivos para hacerlo”. Quién decía esto en 2004 es el joven matemático Javier Fernández, el primer científico argentino en regresar a través del Programa Raíces, una red de vinculación de científicos argentinos residentes en el exterior. Fernández pisó suelo argentino el 3 de junio de ese año y, desde entonces, trabaja en el Instituto Balseiro, en Bariloche. En ocho años, más de 830 investigadores fueron repatriados y 14 empresas del sector privado incorporaron a varios de ellos.
La ruptura de 2003
Hasta entonces, la bronca de los científicos era una constante. Con la llegada de Néstor Kirchner se generaron nuevas condiciones y se frenó la fuga de cerebros. El presupuesto para Ciencia creció un 800% y llegó a un 0,6% del PBI. Se descongeló el Conicet y, desde entonces, se incorporan 500 investigadores y 1.500 becarios por año.
Entre 2003 y el 2011 el común denominador de los presupuestos de organismos científicos es su abrumador crecimiento. Por ejemplo, el Conicet tiene un 709% más de recursos propios. La Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), un 1.368% más. La Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) potenció su perfil innovador y recuperó el desarrollo de uranio enriquecido, con 845% más de recursos. El Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), desarrolló hornos solares y herramientas para potabilizar el agua, creció en recursos un 690%. El INTA creció 994%; el Instituto Geográfico Nacional, 393%; el Servicio Geológico Minero Argentino (Segemar), 426%.
El de las Universidades Nacionales aumentó más del 550% en el mismo período, superando $10.000 millones en 2010. Según fuentes oficiales, en los últimos ocho años se incrementó más del 500% el presupuesto para Ciencia y Tecnología (CyT), superando $5.100 millones en 2010.
El 28 de marzo de 2011 el Ministerio de Ciencia anunció que destinará U$s 25 millones para mejorar la infraestructura de Unidades Ejecutoras del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Los subsidios a otorgar serán de hasta U$s 5 millones por proyecto. Este “Programa de Fortalecimiento de la Infraestructura Científica y Tecnológica” apunta a financiar obras destinadas a la investigación, desarrollo, innovación y transferencia de tecnología. De esta manera, se busca mejorar las condiciones de trabajo de investigadores, becarios y técnicos e impactar de forma positiva en los resultados de sus actividades. Entre 2003 y 2010 se incremento más del 2.200% el presupuesto de obras de infraestructura en ciencia y técnica.
Ciencia y Pueblo
El Bicentenario fue una oportunidad para desarrollar el proyecto de comunicación pública de la ciencia más ambicioso que se recuerde: Tecnópolis. Una ciudad del conocimiento en Villa Martelli, visitada por 4 millones de personas, para entender que la ciencia es una actividad inscripta en la historia y sus vaivenes, la política y sus conflictos, la sociedad y sus sueños.
Tecnópolis fue resultado de una definición política que hunde sus raíces en la historia del peronismo. No es casual el gobierno de Cristina haya potenciado el rol estratégico de la ciencia y lleve adelante la mega muestra, para que las mayorías participen activamente de la construcción social del conocimiento.
En Tecnópolis predominó el mismo espíritu que rigió la República de los Niños: construir ciudadanía. En aquel parque inaugurado por Juan Domingo Perón hace 60 años en Gonnet, La Plata. Fue el primer parque temático de América y el mayor emprendimiento infantil de Latinoamérica, inspiró Disneylandia. Tecnópolis también dejó una enseñanza para el futuro: el acceso, el debate y la apropiación social de la ciencia y la tecnología son un derecho.
René Descartes, en el siglo XVII, decía que el universo es “materia y movimiento”. En Argentina, tras atravesar por décadas un túnel de oscuridad, el movimiento de nuestra materia gris nunca causó tanto vértigo.