¿Quién es el sujeto político del siglo XXI?
Hay una escena que observo desde hace años en escuelas, organizaciones comunitarias, barrios, espacios culturales y ámbitos de gestión pública.
Personas que trabajan. Que estudian. Que cuidan. Que emprenden. Que producen contenidos, administran redes, venden por internet, generan ingresos de formas múltiples y simultáneas. Personas que sostienen su vida y muchas veces la de otros.
Sin embargo, cuando intentamos pensar esas experiencias en términos colectivos, aparece una dificultad creciente para nombrarlas.
Trabajan. Pero muchas veces ya no se reconocen como parte de una identidad compartida.
La fragmentación es el síntoma. El problema de fondo es que la arquitectura que organizó el trabajo durante gran parte del siglo XX ya no alcanza para contener las formas contemporáneas del trabajo.
Estamos atravesando un cambio de época. La tecnología transformó la manera en que trabajamos, nos comunicamos, consumimos y construimos vínculos. Los algoritmos organizan buena parte de nuestra atención, las plataformas digitales reconfiguran actividades económicas completas y las formas tradicionales de socialización pierden centralidad.
Sin embargo, detrás de esa transformación hay una pregunta que sigue sin respuesta: ¿cómo vamos a vivir juntos?
La tecnología parece responder cada vez mejor cómo trabajamos. La política, en cambio, todavía tiene pendiente responder cómo vamos a construir comunidad en este nuevo escenario.
Escribo desde un lugar específico. Desde años de trabajo en el cruce entre educación, cultura, territorio y gestión pública. Desde la experiencia de haber visto cómo las formas de trabajo cambian más rápido que las instituciones que intentan comprenderlas. Y también desde la convicción de que el trabajo sigue siendo uno de los principales organizadores de la vida social, aun cuando muchas veces ya no logremos reconocerlo bajo las categorías heredadas.
Durante buena parte del siglo pasado, el trabajo fue mucho más que una actividad económica. Fue una experiencia capaz de producir identidad, pertenencia y organización colectiva. Alrededor del trabajo se construyeron sindicatos, mutuales, clubes, bibliotecas populares, espacios de formación y proyectos políticos. El trabajo organizaba ingresos, pero también organizaba comunidad.
Por eso el sujeto trabajador ocupó un lugar central en la construcción política de la Argentina moderna. Perón comprendió algo fundamental de su tiempo: para organizar políticamente a un sujeto primero había que nombrarlo. Y al nombrarlo, millones de trabajadores y trabajadoras pudieron reconocerse como parte de una experiencia compartida. La comunidad organizada no surgió solamente de una estructura institucional. Surgió porque existía un sujeto capaz de reconocerse como parte de un nosotros.
Esa fue una de las grandes construcciones políticas del siglo XX.
La pregunta es quiénes son los sujetos capaces de organizar la comunidad del siglo XXI.
Esa pregunta es el punto de partida de mi libro Perspectiva de Cultura y Trabajo. La arquitectura del trabajo: entre la comunidad y el algoritmo. La hipótesis que lo atraviesa es que el problema central de nuestro tiempo no es solamente la transformación del trabajo, sino la crisis de las formas que históricamente permitían reconocerlo, organizarlo y convertirlo en experiencia colectiva.
La propia portada del libro intenta representar esa búsqueda. No muestra un único trabajador. Muestra una constelación de experiencias laborales, comunitarias y culturales que conviven en la Argentina contemporánea: el trabajo de cuidados, la economía popular, las plataformas digitales, la producción de conocimiento, la organización sindical, la educación, la cultura y la comunidad organizada. Porque quizás uno de los desafíos de nuestro tiempo sea precisamente volver a reconocer como parte de una misma conversación aquello que hoy aparece disperso y fragmentado.
Hoy una misma persona puede estudiar, trabajar en una plataforma, vender productos por redes sociales, producir contenidos digitales, realizar tareas de cuidado, participar en una cooperativa y generar ingresos de distintas maneras simultáneamente
No desaparecieron los trabajadores. Lo que está en crisis es la capacidad de reconocerse como parte de un colectivo trabajador. Y cuando una sociedad pierde las palabras para nombrar una experiencia común, también comienza a perder herramientas para organizarla políticamente.
Lo que no se nombra difícilmente pueda organizarse.
Sin embargo, hay algo que sigue vigente. La necesidad de comunidad no desapareció. La vemos en las organizaciones barriales, en las redes de cuidado, en las movilizaciones, en las experiencias culturales capaces de convocar multitudes. La vemos cada vez que una experiencia compartida logra romper, aunque sea por un momento, la lógica individualizante que domina buena parte de nuestra vida cotidiana.
En tiempos de fragmentación seguimos buscando experiencias colectivas. La pregunta no es si desapareció esa necesidad. La pregunta es por qué las formas históricas que producían comunidad atraviesan una crisis tan profunda y por qué la política todavía no encuentra respuestas suficientes.
Por eso insisto en una idea que me parece central: el trabajo es cultura. Porque aquello que una sociedad considera trabajo también dice mucho sobre aquello que decide valorar, reconocer y organizar. No como metáfora ni como consigna, sino como descripción de una realidad. El trabajo no produce solamente bienes y servicios. También produce formas de vida, lenguajes, vínculos, memoria, identidad y comunidad.
Hablar de cultura y trabajo no implica sumar dos temas distintos. Implica reconocer que una parte importante de los problemas que solemos pensar como laborales son también problemas culturales: de reconocimiento, de identidad, de pertenencia y de sentido. Cuando una sociedad deja de reconocer quién trabaja, cómo trabaja y qué valor produce ese trabajo, no solo pierde capacidad de organizar la producción. También pierde capacidad de producir comunidad.
Existe además un saber propio del pueblo trabajador que muchas veces permanece invisibilizado. Una parte importante de las transformaciones contemporáneas ya está siendo vivida por millones de personas antes de ser comprendida por nuestras categorías institucionales. Reconocerlo no es una cuestión simbólica. Es una necesidad política. Porque una parte importante de las respuestas que necesitamos para comprender el presente probablemente ya estén siendo ensayadas por quienes viven estas transformaciones cotidianamente, mucho antes de que las instituciones logren nombrarlas.
Mientras no logremos nombrar a los nuevos sujetos del trabajo, difícilmente podamos reconocerlos, organizarlos y construir alrededor de ellos un nuevo horizonte colectivo. Si Perón encontró en los trabajadores y trabajadoras el sujeto político capaz de organizar una comunidad en el siglo XX, el desafío de nuestro tiempo es volver a formular esa pregunta.
No para repetir una respuesta histórica, sino para animarnos a nombrar aquello que ya existe y todavía no terminamos de ver.
La tecnología nos explica cada vez mejor cómo trabajamos. La política todavía tiene pendiente responder cómo vamos a vivir juntos. Esa pregunta, más que económica, es cultural. Es una pregunta sobre la comunidad que queremos construir. Y quizás también sobre los nuevos sujetos capaces de volver a organizarla.
Tal vez el desafío político del siglo XXI no sea solamente crear trabajo, sino volver a construir un nosotros capaz de reconocerse en él.
Mientras no logremos nombrar a los nuevos sujetos del trabajo, difícilmente podamos reconocerlos, organizarlos y construir alrededor de ellos un nuevo horizonte colectivo. Si Perón encontró en los trabajadores y trabajadoras el sujeto político capaz de organizar una comunidad en el siglo XX, el desafío de nuestro tiempo es volver a formular esa pregunta.