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Salud //// 09.04.2021
El orgullo de la vacunación argentina

El escritor e historiador Julio Fernández Baraibar ofrece una crónica y reflexión de su vacunación en la provincia de Buenos Aires.

 

Por Julio Fernández Baraibar

Hoy me vacuné contra el Covid. Lo hice en una localidad del conurbano, debido a un viejo domicilio que allí tenía. Me anoté y una semana después me enviaron un mail invitándome a concurrir a un lugar en Claypole, a las once de la mañana.

Un amigo me llevó en su coche y a las once y minutos estaba presentándole mi documento a un joven a la puerta de un gran local -una sala de primeros auxilios-, que funcionaba como vacunatorio. Había una pequeña cola de personas mayores, algunas acompañadas, todas con barbijos correctamente puestos y a una más que prudente distancia unos de otros. Uno a uno iban entrando los que me precedían siendo acompañados muy gentilmente al interior del edificio por un hombre del personal de asistencia. Entré. Me hicieron sentar en una especie de sala de espera, mientras otro asistente llenaba mi ficha con mis datos que luego sería completada con los datos de la vacuna. Insisto, porque es algo que resulta impactante, en la gentileza, la delicadeza en el trato: el “por acá, señor”, “disculpe, en un minuto lo llamamos”, “siéntese, por favor”.

El público a vacunarse correspondía a esa ancha franja de clase media humilde que vive en los miles de barrios del conurbano. Por fin, me hicieron pasar a la gran sala donde estaban las mesas de vacunación y dos personas -en general, chicas-, en cada una. Alcohol en gel y líquido, algodón, jeringas y las benditas vacunas componían el instrumental en cada mesa. Una de las chicas ponía la vacuna y la otra llenaba la ficha.

Mientras esperaba podía observar el buen ánimo y el excelente ambiente de trabajo y camaradería que reinaba en el numeroso personal.

Entre 30 y 35 personas cumplían diversas tareas, conversaban entre sí en voz baja, no había gritos, órdenes destempladas o respuestas airadas. Cada uno sabía lo que tenía que hacer -donde atender y acompañar personalmente a cada paciente era una de las principales actividades- y lo hacía con el mejor de los ánimos, orgullosos y contentos de su labor. Quedé, sinceramente, impresionado.

Por fin me tocó mi número, el 148 -como la legendaria línea de ómnibus El Halcón, que recorre toda esa zona- y me senté a la mesa de vacunación.

Di nuevamente mis datos a una joven morena enmascarada, mientras una enfermera regordeta y simpática me vacunaba diciéndome palabras de ocasión.

Unos segundos después estaba vacunado con la primera dosis de la Sputnik V. Después de unas breves advertencias me levanté y otro muchacho con pechera de la campaña me acompañó hasta otra sala de espera con sillas distanciadas, mientras me pedía que esperase media hora y luego me podría ir. A los pocos minutos, el mismo muchacho se dirigió a cada uno de nosotros preguntando si queríamos agua, cosa que le acepté y volvió con un manojo de botellitas de agua Ivess que le agradecí.

A la media hora, me indicaron que ya me podía retirar, que evidentemente no había habido ninguna reacción alérgica a la vacuna y que en un período aproximado de un mes me volverían a llamar para darme la segunda dosis.

Salí y mi amigo me estaba esperando, curioso para que le contara cómo había sido todo. Se lo sinteticé:

- Tenía la sensación de estar en Suecia, aunque todo era más modesto. Y hablaban en argentino. Admirable.

Y todavía estoy orgulloso de lo que viví.