fbpx 50 noches con Covid-19 relatadas en primera persona | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Salud //// 27.07.2020
50 noches con Covid-19 relatadas en primera persona

Deborah Valado es realizadora audiovisual y fotógrafa. La joven se contagió de coronavirus y compartió su experiencia en una crónica para AGENCIA PACO URONDO: “La pandemia pone en foco las inequidades sociales, y consecuentemente las oportunidades que podemos tener”.

Por Deborah Valado | Foto: Deborah Valado

Esta nota contiene lenguaje inclusivo por decisión de la autora.

Jamás hubiera imaginado que luego de más de 21 días que me habían realizado el hisopado, la médica me dijera que de nuevo ingresaba en “protocolo”. Esa mañana había vuelto la fiebre, tras nunca haber desaparecido los demás síntomas: dolor de cabeza, de garganta, muscular y tos. Así que por segunda vez, iba a la clínica a que me revisaran. Aún a dos meses, de la primera recaída corporal, persisten los dolores residuales e intermitentes. Creo que pude tolerar las dolencias, principalmente, por haberme permitido expresarme. En ese sentido, la primera semana durante la internación, logré grabar lo que iba sintiendo, y así pude producir un cortometraje, Postales de Otoño, que participó en dos festivales internacionales de cine. Sigo insistiendo, el arte es nuestra herramienta para transmutar el dolor.

Todo comenzó la última semana de mayo. Al tercer día de tener fiebre, más los síntomas antes mencionados, llamé a la médica y ordenó hacerme el hisopado. Me recomendó ir por mi cuenta al centro de salud de mi obra social, ya que la ambulancia tenía mucha demora. Después de 48 horas, me anunciaron que era positivo. De inmediato, las lágrimas se derramaron por toda la habitación tras palpar el miedo a que mis padres también estuvieran contagiades. Nunca antes había percibido a la muerte tan cercana. Sólo sentía culpa por haberme mudado al mismo edificio que ellos, en el barrio de Balvanera, para colaborar con los mandados, y compartir las cenas. Durante las dos primeras noches en la clínica, me revolcaba entre un gran tejido de pesadillas e incertidumbres, los huesos se me rompían, el calor corporal ascendía, el escalofrío cubría la piel entera. No obstante, el médico me decía que no me preocupara, mi carga viral era leve, iba a salir de todo eso. Al cuarto día, tal como él lo había mencionado, la turbulencia estaba disminuyendo, pero yo no podía dejar de estar afligida por esa realidad vivenciada que trascendía las conspiraciones negacionistas de algunos medios. Además de mis propios quiebres, no podía dejar de pensar en las contradicciones del mismo sistema. Tenía que estar agradecida por estar monitoreada por un equipo de salud, ya que, lamentablemente, los tiempos me confirmaban que salud se estaba volviendo un privilegio de clase.

Aún recuerdo la voz de la enfermera queriéndome abrazar, esa calidez que alumbró cada amanecer. Cada vez que me hablaba, me insistía que ante cualquier cosa, también, la llamara, además que si estaba apenada podía contar con ella, a la vez que se disculpaba por no saber bien cómo manejarse sin poder poner el cuerpo para que yo estuviera mejor. Los mensajes, las llamadas de amiges, compañeres, familiares fueron vitales para mi recuperación. De no ser por los afectos, seguramente no hubiera podido sobrellevar tanta pesadez. La mayor preocupación pasaba por mis padres. Me dominaban la frustración e impotencia por estar encerrada. A mi madre, en un hospital público, no le quisieron hacer el test. La justificación era que no tenía una temperatura de 38°, y no alcanzaba con haber estado en contacto estrecho conmigo. A mi padre, en la clínica de su obra social, sólo le recetaron un jarabe para la tos y le indicaron que regresara ante cualquier inconveniente. Esa misma tarde, se despertó de la siesta prácticamente sin aire. Mi hermano lo trasladó de emergencia. Descartaron que fuera una bronquitis y, finalmente, le hicieron el test. Quedó internado durante 10 días. A la mañana siguiente, mi madre también logró que se lo hicieran en otro hospital. Como no presentaba síntomas, tras los chequeos, regresó sola a la casa. Recién a las 72 horas, les notificaron los resultados: ambos positivos.

Aún toda la conciencia, nadie podía creer cómo se desató todo, pero al transcurrir los días, terminamos agradeciendo que mis padres se recuperaron en tal sólo 21 días. Aunque, yo tuve que cumplir 50 días de aislamiento total, entre la semana que estuve internada, y las demás en la casa que me prestaron para poder estar sola, ya que por diagnostico clínico, me dijeron que al continuar los síntomas, aún podía llegar a contagiar.

Sigamos cuidándonos. Esperemos seguir ganando las batallas. La pandemia pone en foco las inequidades sociales, y consecuentemente las oportunidades que podemos tener. Nos queda mucho para hacer para que todes accedamos de la misma manera a los derechos. Que el mañana nos siga encontrando con más empatía y solidaridad.