El debate sobre tipo de cambio y desarrollo nacional: diálogo con Manuel Cruz
Manuel Cruz es licenciado en Economía y está realizando una maestría en Política de Desarrollo, especializada en Corea del Sur, país donde actualmente vive y trabaja. En esta entrevista con Agencia Paco Urondo, Cruz cuestiona uno de los pilares más arraigados del pensamiento económico industrialista argentino: la idea de que un tipo de cambio alto es condición necesaria para el desarrollo. En su lugar, propone mirar la estructura de costos, la infraestructura logística y la escala productiva como las verdaderas claves de la competitividad.
APU: Escribiste un artículo para Agencia Paco Urondo donde planteás que no se puede pensar la competitividad solamente desde el tipo de cambio. En sectores del peronismo más industrialista hay una idea muy instalada: que un dólar alto protege a la industria de la competencia exterior y es la plataforma para el desarrollo. ¿Ves problemas en ese planteo?
MC: Para empezar, ese planteo no se condice con los hechos estilizados, es decir, con lo que se puede confirmar empíricamente. Desde 2002-2003, cuando arranca el kirchnerismo, hasta 2011, el tipo de cambio estuvo prácticamente fijo en $3,50. Eso lo pueden verificar: no pasó hace tanto, aunque la memoria en Argentina sea corta. Y el crecimiento industrial de ese período es innegable. Después, entre 2011 y 2015, el crecimiento fue en serrucho: se crece, se decrece, básicamente estancado. La devaluación de 2014 no generó ningún crecimiento industrial. Y entre 2016 y 2019, con Macri, yo mismo lo viví: tuve una empresa y fui a la quiebra. En diciembre de 2015 hubo una devaluación del 50%, de $9,50 a $14, y no creo que nadie pueda mostrar datos de crecimiento industrial en ese período. El pasado reciente habla por sí solo.
APU: Igual hay que aclarar que ese tipo de cambio estable del período 2002-2011 partió de una devaluación enorme, la de Duhalde. Era un tipo de cambio alto que se mantuvo estable, ¿no?
MC: Sí. Se rompe la convertibilidad en enero de 2002 y el tipo de cambio escala hasta 4 a 1 hacia junio-julio. En ese momento la puja distributiva estaba muerta: los sueldos por el suelo, el consumo devastado, la tasa de interés al 100%. Por cuestiones especulativas entran capitales, el dólar baja a $2,60 y se estabiliza en $3. Ese es básicamente el tipo de cambio que se mantiene por más de una década, hasta 2012 aproximadamente. Pero más allá de eso, las sucesivas devaluaciones desde 2014 en adelante no solucionaron ningún problema: la propia inflación se termina comiendo la ventaja cambiaria y no se va a ningún lado. En realidad, el problema no es el nivel del tipo de cambio sino los costos nacionales.
APU: ¿A qué te referís con costos nacionales?
MC: En una economía existen bienes transables y no transables. Los transables —alimentos, energía, maquinaria, bienes de capital— tienden a tener precios en dólares. Incluso la tierra agrícola pampeana deriva su precio del valor de la soja en dólares. Si Argentina devalúa, el precio de la tierra no cambia en dólares, el precio de la soja no cambia, la semilla está en dólares, el gasoil está en dólares, la maquinaria —aunque se produzca acá— tiene componentes importados con precio en dólares. Lo único que se determina en moneda nacional es el salario. Entonces, cuando devaluás, todos los costos —intermedios, de capital, de consumo— se ajustan casi instantáneamente. El salario, en cambio, queda rezagado. Lo que hace una devaluación es redistribuir el ingreso nacional, nada más. Cuando hay bajo desempleo y el movimiento sindical está organizado, eso dispara la puja distributiva, que es una de las principales causas de la inflación en el kirchnerismo. En última instancia, no cambia nada estructural.
APU: ¿Dónde hay que mirar entonces si no es el tipo de cambio?
MC: Un ejemplo que me tiene muy interesado hace tiempo es el costo logístico. Según el economista canadiense Jean Paul Rodrigue, Argentina destina entre el 27 y el 28% de su PBI a logística. El promedio de la OCDE es 8-9%. Yo pregunto: ¿cuánto valdría el "tipo de cambio competitivo" si cambiáramos nuestra matriz de transporte, que hoy es un 90% camionera, hacia el transporte marítimo-fluvial? Soy de Río Gallegos, a 2.700 km de Buenos Aires. Enviar una tonelada por camión consume alrededor de 166 litros de gasoil. Esa misma tonelada enviada por barco desde el puerto de Buenos Aires al puerto de Río Gallegos consume 6 litros. Y el principal ítem de importación de Argentina es precisamente el gasoil, entre 2.000 y 3.000 millones de dólares anuales. No estamos hablando de tecnología nueva: los puertos están construidos, desde el Paraná-Paraguay hasta toda la costa patagónica. Es una decisión de economía política, no un problema técnico.
APU: ¿Y por qué no se usan esos puertos?
MC: Hay cuestiones regulatorias y de economía política que no voy a desarrollar acá por una cuestión de tiempo. Pero técnicamente todos son utilizables. Habrá que invertir algo en actualizarlos, pero están. Puerto Madryn opera, Ushuaia tiene un servicio mensual —que no es mensual por ninguna limitación técnica—, Río Gallegos tiene un puerto de aguas profundas construido en la época de Illia que no está en uso. Hay un solo servicio mensual de Buenos Aires a Ushuaia y uno quincenal del puerto de Santa Fe al de La Plata, y nada más. Eso es todo el cabotaje marítimo argentino.
APU: También hacés énfasis en otro concepto: la escala productiva.
MC: Claro. El principal determinante de la competitividad internacional no son los salarios bajos —eso es un mito, lo del chino que trabajaba por un plato de arroz—. Lo que determina la competitividad es la economía de escala: a mayor escala, menor costo fijo unitario. Si hago una planta para producir 1.000 autos e invierto un millón de dólares, cada auto amortiza $1.000 de costo fijo. Si produzco 500, cada uno amortiza $2.000. En economías industriales maduras, al pasar a escalas de un millón de unidades, ese costo fijo unitario puede caer diez veces. Y esto mismo aplica a la infraestructura. Ahora bien, ¿qué hace una devaluación? Al bajar salarios en dólares genera recesión, las familias consumen menos, la economía se enfría y se reduce la rotación de toda la infraestructura instalada. Eso es un costo real que no aparece en ningún balance, pero existe. El gobierno actual, por ejemplo, no está manteniendo la infraestructura instalada. Ese deterioro equivale a entre el 2 y el 5% del valor total del stock de infraestructura, y lo va a tener que pagar el próximo gobierno. Es una deuda en dólares muy concreta.
APU: Hay economistas como Marcelo Diamand o ahora Guillermo Moreno que proponen tipo de cambio alto pero con retenciones para proteger el salario, y energía barata internamente. ¿Cómo evaluás esa salida?
MC: Mirá, algo que me impactó mucho fue graficar la evolución del tipo de cambio nominal de los países de industrialización tardía más exitosos: Japón, Alemania, China, Taiwán. Japón pasó de 360 yenes por dólar —fijo durante la ocupación— a 75 yenes. Es decir, revaluó sistemáticamente durante décadas. Alemania hizo algo similar, salvo en el shock entre 1982 y 1986. China tuvo tipo de cambio fijo hasta Nixon-Mao en 1971, luego revaluó hasta los 80, devaluó algo a principios de los 90, llegó a ocho yuanes por dólar —nunca a dos dígitos— y en los últimos 20 años revaluó de 8 a 6. Taiwán, de 40 a 25. Todos los casos más exitosos de industrialización tardía muestran revaluación sistemática. Nadie que haya visto esos gráficos puede sostener sin más la tesis del tipo de cambio competitivo.
APU: ¿Cómo explicás entonces que el período 2002-2011 funcionó si partió de una devaluación?
MC: Partió de una situación de destrucción total: 22% de desempleo, pobreza del 60-70%, salarios de 90 dólares mensuales, jubilación mínima de 200 pesos que con la devaluación llegó a valer 50. Lo que hubo fue una recomposición muy rápida del ingreso, una caída acelerada del desempleo, una expansión del mercado interno sostenida, y encima el viento de cola del superciclo de las commodities. Eso generó un círculo virtuoso: más mercado interno, más consumo, más inversión, más escala, menores costos unitarios. El problema llegó en 2011, cuando el kirchnerismo enfrentó la salida de dólares y tomó dos decisiones cuestionables: no subir la tasa de interés —en parte por proteger a la pequeña y mediana industria que opera con cheques diferidos— y no tomar deuda externa a tasas más altas para sostener el proceso. En ese momento el tipo de cambio real empezó a apreciarse por inflación sin la revaluación nominal que lo acompañara, y el sistema se desestabilizó.
APU: ¿Y si la revaluación sostenida es la clave, por qué no se hizo?
MC: Porque una revaluación nominal sostenida hace varias cosas a la vez: desalienta la dolarización de ahorros —si el peso se aprecia, ¿para qué compro dólares?—, modera la puja salarial porque los trabajadores ganan más en términos de dólares sin necesidad de conflicto, y bajan los costos industriales porque todos los insumos están en dólares. Argentina tiene superávit comercial de manera sistemática desde 1914, salvo sequías, inundaciones o errores de política energética. En los últimos 25 años acumuló algo así como 200.000 millones de dólares de superávit comercial. ¿Dónde están? Se fueron por formación de activos externos, la llamada "fuga". Eso es consecuencia directa de la inestabilidad cambiaria: si cualquier argentino espera que el peso se deprecie, compra dólares. Una revaluación sostenida y creíble cortaría ese mecanismo de raíz.
APU: ¿En qué se diferencia lo que proponés del modelo de Milei, que también apuesta a moneda fuerte, minería y campo?
MC: La diferencia central es el ancla. El gobierno de Milei sostiene el tipo de cambio fijo sobre la base de represión salarial: aumenta el desempleo, bajan los salarios reales, y eso enfría la demanda de divisas. Cualquiera que tenga un amigo en el Estado puede comparar su sueldo actual en dólares con el de hace unos años. Eso no es desarrollo, es ajuste. Lo que yo planteo es diferente: una revaluación sostenida que genere expectativas de apreciación, combinada con un mercado interno dinámico que amortice los costos fijos de la infraestructura y haga viables proyectos de inversión a escala. Sin mercado interno pujante, ninguna mina en la cordillera cierra su modelo de negocio, porque nadie va a pagar solo los 150 km de ruta, el tendido eléctrico y el puerto que necesita. El mercado interno es el que permite usar esa infraestructura al máximo y bajar el costo unitario para todos.
APU: Antes de cerrar, ¿un ejemplo concreto de lo que proponés?
MC: Santa Cruz. Las represas del río Santa Cruz empezaron en 2014, debían terminarse en 2017 y seguimos en 2026. El gobierno de Macri las paralizó y redujo la capacidad de 11 a 8 turbinas por presión de grupos ambientalistas. Esas represas están a menos de 200 km de Punta Quilla, que tiene condiciones para un puerto de aguas profundas. A principios de los 2000, Aluar planteó una planta de 220.000 toneladas de aluminio. Hoy eso queda chico: la escala competitiva internacional es al menos un millón de toneladas. Con energía barata de las represas, un puerto de aguas profundas y una licitación internacional, podríamos estar produciendo un millón de toneladas de aluminio sin haber producido un kilo de bauxita —que igual importaríamos—. Eso generaría un ingreso enorme de divisas. No tiene nada que ver con el tipo de cambio. Ninguna multinacional minera que opera en Zimbabwe o el Congo está mirando el tipo de cambio del país anfitrión. Argentina es el único país donde esa discusión lleva más de medio siglo. Acá en Corea jamás escuché hablar de tipo de cambio competitivo.
El gobierno de Milei sostiene el tipo de cambio fijo sobre la base de represión salarial: aumenta el desempleo, bajan los salarios reales, y eso enfría la demanda de divisas. Cualquiera que tenga un amigo en el Estado puede comparar su sueldo actual en dólares con el de hace unos años. Eso no es desarrollo, es ajuste. Lo que yo planteo es diferente