Subordinación a EE. UU. por Malvinas, crónica de un fracaso anunciado
En los últimos meses viene circulando con cierta fuerza una idea que, a primera vista, suena a realismo geopolítico. Un referente histórico del peronismo (nota del editor: Guillermo Moreno) que alguna vez supo ganarse el cariño de todos los compañeros viene planteando que la única manera de recuperar Malvinas es subordinarse a Estados Unidos. Según su lectura, hoy existe una fricción geopolítica de alto voltaje entre Washington y Londres, y esa grieta terminaría favoreciéndonos. El precio, claro, podría ser bastante alto, aceptar una base yanqui en las islas. Aunque para este referente eso sería un costo aceptable.
Suena audaz. Pero hay un problema: este libreto ya lo vimos. Y terminó muy mal.
Porque no es la primera vez que la Argentina apuesta a subordinarse a la potencia del norte creyendo que, a cambio, nos dará una mano en el Atlántico Sur. Quienes tenemos memoria histórica recordamos el papel de la dictadura cívico-militar en la previa de la guerra de Malvinas. Aquel experimento de alineamiento automático con Estados Unidos no nos trajo soberanía: nos trajo 649 muertos, una derrota militar y la ocupación británica más consolidada que nunca.
La dictadura y el error de cálculo
El gobierno militar que tomó el poder en 1976 no solo ejerció el terror de Estado. También desmanteló cualquier política exterior autónoma. El programa económico de Martínez de Hoz significó una subordinación estructural: apertura indiscriminada, desendeudamiento productivo y una deuda externa que pasó de 7.000 millones de dólares a más de 45.000 en 1983. Pero lo que más nos interesa ahora es la estrategia diplomática: los jerarcas militares creyeron que, por perseguir “enemigos internos” y jugar el rol de guardián del Atlántico Sur, Washington les iba a deber una.
Cuando planificaron la recuperación de Malvinas, lo hicieron con un cálculo que hoy parece de una ingenuidad criminal. Diseñaron la Operación Rosario con un plan D+5: ocupaban las islas y a los cinco días retiraban las tropas, convencidos de que Gran Bretaña no iba a responder militarmente y que Estados Unidos, por el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), los respaldaría.
Se equivocaron en los tres puntos clave.
El gobierno de Margaret Thatcher, azuzado por los mandos de la Royal Navy, que también estaban desesperados por una guerra (necesitaban validar ante su pueblo el enorme gasto en el que habían incurrido para equipar y modernizar a su flota de superficie), se encontraba en ese momento en una crisis social y económica gigantesca, y utilizó la guerra para consolidar su liderazgo. No hubo “no respuesta”. Hubo una flota cruzando el Atlántico.
Y Estados Unidos, lejos de apoyarnos, jugó a fondo para favorecer a Londres. El secretario de Estado Alexander Haig llevó adelante una “mediación” que, en los hechos, sirvió para que los británicos ganaran tiempo y desplegaran sus fuerzas. Jeane Kirkpatrick, embajadora ante la ONU, fue lapidaria años después: “Los argentinos nunca comprendieron cuán estrechas eran las relaciones entre Estados Unidos y el Reino Unido, no solamente por razones históricas sino porque además Ronald Reagan y Margaret Thatcher eran amigos personales desde antes de llegar al poder”.
El 3 de abril de 1982, Estados Unidos votó a favor de la Resolución 502 del Consejo de Seguridad, que condenaba a la Argentina. Ni el TIAR ni la “amistad” con la dictadura pesaron más que la alianza central con Londres. La potencia hegemónica priorizó sus intereses estructurales: la OTAN, su socio principal en Europa, y la cohesión del mundo occidental en plena Guerra Fría. Resultado. EE. UU apoyó a los británicos no solo diplomáticamente sino con inteligencia, combustible, misiles y armamento de todo tipo.
¿Y hoy existe una disputa estratégica entre Washington y Londres?
El argumento del referente actual es que ahora la situación cambió. Hay tensiones comerciales, el Brexit reconfiguró la relación, China mete presión. Y entonces, la Argentina podría aprovechar esa grieta para que Estados Unidos nos “premie” con la recuperación de Malvinas.
Suena atractivo. Pero ignora un dato de la realidad: para Washington, Londres sigue siendo su aliado privilegiado. La base militar estadounidense en el archipiélago no sería una concesión a la Argentina, sino una consolidación de la presencia angloamericana en un punto clave para controlar el Atlántico Sur y la Antártida. Ofrecer subordinación a cambio de una base no es una negociación soberana: es entregar territorio para que otro ejército se instale, y encima llamarlo “oportunidad”.
El dato que desarma la teoría de la “grieta”: lo que está pasando ahora con Irán
Si alguien todavía cree que existe una fractura insalvable entre Estados Unidos y Reino Unido, basta con mirar lo que viene sucediendo desde febrero de 2026 en el conflicto con Irán.
Cuando Estados Unidos e Israel lanzaron su ofensiva contra la república islámica el 28 de febrero, el gobierno de Keir Starmer inicialmente se mostró reticente. Starmer declaró en el Parlamento que su gobierno “no cree en el cambio de régimen desde el aire” y se negó a involucrar al Reino Unido en acciones ofensivas. Donald Trump reaccionó con furia: “Este no es el Winston Churchill que estamos tratando”, disparó, y lamentó que la relación especial “ya no es lo que solía ser”.
Pero duró poco. A los pocos días, Starmer dio marcha atrás. El gobierno británico autorizó a Estados Unidos a utilizar sus bases militares para atacar objetivos iraníes. Las instalaciones de RAF Fairford en Gloucestershire y la base de Diego García en el Océano Índico —esta última de soberanía compartida— quedaron a disposición de la Fuerza Aérea estadounidense para operaciones “defensivas” destinadas a degradar los sitios de misiles iraníes que amenazaban el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz.
El propio Starmer salió a defender la decisión con una frase que debería quedar grabada en quienes especulan con un quiebre angloamericano: “Aviones estadounidenses están operando desde bases británicas. Esa es la relación especial en acción”. Y agregó: “Aviones británicos están derribando drones y misiles para proteger vidas estadounidenses en Medio Oriente en nuestras bases conjuntas. Esa es la relación especial en acción, compartiendo inteligencia cada día para mantener a nuestra gente segura”.
Pero el dato más revelador de todos es el que pocos medios difundieron: a mediados de marzo, el submarino nuclear británico HMS Anson abandonó abruptamente una base en Australia Occidental donde estaba realizando maniobras de mantenimiento en el marco del acuerdo AUKUS. Su destino, según analistas, fue el Golfo Pérsico. Un periodista especializado resumió la situación con crudeza: “La pregunta no es adónde fue, sino por qué ese submarino específico tuvo que ser retirado de Australia. La respuesta es que no había otra opción”. La Royal Navy, se reveló, no tiene suficientes submarinos desplegables para cumplir simultáneamente con sus compromisos en el Indo-Pacífico (AUKUS) y las demandas operativas del conflicto con Irán junto a Estados Unidos.
¿Qué significa esto en términos geopolíticos? Que cuando Washington necesita a Londres para un conflicto de alta intensidad en un punto neurálgico como el Golfo Pérsico, el Reino Unido redirige sus activos más valiosos —incluso si eso implica dejar momentáneamente en suspenso otros compromisos internacionales. No hay “grieta” que valga. La alianza estructural se activa automáticamente.
Así que cuando un referente político argentino nos dice que “hay una fricción geopolítica de alto voltaje” entre Estados Unidos y Reino Unido y que Argentina puede aprovechar esa grieta para recuperar Malvinas, la evidencia empírica de las últimas semanas sugiere exactamente lo contrario: la relación especial no solo sigue intacta, sino que se activa a máxima potencia cuando hay intereses estratégicos de fondo en juego. Y si en 1982 Estados Unidos priorizó su alianza con Londres por sobre el TIAR y sus relaciones hemisféricas, hoy repite el mismo patrón con una consistencia que debería ser una advertencia para quienes sueñan con una nueva subordinación.
Antes de la dictadura había otra política exterior
Vale la pena recordar que la Argentina no siempre fue un país que se arrastraba detrás de Estados Unidos. Juan Domingo Perón desarrolló una política exterior soberana y antiimperialista que puso a Malvinas y la Antártida en el centro de la conciencia nacional por un lado y por otro apuntaba a la integración sudamericana, en particular con Brasil y Chile. En 1946, un decreto obligó a que todos los mapas argentinos incluyeran las islas y el continente blanco como parte del territorio. En 1947, la Comisión Nacional del Antártico declaró que no se reconocería ninguna demanda extranjera sobre tierras que la historia, la geografía y el derecho justificaban como argentinas. Argentina fue pionera en reclamar derechos sobre la plataforma submarina. Y, junto con Chile, realizó expediciones conjuntas para marcar una visión regional común.
La dictadura no inventó la causa Malvinas. Simplemente la hizo retroceder con su derrota y su lógica entreguista. Pero la causa es anterior y posterior al Proceso. La democracia que nació en 1983 cometió el error de la “desmalvinización”: para distinguirse de los militares, y también se distanció de Malvinas. Eso debilitó la política de Estado que durante décadas había sostenido el reclamo soberano.
No repitamos los mismos errores del 82
Ahora, cuando algunos proponen volver a subordinarse a Estados Unidos como si fuera un atajo geopolítico, estamos ante un déjà vu peligroso. La dictadura creyó que su entrega le compraría favores. Terminó aislada, derrotada y con la turba malvinera más lejos que nunca.
Hoy la Argentina tiene herramientas que en aquel entonces no tenía: una tradición diplomática que supo ser autónoma, organismos internacionales donde la cuestión Malvinas sigue teniendo respaldo, y un mundo multipolar donde no todo pasa por Washington. Además, estamos viviendo un cambio de época, la remalvinización de los últimos años en la sociedad argentina nos posibilita pensar en otras opciones. Apostar a la subordinación no es realismo: es repetir los errores de quienes ya pagaron el costo más alto.
Por eso, cuando alguien nos dice que la única salida es entregar una base yanqui en las islas y alinearnos con Estados Unidos, vale la pena preguntarnos: ¿no fue eso exactamente lo que intentó la dictadura? ¿No nos advirtió la historia que ese camino no lleva a la recuperación de la soberanía, sino a su hipoteca?
La soberanía sobre Malvinas no se recupera con servilismo. Se construye fortaleciendo las capacidades de defensa nacionales, con multilateralismo, con unidad regional y con una política de Estado que, a diferencia de los militares de 1982, no confunda la sumisión con la estrategia. Subordinarse a los EE. UU suena tentador, es un canto de sirenas y es lo más fácil de hacer, pero el espejo de la historia nos muestra el naufragio que espera a quienes lo siguen.