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    Mauro Ignatti
ENTREVISTA LITERARIA

"La potentada", de Mauro Ignatti: “Una historia de amor entre su hija y su sobrino pero contada por el narrador equivocado”

19 Noviembre 2026

Mauro Ignatti nació en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, el 27 de febrero de 1975. Es licenciado en Sociología, egresado de la Universidad de Buenos Aires. Su relación con el arte estuvo ligada al estudio de guitarra, en el género jazz y rock, participando como instrumentista y compositor en diferentes bandas del circuito under de Capital Federal y Gran Buenos Aires. Cursó la carrera de Música Electroacústica en la Universidad de Quilmes, donde estudió composición y orquestación de música clásica y contemporánea.

Ávido lector, tomó clases de escritura creativa y técnicas de narración en el taller grupal de Cecilia Maugeri y en el de clínica de obra de Mariana Komiseroff. Su cuento “Segunda oportunidad” fue elegido para ser publicado en la antología Cuentos de Buenos Aires, editado en 2024.

Mauro Ignatt  conversó con la Agencia Paco Urondo a propósito de La Potentada, su primera novela publicada por Enero editorial.

AGENCIA PACO URONDO: La potentada combina humor, exceso y una mirada muy filosa sobre los vínculos en contextos de vulnerabilidad. ¿Cómo encontraste ese equilibrio entre lo cómico y lo trágico sin caer en la caricatura?

Mauro Ignatti: Pienso que para que la comedia negra funcione es necesario armar un cóctel de risa, espanto y exageración, y es cierto que la caricaturización es un riesgo constante. Creo que la forma de no caer en esa trampa es complejizando a los personajes a través de los matices, la verosimilitud, la profundidad psicológica, en resumen, haciéndolos lo más humanos y únicos posibles. En la novela, todos tienen contradicciones en la que por momentos son héroes y por momentos villanos, tienen objetivos y deseos. Cada personaje sabe qué quiere y porqué, tiene una estrategia para conseguirlo, un antagonista y acepta las consecuencias de sus actos, y eso genera empatía en el lector. Por eso, ninguno de ellos tiene una función decorativa en el texto, sino que son fuerzas chocando, cediendo y avanzando, y no caricaturas estereotipadas. 

APU: La novela pone en escena una idea de “ascenso social” mínimo pero vital para sus personajes. ¿Qué te interesaba explorar sobre esa tensión entre deseo, supervivencia y clase?

MI: La propuesta de ascenso social mínimo es un tema que atraviesa lo que escribo y no es particular de este texto, y en contra de lo que parece ser, al menos en este género, es un recurso mucho más potente que el de la historia de un personaje que logra un ascenso social meteórico, porque el lector termina preguntándose si es necesaria semejante brutalidad para conseguir tan poco. La exploración apunta a desarrollar el deseo desmedido de ascenso y la convicción del personaje de Elvira de no pertenecer al lugar en el que está. Por eso, la pregunta que cruza el texto es ¿Qué es capaz de hacer ella para lograr ascender socialmente?

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Novela La potentada

 

APU: Elvira es un personaje potente, incómodo y muy complejo. ¿Cómo fue construir esa figura de madre que quiere ascender a un estatus social a costa de su hija?

MI: A Elvira la empecé a construir hace varios años en un taller grupal de escritura. Inicialmente fue meramente explorativa. El ejercicio era ponerla a interactuar con su hija adolescente en distintas situaciones, sobre todo en contextos de manipulación. Esas escenas generaban en mis compañeros una risa incómoda. Terminé escribiendo unas cien páginas que luego descarté En 2024 el personaje volvió a aparecer, quizá a reclamar esa deuda, y armé una nueva trama que fue la que terminó quedando en la novela. 

Creo que la potencia está en Elvira como narradora en primera persona del presente. Es un narrador y tiempo verbal que permite jugar con la subjetividad del personaje, que no deja de ser solo una mirada del mundo. Siempre digo que la novela podría pensarse como una historia de amor entre su hija y su sobrino pero contada por el narrador equivocado. Probé muchos tipos de narradores, con distintos personajes, en distintos tiempos verbales y focalizaciones, para entender que me aportaba cada uno desde su visión. Claramente me convenció el que terminó quedando: Elvira narrando en primera persona. 

APU: Hay algo muy teatral en la novela: los cuerpos, los diálogos, el exceso, casi como una puesta en escena. ¿Qué influencias (literarias, teatrales o audiovisuales) estuvieron presentes en la escritura?

MI: Si bien leo varios géneros, La conjura de los necios, de Toole me marcó de adolescente. Claramente está en línea con textos como Las primas o, en el género audiovisual, con Esperando la carroza, al menos eso dicen. Lo que la acerca al género teatral o audiovisual, por un lado tiene que ver con que es un texto muy dialogado, y por el otro, los personajes no cuentan sus estrategias o emociones sino que las muestran en acción. En los casos en que explican algo, no suele ser un pensamiento construido, sino lo que está pasando en tiempo real, y eso vuelve al texto más visual. 

APU: La potentada fue finalista de la convocatoria Carthago dentro del programa Orillas Nuevas, con potencial de adaptación audiovisual. ¿Cómo imaginás esta historia en ese otro lenguaje? ¿Cambiaría algo de su intensidad o de sus personajes?

MI: La imagino tanto en formato teatral como audiovisual. Tengo claro que debiera modificar la cronología de las escenas, para acomodar el detonante y los puntos de giro para que el texto se adapte al lenguaje, pero no creo sea necesario modificar la trama. Con respecto a los personajes, no tengo dudas que crecerían aún más en un formato visual. Además, es un texto fácilmente adaptable, debido a que las locaciones, no solo podrían reducirse a tres o cuatro, sino que casi todas son en interiores. 

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    Afiche de El destino de un continente película
ESTADOS UNIDOS EN DEBATE

A 125 años del primer escrito antiimperialista de Manuel Ugarte

22 Julio 2026

Por su vida y trayectoria como por su obra, el poeta, escritor, periodista y militante de la Nación Latinoamericana, Manuel Ugarte (Buenos Aires, 1875- Niza, 1951), es una referencia imprescindible sobre el tema de las relaciones, influencias y conflictos desatados entre Estados Unidos y los demás países del continente.

Las impresiones de Manuel Ugarte sobre EE.UU. y su influencia en la historia de Latinoamérica y el Caribe se pueden encontrar en diferentes libros y artículos publicados a lo largo de su vida como Crónicas de Boulevard (1902)i, El porvenir de América Latinaii (1910), Mi campaña Hispanoamericanaiii (1922), El destino de un continenteiv (1923). También deben considerarse artículos como El peligro yanquiv (1901), Los pueblos del sur ante el imperialismo norteamericanovi(1912), Carta abierta al presidente de los Estados Unidosvii (1913), La Doctrina de Monroeviii (1919), Política colonialix (1922), México, Nicaragua y Panamáx (1927), Nueva épocaxi (1940) y Los fundamentos vitalesxii (1950), entre otros tantos.

Otras fuentes sobre el tema se pueden encontrar en su epistolario (1896-1951)xiii, en donde intercambia cartas referidas a la influencia de Estados Unidos en la región con figuras como Víctor Raúl Haya de la Torre, Augusto César Sandino, Tristán Maroff, Gabriela Mistral, José Vasconcelos, Arturo Orlazábal Quintana, Venustiano Carranza y diferentes representantes diplomáticos de Latinoamérica y el Caribe, con presidentes, secretarios de relaciones exteriores de EEUU, documentos, todos ellos, que se encuentran en el Archivo General de la Naciónxiv.

La primera impresión sobre el peligro yanqui (1901)

Manuel Ugarte escribió el 18 de septiembre de 1901 en Parisxv, el texto titulado: “El peligro yanqui”. El 19 de octubre de 1901 el mismo texto fue publicado por el diario El País de Buenos Aires.

Con esta intervención pública, Ugarte se perfila como “un publicista” de la causa Latinoamericana y al mismo tiempo, como uno de los principales difusores de los peligros que suponen las políticas exteriores norteamericanas para la región. En realidad, él ya había observado este riesgo en un viaje que realizado a los Estados Unidos un año antes.

Yo imaginaba, ingenuamente que la ambición de esta gran nación se limitaba a levantar dentro de las fronteras la más alta torre de poderío, deseo legítimo y encomiable de todos los pueblos, y nunca había pasado por mi mente la idea de que ese esplendor nacional pudiera resultar peligroso para mi patria o para las naciones que, por la sangre y el origen, son hermanas de mi patria, dentro de la política del Continente. Al confesar esto, confieso que no me había detenido nunca en meditar sobre la marcha de los imperialismos en la historia. Pero leyendo un libro sobre la política del país, encontré un día citada la frase del senador Preston, en 1838: “La bandera estrellada flotará sobre toda la América Latina, hasta tierra del fuego, único límite que reconoce la ambición de nuestra raza.xvi

Más adelante, Ugarte agrega:

Si un hombre de responsabilidad hubiera tenido la fantasía de pronunciar realmente esas palabras –me dije- nuestros países del Sur se habrían levantado en seguida en una protesta unánime. Sin embargo, la afirmación era exacta y los políticos de América Latina la habían dejado pasar en silencio, deslumbrados por sus míseras reyertas interiores, por sus pueriles pleitos de frontera, por su pequeña vida, en fin, generadora de la decadencia y del eclipse de nuestra situación en el Nuevo Mundo. A partir de ese momento, dejando de lado las preocupaciones líricas, leí con especial interés cuanto se refería al asunto. ¿Era acaso posible dormitar en la blanda literatura, cuando se ponía en tela de juicio el porvenir y la existencia misma de nuestro conjunto?xvii

En el artículo “El peligro yanqui” de 1901, Ugarte elabora un recorrido por una serie de temas, uno de ellos se relaciona con las impresiones optimistas sobre Estados Unidos que el observa en otros autores, escritores y pensadores latinoamericanos.

Las trampas del “país a emular” y los peligros del optimismo latino hacia los anglosajones

Dice Ugarte:

Hay optimistas que se niegan a admitir la posibilidad de un choque de intereses entre la América anglosajona y la latina. Según ellos, las repúblicas sudamericanas no tienen nada que temer y a pesar de lo ocurrido en Cuba, persisten en afirmar que los Estados Unidos son la mejor garantía de nuestra independencia.xviii

En otro texto agrega:

La prodigiosa fuerza de atracción y de asimilación de los Estados Unidos está basada, sobre todo, en las posibilidades (u “oportunidades”, como allí se llama) de prosperidad y de acción que ese país ofrece a los individuos. La abundancia de empresas, el buen gobierno, los métodos nuevos, la multiforme flexibilidad de la vida y la prosperidad maravillosa, abren campo a todas las iniciativas. Alcanzado el éxito, éste sería motivo, suficiente para retener al recién llegado por agradecimiento y por orgullo, aunque no surgiera, dominándole todo el contagio de la soberbia que está en la atmósfera. Algunos hispanoamericanos que emigran de repúblicas pequeñas, empujados por discordias políticas, y logran labrarse una pasable situación en las urbes populosas del Norte, se desnacionalizan también, llevando la obcecación en algunos casos al extremo de encontrar explicables hasta los atentados cometidos contra su propio país.xix

Según Manuel Ugarte, las trampas del “país a emular” por parte de los latinos se relacionan con una combinación de impresiones superficiales, influencia de una atmósfera en donde una sociedad con absoluta autoestima por “el éxito” de su experiencia histórica contagia al visitante, más el efecto de lo que él llama la desnacionalización del emigrado latino.

Considero significativa esta apreciación de Ugarte porque logra demostrar la complejidad del fenómeno, encadenando elementos vinculados con lo psicológico pero también con el olvido, la memoria y la tradición nacional, en definitiva, con el sistema educativo imperante en los países latinos.

Para Manuel Ugarte la idea de Patria y Nación que se estableció como oficial, desde el Estado y sus instituciones, principalmente educativas, no se cimentaron en los hechos históricos, sociales y culturales de las sociedades latinoamericanas sino en la negación de su realidad concreta, como resultado de la matriz iluminista trabajada en el capítulo anterior.

Para esa concepción eurocéntrica tanto la prexistencia de los pueblos americanos y como el pasado colonial que reivindica Manuel Ugarte, significaban un obstáculo al progreso irremediable de la sociedad blanca, el capital extranjero con su modernidad de puertos, ferrocarriles, bancos y empresas extractoras de recursos naturales.

Al mismo tiempo observo que Manuel Ugarte cuando hace alusión al optimismo latino respecto del país sajón, alude a lo que él llama: “el carácter latino”, que por ser demasiado entusiasta y violento, solo percibe lo inmediato. Vale decir, no puede proyectar o plantearse las consecuencias de ciertas políticas norteamericanas a futuro, algo que sí Ugarte puede encontrar, por ejemplo, en las lecturas que encuentra en los diarios de Francia. ¿Qué observa en estos diarios? Ugarte encuentra que el diario Le Martin de París, en relación a la anunciada intervención de Estados Unidos en el conflicto de Venezuela con Colombia, afirma que la palabra “conversación” debería traducirse en el istmo americano, por grabbing o land grabbing, cuyo significado es expoliación. Sobre estos diarios dice Ugarte: “suponen que los Estados Unidos sólo esperan un pretexto para intervenir en esa región sonando renovar lo que hicieron en México”.xx

Me interesa en este punto demostrar que en diferentes textos Manuel Ugarte analiza la historia de los Estados Unidos centrando su atención en la independencia, el desarrollo industrial y la expansión imperial.

En un somero recorrido por las lecturas de Manuel Ugarte sobre los Estados Unidos observo una serie de nociones e ideas que pueden servir para comprender nuestra propia historia, como así también, pueden ser útiles para desentrañar los nudos u obstáculos del presente en la región.

En primer lugar, lejos de los enfoques plagados de moralinas escritos por intelectuales progresistas abstractos, en donde los Estados Unidos son catalogados como un país guerrero, diabólico y tirano que irrumpe sobre las demás regiones americanas, bonachonas, ingenuas y pacifistas, observo en Manuel Ugarte otro tipo de lecturas.

¿Por qué afirmo esto? Porque cuando Ugarte en sus textos busca comprender las razones del avance norteamericano, encuentra que esas razones son internas. Habla de las rencillas intestinas, de egoísmos de “patria chica”, falta de instrucción de historia latinoamericana, de carencia de patriotismo, de inexistencia total de una perspectiva geopolítica de parte de los gobiernos al sur del Rio Colorado. También habla de economía, de industrias nacionales y de control y nacionalización de los recursos naturales.

En fin, Manuel Ugarte habla de integración, que en su concepción, no es más que pensar la Nación como un colectivo, pero no como un colectivo volátil conectado en torno a ideas, pensamientos, vale decir, no es un colectivo invertebrado (como a veces se postula desde el progresismo) sino que es un colectivo vivo, en donde las partes que lo integran (sus habitantes) se expresan accionando en diferentes agrupaciones que esas mismas partes constituyen (Sindicatos, instituciones Gubernamentales vinculadas con el trabajo y la producción, agrupaciones, uniones nacionales y nuestro americanas). En esa Nación pensada por Manuel Ugarte el Estado por sí sólo no alcanza. El Estado latinoamericano y caribeño que pretenda “bastarse por sí mismo” necesariamente debe vincularse con los demás Estados de la región.

Esta posición en Ugarte no es un mero llamado a la hermandad sino una condición inevitable para garantizar la soberanía y la integridad nacional. De allí el ejemplo de las trece colonias norteamericanas y su unión, su aglomeración en un gran Estado en el que radica su poderío postrero.

En ese sentido, para Manuel Ugarte hablar de Nación es hablar de Nación latinoamericana, ya que nuestra realidad histórica, geopolítica, económica, hace imposible pensarlo de otra manera. Ahora bien, ¿es imposible pensar en una integración? ¿Se puede proyectar una misma Nación para Latinoamérica y el Caribe? Los últimos veinte años nos han demostrado que no es irrealizable.

No es casualidad que Manuel Ugarte vuelva a ser un autor leído en estos tiempos. Hacia finales del siglo XX y principios del XXI, diferentes problemas en los centros hegemónicos posibilitaron la emergencia de nuevos movimientos nacionales y populares en América Latina. Estos reimpulsaron los procesos de integración con nuevas organizaciones regionales (UNASUR, CELAC) y la revitalización de otras ya existentes (MERCOSUR). Los gobiernos de Argentina, Brasil, Venezuela (acompañados por Uruguay y Paraguay), Bolivia y Ecuador se constituyeron como un eje desde el cual se proyectaron planes productivos integrados, y la idea de Manuel Ugarte de “bastarnos por nosotros mismos” parecía ponerse en marcha de una vez y para siempre.

La situación cambio en los últimos años, pero en algunos países de la región las posibilidades de volver a motorizar los procesos de integración siguen en marca (Bolivia, México, Venezuela, Uruguay, Cuba, Nicaragua) en otros, si bien han sido derrotadas las fuerzas política que propiciaban la integración, estas ocupan un lugar preponderante en la oposición (Ecuador, Argentina, Brasil).

En definitiva, hoy, a 125 años del primer escrito antiimperialista publicado por Manuel Ugarte, pensar en la integración de las naciones de América Latina y el Caribe sigue siendo posible.

i Ugarte, Manuel, Crónicas de boulevard [1902], Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2010.

iiUgarte, Manuel, El porvenir de América Latina [1910], Remedios de Escalada, EdUNLa, 2015.

iii Ugarte, Manuel, Mí campaña Hispanoamericana [1922], Buenos Aires, Punto de encuentro, 2014.

iv Ugarte, Manuel, El destino de un continente [1923], Ediciones de la Patria Grande, Buenos Aires, 1962.

vDiario El país, Buenos Aires, 19 de octubre de 1901. Re publicado en Ugarte, Manuel, La Nación Latinoamericana, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978, pp. 65-70.

viConferencia pronunciada en la Universidad de Columbia de Nueva York el 9 de julio de 1912. Re publicado en Ugarte, Manuel, Mi campaña hispanoamericana [1922], Buenos Aires, Editorial Punto de Encuentro, pp. 55-67.

vii Artículo publicado en el diario El Universal de México en 1919. Re publicado en Ugarte, Manuel, La Patria Grande, Berlin-Madrid, Editora Internacional, 1922.

viii En: Ugarte, Manuel, La Patria Grande, Berlin-Madrid, Editora Internacional, 1922.

ix En: Ugarte, Manuel, El destino de un continente [1923], Ediciones de la Patria Grande, Buenos Aires, 1962.

x Diario Critica, Buenos Aires, 21-01-1927. Re publicado en Ugarte, Manuel, La Nación Latinoamericana, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978, pp. 109-110.

xi Manuscrito de Manuel Ugarte, escrito en Chile, inédito, recuperado por Norberto Galasso en Ugarte, Manuel,, La Nación Latinoamericana, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978, pp. 119-120.

xii En: Ugarte, Manuel, La reconstrucción de Hispanoamérica [obra póstuma editada con manuscritos de Manuel Ugarte], Buenos Aires, Coyoacán, 1961.

xiii Epistolario de Manuel Ugarte (Selección), Buenos Aires, Archivo General de la Nación, 1996.

xiv Archivo General de la Nación, colecciones particulares Sala VII, Archivo Manuel Ugarte (1896-1961).

xv El principal biógrafo de Manuel Ugarte, Norberto Galasso, así lo afirma en la selección de textos realizada para la Biblioteca Ayacucho, en Ugarte, Manuel, La Nación Latinoamericana, Caracas, 1978, p. 70.

xvi Ugarte, Manuel, El destino de un continente [1923], op, cit, p. 13.

xviiIbídem.

xviiiUgarte, Manuel, “El peligro yanqui”, Diario El país, Buenos Aires, 19 de octubre de 1901. Re publicado en Ugarte, Manuel,, La Nación Latinoamericana, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978, p.65.

xixUgarte, Manuel, El destino de un continente [1923], op., cit., p. 25.

xx Ídem.

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Estados Unidos, hegemonía cultural e identidad latinoamericana

22 Julio 2026

A 250 años de la independencia de Estados Unidos, la fecha puede ser una oportunidad para pensar algo más que la historia de una nación: la manera en que ese país logró convertirse en una referencia cultural global, el punto de que muchas veces aprendimos a mirar el mundo desde sus propios símbolos.

La influencia estadounidense no se explica únicamente por su poder económico, militar o tecnológico. También se construyó a través de una enorme capacidad de producir símbolos, relatos e imaginarios que atraviesan la vida cotidiana de millones de personas.

Para gran parte de las generaciones nacidas desde finales del siglo XX, Estados Unidos no fue solamente un país extranjero: fue un paisaje cultural permanente.

Hollywood, las series, la música pop, las marcas, los videojuegos, las redes sociales y la tecnología construyeron una familiaridad particular con una sociedad que muchas veces conocemos más a través de sus ficciones que de su propia historia.

Muchas personas pueden reconocer ciudades, personajes y acontecimientos de una realidad geográficamente distante antes incluso de acercarse a procesos históricos fundamentales de su propio continente.

Esto no responde simplemente a decisiones individuales, sino también a una circulación desigual de relatos culturales y a una capacidad muy distinta de producir y difundir imaginarios a escala global.

El problema no es si está bien o mal conocer Estados Unidos. Conocer otras culturas, aprender idiomas y dialogar con el mundo siempre fue importante.

La cuestión aparece cuando ese intercambio deja de ser diálogo y se transforma en una relación desigual: cuando una cultura se presenta como universal y las demás quedan reducidas a expresiones locales o particulares. En ese sentido, la cultura también es una forma de poder.

Como señaló Antonio Gramsci al analizar el concepto de hegemonía, las sociedades no se sostienen solamente por la fuerza, sino también por la capacidad de construir sentidos comunes.

Estados Unidos logró instalar muchas de sus propias referencias culturales como si fueran parte natural de una cultura global. Sus formas de vida, sus valores y sus relatos nacionales muchas veces aparecen como sinónimo de modernidad.

Este proceso no significa que exista una cultura única o completamente dominante, sino que algunas sociedades poseen una capacidad mucho mayor para difundir sus propios relatos, convertirlos en referencias compartidas e incluso presentarlos como si fueran universales.

Un ejemplo cotidiano está en el idioma. Aprender inglés se convirtió en una necesidad prácticamente incuestionable para integrarse al mundo laboral, académico y tecnológico. Y efectivamente lo es.

Pero esa situación también muestra una paradoja: a lo largo de la historia, determinadas lenguas extranjeras fueron asociadas al conocimiento, la cultura y el progreso.

Durante mucho tiempo, el francés ocupó ese lugar como lengua de prestigio cultural y académico en buena parte de América Latina.

Más adelante, el inglés fue adquiriendo esa centralidad, especialmente desde la segunda mitad del siglo XX, acompañado por la expansión económica, tecnológica y cultural de Estados Unidos.

La cuestión aparece cuando esa apertura se construye desde una jerarquía donde algunas lenguas representan modernidad y futuro, mientras otras quedan relegadas.

En nuestro continente, muchas lenguas propias fueron históricamente relegadas o asociadas solo a lo popular, lo rural o directamente etiquetadas como “atrasadas”.

El guaraní en Paraguay constituye un ejemplo entre tantos, pero no es un caso aislado: numerosas lenguas de los pueblos originarios continúan enfrentando procesos de invisibilización pese a formar parte fundamental de la historia y de la identidad de la región.

El lenguaje también construye imaginarios. Durante siglos, América fue un continente diverso y múltiple. Sin embargo, en el uso cotidiano muchas veces “americano” pasó a funcionar como sinónimo de estadounidense.

La palabra misma refleja una disputa simbólica: un país particular logro apropiarse de un nombre que pertenece a todo un continente.

La globalización de los años noventa, especialmente después de la caída del Muro de Berlín y la expansión del pensamiento neoliberal, reforzó una idea de mundo donde las fronteras parecían perder importancia y donde la integración global aparecía como el destino inevitable de la humanidad.

Sin embargo, aquella globalización también produjo tensiones. Mientras se prometía un mundo más conectado, muchas sociedades comenzaron a experimentar una pérdida de referencias propias

La figura del “ciudadano global” podría significar apertura y encuentro entre culturas, pero también puede convertirse en una identidad vacía, desligada de la historia, del territorio y de la memoria.

La respuesta a este problema no debería ser un nacionalismo cerrado ni un rechazo al intercambio cultural. América Latina no está aislada del mundo, forma parte de él.

Sus sociedades siempre estuvieron atravesadas por procesos globales y su historia no puede pensarse al margen de ellos. Pero una sociedad abierta al mundo no debería significar una sociedad que abandona su propia mirada.

A 250 años de la independencia estadounidense, quizás la pregunta más interesante no sea cuánto conocemos sobre Estados Unidos, sino por qué a veces conocemos más al norte que al nosotros mismos. Pensar desde el Sur Global no implica negar los aportes de otras culturas, sino preguntarse desde dónde miramos el mundo.

Como señalaba Methol Ferré, el desafío de la integración sudamericana era que nuestros países pudieran “ser actores y no coro de la historia”. Capaz ese sea uno de los desafíos de nuestro tiempo

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ESTADOS UNIDOS EN DEBATE

Doscientos cincuenta años de las dos Américas

22 Julio 2026

Doscientos cincuenta años de atropellos imperialistas pueden convertirse fácilmente en una lista: bloqueos, invasiones, golpes, deudas, tribunales que fallan antes de escuchar, humillaciones, hambrunas. La lista existe, pero describe síntomas. No explica por qué, con actores distintos y excusas distintas, la herida vuelve a abrirse siempre en el mismo lugar. El imperio proyecta estratégicamente a largo plazo, la dominación es eso que aparece a lo largo del tiempo y se sostiene, convierte al dominador como invencible y al dominado a una perpetua pobreza material y simbólica.

Sin embargo, observamos no hay doscientos cincuenta episodios sueltos de un mismo villano llamado imperialismo norteamericano. Hay una contradicción de fondo que atraviesa dos siglos. Por un lado, lo que terminó llamándose América Latina. Por el otro, lo que un puñado de intelectuales del siglo XIX bautizó América Sajona. El imperialismo caracterizado por el marine, el endeudamiento, el fallo judicial teledirigido no es la causa de esa disputa: es su manifestación y forma política en cada época.

Para entender esta contradicción acudamos a Arturo Ardao. Sus libros no son un recuento de agravios sino una historia de las palabras con que nos pensamos.

Un nombre nacido en la trinchera

"América Latina" no la inventó ningún emperador europeo ni ningún gobierno yanqui. La inventaron hispanoamericanos exiliados en París quienes reflexionaron desde la cultura a mediados de la década de 1850, no para celebrar una hermandad de sangre latina, no había tiempo para celebraciones en el marco de las guerras civiles, sino para nombrar un peligro concreto: el avance de Estados Unidos sobre el continente.

La palabra "latina" aparece primero como adjetivo, en 1836, en la pluma del francés Michel Chevalier: "América del Sur es, como la Europa meridional, católica y latina. La América del Norte pertenece a una población protestante y anglosajona", he aquí la primera y gran caracterización. Chevalier agente de Napoleón pensaba en el rol tutelar de Francia, no en nosotros sureños. Veinte años después, el colombiano José María Torres Caicedo convirtió ese adjetivo en nombre propio movimiento semántico que modificó la historia de un continenten, y lo hizo en un momento preciso: en 1856, cuando el filibustero William Walker se había apoderado de Nicaragua con respaldo tácito del expansionismo estadounidense. Su poema "Las dos Américas" no deja lugar a dudas: "La raza de la América latina / al frente tiene la sajona raza… El Norte manda sin cesar auxilios / a Walker, el feroz aventurero".

Cuando Torres Caicedo hablaba de "raza" no lo hacía desde la biología y más si se trata de un literato: él mismo aclaraba que usaba el término "sin ser rigurosamente exacto", solo para seguir "el lenguaje de convención que hoy domina". Torres Caicedo estaba escribiendo desde una propuesta de civilización y no desde un registro biologicista, se posicionaba en elementos culturales como: matriz de lengua, religión y derecho nacida y heredada de la propia colonización. El proyecto ibérico fue mestizo en su resultado hubo una decisión deliberada, esto no quita que dicho proyecto también se edificó también sobre exterminio y explotación. El anglosajón avanzó por desplazamiento y segregación, había una decisión, establecer tabla raza con todas las poblaciones locales precedentes a la llegada de los británicos. Así identificamos dos matrices, dos propuestas civilizatorias, ninguna inocente pero que produjeron sociedades distintas, cuyas consecuencias hoy siguen vigentes.

A veces esa antítesis sajona/latina genera cierta divergencia a la hora nominalizar América ya que la misma no nació en América sino en Europa y surgió como categoría romántica posterior a la caída de Napoleón. Esta antinomia Chevalier se encargó de trasladarla al continente en 1836. Vale preguntarse entonces que si el nombre viene de un préstamo europeo, ¿de qué disputa "real" encierra? En este punto podemos decir que si bien la categoría fue importada, su canonización sirvió para caracterizar dos proyectos de sociedad ya en conflicto material desde la anexión de Texas, antiguo territorio mexicano, por parte de Estados Unidos, incluso antes de que la antítesis posea nombre. Las palabras no crean las contradicciones que describen, pero tampoco son un decorado indiferente, a veces la contingencia de la historia las ubica en su lugar. Así fue que cuando la cultura Hispanoamérica (encuentro cultural más amplio que la tradición española) decidió llamarse "latina" frente a lo "sajón", esa palabra empezó a operar como trinchera y caracterizar.

Monroe y la apropiación de una palabra

Si el nombre nace en la trinchera a la dominación la ubicamos un tiempo antes y tiene su propia fecha en 1823, se llamó: Doctrina Monroe. "América para los americanos" suena a gesto anticolonial, pero cuando Monroe decía "americanos" se refería, en los hechos, casi exclusivamente a los estadounidenses. Ahí está el gesto fundacional: no una invasión con tropas, sino una apropiación semántica. Se decide desde Washington quién puede llamarse "americano" sin apellido. Paradójicamente el mundo pragmático sajón conquistó américa por primera vez semánticamente. 

Cuando James Martí cubrió para La Nación la Conferencia de Washington de 1889 que fundó el panamericanismo, escribió que era "el planteamiento desembozado de la era del predominio de los Estados Unidos sobre los pueblos de la América". Frente a esa Unión Panamericana, opuso su "Nuestra América": declaración de guerra semántica antes que literaria.

El Destino Manifiesto, acuñado hacia 1845 para justificar la anexión de Texas, es la traducción operativa de Monroe: si "América es de los americanos", esos americanos "de verdad" tienen casi una obligación providencial de expandirse sobre el resto. Con esa doctrina se justificó la guerra contra México de 1846-1848, que le arrebató la mitad de su territorio. El imperialismo norteamericano nacía moralmente asociado a su hermano inglés, la superioridad civilizatoria fue la excusa perfecta. Mientras Gran Bretaña cometía genocidios en Asia y África, lo EEUU ampliaban sus fronteras a base de usurpación

Rodó, en 1900, advirtió sobre la "nordomanía" y reclamó una juventud capaz de forjar, en el futuro, una civilización digna de ese nombre. No regaló Ariel: lo exigió como tarea pendiente. Ugarte, por su parte, recorrió el continente denunciando el "peligro yanqui" cuando buena parte de las élites locales todavía miraba a Washington como modelo.

Del cañón al escritorio

El siglo XIX cierra con la Guerra Hispano-Cubano-Estadounidense de 1898. Cuba obtiene una independencia hipotecada por la Enmienda Platt, que le reservaba a Washington el derecho de intervenir militarmente cuando quisiera. Panamá, creación norteamericana y pieza balcanizadora, se separa de Colombia en 1903 para construir el canal. De ahí en más, el intervencionismo militar se vuelve rutina en Centroamérica y el Caribe: es la misma lógica de Walker, ahora con infantería de marina.

La Guerra Fría permite trasladar la vieja disputa al lenguaje del anticomunismo: ya no hace falta decir "sajón contra latino", alcanza con "libertad contra comunismo". El Plan Cóndor es la etapa superior violencia de la antítesis: coordinación entre los servicios de inteligencia de varios países del Cono Sur, con entrenamiento y respaldo de Washington, para perseguir y desaparecer opositores a través de las fronteras. Ya no hacía falta invadir cuando se podía entrenar a los propios ejércitos locales para hacer el trabajo puertas adentro.
Con el fin de la Guerra Fría llega el neoliberalismo del Consenso de Washington. La región llegó a la década del 80 cargada de una deuda que se infló cuando la Reserva Federal disparó sus tasas de interés a fines de los setenta: los créditos tomados en dólares se volvieron impagables de la noche a la mañana. Esa deuda, gestionada por el FMI y el Banco Mundial, se convirtió en la correa de transmisión perfecta: ya no hacía falta ocupar un país para condicionar sus decisiones, alcanzaba con condicionar el refinanciamiento a privatizaciones y ajuste. El imperialismo muestra su cara usurera y desarrolla un plan macabro contra lo latino.

La figura más reciente es el lawfare: jueces que actúan como brazo político disfrazado de neutralidad técnica, procesos armados para proscribir liderazgos populares. Lula, Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa: países distintos, mismo patrón. Pero el lawfare necesita una sociedad entrenada para creerle a esos jueces, domesticada donde los medios de comunicación juegan el rol de intelligentizia semicolonial. Esa disposición no se improvisa en un juicio: se cultiva durante décadas, y el lawfare es su cosecha tardía.

Patria grande único horizonte posible

La contradicción no tiene un solo protagonista. Bolívar, San Martín y Artigas soñaron con una patria continental que no se resignara a la balcanización, y los tres, dato que rescata Ardao, proyectaron ciudades utópicas para esa nación mayor. Ninguna se construyó, pero la insistencia muestra que la fragmentación nunca fue destino natural sino derrota a revertir.

Esa vocación reaparece en Martí, en Ugarte, y con un giro propio en Leopoldo Zea, para quien la periferia no debía disculparse por pensar desde su propia circunstancia: esa era, precisamente, la primera emancipación intelectual. Reaparece también en Alberto Methol Ferré, que pensaba la clave de nuestra historia no en el enfrentamiento entre naciones vecinas sino en la disputa entre proyectos de civilización continentales. Su idea de "continente-nación"  donde una Patria Grande solo resiste si se articula como bloque y no como suma de estados solitarios que negocian por separado su subordinación.

Esa clave permite leer las disputas actuales sin mezclarlas de más: el litio es hoy una pulseada de mercado con actores múltiples, incluida China; la Amazonia involucra soberanía compartida y presión ambiental internacional; la Antártida responde a un tratado propio y también la recuperación de Malvinas por América Latina. Lo común a todo esto es la pregunta de fondo: quién decide sobre estos territorios, si quienes los habitan organizados como bloque o actores externos que los miran como insumos de su expansión. Como es posible decidir cuándo se establece como regalo de soberanía una entrega de 100.000 hectareas del sur argentino al gobierno de Israel.

La disputa ya no es solo América Latina contra Estados Unidos: es una región todavía fragmentada frente a un tablero donde compiten Washington, Beijing y capitales sin bandera fija. Pero la pregunta que Torres Caicedo se hizo en 1856 sigue siendo, en lo esencial, la misma: si la región decidirá su destino como proyecto propio o seguirá siendo la tierra que otros nombran y administran desde afuera. El nombre "América Latina" nació como autodefensa frente a un peligro concreto, no como esencia dada de antemano, es decir, nació por oposición, nació a las apuradas, nació sin permiso, nació con deudas, con persecución. Por eso la identidad latinoamericana no es una herencia dormida, sino que es una propuesta en construcción: es un proyecto que hay que sostener cada vez que la contradicción reaparece, con el nombre que sea. Doscientos años de atropellos no son doscientos cincuenta capítulos sueltos: son variaciones de la misma partitura, todavía sin final escrito, por suerte…

"América para los americanos" suena a gesto anticolonial, pero cuando Monroe decía "americanos" se refería, en los hechos, casi exclusivamente a los estadounidenses. Ahí está el gesto fundacional: no una invasión con tropas, sino una apropiación semántica. Se decide desde Washington quién puede llamarse "americano" sin apellido.
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    Eduarda Mansilla
    Eduarda Mansilla
ESTADOS UNIDOS EN DEBATE

Eduarda Mansilla: los relatos de una señora porteña en la “Yankeeland” de la Guerra de Secesión (1861 - 1865)

22 Julio 2026

Durante el s. XIX cuando en Argentina los diferentes intelectuales, hombres, pensaban su ideal de nación, algunas mujeres, sobre todo la de las grandes familias - por sus posibilidades a formarse-, buscaban los medios “apropiados” a su condición de mujeres y señoras, para infiltrar de forma sutil y enmascarada sus perspectivas sobre los acontecimientos de la época y sobre la joven nación.

Muchas de estas mujeres han sido invisibilizadas y olvidadas, por ende, no han sido estudiadas por los intelectuales del s.XX , quizás por no tener herramientas para el análisis historiográfico de la mujer, buscando nuevos métodos de estudios y haciendo análisis propios a las intervenciones intelectuales, no institucionalizadas, que nos han dejado las mujeres en la época.  Podemos pensar que dicha  omisión se debió a querer estudiar el pensamiento de las mujeres de la misma forma que el de los hombres, cuando bien sabemos que la de estos últimos ya estaban institucionalizadas y bien marcadas, mientras que la mujeres debían buscar otros medios para poder plasmar sus ideas, sin olvidar la posición que ocupaban. Más allá de esta invisibilización histórica, esto no quiere decir que no exista un pensamiento femenino sobre la conformación de la nación y los debates que se estaban llevando a cabo en la época, aunque haya sido de forma enmascarada recurriendo a la literatura, artículos, cartas o registros de sus viajes. 

Un claro ejemplo de esto fue Eduarda Mansilla, quien siendo la sobrina de Juan Manuel de Rosas, hermana de Lucio V. Mansilla y esposa del político, Manuel Rafael García Aguirre, pudo despojarse de todos estos hombres y ganar su propio nombre y respeto entre los intelectuales contemporáneos, siendo su pensamiento muy influyente en la opinión pública porteña.

Esta gran intelectual, ante todo, argentina, porque ella misma se encargó en sus escritos de eternizar ese amor por su patria, fue pionera en la publicación de literatura. En primer lugar lo hizo bajo el seudónimo “Daniel” en sus dos primeras obras; y luego ya firmando con su nombre completo y apellido de casada, fue la primera argentina en publicar en un diario francés, para los franceses en su novela, “Pablo ou la vie dans las Pampas”. Allí la intelectual se encargó de romper con todas las dicotomías que los hombres intelectuales de nuestro país habían marcado por esos años como “civilización/barbarie”; “campo, campaña/ciudad”; “Interior /Buenos Aires” “Europa/Latinoamérica”. Incluso en su obra “Recuerdos de un Viaje”, el libro que nos interesa remarcar en este trabajo, la autora es fuertemente crítica en la apropiación de los estadounidenses en el término “americanos” para referirse a ellos y dejarnos al resto del continente relegados al uso general de “hispanoamericanos”, como si nosotros no hubiéramos construido, también, a este continente. 

Raza que se da á sí misma el nombre de Americana, y no consiente en que los Latinos, que hemos formado también nuestro mundo, en este hemisferio, nos llamemos sino Hispano americanos. Intolerantes y orgullosos, como severos puritanos, los hijos de la Union no creen sino en sí mismos, y ni siquiera dan fe, ni hacen justicia, al progreso real de nuestras Repúblicas. Nosotros les llamamos, con cierta candidez, hermanos del Norte; y ellos, hasta ignoran nuestra existencia política y social”. (pág. 60, Mansilla de García, E. (1882). Recuerdos de viaje)

En los Recuerdos de un Viaje, escrito por Eduarda en 1882, la autora relata lo que ha observado analíticamente, como si se tratase de un trabajo etnográfico. Este viaje a los Estados Unidos  Eduarda lo realizó un poco antes de iniciada la Guerra de Secesión, cuando en 1860 su esposo es enviado a este país para hacer una investigación de la justicia estadounidense. En este relato que hace años posteriores, no se va a ver una observadora pasiva, sino que ella es tajante en su pensamiento y no tiene una mirada idealizada sobre el país, que muchos argentinos, buscaban replicar. Incluso, desde el inicio de su trabajo, podemos observar cómo la autora va a ser muy descriptiva en la incomodidad que le ocasionaron las costumbres de aquel país y cómo deseaba irse rápido de muchas ciudades que le tocaba visitar.

Mansilla analiza críticamente las contradicciones del estadounidense, conflictos internos, estrategias políticas, el desarrollo económico mercantilista, el rol de las mujeres, la arquitectura del país.

Además, Eduarda no va a tener tapujos en posicionarse de un lado en la guerra civil norteamericana, claramente que va a utilizar una estrategia literaria para poder posicionarse con delicadeza, con el decoro de una señora de su época, y será entonces, desde sus buenos modales desde donde Mansilla se permite opinar y posicionarse en el conflicto entre el Norte y el Sur de Estados Unidos. 

En este conflicto, Eduarda va a posicionarse con el sur, en muchos capítulos de los Recuerdos de un Viaje, la autora va a mostrarse alejada de la industrialización, el mercantilismo que observaba en el norte del país, sintiendo más cercana e identificada, con el sur agrario, estanciero, con tradiciones patricias, donde refleja los valores tradicionales. Incluso, siendo totalmente conflictivo este posicionamiento, ya que el sur era el esclavista y el norte pujaba por la abolición de la esclavitud. En este caso, Eduarda sugiere que no le parecía del todo sincero esta postura y que el norte estadounidense solamente iba a utilizar a los negros americanos estratégicamente para la destrucción del sur,  y luego dejarlos solos, como ya lo había hecho con “los dueños de la tierra”, así llamaba a los indios norteamericanos, utilizando nuevamente, su posición de mujer para encubrir su posicionamiento y manifestar pena por su pérdida.

 “Pobre Sud! Á pesar de sus faltas, del látigo cruento con que azotaba las espaldas de sus negros, era simpático. Lo compadezco y le dedico aquí un latido de mi corazón femenino” (página, 60, Mansilla de García, E. (1882). Recuerdos de viaje)

En cuanto a la sociedad y política estadounidense la autora marca que es una de los países más conservadores del mundo, seguida por su madre patria Inglaterra, y señala la vanidad del americano estadounidense, diciendo que el amor que posee el nortamericano sobre su patria se compone más de esta vanidad que de amor. (pág 74, Mansilla de García, E. (1882). Recuerdos de viaje)

Otra de las cuestiones de importancia para Eduarda Mansilla era la educación de la mujer, ya lo había expresado en otras de sus obras y esta no fue la excepción, en todo su desarrollo la autora va a dejar bien marcado su pensamiento sobre el comportamiento con poco decoro de las mujeres norteamericanas y va a ser fuertemente crítica en esto, en la falta de educación y diplomacia. 

Pero a su vez, va a mirar con admiración la conquista de las mujeres estadounidenses en cuestiones laborales pero no va a entender su búsqueda de emancipación femenina, con la influencia que tienen en la actividad pública. 

La mujer influye en la cosa pública por medios que llamaré psicológicos é indirectos. En el periodismo, véseles de frente un puesto que nada de anti- femenino tiene (...)

(...) Las mujeres tienen un medio honrado é intelectual para ganar su vida: y se emancipan así de la cruel servidumbre de la aguja. Servidumbre terrible desde la invención de la máquina de coser”. (páginas 114 . 115, Mansilla de García, E. (1882). Recuerdos de viaje)

Por último, no en los Recuerdos de un Viaje, pero sí en una carta que Eduarda escribe a uno de sus hermanos y que es publicada en un diario porteño, la autora hace hincapié en lo religioso y escribe una crítica contundente a los liberales de la época, quienes iban contra la religión dentro del Estado y es tajante en su opinión de que en esto sí deberíamos observar a Estados Unidos que podemos ver el claro ejemplo de cómo el Estado puede coexistir perfectamente con la religión sin problemas, que eso no impedía el desarrollo de la misma. Incluso, marca su deseo porque esta religión sea, aunque no necesariamente una, la católica ya que es la que corresponde a la tradición anterior de nuestra patria y la que los padres les han dado a conocer.

Se me figura que nuestros pensadores y políticos argentinos descuidan por demas un elemento social y político que nuestro modelo los americanos del Norte cultivan con especial ahinco. (...) No estoy de acuerdo con aquellos que quieren que la República no tenga religion del Estado, si bien en ésto difiero con persona que me es muy querida y cuya opinión respeto⁴⁸. (...)

(..)Antes lo dije, en los Estados Unidos vemos el catolicismo marchar á la par con las demas sectas cristianas, sin que por eso peligren allí ni las libertades políticas, ni el espíritu de progreso, las ciencias y las artes siguen el impulso que les imprimen la prosperidad nacional. El catolicismo es allí, lo que debe ser entre nosotros, una base para la moral, una pauta, una pendiente suave sin la cual no es posible formar naciones grandes y sobre todo naciones libres. Dicen los liberales de pacotilla, esos arengadores de feria, que el catolicismo conduce fatalmente al despotismo y olvidan que nada facilita y encamina á la opresion como la anarquía. Los incrédulos son ateos, los ateos son materialistas y los materialistas no creen, no comprenden, sino el bienestar personal, el goce del yo; dadles pan y circo⁵¹ y ya os llameis César ó Napoleon los tendreis contentos. (...)”.

Boulogne Sur Mer, Agosto 28 de 1873.  (1873, Número 37, Diario El Americano)

Este fue un breve resumen de lo enriquecedora que es la obra de la intelectual Eduarda Mansilla, muchas veces olvidada, y recuperada recién en 1994.  Esta mujer con sus textos literarios y este relato exquisito que hace de la Estados Unidos, que ha podido observar en su privilegio de señora, en los lugares más importantes de la política norteamericana, nos da una perspectiva femenina porteña de la época sobre el imperio norteamericano que estaba emergiendo en una disputa civil interna, dándonos una Eduarda mucho más suelta en su opinión y observación, pudiendo tener un panorama general de lo que se estaba constituyendo políticamente, económicamente y socialmente en el país del norte del continente. La autora se despoja de idealizaciones, incluso muchas veces siendo contundente en su crítica, utiliza el decoro femenino para permitirse ciertas indulgencias y hace un análisis exhaustivo del periodo, marcando también cuáles son sus pensamientos. Es totalmente relevante tener en  cuenta este tipo de lectura y recuperar  a una autora que no se queda por debajo de ningún autor que haya escrito en la época sobre viajes y la observación directa de la cultura que visitaba.

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ESTADOS UNIDOS EN DEBATE

¿Qué fue el Plan Cóndor en América Latina?

22 Julio 2026

El Plan Cóndor funcionó como un engranaje continental de terror ejecutado en simultáneo por las fuerzas de seguridad de los Estados nacionales. Este sistema transnacional eliminó las fronteras para perseguir y capturar a ciudadanos considerados "enemigos internos" bajo doctrinas de control externo.

Origen y formalización del Plan Cóndor

El Plan Cóndor surgió por iniciativa del general chileno Augusto Pinochet y quedó formalizado el 25 de noviembre de 1975 en Santiago de Chile, durante una reunión de jefes de inteligencia militar.

La operación fue coordinada por las dictaduras cívico-militares de América del Sur. Entre sus principales impulsores se destacaron: Augusto Pinochet (Chile); Jorge Rafael Videla (Argentina); Alfredo Stroessner (Paraguay); Hugo Banzer (Bolivia); y Juan María Bordaberry (Uruguay)

Apoyo estadounidense al Plan Cóndor

Henry Kissinger, Secretario de Estado de Estados Unidos entre 1969 y 1977, fue uno de los principales funcionarios estadounidenses que respaldó y legitimó el Plan Cóndor.

Respaldo político: durante los gobiernos de Richard Nixon y Gerald Ford, la administración estadounidense apoyó a las dictaduras sudamericanas.

Asistencia operativa: documentos desclasificados señalan el aporte de asistencia técnica, inteligencia logística y apoyo estratégico.

Marco ideológico: estas acciones se inscribieron en la Doctrina de la Seguridad Nacional, orientada a frenar el avance de la izquierda en América Latina.

Trampa regional: Huir a un país vecino significaba caer en otra dictadura igual de sangrienta.

Estrategia geopolítica: Se utilizó la Doctrina de Seguridad Nacional para blindar fronteras ideológicas.

Paradoja histórica: Bajo esta lógica represiva, los próceres de la Revolución de Mayo habrían sido tildados de subversivos.

La Dictadura Militar en el Cine y la Literatura

La narrativa literaria y cinematográfica es un puente indispensable para interrogar la memoria colectiva y sanar las heridas del pasado. Diferentes obras artísticas permiten a las nuevas generaciones asomarse al abismo de la última dictadura de una forma conmovedora.

La historia oficial: Película emblemática donde los actores Norma Aleandro y Patricio Contreras demuestran cómo la literatura y la historia se encuentran.

El mar y la serpiente: Novela de Paula Bombara cuya prosa profunda transforma el aula en un espacio de debate sobre la memoria.

El Miedo de Washington y el Despertar Revolucionario

El temor de los Estados Unidos al contagio ideológico en la región transformó por completo la política de control sobre América Latina. Washington veía en cualquier proyecto de soberanía una amenaza directa a su hegemonía continental.

El origen del cambio: Ernesto "Che" Guevara recorrió el continente en motocicleta y fue testigo directo de la explotación de la clase trabajadora.

El detonante: Al unirse a Fidel Castro, demostraron que una pequeña isla ocupada podía gestar una revolución exitosa.

El Desafío de la Educación y la Memoria Histórica

El objetivo de la educación actual es encender la chispa para que los estudiantes investiguen, comprendan y cuestionen las estructuras de poder. Frente a los intentos históricos de someter la voluntad, la palabra escrita y la conciencia siguen siendo un refugio invencible. La memoria no es una fecha fija en el calendario, sino el acto de rebeldía más potente para recuperar nuestra propia voz.

*La autora es profesora de Literatura

La narrativa literaria y cinematográfica es un puente indispensable para interrogar la memoria colectiva y sanar las heridas del pasado. Diferentes obras artísticas permiten a las nuevas generaciones asomarse al abismo de la última dictadura de una forma conmovedora.
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    Evita
ESTADOS UNIDOS EN DEBATE

Eva Perón contra los Estados Unidos

22 Julio 2026

"La señora de Perón, una fanática, podría volverse comunista”. Esto fue sostenido por los informes de la embajada norteamericana en Buenos Aites. En vísperas del Cabildo Abierto del Justicialismo, del 22 de agosto de 1951, donde se definiría la candidatura de Perón como presidente y de Evita acompañándolo como vicepresidenta, los norteamericanos seguían, con preocupación, los acontecimientos.

En 1951, despejada la cláusula constitucional restrictiva para la reelección presidencial consecutiva, la postulación de Perón para un segundo mandato era segura.

Desactivada desde el oficialismo nacional la eventualidad de una candidatura del gobernador bonaerense Domingo Mercante parecía que todo apuntaba a que Evita acompañase a su marido en el binomio presidencial de las elecciones del 11 de noviembre de 1951.

Según Isidoro Gilbert en El oro de Moscú (1994), refirió que el inicio de relaciones diplomáticos con la ex URSS fue fundamental el rol de Evita.

Ese dato también lo tuvieron los norteamericanos, de allí su desconfianza con la primera dama argentina. Así lo testimonió Edward Miller, Secretario Adjunto del Departamento de Estado, en un parte fechado el 3 de marzo de 1950, por parte de la embajada yanqui, señaló: "(Evita) expresó su odio irreversible, profundo y corrosivo hacia "la oligarquía", un grupo que, según ella, consideraba que los descamisados eran basura, y que los habían mantenido en la opresión".

Thomas Maleady, Primer secretario de la embajada, refirió de ella que: “alternaba entre un feminismo interesante, un olfato político elemental, la conciencia que tiene de su dominio sobre los partidarios de su marido y su deseo de ser la (primera) dama y al mismo tempo la jefa política femenina".

Y advirtió a sus superiores: "La propia señora de Perón afirmó, para demostrar su fanatismo, que ni ella ni su marido ni sus partidarios son comunistas, pero si les presentaba la alternativa entre el regreso de la oligarquía al poder y entregar el país a los comunistas no se dudaría un segundo en elegir este último camino".

¡Para los diplomáticos norteamericanos, Eva Perón era su enemigo!

No era la candidata más confiable para los intereses del Norte, ya preocupados por Perón, según lo detallado en el informe del 13 de mayo de 1949, por la Tercera Posición; por su visión crítica sobre el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR); por la actividad creciente del Instituto Argentino de Promoción Industrial (IAPI); su negativa a incorporarse al Fondo Monetario Internacional; la situación de sus empresas (Ford, General Motors, Case, International Harvester, General Electric, Westinghouse, Firestone y Goodyear), y en particular sus frigoríficos, con relación a las restricciones en el comercio exterior; y, en especial, por lo estipulado en el artículo 40 de la Constitución Nacional de 1949, temiendo, según ellos, “la confiscación total de personas o compañías norteamericanas”.

Impulsada la candidatura del matrimonio presidencial a principios de agosto de 1951 por la Confederación General del Trabajo, y acompañada por el Partido Peronista Masculino y el Femenino, ésta tenía que sortear varios obstáculos.

Según el excanciller Hipólito Paz en sus memorias: "La candidatura no era políticamente viable. Lo confirma un diálogo de Perón con el embajador de Brasil, Joao Batista Luzardo, enviado de Getulio Vargas" y con el periodista brasileño Gerardo Rocha, que luego reprodujo La Nación. En ambos caso Perón Expresó su negativa a que tal candidatura fructificase.

El diálogo entre Evita y su pueblo el 22 de agosto fue más que elocuentes para presagiar tempestades...

Un informe norteamericano del 24 de agosto de 1951 afirmó: “Se oficializa la boleta Perón – Perón en una concentración de la CGT realizada el 22 de agosto. El Consejo del Partido Peronista la proclama formalmente esa misma noche... Perón aceptó en los inicios de su discurso mientras que Evita se hizo la modesta y se dejó convencer luego de hacerse rogar melodramáticamente durante 20 minutos".

Y acotó John C. Pool, Primer Secretario de embajada: “La aceptación de Evita es un desafío al Ejército y al resto de la oposición".

El 30 de ese mes el mismo Pool, en otro informe, agrega: "¿Evita será candidata a vice?... se dice que Perón ha afirmado ante periodistas brasileños que su esposa no será candidata ya que su edad y otras consideraciones no sería constitucional".

Esto se reafirmó en otro parte del 6 de septiembre: "Evita contesta la pregunta de los 64 dólares: "He decidido no presentar mi candidatura". En una emisión radiofónica especial realizada el 31 de agosto se autoexcluye de la candidatura a vicepresidente afirmando que no aspira a ningún honor. Sólo desea trabajar. Esto parece poner en evidencia que el poder de la CGT había sido sobreestimado. Asimismo, Perón habría recibido sugerencias "amistosas" de oficiales que fueron sus camaradas en épocas del GOU para que le recorte las alas a su esposa. Se comenta que Evita está furiosa. El Partido nombró formalmente a Quijano candidato a vicepresidente...".

Los EE. UU y el resto del marco opositor respiraron aliviados ante su renuncia del 31 de agosto. No tuvo sentido la intentona golpista del general Menéndez del 27 de septiembre, ya que la renuncia de Evita desactivó los apoyos civiles a dicho golpe.

A pesar del cáncer, la supuesta compra de armas y los furiosos discursos finales fueron su canto del cisne.

Ella fue peligrosa para los intereses yanquis, pues la veían como "símbolo de la revolución", siendo "la personificación de la nueva mujer, libre y sin trabas", tal como detallan en un informe del 10 de agosto de 1952, posterior a su muerte.

*Politólogo; Secretario General del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.

Thomas Maleady, Primer secretario de la embajada, refirió de ella que: “alternaba entre un feminismo interesante, un olfato político elemental, la conciencia que tiene de su dominio sobre los partidarios de su marido y su deseo de ser la (primera) dama y al mismo tempo la jefa política femenina".
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    Selección Ezeiza

Conducir no es apropiarse: lo que el método Scaloni le enseña al liderazgo argentino

22 Julio 2026

El Mundial nos dejó una derrota y una revelación. La derrota duele y pasará. La revelación incómoda y debería quedarse: los argentinos sí creemos en el liderazgo. Lo que dejamos de creer es en los liderazgos que tenemos. Cuando la Selección volvió sin la Copa, el país la recibió con un “gracias” de 150 metros pintado en la pista de Ezeiza. Ningún dirigente político, judicial o empresario de la Argentina contemporánea podría aspirar hoy a ese recibimiento, ni siquiera ganando.

En Datacivis medimos ese contraste. La confianza en la Justicia promedia 2,5 puntos sobre 10 y acumula 64% de imagen negativa. El Congreso registra 70,7% de opiniones negativas; los partidos, 59,8% de desconfianza; los empresarios, 62,2% de valoración negativa. Nuestro Mapa del Hartazgo lo resume en una cifra: 71,2% del electorado reclama un cambio de paradigma de gestión, y entre 40 y 50% del padrón ya no tiene expectativa política tangible. No es apatía: es un duelo institucional. La clase media productiva repite en las seis regiones del país el mismo argumento —“soporté el ajuste, pero el derrame nunca llegó”— y se repliega en un individualismo de supervivencia.

Frente a ese paisaje, el ciclo Scaloni funciona como experimento natural de otra forma de conducir. Sus rasgos son conocidos y, sin embargo, exóticos para nuestra vida pública: perfil bajo, gestión de egos al servicio del colectivo, mérito antes que lealtad, decisiones impopulares explicadas con honestidad, y una regla de oro que nuestra dirigencia viola a diario: el conductor no se apropia del resultado. Cuando le preguntaron por su futuro tras la final, Scaloni no culpó al árbitro ni a la cancha: se quebró, agradeció y dijo que necesitaba pensar. Esa vulnerabilidad administrada —hacerse cargo— es exactamente lo que la sociedad no encuentra en tribunales que se perciben como factor político, en un empresariado asociado al privilegio antes que al riesgo, y en una política que confunde conducción con propiedad.

La evidencia de escucha social es quirúrgica en este punto. La misma semana en que el país agradecía a los jugadores, el intento oficial de capitalizar el fenómeno se desplomó a un sentimiento neto de −72: la ciudadanía distingue en horas entre quien encarna un valor y quien intenta apropiárselo. Y no es casual que la única institución que atraviesa con confianza intacta las seis regiones del hartazgo sea la universidad pública: como la Selección, condensa esfuerzo, mérito y futuro intergeneracional — los tres valores que nuestro informe identifica como los más violentados de la Argentina actual.
¿Quiénes liderarán entonces el día a día que viene? Los que ya lo hacen sin título de líder: los gobernadores e intendentes que operan como escudo de sus comunidades, los docentes y médicos que sostienen lo público, las pymes que arriesgan sin red. El método Scaloni no es una épica futbolera: es un estándar de gestión verificable — conducir equipos, no hinchadas propias; construir procesos, no personalismos; irse a tiempo, no atornillarse. La ventana para 2027 no la abrirá quien se ponga la camiseta en la foto, sino quien se anime a dirigir como Scaloni condujo: con la humildad del que sabe que el resultado es de todos, y la responsabilidad del que igual da la cara cuando no alcanza.

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    Mundial 2026
    Mundial 2026

Lágrimas, memes y el doblete de España: todo lo que hay que saber sobre el mayor torneo de fútbol de 2026

22 Julio 2026

Todo gran torneo deja tras de sí historias que perduran más allá del resultado final. Este Campeonato del Mundo no ha sido una excepción, ya que nos ha dejado momentos dramáticos inolvidables, celebraciones emblemáticas y récords de los que se seguirá hablando durante años. Junto con 1xBet, los aficionados han vivido cada momento, y ahora es el momento de repasar los momentos más destacados del torneo.

Un emocionante partido inaugural

La tensión del partido inaugural del torneo, entre México y Sudáfrica, fue tan intensa que el árbitro se vio obligado a mostrar tres tarjetas rojas. Este encuentro se convirtió en el séptimo de la historia del Campeonato del Mundo en el que se expulsó a tres o más jugadores, y el primero en un partido inaugural.

Noruega nos ofrece el mejor espectáculo de aficionados y regala al mundo un icono de los memes

El “Viking Row” se ha convertido en un sello distintivo de los seguidores de la selección nacional de Noruega y se ha extendido más allá de los estadios: un flash mob que imita el remo ha invadido Times Square, las zonas de aficionados de todo el mundo e incluso el Parlamento noruego. Los jugadores también se han sumado a la iniciativa, tras su victoria sobre Brasil en octavos de final, Erling Haaland cogió un tambor y celebró el triunfo al más puro estilo noruego junto a miles de aficionados.

El delantero noruego también se ha convertido en toda una sensación en TikTok e Instagram. Su “modo vikingo” y sus divertidas expresiones faciales han dado mucho que hablar en todo el mundo y, gracias a su llamativa colección de bolsos, Erling ha sido nombrado uno de los principales iconos de la moda del mundo del fútbol en América.

Un portero de 40 años se convierte en el ídolo de millones de personas

Vozinha desempeñó un papel clave en el histórico pase de Cabo Verde a la fase eliminatoria y realizó una serie de paradas espectaculares en los partidos contra España y Argentina, ganándose el respeto de Lionel Messi. La actuación del portero impresionó tanto al mundo que sus seguidores en Instagram se dispararon de 50 000 a casi 30 millones.

“Purga” masiva de entrenadores

Marcelo Bielsa, Javier Aguirre, Sebastián Beccacece, Roberto Martínez y Ronald Koeman dimitieron de sus cargos inmediatamente después de que finalizara el torneo. Un tercio de los equipos participantes en la competición han cambiado de seleccionador en el último mes, mientras que la selección de Túnez lo ha hecho dos veces, Sabri Lamouchi fue destituido tras una abultada derrota ante Suecia en su primer partido, y Hervé Renard abandonó las Águilas de Cartago tras solo dos partidos en el torneo mundialista.

Un nuevo capítulo en la rivalidad entre Argentina e Inglaterra

El enfrentamiento de semifinales entre ambos equipos se saldó con una dramática victoria por 2-1 de La albiceleste, que trajo a la memoria el espectacular gol de Diego Maradona y la “Mano de Dios”, así como la expulsión de David Beckham en 1998. Además, la participación de Giuliano Simeone, hijo de Diego Simeone, añadió un toque simbólico adicional al duelo.

Las lágrimas de Ronaldo y la despedida de las leyendas

Una casa de apuestas ofreció a los aficionados la oportunidad de apostar sobre si Cristiano Ronaldo lloraría durante o después de uno de los partidos del torneo. Tras la derrota de Portugal ante España en octavos de final, se desató un acalorado debate: algunos afirmaban que el jugador había llorado, mientras que otros señalaban la falta de imágenes claras que lo confirmaran. Al final, estos últimos se impusieron en la disputa, ya que el astro portugués no pudo contener sus emociones.

El mundo también fue testigo de las lágrimas de Lionel Messi y Neymar; para ellos, la competición celebrada en Estados Unidos probablemente fue el último torneo mundial de sus carreras. Sus lágrimas no solo son un reflejo de sus emociones, sino también un símbolo de un cambio generacional en el fútbol.

Una final histórica

La final del torneo fue especial por varias razones. En primer lugar, España repitió el éxito de 2010, volviendo a proclamarse campeona del mundo y de Europa.

En segundo lugar, durante el descanso tuvo lugar el primer espectáculo oficial del descanso en la historia del Mundial de fútbol. Este reunió a varias estrellas de la música a la vez: Madonna, BTS, Justin Bieber, Burna Boy y Shakira, que actuó en el torneo más importante del mundo por cuarta vez en su carrera. La cantante ha superado así a su expareja, Gerard Piqué, que ha participado en tres Mundiales.

La final también tuvo su toque de magia. Tras el partido, los usuarios de las redes sociales se dieron cuenta de una coincidencia extraordinaria. Messi llevaba el dorsal número 19 cuando se tomó su famosa foto con el pequeño Lamine Yamal. Y, exactamente 19 años después, se enfrentaron en el campo, en un partido que se disputó el 19 de julio. Además, Yamal tiene ahora 19 años, y hay exactamente 19 días de diferencia entre los cumpleaños de ambos jugadores.

Puede que el torneo más importante haya terminado, pero la temporada de fútbol acaba de empezar. Nos esperan emocionantes enfrentamientos en las competiciones nacionales, así que sigue animando a tus equipos favoritos con 1xBet y forma parte del próximo capítulo de la historia del fútbol.

 

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    Escrache a Bullrich_Pablo Grillo_legislativas Octubre 2025_Noelia Guevara
    Foto: Noelia Guevara

La familia Grillo denuncia intento de encubrimiento de las fuerzas de seguridad

22 Julio 2026

A más de un año de la represión del 12 de marzo de 2025, los familiares del fotoperiodista Pablo Grillo aseguran que Gendarmería y la Policía Federal omitieron información clave de los registros oficiales. Se “omitió de manera insólita la hora exacta del ataque en sus reportes”, expresaron los allegados del joven a través de un comunicado. Denuncian un posible intento de encubrimiento y reclaman que se investiguen las responsabilidades políticas y de la cadena de mando.

El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) y los allegados de Grillo, gravemente por un gendarme, publicaron el viernes pasado distintos documentos informando acerca del estado actual de la causa que lleva adelante la jueza federal María Servini de Cubría. La familia sostiene que se están ocultando comunicaciones y registros, y cuestionan abiertamente el posible encubrimiento.

La misiva de la familia expresa un profundo malestar por la falta de claridad en la investigación judicial. En este contexto, hacen un llamado a la solidaridad ciudadana y mantienen la convicción de que, pese a los obstáculos, el esclarecimiento de los hechos es posible. El comunicado concluye con una firmeza: “El que nada teme nada oculta”, en un claro desafío a las autoridades para que actúen con honestidad y permitan que la justicia siga su curso. Por último, afirman que el fotógrafo está mejorando, a pesar del dolor. 

Por otra parte, el documento del CELS ofrece una detallada cronología del caso. Recuerda que el 12 de marzo de 2025, Pablo Grillo, fotorreportero de 40 años, se encontraba cubriendo una manifestación de jubilados frente al Congreso Nacional cuando recibió el impacto de una granada de gas lacrimógeno disparada por un gendarme. El proyectil impactó en la parte frontal de su cabeza, provocándole fractura de cráneo, hematomas subdurales y pérdida de masa encefálica.

La represión comenzó una hora antes del inicio de la protesta, sin que se registraran actos de violencia por parte de los manifestantes. El accionar se justificó bajo el “Protocolo antipiquetes” (Resolución 943/23), cuestionado por su inconstitucionalidad. Las pericias determinaron que las lesiones pusieron “real y concretamente” en peligro la vida del joven, que permaneció casi tres meses en terapia intensiva y continúa en rehabilitación con pronóstico reservado. 

La investigación judicial, que ya lleva más de un año, logró identificar al responsable material del disparo: el cabo primero Héctor Jesús Guerrero. La familia de Grillo se presentó como querellante con el patrocinio de la Liga Argentina por los Derechos Humanos y el CELS. Además, se logró establecer que Guerrero efectuó al menos seis disparos en ángulo horizontal y en dirección a manifestantes, práctica terminantemente prohibida por los protocolos nacionales e internacionales.

Las pericias balísticas y audiovisuales determinaron que el disparo que impactó a Grillo viajó a 280 km/h en trayectoria recta, descartando la versión oficial de un supuesto rebote. No obstante, la pesquisa administrativa interna de Gendarmería cerró el caso sin reproches disciplinarios en tiempo récord, responsabilizando a la víctima y construyendo una narrativa corporativa para garantizar la impunidad de sus efectivos. 

En octubre de 2025, la jueza Servini procesó a Guerrero por lesiones gravísimas y abuso de armas reiterado en cinco oportunidades, imponiéndole un embargo y la prohibición de salida del país. La Cámara Federal de Apelaciones confirmó el fallo por unanimidad en diciembre, destacando que los disparos fueron deliberados y que Guerrero conocía plenamente la peligrosidad de su conducta. En su voto, el magistrado Roberto Boico enfatizó que el derecho a la protesta es central para la democracia y que el Estado debe protegerlo, no reprimirlo. 

En la actualidad, la causa se encamina a juicio oral, mientras la querella insiste en investigar a la cadena de mando, incluyendo a la entonces ministra Patricia Bullrich, y en esclarecer las irregularidades en la entrega de pruebas audiovisuales por parte de Gendarmería y la Policía Federal.

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    Represión a los jubilados e hinchas, barras_Noelia Guevara_12.03.2025
    Foto: Noelia Guevara

El gobierno de Javier Milei y el costo millonario de reprimir jubilados durante 2025

22 Julio 2026

El Gobierno de Javier Milei destinó más de 2.000 millones de pesos a los operativos de seguridad desplegados durante las movilizaciones de jubilados que, cada miércoles, se concentran frente al Congreso de la Nación durante 2025 para reclamar una mejora en sus ingresos. El dato surge de un informe elaborado por el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) a partir de información oficial proporcionada por el Ministerio de Seguridad, a cargo de Alejandra Monteoliva. En paralelo, el Gobierno nacional profundizó el ajuste sobre jubilaciones, salarios, educación y salud pública.

El relevamiento indicó que las fuerzas federales participaron de 43 operativos entre enero y diciembre, con un promedio de 915 efectivos por jornada. En esas intervenciones actuaron integrantes de Gendarmería Nacional, la Policía Federal y la Prefectura Naval. De acuerdo con la información oficial, cada operativo demandó un gasto promedio de $48.535.094, cifra que contempló combustible y equipamiento. Sin embargo, el CELS sostiene que el monto informado no refleja el costo total de los despliegues.

Además, el CELS explicó que “el calculó queda muy por debajo del costo real si se agregan, entre otros gastos, las horas de servicio obligatorio y los adicionales de los cerca de 40 mil efectivos desplegados”, que el Ministerio no informó. Consultados por AGENCIA PACO URONDO sobre este punto, desde el organismo expresaron que, ante los dos pedidos de acceso a la información pública que llevaron a cabo, sólo respondió sobre la cantidad de efectivos y costos de cada operativo, excluyendo la discriminación de costos de personal, vehículos, equipos, logística y otros gastos asociados -como combustible- y por fuerza, ya sea uniformados, carros hidrantes, motos y móviles desplegados.

El relevamiento identificó al 12 de marzo de 2025 como la jornada con mayor despliegue de recursos, es decir, el más costoso. Ese día participaron 1.266 efectivos. Durante la represión resultó gravemente herido el fotoperiodista Pablo Grillo tras el impacto de una granada de gas lacrimógeno. La causa judicial por el hecho mantiene procesado al gendarme Héctor Guerrero, acusado de “lesiones gravísimas agravadas por abuso de su función” y “abuso de armas agravado”, y también busca determinar las responsabilidades dentro de la cadena de mando.

Según plantea el organismo, 28 de las 43 manifestaciones terminaron con represión. Las organizaciones que monitorearon las protestas registraron 149 detenciones consideradas arbitrarias y, al menos, 501 personas heridas, con lesiones provocadas por balas de goma, gas pimienta, gases lacrimógenos y camiones hidrantes. Como contraparte, apenas cuatro son los efectivos de fuerzas de seguridad procesados por su accionar: el mencionado Guerrero; el prefecto Sebastián Martínez, como autor del disparo que le provocó a Jonathan Navarro la pérdida de la visión de su ojo izquierdo; el inspector de la Policía Federal, Nicolás Céspedez, por las lesiones a Beatriz Blanco, jubilada a quien empujó frente al Congreso -los tres hechos durante el 12 de marzo de 2015-; y el policía de la Federal Cristian Rivaldi, quien le arrojó gas pimienta a una nena de 10 años el 11 de septiembre de 2024.

En sus conclusiones, el CELS cuestionó la política oficial frente a las manifestaciones. “El gobierno no garantiza el derecho a la protesta social. Aborda el conflicto, no como algo propio de las democracias, sino como un problema de seguridad, al que responde con un despliegue descomunal de recursos. Cada miércoles destina cientos de efectivos para reprimir a jubiladas, jubilados y quienes los apoyan”.

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    Braden o Perón
ESTADOS UNIDOS EN DEBATE

Alineamiento o autonomía: breve historia de las relaciones entre Estados Unidos y la Argentina

22 Julio 2026

En este artículo se propone una síntesis de la relación entre Argentina y Estados Unidos a partir de seis grandes etapas históricas: 1776-1824, marcada por el comercio, las primeras relaciones diplomáticas y la inspiración constitucional; 1824-1889, caracterizada por la expansión continental de Estados Unidos, su creciente proyección hemisférica y el choque de ideas entre quienes concebían al país del norte como un modelo y quienes lo consideraban una amenaza; 1889-1946, signada por el panamericanismo, las guerras mundiales y las primeras formas sistemáticas de injerencia; 1946-1983, atravesada por el peronismo, el desarrollismo y la Doctrina de la Seguridad Nacional; 1983-2026, definida por el neoliberalismo, el endeudamiento y nuevas modalidades de influencia; y, finalmente, 2026-2050, una etapa de carácter prospectivo que invita a repensar el vínculo con Estados Unidos, no desde la lógica de la subordinación, sino a partir de una estrategia basada en la autonomía nacional, la integración latinoamericana y la geopolítica multipolar.

Las imágenes de la tradicional recepción organizada por la embajada de Estados Unidos para conmemorar el 4 de julio dejaron una postal elocuente del momento político argentino. La celebración tuvo este año un simbolismo especial, al cumplirse 250 años de la independencia de la potencia norteamericana, pero también ofreció una fotografía difícil de ignorar: una parte sustantiva de la dirigencia política, judicial, mediática y empresarial argentina rindiendo pleitesía en la sede diplomática de la principal potencia mundial.

Entre los invitados, naturalmente, sobresalía la plana mayor del gobierno de Javier Milei, encabezada por el propio Presidente. También asistieron gobernadores aliados, jueces, empresarios y reconocidos periodistas. Nada demasiado novedoso: la imagen de las élites locales buscando exhibir cercanía con el poder estadounidense forma parte de una larga tradición de subordinación política y cultural. Lo llamativo, en todo caso, es el entusiasmo con que el oficialismo convierte esa dependencia en un motivo de orgullo y la exhibe sin el menor pudor como una definición explícita de política exterior. Sin embargo, este episodio no constituye una anomalía, sino un nuevo capítulo de una relación histórica mucho más extensa y compleja. Para comprender el significado político de este tipo de gestos resulta necesario situarlos en una perspectiva de larga duración y examinar las distintas formas que ha asumido la influencia estadounidense sobre la Argentina.

1776-1824. Comercio, relaciones diplomáticas e inspiración constitucional

El año 1776 marcó el inicio de dos procesos históricos que, con el tiempo, darían lugar a una relación cada vez más asimétrica entre los actuales Estados Unidos y la Argentina. Mientras las Trece Colonias proclamaban su independencia de Gran Bretaña y adoptaban el nombre de Estados Unidos de América, la Corona española creaba el Virreinato del Río de la Plata con el objetivo de fortalecer el control de sus dominios australes frente al avance portugués y británico. Se trataba de dos realidades políticas muy diferentes: una república naciente fundada sobre principios ilustrados y una colonia integrada a una monarquía europea en decadencia.

Los primeros vínculos entre ambas regiones fueron indirectos. Durante la Guerra de Independencia estadounidense (1775-1783), España combatió contra Gran Bretaña y, aunque nunca estableció una alianza formal con los insurgentes ni reconoció inicialmente su independencia, su participación militar contribuyó al triunfo de la causa norteamericana. Los recursos del imperio español, incluido el comercio atlántico en el que participaba el Río de la Plata, formaron parte del esfuerzo bélico que debilitó a la potencia británica.

Concluido el conflicto, comenzó un lento acercamiento comercial. Las guerras europeas de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX alteraron las rutas tradicionales del comercio atlántico, favoreciendo la expansión de la marina mercante estadounidense. Aunque el monopolio comercial español limitaba los intercambios, durante la década de 1780 empezaron a arribar a Buenos Aires embarcaciones norteamericanas, muchas veces a través de intermediarios portugueses o británicos. Hacia fines del siglo ya eran frecuentes las escalas de buques estadounidenses interesados en los cueros, el sebo y otros productos rioplatenses obtenidos gracias a un extendido contrabando en el Río de la Plata.

Las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807 aceleraron este proceso. Mientras Gran Bretaña intentaba incorporar esta región a su esfera de influencia, los comerciantes estadounidenses mantuvieron una posición de neutralidad y aprovecharon la creciente apertura comercial derivada de la crisis del sistema colonial a partir de 1810. La apertura de los puertos decretada por los gobiernos revolucionarios incrementó significativamente el intercambio bilateral. Buques estadounidenses comenzaron a transportar con regularidad manufacturas hacia Buenos Aires y a regresar con productos ganaderos destinados a los mercados internacionales.

La Revolución de Mayo despertó un creciente interés en Washington. Comerciantes, agentes consulares y viajeros estadounidenses comenzaron a remitir informes periódicos sobre la evolución política del Río de la Plata. Sin embargo, el gobierno de James Madison adoptó una actitud de prudencia y evitó reconocer a las nuevas autoridades revolucionarias mientras subsistiera la posibilidad de una restauración del dominio español. En una temprana muestra del pragmatismo que caracterizaría a la diplomacia estadounidense, Washington procuró preservar simultáneamente sus relaciones con España y los crecientes intereses comerciales que comenzaba a desarrollar en la región.

En esos años también arribó al Río de la Plata Joel Roberts Poinsett (1779-1851), uno de los primeros agentes estadounidenses que recorrieron las regiones insurgentes de Hispanoamérica para evaluar su situación política, económica y comercial. Aunque su paso por Buenos Aires fue breve y tuvo escasa incidencia en los acontecimientos locales, su posterior actuación en Chile y, especialmente, en México reveló una modalidad de intervención diplomática orientada a influir en los asuntos internos de las nuevas repúblicas. Por ello, Poinsett suele ser considerado uno de los primeros exponentes de una tradición intervencionista de la política exterior estadounidense en América Latina.

La Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en 1816 no modificó inmediatamente la posición oficial de Washington. Estados Unidos continuó observando con cautela la evolución de las guerras de independencia hasta que la derrota española pareció irreversible. Recién en 1822 el gobierno estadounidense decidió reconocer a las nuevas repúblicas hispanoamericanas, y en 1823 extendió ese reconocimiento a las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Ese mismo año, el presidente James Monroe formuló la célebre Doctrina Monroe, que proclamaba la oposición de Estados Unidos a nuevas intervenciones coloniales europeas en América. Presentada como una defensa de la independencia del continente, la doctrina inauguró también una concepción del hemisferio occidental como esfera de interés estratégico estadounidense, que con el paso del tiempo tendría profundas consecuencias para las relaciones con América Latina.

Cabe destacar que la experiencia constitucional estadounidense fue conocida y seguida con interés por varios dirigentes rioplatenses. Figuras como Manuel Belgrano, Manuel Dorrego, Mariano Moreno y Bernardo de Monteagudo estudiaron la organización política de la nueva república y valoraron aspectos como el federalismo, la división de poderes y el sistema representativo. Sin embargo, su influencia fue relativamente limitada. El pensamiento político de la Revolución de Mayo se nutrió mucho más de la Ilustración francesa e hispanoamericana, del liberalismo español plasmado en la Constitución de Cádiz de 1812 y de la tradición constitucional británica. En consecuencia, el modelo estadounidense constituyó una referencia importante, aunque nunca predominante, en los debates institucionales que acompañaron el proceso de independencia rioplatense.

Así concluía una primera etapa caracterizada por el predominio del comercio, los contactos diplomáticos iniciales y la mutua observación entre dos países que habían surgido de procesos independentistas. En 1824, con el establecimiento formal de relaciones diplomáticas, se abriría un nuevo capítulo en una relación que, con el correr de las décadas, adquiriría una creciente importancia política, económica y geopolítica.

1824-1889. Expansión continental, reposicionamiento y choque de ideas

Tras el establecimiento de relaciones diplomáticas entre las Provincias Unidas y los Estados Unidos en 1824, el vínculo bilateral atravesó varias décadas de escasa intensidad política. Durante buena parte del siglo XIX, las prioridades estratégicas de Washington estuvieron concentradas en la consolidación de su propio Estado nacional y en la expansión sobre el territorio norteamericano, mientras que Argentina fue gradualmente quedando subsumida bajo la órbita económica y financiera de Gran Bretaña, en especial a partir de 1852 tras la caída de Juan Manuel de Rosas.

En esos años, Estados Unidos experimentó una extraordinaria expansión territorial. La compra de Luisiana a Francia en 1803 había duplicado su superficie; la incorporación de Florida en 1819, la anexión de Texas en 1845, la guerra contra México (1846-1848), que culminó con la cesión de California, Nuevo México y vastos territorios del sudoeste, y la adquisición de Alaska en 1867 fueron configurando un Estado de dimensiones continentales. Paralelamente, la conquista del llamado Far West implicó el desplazamiento forzoso, las guerras y el exterminio de numerosos pueblos indígenas, proceso legitimado por la doctrina del Destino Manifiesto, según la cual la expansión estadounidense constituía una misión providencial destinada a llevar la civilización al continente (y luego al mundo).

Esa formidable expansión territorial absorbió buena parte de las energías del gobierno federal. A ello se sumó la Guerra Civil (1861-1865), el conflicto más sangriento de la historia estadounidense, que enfrentó a la Unión y la Confederación en torno a la esclavitud, el modelo económico y la organización del Estado federal. Durante esos años, la política exterior estadounidense quedó en un segundo plano, permitiendo que otras potencias, especialmente Gran Bretaña, consolidaran su influencia en América del Sur.

En el Río de la Plata, efectivamente, la presencia británica resultó mucho más determinante que la estadounidense. Tras la independencia, Londres se convirtió en el principal socio comercial, inversor y acreedor de la Argentina. A partir de la organización nacional iniciada en 1853 y, sobre todo, luego de la unificación política de 1861 bajo la égida de Bartolomé Mitre, el modelo agroexportador argentino quedó estrechamente articulado con la economía británica mediante el comercio de carnes, lanas y cereales, las inversiones ferroviarias, los bancos, los seguros, los puertos y los empréstitos externos. Durante estas décadas, la influencia de Washington sobre la política argentina fue comparativamente reducida.

En paralelo, distintos líderes latinoamericanos impulsaron proyectos de unidad continental con un espíritu muy diferente al que posteriormente caracterizaría al panamericanismo estadounidense. El Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, convocado por Simón Bolívar, buscó constituir una confederación de las nuevas repúblicas americanas capaz de coordinar su defensa, fortalecer su independencia y actuar conjuntamente frente a las potencias extranjeras. Estados Unidos fue invitado, aunque llegó tarde y con instrucciones que limitaban cualquier compromiso efectivo; su participación fue meramente testimonial y reflejó el escaso interés de Washington por un proyecto de integración que no estuviera bajo su conducción.

Décadas más tarde se sucedieron nuevas iniciativas de concertación política, entre ellas los Congresos Americanos de Lima de 1847-1848 y 1864-1865, convocados para coordinar posiciones frente a las amenazas externas que enfrentaban las jóvenes repúblicas, especialmente las intervenciones europeas en América y la invasión francesa a México. Estados Unidos participó de manera limitada o permaneció al margen, priorizando sus propios intereses estratégicos antes que la construcción de instituciones multilaterales entre iguales. Desde la perspectiva latinoamericana, estos congresos representaron intentos tempranos de integración regional sobre bases de solidaridad política y defensa de la soberanía, distintos del modelo panamericano que Washington impulsaría posteriormente.

En el último tercio del siglo XIX comenzó a modificarse profundamente el equilibrio continental. La rápida industrialización estadounidense tras el triunfo de los yankees en la Guerra Civil, el crecimiento de su capacidad financiera y militar y el cierre de la frontera interna permitieron a Washington proyectar crecientemente su influencia hacia América Latina y el Caribe. Ese cambio encontró su expresión diplomática en la Primera Conferencia Internacional Americana, celebrada en Washington entre 1889 y 1890. Allí nació el sistema panamericano, concebido por Estados Unidos como un mecanismo permanente de cooperación continental, arbitraje y promoción del comercio hemisférico.

Para muchos gobiernos latinoamericanos, sin embargo, aquel panamericanismo significó el comienzo de una nueva etapa. Bajo el lenguaje de la cooperación interamericana se perfilaba un proyecto destinado a reemplazar gradualmente la hegemonía británica por la estadounidense y a consolidar la gravitación de Washington sobre los asuntos políticos, económicos y diplomáticos del continente. Con ello se cerraba una primera fase de relaciones relativamente distantes entre Estados Unidos y la Argentina y se abría otra en la que la potencia del norte comenzaría a disputar de manera cada vez más activa la influencia sobre América Latina.

Cabe destacar que, a lo largo del siglo XIX, el ascenso de los Estados Unidos suscitó interpretaciones contrapuestas entre los intelectuales y dirigentes políticos de Nuestra América. Para algunos, representaba una amenaza creciente. Simón Bolívar, tras el fracaso del Congreso Anfictiónico, advirtió en 1829 que “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”. Décadas más tarde, el chileno Francisco Bilbao y el cubano José Martí, entre otros, denunciaron el expansionismo estadounidense y propusieron la unidad de una “América Latina” o “Nuestra América” como contrapeso al poder anglosajón. Para otros, en cambio, el desarrollo estadounidense constituía una experiencia digna de admiración e incluso de emulación. Tal fue el caso de Domingo F. Sarmiento, quien vio en sus instituciones republicanas, su sistema educativo, su dinamismo económico y su capacidad de innovación un modelo para la modernización de la Argentina. Estas dos miradas (Estados Unidos como amenaza imperial o como paradigma de progreso) atravesarían buena parte del pensamiento político latinoamericano y seguirían marcando los debates durante los siglos XX y XXI.

1889-1946. Panamericanismo, guerras mundiales e injerencismo

La Primera Conferencia Internacional Americana, celebrada en Washington entre 1889 y 1890, inauguró una nueva etapa en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. Bajo la bandera del panamericanismo, Washington impulsó la creación de un sistema permanente de conferencias e instituciones hemisféricas destinado a “fortalecer la cooperación continental”. Sin embargo, aquel proyecto también expresaba la creciente pretensión estadounidense de ejercer un liderazgo político y económico sobre la región, desplazando progresivamente la tradicional influencia británica.

Desde sus inicios, la Argentina mantuvo una posición cautelosa frente a ese proyecto. Aunque participó activamente en las conferencias panamericanas, procuró preservar una política exterior autónoma, sustentada en los principios de igualdad jurídica de los Estados, solución pacífica de las controversias y no intervención en los asuntos internos. Esa tradición diplomática encontró una de sus expresiones más importantes en 1902, cuando el canciller Luis María Drago formuló la célebre Doctrina Drago. En respuesta al bloqueo naval impuesto por Gran Bretaña, Alemania e Italia contra Venezuela para exigir el pago de deudas externas, Drago sostuvo que ninguna potencia podía recurrir al uso de la fuerza para cobrar obligaciones financieras a un Estado soberano. La doctrina representó una temprana defensa del derecho internacional frente a las prácticas intervencionistas de las grandes potencias y marcó una diferencia con la creciente influencia hemisférica de Estados Unidos.

Las tensiones reaparecieron en la Tercera Conferencia Panamericana, celebrada en Río de Janeiro en 1906, donde la diplomacia argentina procuró limitar los alcances del liderazgo estadounidense dentro del sistema interamericano. Durante las décadas siguientes, esa actitud se mantuvo como una constante: la Argentina acompañaba los espacios de cooperación continental, pero rechazaba cualquier intento de subordinarlos a los intereses de Washington. En ese contexto, uno de los principales ejes de su política exterior fue el entendimiento con Brasil y Chile, que dio como resultado el Pacto ABC, concebido como un mecanismo de concertación entre las tres principales potencias sudamericanas.

La cuestión alcanzó especial relevancia durante la Primera Guerra Mundial. Mientras Estados Unidos ingresó al conflicto en 1917 y promovió el alineamiento hemisférico contra las Potencias Centrales, la Argentina de Hipólito Yrigoyen sostuvo una política de neutralidad. Detrás de esa decisión coexistían razones económicas, diplomáticas y políticas, pero también la voluntad de preservar márgenes de autonomía frente a las presiones externas. Aquella postura generó crecientes fricciones con Washington y anticipó desacuerdos que volverían a manifestarse en la siguiente guerra mundial.

Durante la década de 1920 continuaron los debates sobre el orden interamericano. En la Conferencia Panamericana de La Habana de 1928, las delegaciones latinoamericanas insistieron en fortalecer el principio de no intervención frente a las reiteradas ocupaciones militares estadounidenses en el Caribe y Centroamérica. Aunque la Argentina no era objeto de esas intervenciones directas, compartía la preocupación por establecer reglas internacionales que protegieran la soberanía de los Estados más débiles.

El golpe de Estado de 1930 contra Hipólito Yrigoyen es uno de los primeros episodios en los que pueden advertirse intereses estadounidenses involucrados en la política interna argentina. En particular, la Standard Oil veía amenazados sus intereses por la política petrolera impulsada por el gobierno radical, expresada en el fortalecimiento de YPF bajo la conducción del general Enrique Mosconi y en los proyectos destinados a otorgar al Estado un mayor control sobre los yacimientos de hidrocarburos, incluyendo iniciativas de nacionalización que obtuvieron media sanción en la Cámara de Diputados. Si bien no existe consenso historiográfico acerca de una participación directa de la empresa o del gobierno estadounidense en la preparación del golpe, resulta indudable que el derrocamiento de Yrigoyen favoreció los intereses de las compañías petroleras extranjeras y puso fin a una de las experiencias más avanzadas de afirmación de la soberanía energética en la Argentina.

Con la llegada de Franklin D. Roosevelt a la presidencia en 1933, Estados Unidos inauguró la llamada Política del Buen Vecino, que implicó el abandono formal de las intervenciones militares directas y la adopción de mecanismos de influencia diplomática, económica y política. La Conferencia Interamericana por la Paz, celebrada en Buenos Aires en 1936, simbolizó ese nuevo clima de cooperación hemisférica. No obstante, detrás del lenguaje de la buena vecindad persistía el objetivo estratégico de consolidar el liderazgo estadounidense sobre el continente.

Las diferencias entre Argentina y los Estados Unidos reaparecieron con fuerza durante la Segunda Guerra Mundial. Tras el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941, Washington impulsó el alineamiento de todos los países latinoamericanos con los Aliados. La Argentina, en cambio, mantuvo su neutralidad durante la mayor parte del conflicto, invocando una larga tradición diplomática y procurando preservar su autonomía en un escenario internacional extremadamente complejo. Para el gobierno estadounidense, sin embargo, esa posición resultaba inaceptable. Las presiones diplomáticas, económicas y políticas se intensificaron hasta convertir a la Argentina en el principal foco de conflicto dentro del sistema interamericano.

Entre 1944 y 1945, Washington promovió el aislamiento internacional del gobierno argentino, bloqueando su participación en diversos foros y dificultando su reconocimiento diplomático. En ese contexto arribó a Buenos Aires el embajador Spruille Braden, cuya actuación excedió ampliamente las funciones diplomáticas tradicionales. Braden estableció estrechos vínculos con los sectores opositores al gobierno surgido de la Revolución de 1943 y desarrolló una intensa actividad política destinada a impedir el ascenso de Juan Domingo Perón, a quien identificaba como un obstáculo para la estrategia hemisférica de Estados Unidos.

La intervención alcanzó su punto culminante en 1946, cuando el Departamento de Estado publicó el denominado “Libro Azul”, un documento que acusaba al gobierno argentino de mantener vínculos con el nazismo y cuestionaba abiertamente la candidatura de Perón. La respuesta peronista transformó la injerencia estadounidense en el eje de la campaña electoral mediante la consigna “Braden o Perón”, que planteó la elección como una disyuntiva entre la intervención extranjera y la afirmación de la soberanía nacional. La victoria de Perón en las elecciones del 24 de febrero de 1946 convirtió aquel episodio en uno de los momentos más emblemáticos de la historia de las relaciones entre la Argentina y Estados Unidos y consolidó el antiimperialismo como uno de los rasgos centrales del justicialismo.

1946-1983. Peronismo, desarrollismo y Doctrina de la Seguridad Nacional

La llegada de Juan Domingo Perón a la presidencia en 1946 inauguró una etapa de relaciones complejas con Estados Unidos. La consigna "Braden o Perón", que había sintetizado la campaña electoral, expresaba el clima de desconfianza mutua que caracterizó los primeros años del vínculo. La Argentina procuró desarrollar una política exterior autónoma, resumida más tarde en la doctrina de la Tercera Posición, que buscaba evitar el alineamiento automático tanto con Estados Unidos como con la Unión Soviética en el naciente escenario de la Guerra Fría. En ese contexto, el gobierno argentino se negó inicialmente a adherir al Acta de Chapultepec, demoró su incorporación al Fondo Monetario Internacional y mantuvo una actitud cautelosa frente a las nuevas instituciones del sistema interamericano impulsadas por Washington.

Sin embargo, la consolidación del orden bipolar y las crecientes dificultades económicas llevaron a una gradual recomposición del vínculo. La firma del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en 1947 y la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1948 consolidaron la arquitectura hemisférica diseñada por Estados Unidos para contener la expansión del comunismo. Aunque la Argentina terminó integrándose a esas instituciones, continuó defendiendo márgenes de autonomía en materia de política exterior. Hacia los últimos años del segundo gobierno de Perón, las relaciones con Washington mejoraron sensiblemente. La necesidad de atraer inversiones extranjeras para impulsar el desarrollo industrial y, en particular, la expansión de la producción petrolera condujo al gobierno argentino a buscar un entendimiento con empresas estadounidenses.

Más que un abandono de sus principios, este acercamiento reflejaba los condicionamientos económicos y geopolíticos que enfrentaba el proyecto de desarrollo del justicialismo. Esa aproximación no impidió que, tras el golpe de Estado de 1955, Estados Unidos reconociera rápidamente al gobierno de la autodenominada Revolución Libertadora. La prioridad estratégica de Washington consistía en consolidar gobiernos firmemente alineados con el bloque occidental en el contexto de la Guerra Fría, por encima de las legitimidades democráticas o de las particularidades de la política argentina.

Durante la presidencia de Arturo Frondizi (1958-1962) se abrió una nueva etapa. Influido por las ideas desarrollistas, Frondizi consideraba indispensable atraer capitales y tecnología norteamericanos para acelerar la industrialización del país. Esa visión favoreció un acercamiento con Estados Unidos, que alcanzó uno de sus momentos simbólicos cuando el presidente argentino fue invitado a dirigirse al Congreso estadounidense en 1959. Paralelamente, la administración de John F. Kennedy lanzó en 1961 la Alianza para el Progreso, un ambicioso programa de cooperación económica destinado a contener la influencia de la Revolución Cubana mediante la promoción del desarrollo latinoamericano.

Sin embargo, las relaciones pronto volvieron a tensarse. Frondizi mantuvo una política relativamente autónoma hacia Cuba y llegó a entrevistarse secretamente con Ernesto Che Guevara en Olivos. La creciente presión de las Fuerzas Armadas y de Washington para aislar al gobierno revolucionario cubano culminó con la expulsión de Cuba de la OEA en 1962 y, pocos meses después, con el derrocamiento de Frondizi, cuyo margen de maniobra había quedado prácticamente agotado.

A partir de mediados de la década de 1960, la injerencia estadounidense en América Latina adquirió un nuevo carácter a través de la Doctrina de la Seguridad Nacional. Elaborada en el contexto de la Guerra Fría, esta concepción redefinía el papel de las Fuerzas Armadas latinoamericanas: ya no debían prepararse principalmente para enfrentar amenazas externas, sino combatir al denominado “enemigo interno”, identificado con el comunismo y toda forma de movilización política o social considerada subversiva. En la Argentina, esta categoría abarcó a una parte del movimiento peronista (en particular, a su tendencia revolucionaria), al sindicalismo combativo, a grupos de izquierda marxista, a católicos liberacionistas, a intelectuales nacionales y artistas populares. Miles de oficiales latinoamericanos fueron entrenados en la Escuela de las Américas y en otros centros militares estadounidenses, donde recibieron formación en contrainsurgencia, inteligencia y guerra antisubversiva. Estas doctrinas tendrían una profunda influencia sobre las dictaduras que se instalarían posteriormente en el Cono Sur.

El golpe de Estado de 1966 contra Arturo Illia se produjo en ese nuevo clima continental. En los años previos, las Fuerzas Armadas habían atravesado el enfrentamiento entre Azules y Colorados, una disputa por la conducción política y el papel del Ejército en el sistema institucional y la estrategia frente al peronismo. La victoria de los Azules consolidó el liderazgo de Juan Carlos Onganía y preparó el terreno para el derrocamiento de Illia. Aunque la participación directa de Washington en el golpe continúa siendo objeto de debate historiográfico, el régimen encabezado por Onganía se inscribió plenamente en el paradigma represivo promovido por Estados Unidos. La creciente radicalización política de fines de los años sesenta y comienzos de los setenta reforzó esa lógica.

El retorno del peronismo al gobierno en 1973 volvió a introducir tensiones en la relación bilateral. La política exterior del tercer gobierno peronista procuró recuperar márgenes de autonomía mediante el fortalecimiento de los vínculos con América Latina, el Movimiento de Países No Alineados y el denominado Tercer Mundo, al tiempo que impulsaba la diversificación de las relaciones económicas y diplomáticas, incluyendo una mayor apertura hacia los países socialistas. Asimismo, buscó reactivar proyectos de integración regional y sostuvo posiciones propias en diversos foros internacionales, evitando un alineamiento automático con Washington. Sin embargo, la crisis política interna y la creciente violencia facilitaron el avance de las concepciones represivas que dominaban la región.

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 inauguró el período más oscuro de las relaciones entre ambos países. La dictadura militar encabezada por Jorge Rafael Videla adoptó plenamente la Doctrina de la Seguridad Nacional y participó activamente del Plan Cóndor, el sistema de coordinación represiva organizado por las dictaduras del Cono Sur con apoyo de organismos de inteligencia estadounidenses para perseguir, secuestrar, torturar y eliminar opositores políticos más allá de las fronteras nacionales. La documentación desclasificada ha demostrado el conocimiento y el respaldo que la administración de Gerald Ford, especialmente a través del secretario de Estado Henry Kissinger, brindó al nuevo régimen argentino en el marco de la estrategia anticomunista hemisférica. La llegada de Jimmy Carter a la presidencia en 1977 modificó parcialmente la política de apoyo a la llamada “guerra sucia”. La defensa de los derechos humanos pasó a ocupar un lugar relevante en la agenda exterior estadounidense, generando crecientes fricciones con la dictadura argentina y restricciones en la cooperación militar. Sin embargo, esas tensiones no alteraron sustancialmente la lógica geopolítica de la Guerra Fría.

Asimismo, el programa económico encabezado por el ministro José Martínez de Hoz, inspirado en las corrientes neoliberales que ganaban influencia en Estados Unidos y otros centros financieros internacionales, convirtió a la Argentina en uno de los primeros escenarios de aplicación de políticas que, durante la década de 1980, serían promovidas a escala global bajo el denominado Consenso de Washington. Como señaló tempranamente Rodolfo Walsh en su Carta Abierta a la Junta Militar, el programa de apertura comercial, liberalización financiera y endeudamiento externo favoreció a bancos y empresas transnacionales, entre ellas numerosas firmas estadounidenses. La desregulación de los mercados, la valorización financiera, el acceso privilegiado al crédito internacional y la posterior estatización de deudas privadas generaron importantes beneficios para el capital financiero norteamericano, mientras la desindustrialización, la caída de los salarios y la represión del movimiento obrero contribuyeron a mejorar las condiciones de rentabilidad de las grandes corporaciones.

La Guerra de Malvinas de 1982 volvió a poner de manifiesto los límites de la alianza hemisférica. Pese a la pertenencia de ambos países al TIAR y a los vínculos militares construidos durante las décadas anteriores, la administración de Ronald Reagan decidió respaldar a Gran Bretaña, suministrándole apoyo diplomático, logístico e información de inteligencia. Aquella decisión confirmó que los compromisos interamericanos quedaban subordinados a los intereses estratégicos globales de Estados Unidos.

El retorno de la democracia en 1983 abrió una nueva etapa en las relaciones bilaterales. Con el fin de las dictaduras y el progresivo cierre de la Guerra Fría, la agenda comenzó a desplazarse desde la seguridad continental hacia las cuestiones económicas, financieras y comerciales. No obstante, la experiencia de las décadas anteriores dejaría una profunda huella en la memoria política argentina y en la percepción del papel desempeñado por Estados Unidos en los procesos internos del país y de América Latina.

1983-2026. Neoliberalismo, deuda y nuevas formas de influencia

El retorno de la democracia en 1983 coincidió con una profunda transformación del orden internacional. La crisis de la deuda externa latinoamericana, el agotamiento del modelo desarrollista y el progresivo fin del mundo bipolar desplazaron el eje de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina desde la seguridad continental hacia las finanzas, el comercio, la apertura económica y la gobernanza global. Las formas de influencia ya no se expresarían principalmente mediante el apoyo a dictaduras militares, sino a través del peso de los organismos financieros internacionales, las negociaciones comerciales, la cooperación en seguridad y las disputas geopolíticas.

En 1985, el gobierno de Raúl Alfonsín participó del Grupo de Apoyo al Grupo Contadora, impulsando una salida negociada a los conflictos armados en Centroamérica frente a la estrategia de confrontación promovida por la administración de Ronald Reagan. Aquella posición reflejaba la voluntad argentina de recuperar una política exterior autónoma y fortalecer los mecanismos multilaterales latinoamericanos. En esa misma dirección se inscribieron el impulso de la Cancillería argentina a las iniciativas de concertación regional frente a la crisis de la deuda externa (que buscaban fortalecer la capacidad negociadora de los países latinoamericanos frente a los organismos financieros internacionales y los principales acreedores) y la profundización del acercamiento estratégico con Brasil. Este último dio lugar a una inédita política de integración bilateral, plasmada en la Declaración de Foz de Iguazú (1985), el Programa de Integración y Cooperación Económica (1986) y el Tratado de Integración, Cooperación y Desarrollo (1988), sentando las bases del proceso que culminaría con la creación del Mercosur en 1991.

La década de 1990 inauguró un giro radical en la política exterior argentina. Bajo la presidencia de Carlos Menem, el país adoptó un alineamiento explícito con Washington, sintetizado por el canciller Guido Di Tella en la expresión “relaciones carnales”. El gobierno acompañó las principales iniciativas internacionales de Estados Unidos, envió tropas a la Guerra del Golfo entre 1990 y 1991, apoyó las reformas inspiradas en el Consenso de Washington y profundizó el programa de privatizaciones, apertura comercial y desregulación económica. Ese nuevo rumbo también tuvo consecuencias sobre las capacidades estratégicas nacionales.

Uno de los casos más significativos fue la cancelación del proyecto Cóndor II en 1991, un programa iniciado en los años ochenta para desarrollar un misil balístico de alcance medio con tecnología nacional. Considerado por Washington como un riesgo para el régimen internacional de no proliferación y para sus intereses estratégicos, el proyecto fue desmantelado por el gobierno argentino, que además adhirió a diversos regímenes internacionales de control de tecnologías sensibles. Este episodio simbolizó el abandono de una de las iniciativas de mayor autonomía científico-tecnológica y de defensa desarrolladas por el país, evidenciando el peso de las presiones angloestadounidenses sobre las decisiones estratégicas argentinas en la posguerra fría.

En 1994, Estados Unidos otorgó a la Argentina el estatus de “Aliado Principal Extra-OTAN”, un reconocimiento excepcional para un país latinoamericano que reflejaba el grado de convergencia política alcanzado durante aquellos años. Paralelamente, tras el atentado contra la AMIA, se intensificó la cooperación bilateral en materia de seguridad e inteligencia. Sin embargo, el alineamiento político coexistió con un proceso de creciente vulnerabilidad económica. El respaldo estadounidense a las políticas del Consenso de Washington no evitó el deterioro del aparato productivo, el aumento del endeudamiento externo ni la fragilidad financiera que desembocó en la crisis de 2001. El papel del Fondo Monetario Internacional, organismo donde Estados Unidos posee la principal cuota de poder, quedó en el centro de las críticas por las políticas de ajuste promovidas durante la década y por su actuación en los meses previos al colapso económico y social.

Un legado persistente de la década de 1990, aunque con antecedentes que se remontan al menos a las décadas de 1950 y 1960, es la creciente influencia cultural de Estados Unidos en la Argentina y en América Latina. Esta influencia puede observarse, al menos, en tres dimensiones: en la expansión de los medios de comunicación, la industria cultural y el entretenimiento de origen estadounidense; en la difusión de la teología de la prosperidad, el neopentecostalismo y las nuevas iglesias evangélicas; y en el ejercicio del soft power a través de fundaciones, ONG, universidades y otros espacios de producción de conocimiento e influencia, que inciden sobre la formación de élites, el debate público y el diseño de las políticas estatales.

En el primer plano, impulsada inicialmente por el cine, la música y la televisión, y luego potenciada por los medios masivos de comunicación, la industria cultural y del entretenimiento, la influencia cultural estadounidense se profundizó de manera sostenida a partir de comienzos del siglo XXI con la expansión de internet y las plataformas digitales. Década tras década, se incorporaron al lenguaje cotidiano vocablos, festividades y costumbres asociadas al American way of life, junto con estilos de vida, imaginarios, valores y prácticas culturales de origen estadounidense, consolidando un proceso de creciente desnacionalización cultural e identificación con la potencia del norte.

En el segundo plano, y aunque responda a causas más complejas, hay que considerar la expansión de la teología de la prosperidad, del neopentecostalismo y las nuevas iglesias evangélicas. Su crecimiento fue favorecido por el apoyo brindado por Estados Unidos durante las décadas de 1970 y 1980, en el marco de una estrategia orientada a contrarrestar la influencia de la Teología de la Liberación y del catolicismo latinoamericano comprometido con las luchas sociales. Este proceso, en convergencia con el anterior, apunta a una reconfiguración cultural de la sociedad. No se trata únicamente de transformaciones políticas o económicas, sino de una modificación de las dimensiones más profundas de la vida social: los valores, las normas, las creencias, los hábitos y los sentidos comunes que orientan la convivencia social.

En el tercer plano, la influencia estadounidense sobre la Argentina se ha ejercido cada vez más a través de mecanismos de soft power. Fundaciones, ONG, programas de cooperación, agencias de asistencia, universidades, think tanks y medios de comunicación han desempeñado un papel creciente en la difusión de agendas y marcos interpretativos afines a los intereses de Washington. Estos instrumentos de colonización técnica, científica e intelectual han complementado las tradicionales formas de presión diplomática o económica, contribuyendo a moldear la formación de élites, el debate público y las orientaciones de las políticas estatales.

Con la llegada de Eduardo Duhalde a la presidencia en 2002 y sobre todo de Néstor Kirchner en 2003 comenzó un intento de reconstrucción de la autonomía política y regional. La prioridad otorgada al Mercosur, el fortalecimiento de la integración sudamericana y la búsqueda de una política exterior menos dependiente de Washington encontraron su momento más significativo en la Cumbre de Mar del Plata de 2005, donde la propuesta estadounidense de crear el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) fue rechazada por un amplio bloque de gobiernos latinoamericanos. Posteriormente, la creación de la UNASUR en 2008 y de la CELAC entre 2010 y 2011, sin participación de Estados Unidos ni Canadá, expresaron el intento de construir espacios propios de concertación política regional.

Las tensiones reaparecieron en diversos episodios. En 2011, el gobierno argentino incautó en el aeropuerto de Ezeiza material transportado por un avión militar estadounidense que no había sido declarado oficialmente, generando un incidente diplomático. Al año siguiente, la recuperación del control estatal de YPF volvió a producir fricciones con Washington y con sectores empresariales estadounidenses. En 2013, la firma del Memorándum de Entendimiento con Irán para avanzar en la investigación del atentado contra la AMIA fue recibida con fuertes cuestionamientos por parte de Estados Unidos y de otros actores internacionales, convirtiéndose en un nuevo foco de controversia en la relación bilateral. Poco después, el litigio contra los llamados fondos buitre en tribunales de Nueva York puso nuevamente de manifiesto el peso de las instituciones financieras y judiciales estadounidenses sobre la economía argentina.

En simultáneo, las revelaciones de WikiLeaks, difundidas a partir de 2010, aportaron nuevos elementos sobre el grado de injerencia de la embajada de Estados Unidos en la política argentina. Los cables diplomáticos desclasificados mostraron un seguimiento sistemático de la situación política, económica y judicial del país, reuniones periódicas con funcionarios, dirigentes políticos, empresarios, periodistas y miembros del Poder Judicial, así como gestiones orientadas a influir sobre determinadas decisiones de gobierno.

En paralelo, fue creciendo el protagonismo de otro actor relevante en la proyección de los intereses estadounidenses en la Argentina: la Cámara de Comercio de los Estados Unidos en la Argentina (AmCham). Si bien su influencia comenzó a fortalecerse a partir de la década de 1990, fue especialmente desde la década de 2010 cuando dejó de limitarse a la representación de las empresas estadounidenses radicadas en el país para consolidarse como un actor con capacidad de incidencia sobre el debate público y las políticas estatales. En representación de un amplio conjunto de empresas multinacionales, la entidad ha intervenido de manera recurrente en las discusiones sobre reformas económicas, política tributaria, legislación laboral, seguridad jurídica y funcionamiento del Poder Judicial, promoviendo una agenda de apertura económica y desregulación ampliamente convergente con los intereses estratégicos de Washington.

El gobierno de Mauricio Macri (2015-2019) retomó una política de estrecho alineamiento con Estados Unidos. La visita oficial de Barack Obama en 2016 simbolizó esa nueva etapa, profundizada luego durante la administración de Donald Trump. Su expresión más significativa fue el acuerdo firmado con el Fondo Monetario Internacional en 2018, mediante el cual la Argentina obtuvo el mayor préstamo en la historia del organismo. La asistencia, impulsada con el fuerte respaldo de la administración Trump, buscó sostener políticamente al gobierno de Macri en un contexto de creciente crisis económica y financiera. De este modo, se revirtió el escenario abierto en 2006, cuando el gobierno de Néstor Kirchner había cancelado la deuda con el FMI para recuperar autonomía en la política económica. El retorno al endeudamiento con el organismo volvió a someter al país a las condicionalidades de una institución en la que Estados Unidos ejerce una influencia decisiva.

Durante la presidencia de Alberto Fernández (2019-2023), la relación con Estados Unidos estuvo atravesada por la renegociación de la deuda con el FMI y por la creciente competencia geopolítica entre Washington y Beijing. Aunque el gobierno procuró sostener una política exterior de mayor autonomía y diversificar sus vínculos internacionales, debió negociar permanentemente con la influencia estadounidense en el organismo financiero. Al mismo tiempo, la posibilidad de incorporarse a los BRICS, la expansión de las inversiones chinas en infraestructura, energía y tecnología, y las disputas en torno al litio, la tecnología 5G y otros sectores estratégicos situaron nuevamente a la Argentina en el centro de las tensiones entre las grandes potencias.

La llegada de Javier Milei a la presidencia en diciembre de 2023 inauguró una etapa de alineamiento político, ideológico y estratégico con Estados Unidos e Israel que, por su intensidad, incluso supera a la registrada durante la década de 1990. La renuncia al ingreso en los BRICS, la redefinición de la política exterior, el fortalecimiento de la cooperación en defensa y seguridad, el acceso preferencial a minerales críticos y energía, el impulso a la negociación de un acuerdo comercial con Estados Unidos y el acompañamiento sistemático de las posiciones de Washington en los principales foros internacionales marcaron un cambio profundo respecto de la etapa anterior. Entre 2024 y 2026 se sucedieron las visitas de altos funcionarios estadounidenses y se profundizó la coordinación bilateral en asuntos estratégicos. En paralelo, el respaldo financiero otorgado en 2025 por Estados Unidos a través de un swap del Tesoro, en plena campaña electoral argentina, evidenció con claridad el nivel de injerencia de Washington en los asuntos internos del país.

Otro instrumento de influencia creciente ha sido la cooperación militar impulsada por Estados Unidos. Desde la segunda posguerra, miles de oficiales argentinos recibieron formación en instituciones militares estadounidenses y participaron en programas de capacitación, intercambio y asistencia. En las décadas posteriores, esa cooperación continuó mediante ejercicios militares conjuntos, programas de entrenamiento, asistencia técnica y acuerdos en materia de defensa, frecuentemente promovidos por Washington como parte de su estrategia hemisférica. Pero, desde la asunción de Javier Milei, esta cooperación militar ha adquirido un renovado impulso. El gobierno profundizó el alineamiento estratégico con Estados Unidos mediante la ampliación de los ejercicios militares conjuntos, el fortalecimiento de los vínculos con el Comando Sur y una creciente participación en programas de interoperabilidad con las Fuerzas Armadas estadounidenses. Entre las iniciativas más relevantes se encuentran los ejercicios navales Passex realizados en el Atlántico Sur, la participación argentina en el ejercicio multinacional UNITAS, el despliegue en Southern Vanguard y la autorización para el ingreso de tropas estadounidenses al país para participar en maniobras combinadas como el ejercicio Tridente.

En ese marco, además, deben inscribirse iniciativas como el proyecto de la Base Naval Integrada y el Polo Logístico Antártico de Ushuaia, anunciado por Javier Milei junto a autoridades del Comando Sur, así como el memorándum de entendimiento suscripto entre la Administración General de Puertos y el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos (USACE) para cooperar en la gestión de la Hidrovía Paraguay-Paraná. Ambos episodios reflejan la creciente injerencia de Washington sobre áreas estratégicas vinculadas a la defensa, la logística y la infraestructura del país.

2027-2050. Alineamiento o Proyecto Nacional

A lo largo de los 250 años de existencia de Estados Unidos, y de modo creciente en los últimos cien, la relación con la Argentina estuvo atravesada por una tensión persistente entre dos orientaciones estratégicas: la búsqueda de autonomía nacional y la integración regional, por un lado, y los proyectos de alineamiento con la potencia dominante del hemisferio, por otro. Si durante el siglo XIX la influencia británica fue predominante en el Río de la Plata, el ascenso estadounidense como potencia mundial abrió una nueva etapa en la que las disputas por la soberanía dejaron de expresarse únicamente en términos territoriales o militares y comenzaron a desplegarse en los campos económico, financiero, tecnológico, diplomático y cultural.

A diferencia del intervencionismo militar abierto que caracterizó la política de Washington hacia Centroamérica y el Caribe, en el Cono Sur (y particularmente en la Argentina) predominó un neocolonialismo más sofisticado, desplegado mediante presiones diplomáticas, condicionamientos económicos y financieros, operaciones políticas e influencia cultural. Salvo contadas excepciones, el objetivo se mantuvo en los últimos cien años: impedir la consolidación de un proyecto nacional autónomo y preservar un orden regional acorde con los intereses estratégicos de Estados Unidos.

La historia demuestra que la relación con Estados Unidos nunca fue lineal. Hubo algunos momentos de convergencia de intereses (sean de cooperación o de subordinación), pero también largos períodos en los que la política exterior de Washington entró en tensión con proyectos argentinos orientados a ampliar sus márgenes de decisión. En ese recorrido, la pregunta central no ha sido simplemente cuál debe ser el vínculo con una potencia global, sino desde qué lugar se construye ese vínculo: como una relación entre Estados soberanos con intereses propios o como una aceptación de una posición subordinada dentro de un orden diseñado por otros.

El siglo XXI abrió una etapa de mayores márgenes de autonomía regional. La consolidación del Mercosur, la creación de la UNASUR y la CELAC, así como el rechazo al ALCA en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata en 2005, expresaron la voluntad de construir mecanismos latinoamericanos de coordinación política y económica. Sin embargo, ese ciclo fue seguido por una renovada disputa geopolítica en la que Estados Unidos buscó preservar su influencia continental frente al avance de otros actores globales y frente a los intentos de varios países de la región por diversificar sus alianzas.

En ese marco, el alineamiento explícito del gobierno de Javier Milei con Washington representa la expresión más acabada de una visión que privilegia la inserción subordinada en el orden internacional por encima de la construcción de un proyecto nacional propio. La presencia de prácticamente todo el gabinete argentino en la recepción organizada por la embajada estadounidense con motivo del 250.º aniversario de la independencia de Estados Unidos debe ser interpretada como una imagen cargada de significado político: no solamente un acto protocolar, sino el símbolo de una determinada concepción sobre el lugar de la Argentina en el mundo.

El desafío hacia adelante consiste en superar falsas dicotomías. La cuestión no radica en negar la importancia de la relación con Estados Unidos, una de las principales potencias económicas, científicas y militares del mundo, además de uno de los principales socios comerciales de la Argentina. El verdadero debate pasa por definir si esa relación se construye desde un Proyecto Nacional capaz de fijar sus propias prioridades y ejercer soberanamente sus decisiones, o si, por el contrario, se basa en la aceptación subordinada de agendas e intereses definidos desde Washington. En un escenario internacional marcado por la disputa entre grandes potencias, la transición energética, la revolución tecnológica, la competencia por recursos estratégicos y la reconfiguración de las cadenas globales de producción, los países que carecen de un proyecto nacional quedan más expuestos a las decisiones de otros.

Por ello, la discusión de fondo no es simplemente Estados Unidos sí o Estados Unidos no. Es qué tipo de inserción internacional quiere construir la Argentina: una basada en la subordinación a una potencia hegemónica o una orientada a fortalecer sus capacidades productivas, científicas, tecnológicas y estratégicas, articulándose con América Latina y relacionándose con el mundo desde una posición de mayor autonomía. Esa tensión, presente desde los orígenes de la república, continúa siendo uno de los grandes debates nacionales del siglo XXI.

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    Malvinas Argentinas
    Bandera de Malvinas Argentinas

La leeción geopolítica de la Scaloneta

22 Julio 2026

La verdadera dimensión política del gesto protagonizado por los jugadores de la Selección Argentina de fútbol al exhibir en EEUU y ante el mundo la bandera de las Islas Malvinas difícilmente sea comprendida, asumida y mucho menos capitalizada por la dirigencia que administró el país durante las últimas décadas de democracia. No parece en condiciones de hacerlo aquella parte que se reivindica heredera de la tradición nacional y popular, pero que redujo demasiadas veces la cuestión soberana a una evocación ritual desprovista de estrategia, ni, desde luego, el sector que convirtió la subordinación geopolítica, económica y cultural de la Argentina en un programa explícito de gobierno.

El acto de los futbolistas al confirmarse el triunfo sobre el equipo inglés, condensó, con una sencillez que la política profesional ya no suele alcanzar, una cuestión histórica todavía abierta; la existencia de una Nación inconclusa que continúa reclamando soberanía sobre una parte ocupada de su territorio y que, al mismo tiempo, sigue sin construir los instrumentos materiales, diplomáticos y culturales necesarios para sostener esa reivindicación como política efectiva de poder. Frente a millones de personas, los jugadores hicieron visible la continuidad de una verdad histórica que sobrevivió a la derrota militar, a la desmalvinización y a décadas de pedagogía colonial. La paradoja hoy es que ese gesto espontáneo expresó, con mayor claridad el lugar de la Argentina en el mundo, que buena parte de quienes tuvieron la responsabilidad institucional de definirlo.

Lo del 15 de julio del 2026 fue un hecho político de alcance internacional. En el escenario de mayor visibilidad del planeta, los representantes de nuestra Selección Nacional firmaron un potente principio de soberanía y convirtieron una victoria deportiva en un mensaje político directo dirigido al mundo; la cuestión Malvinas continúa siendo una causa nacional irrenunciable. Y todo aquel que no lo sabía, ahora lo sabe. Es un avance difícil de medir.

¿Por qué Malvinas?

Hablar de Malvinas no es hablar de una efeméride. No es evocar un episodio cerrado en el pasado ni una herida que se recuerda por compromiso moral o estrictamente oficial cada 2 de abril. Y es que, en la Argentina, ninguna efeméride es un hecho político clausurado. Todas permanecen atravesadas por las tensiones —muchas veces aún vigentes— que les dieron origen. En cada fecha histórica reaparecen, bajo nuevas formas, las visiones revisionistas, las disputas políticas e incluso partidarias que marcaron aquel momento, como expresión de un país que todavía no ha resuelto plenamente su cuestión nacional en términos históricos.

Lo cierto es que Malvinas sigue siendo un punto activo de una misma lucha histórica para nuestro país. Hablar de Malvinas es, en realidad, hablar de la Argentina misma. Es interrogar nuestro sentido histórico, nuestra conciencia política y, sobre todo, nuestro lugar en el mundo. Malvinas no es un hecho aislado, sino una expresión concreta —y persistente— de un problema más profundo; el de la soberanía y la autodeterminación en una Nación que, desde su nacimiento, desde las invasiones inglesas en 1806 y 1807, la ocupación ilegal de nuestras islas en 1833, pasando por la Vuelta de Obligado el 20 de noviembre de 1845, ha debido debatirse entre la afirmación de su propio destino o la subordinación a intereses externos. Pero lo cierto es que desde la primera detonación hasta el último disparo, la Vuelta de Obligado fue el acto fundante, en clave moderna, del proyecto de soberanía nacional, por el cual un pueblo, la criollada, supo erigirse como sujeto de su propia historia

Y si sabemos mirar, en Malvinas está todo. Está la unidad nacional, porque es una de las pocas causas capaces de reunir al conjunto del pueblo argentino por encima de sus diferencias. Está el clamor popular, ese pulso profundo que no se apaga y que irrumpe con fuerza cada vez que la Patria es interpelada en lo esencial, desbordando coyunturas y dirigencias, y reafirmando —sin mediaciones— la conciencia viva de una Nación que no renuncia a sí misma; allí donde el corazón del pueblo funciona como un refugio impenetrable de autoconciencia, capaz de resistir y bloquear cualquier intento de colonización mental. Está la política de defensa, porque las islas revelan con crudeza la necesidad de pensar estratégicamente nuestro territorio, nuestras capacidades y nuestra proyección en el Atlántico Sur. Están las claves de nuestra geopolítica defensiva, porque Malvinas es la puerta de entrada a la Antártida, el control de rutas marítimas vitales y el resguardo de recursos naturales que definen el siglo XXI. Está también nuestra condición bicontinental, pocas veces asumida en toda su dimensión, que nos proyecta no sólo como nación sudamericana sino como actor en el sistema austral. Está la unidad regional, porque sin una América Latina integrada, la defensa de nuestros intereses estratégicos se vuelve frágil frente a las potencias Occidentales. Y Malvinas lo demostró con claridad durante el conflicto de 1982; allí se alcanzaron altos niveles de solidaridad y unidad regional, con países como Perú brindando apoyo concreto, junto a múltiples expresiones de acompañamiento político en la región. Aquella reacción no fue circunstancial, sino la manifestación de una conciencia común frente a una causa que excede a la Argentina y remitió a la persistencia del colonialismo en América Latina. Está, además, nuestra caja y nuestra soberanía marítima, porque en las aguas circundantes se juega el control de riquezas fundamentales —pesca, energía, biodiversidad— que hoy, en gran medida, se nos escapan.

En Malvinas, en definitiva, se sintetiza todo; la dimensión geográfica, comercial, institucional, jurídica, normativa, demográfica, industrial, científica, política, económica, cultural y la voluntad política de existir como comunidad organizada. Por eso, todo proyecto nacional que pretenda jactarse de sí, que aspire a ser algo más que una administración transitoria de la dependencia en clave popular, debe estar necesariamente atravesado por la causa Malvinas. Malvinas no es un capítulo más, sino el punto de partida desde el cual se ordena, o se desordena, toda la política nacional y su programa.

La ceguera política

Sin embargo, y esto es lo penoso, la Argentina carece hoy de una dirigencia capaz de leer esa clase de acontecimientos, como el que ocurrió el 15 de julio, en clave histórica y geopolítica. La cultura política dominante en el campo nacional está atravesada mayoritariamente por las matrices del alfonsinismo y del menemismo. Y desde esas tangentes resulta imposible advertir el enorme valor estratégico de un gesto simbólico cuando éste logra instalar, frente a millones de personas, una reivindicación soberana de alcance universal.

La prueba más elocuente de esa limitación es que ni siquiera doce años de un gobierno que se definió como nacional y popular, como el kirchnerista, asumió plenamente las consecuencias políticas que derivaron de la derrota estratégica de 1982 y de los Acuerdos de Madrid que representan una limitación infinita de la capacidad argentina para articular una estrategia más firme de recuperación de soberanía en el Atlántico Sur. Tampoco se propusieron desmontar los pilares normativos y jurídicos de la dependencia económica construidos durante la última dictadura y consolidados en democracia, entre ellos la vigencia de la Ley de Entidades Financieras, verdadero eje institucional de un modelo orientado a subordinar el crédito y el sistema financiero a intereses ajenos al desarrollo nacional, y que nos ha llevado sin pausa al actual drama nacional, sin que fuesen discutido siquiera.

Esta incomprensión histórica y esa falta de coraje político explica, en buena medida, que hoy sean los mismos intereses que impulsaron el genocidio del gope cívio militar del 24 de marzo de 1976 y los que nos vencieron en Malvinas, los que gobiernan la Argentina vía democrática. La prueba más evidente está a la vista. El presidente Javier Milei fue votado a pesar de haber exhibido una admiración reverencial por Margaret Thatcher, la misma que hundió el Belgrano y ordenó matar a centenares de compatriotas y consolidó la ocupación ilegal británica en nuestro Atlántico Sur.

La brújula siempre es el pueblo

La soberanía también se expresa en la capacidad de un Estado para interpretar los gestos profundos de su pueblo y convertirlos en doctrina, estrategia y política pública. En rumbo, en brújula interior para la orientación de la lucha por una Patria justa y soberana. Es verdaderamente lamentable que un pueblo produzca un acto de afirmación nacional de semejante potencia inserta en un Mundial de Fútbol y su dirigencia política sea incapaz de comprender su significado. Allí se revela una fractura grave que pone de manifiesto una crisis de conciencia histórica que, evidentemente, es disimulada por el ruiderío de las pugnas internas y cupulares.

Ahora bien, si Malvinas es ese punto de partida, nunca tomará verdadero impulso mientras persista el discurso lacrimógeno y minusvalidante de la “guerra sin sentido”. Esa pedagogía de la derrota no es inocente; es heredera del dispositivo desmalvinizador que propone una forma de pensar que funciona como un reflejo condicionado frente a lo nacional. Es, en buena medida, el resultado de una formación cultural que —como advertía Arturo Jauretche— ha sido estructurada para mirar la realidad con categorías ajenas, importadas, incapaces de captar la especificidad histórica de la Nación. Una matriz que se expresa incluso en fórmulas aparentemente compasivas pero profundamente desmoralizadoras, como la reiterada alusión a “los pobres chicos de la guerra”, que, lejos de honrar el sacrificio y el coraje, lo reduce y lo despoja de su dimensión histórica y política.

La inspiración y el porvenir

Una de las grandes tareas pendientes de la Argentina no solamente reside en recuperar instrumentos económicos, militares, productivos, científicos o diplomáticos propios para utilizarlos con inteligencia estratégica, sino también formar una nueva generación de dirigentes que piense el país desde la perspectiva del interés nacional, que comprenda el lugar de la Argentina en el mundo y que desarrolle el coraje político e intelectual para transformar las manifestaciones espontáneas de conciencia popular en decisiones estratégicas de Estado. Dicho de otro modo, forjar una dirigencia que pueda estar a la altura de un pueblo tan maravilloso como el nuestro.

Malvinas no se reduce a un reclamo diplomático ni a un recuerdo emotivo u oficial cada 2 de abril; Malvinas es una definición de presente y de futuro. El día que logremos asumirla en toda su dimensión —sin fragmentaciones, sin prejuicios, sin renuncias— estaremos en condiciones de dar el paso decisivo para dejar de reclamar soberanía para empezar, verdaderamente, a ejercerla.

Hemos heredado de nuestros héroes y Veteranos de Malvinas una espada que no es sólo memoria, sino mandato; en su juramento de dar la vida por la Patria está contenida la inspiración y la exigencia de encontrar la voluntad política necesaria para poner de pie un proyecto verdaderamente soberano.

Por ahora, sólo queda agradecerles a los jugadores de nuestra Selección Nacional. Con un gesto sencillo, espontáneo y profundamente argentino, lograron poner nuevamente a Malvinas en el centro de la escena mundial y, al mismo tiempo, dejar al descubierto muchas de nuestras tensiones históricas. A veces, un grupo de futbolistas consigue recordar con una bandera pintada a mano aquello que la política, durante décadas, no siempre ha sabido convertir en una reflexión colectiva sobre el lugar de la Argentina en el mundo.

Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

La Argentina carece hoy de una dirigencia capaz de leer esa clase de acontecimientos, como el que ocurrió el 15 de julio, en clave histórica y geopolítica
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Eva Perón y su gira internacional de 1947

21 Julio 2026

La gira internacional de Eva Perón por Europa, realizada en 1947, debe comprenderse dentro del escenario internacional surgido tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Más que una visita protocolar, constituyó una misión diplomática impulsada por el gobierno de Juan Domingo Perón, orientada a proyectar una nueva imagen de la República Argentina en el mundo y a fortalecer sus vínculos con una Europa devastada por el conflicto bélico.

En ese contexto, la Argentina también buscaba posicionarse frente al anuncio de la Doctrina Truman y al lanzamiento del Plan Marshall por parte del gobierno norteamericano, hechos que marcaron el inicio de la Guerra Fría y consolidaron un nuevo orden internacional basado en la confrontación ideológica entre capitalismo y comunismo.

La Argentina ocupaba una posición singular en el escenario de la posguerra. Durante la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial mantuvo una política de neutralidad, situación que generó tensiones con Estados Unidos y con algunos países aliados. Aunque el gobierno argentino declaró la guerra a Alemania y a Japón en marzo de 1945, el país continuó enfrentando cuestionamientos internacionales y cierto aislamiento diplomático.

Desde el punto de vista económico, en cambio, la situación resultaba favorable. Gracias a sus exportaciones agropecuarias, la Argentina disponía de importantes reservas y estaba en condiciones de abastecer a una Europa afectada por una grave escasez alimentaria.

El gobierno de Juan Domingo Perón buscó transformar esa fortaleza económica en un instrumento de política exterior, presentando al país como un actor capaz de contribuir a la reconstrucción europea.

El viaje de Eva Perón trascendió el carácter protocolar para convertirse en una auténtica misión diplomática de Estado, donde actuó como representante directa del gobierno de Juan Domingo Perón, fortaleciendo las relaciones bilaterales y proyectando una imagen renovada del país. Su recorrido por España, Italia, El Vaticano, Portugal, Francia, Suiza, Brasil y Uruguay dan cuenta de la iniciativa argentina de romper con los estereotipos promulgados por la Secretaría de Estado de los EE. UU. al intentar asociar al país sudamericano con los regímenes totalitarios depuestos en Europa. Las recepciones oficiales, los encuentros con jefes de Estado, líderes religiosos y representantes de organizaciones sociales presentan a la Primera Dama argentina como una verdadera Embajadora de la Paz, demostrando que la gira combinó objetivos diplomáticos, humanitarios y políticos. En este aspecto, la entrega de ayuda material, la promoción de acciones solidarias y el establecimiento de vínculos con organizaciones benéficas y de asistencia social, construyeron una imagen internacional asociada a la justicia social y la cooperación entre los pueblos que interpeló directamente el posicionamiento norteamericano.

La ayuda social directa a España y la firma de los acuerdos comerciales entre Perón y Franco se presentaron como una forma de cuestionar la hegemonía internacional de Estados Unidos y la política de aislamiento impuesta al régimen de Francisco Franco. Recordemos que Europa atravesaba una profunda crisis económica y alimentaria; España, por su parte, sufría una situación particularmente grave de escasez, agravada por el bloqueo diplomático y las dificultades para acceder a créditos y a los mercados internacionales. En ese escenario, Argentina fue uno de los pocos países que mantuvo relaciones políticas y comerciales fluidas con el gobierno español.

Eva Perón llegó a la ciudad de Madrid el 9 de junio de 1947, donde fue recibida con honores de Jefa de Estado. La recepción popular fue extraordinaria y convirtió a Eva Perón en una de las figuras internacionales más importantes que visitaron España durante aquellos años. La visita de la Primera Dama transmitía un mensaje que trascendía la relación bilateral y Perón buscaba demostrar que Argentina podía desarrollar una política exterior independiente de Washington, donde se establecieran vínculos internacionales conforme a sus propios intereses nacionales.

En este sentido, la gira representó una temprana manifestación de los principios que posteriormente serían formulados por la Argentina Peronista como la Tercera Posición, donde primaba: la independencia frente a las grandes potencias; la soberanía nacional; la cooperación entre los pueblos;

el rechazo a la subordinación internacional.

En este aspecto, la gira funcionó como un contra discurso frente a la narrativa estadounidense, constituyéndose en una disputa diplomática y simbólica sobre el orden internacional de la posguerra.

Otra experiencia de gran relevancia fue la visita al Vaticano fechada el 26 de junio de 1947, donde la audiencia con el papa Pío XII transcendió el tinte de visita religiosa para interpretarse como parte de una estrategia internacional del primer peronismo para legitimar a la Argentina en el escenario mundial y disputar el relato impulsado por Estados Unidos sobre el gobierno de Juan Domingo Perón.

Recordemos que el Vaticano también era un actor político de primer orden y para 1947, el Papa Pío XII manifestaba una fuerte preocupación por la expansión del comunismo en Europa; además de la necesidad de promover la reconstrucción del continente europeo sobre la base de los principios del humanismo cristiano. Es por ello que una audiencia papal significaba un importante reconocimiento internacional para cualquier gobierno y para la Republica Argentina significaba superar el aislamiento diplomático derivado de la política de neutralidad mantenida durante gran parte de la Segunda Guerra Mundial. Si bien, los Estados Unidos había cuestionado duramente esa posición y, a través de su política hemisférica, buscó presentar al peronismo como un régimen con rasgos autoritarios y con supuestas afinidades con las potencias del Eje. Sin embargo, la audiencia con el papa Pío XII permitió contrarrestar esa imagen y el encuentro proyectó la idea de una Argentina plenamente integrada a la comunidad internacional, respetuosa de la tradición cristiana y comprometida con la reconstrucción de Europa mediante la cooperación y la ayuda humanitaria.

En este sentido, la fotografía de Eva Perón junto al Papa tuvo un enorme valor simbólico y comunicacional, ya que ofrecía una imagen difícil de conciliar con el discurso que pretendía aislar al gobierno argentino. La entrevista también permitió destacar las afinidades entre algunos postulados del peronismo y la doctrina social de la Iglesia como: la dignificación del trabajo; la protección de los sectores más vulnerables; la solidaridad y la justicia social.

Aunque existían diferencias doctrinarias entre la Iglesia y el peronismo, ambos compartían la preocupación por la cuestión social y el rechazo tanto del liberalismo económico extremo como del comunismo ateo. Esta coincidencia favoreció una recepción positiva del mensaje argentino.

Dentro del recorrido europeo, la visita de Eva Perón a Suiza constituyó uno de los episodios más significativos. En el contexto de la inmediata posguerra, Suiza mantenía su tradicional política de neutralidad y se había consolidado como sede de numerosas organizaciones internacionales, entre ellas el Comité Internacional de la Cruz Roja y diversas agencias humanitarias. Para el gobierno argentino, la escala en Suiza buscó fortalecer los vínculos con organismos internacionales y con el sistema financiero europeo; y al mismo tiempo permitió proyectar una imagen de Argentina como una nación comprometida con la reconstrucción europea y con los principios de cooperación internacional.

Eva Perón presentó estas acciones como una expresión concreta de la solidaridad social del justicialismo, reforzando la idea de que la justicia social también debía proyectarse hacia las relaciones internacionales. La visita de la Primera Dama permitió mostrar una faceta diferente del primer peronismo frente a la opinión pública europea. Mientras diversos medios occidentales presentaban al gobierno argentino con reservas debido a su política exterior durante la guerra, Eva Perón procuró instalar una imagen basada en: la justicia social; la ayuda humanitaria y la cooperación entre los pueblos. Su presencia despertó una importante atención periodística, contribuyendo a difundir internacionalmente los principios del justicialismo. En el escenario de la Guerra Fría naciente, Argentina intentó proyectarse como una "Tercera Posición", independiente tanto del bloque estadounidense como del soviético. De este modo, Eva Perón actuó como portavoz de una política exterior que aspiraba a otorgar a América Latina un papel más autónomo dentro del nuevo orden mundial.

El broche de oro, fue la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad Continental celebrada en la ciudad de Petropolís- Brasil donde Eva Perón va a asistir como invitada especial, acompañando a la comitiva argentina liderada por el Ministro de Relaciones Exteriores, Atilio Bramuglia. Dicha conferencia fue convocada para elaborar un sistema colectivo de defensa americano, su principal fin era la firma del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que estableció el principio de que frente a un ataque externo contra cualquier Estado americano sería considerado un ataque contra todas las naciones americanas. Estados Unidos impulsó activamente este acuerdo como parte de su estrategia de seguridad continental frente a la Unión Soviética.

La República Argentina procuró mantener una posición propia; y si bien aceptó la necesidad de mecanismos de cooperación continental, insistió en la mantención de varios principios: el respeto por la soberanía nacional; la igualdad jurídica entre los Estados; la no intervención en los asuntos internos y la defensa colectiva sin subordinación política. En este aspecto, la delegación argentina buscó evitar que el sistema interamericano se transformara en un instrumento exclusivo de la política exterior estadounidense.

Simultáneamente al desarrollo de la Conferencia Interamericana desarrollada en Brasil, Juan Domingo Perón pronunció el 6 de julio de 1947 a través de una transmisión radial al exterior (Radiodifusión Argentina al Exterior -RAE), la lectura de un documento titulado “El Mensaje a los Pueblos del Mundo”. Este documento trascendió la política exterior argentina para convertirse en una propuesta de alcance universal, ya que los principales ejes de dicho mensaje fueron: la defensa de la paz mundial; el rechazo a una nueva guerra; la cooperación entre las naciones; la justicia social como fundamento de una paz duradera; la independencia política y económica de los pueblos.

En este sentido, Perón sostuvo que la paz no podía garantizarse únicamente mediante pactos militares o equilibrios de poder. Eran indispensable eliminar las causas profundas de los conflictos internacionales, especialmente la pobreza, la explotación y las desigualdades sociales.

En definitiva, no habría paz sin justicia social, trasladando al plano internacional uno de los principios fundamentales del justicialismo y además cuestionaba la creciente militarización de las relaciones internacionales. Mientras las grandes potencias organizaban alianzas estratégicas y sistemas de defensa, Perón proponía: privilegiar la cooperación internacional; fortalecer el diálogo entre los pueblos; respetar la autodeterminación nacional; y evitar la formación de bloques antagónicos.


 

Conclusión

El viaje de Eva Perón a Europa en 1947 constituyó una de las iniciativas diplomáticas más importantes del primer peronismo. En el contexto de una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial y de un sistema internacional en transición hacia la Guerra Fría, la gira permitió proyectar una nueva imagen de la Argentina como país proveedor de alimentos, promotor de la cooperación internacional y defensor de la justicia social. Eva Perón se convirtió en la principal figura de una diplomacia que buscó romper el aislamiento internacional, fortalecer las relaciones con Europa y presentar al justicialismo como un proyecto con proyección universal, basado en la solidaridad, la paz y la dignidad de los pueblos.

Por último, la vinculación del documento titulado Mensaje a los Pueblos del Mundo, la gira europea de Eva Perón y la posición argentina en la Conferencia Interamericana desarrollada en Brasil formaron parte de una misma estrategia internacional promovida por el gobierno peronista. Los tres acontecimientos compartían objetivos comunes: mejorar la imagen internacional de la Argentina; superar el aislamiento diplomático posterior a la Segunda Guerra Mundial; difundir los principios del justicialismo; proyectar una política exterior autónoma; además de promover la cooperación internacional y la paz.

Mientras Perón formulaba la doctrina de la Tercera Posición desde Buenos Aires, Eva Perón la representaba en Europa mediante una intensa labor diplomática y humanitaria.

En ese contexto, la Argentina también buscaba posicionarse frente al anuncio de la Doctrina Truman y al lanzamiento del Plan Marshall por parte del gobierno norteamericano, hechos que marcaron el inicio de la Guerra Fría y consolidaron un nuevo orden internacional basado en la confrontación ideológica entre capitalismo y comunismo.
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250 años de la independencia de Estados Unidos

21 Julio 2026

Nuestra Historia nacional se encuentra inmersa bajo el ricorsi e ricorsi del devenir, signado por el enfrentamiento de dos modelos de nación. El rostro del patrón del Norte es bicéfalo: ya desde tiempos tempranos tanto el Imperio británico como el siguiente dominio yanqui harían de las suyas por torcer nuestra voluntad popular. El pasado 4 de julio se cumplieron 250 años de su independencia de Gran Bretaña y, por consiguiente, también 250 años de atropellos sobre nuestra región.

Durante el proceso de la Independencia, la actitud de Washington se movió bajo el signo de la especulación calculadora. Mientras nuestros pueblos derramaban su sangre en las campañas sanmartinianas, los Estados Unidos miraban hacia el sur con la frialdad de los comerciantes. El reconocimiento oficial de nuestra soberanía recién llegó en 1822, y no por un rapto de solidaridad anticolonial, sino cuando España ya estaba militarmente derrotada y el mercado rioplatense se ofrecía apetecible. Pocos meses después, en 1823, James Monroe lanzaba su famosa proclama: "América para los americanos". Una zoncera retórica que el iluminismo porteño —siempre obediente a las novedades que venían del norte o de Europa— aplaudió con entusiasmo, pero que en la práctica no era más que la declaración de propiedad exclusiva sobre el hemisferio. América para los norteamericanos.

El mito ecuménico de la Doctrina Monroe estalló por los aires apenas una década más tarde en nuestras propias costas. En 1831, la corbeta estadounidense Lexington atacó y saqueó el asentamiento argentino en las Islas Malvinas, destruyendo las defensas comandadas por Luis Vernet en nombre del gobierno de Buenos Aires. Aquella agresión directa desbrozó el camino para que, catorce meses después, los piratas de Gran Bretaña consumaran la usurpación de nuestro Atlántico Sur en 1833. ¿Dónde estaba entonces la mentada solidaridad continental de Washington? El silencio de los Estados Unidos ante el zarpazo británico desnudó la verdadera naturaleza de su doctrina: las potencias anglosajonas se reconocían entre sí el derecho a repartirse el mundo. Tristemente, sucedería lo mismo en 1982 durante el conflicto bélico con Gran Bretaña.

El gobierno de Juan Manuel de Rosas nunca dejó de lado el reclamo por el atropello a lo que el gobierno estadounidense jamás se haría cargo. Inclusive sería observado por Sarmiento quien, siendo embajador argentino en EEUU, le escribía al presidente Mitre en 1966:

Consecuencia de la insólita gestión hecha por un agente norteamericano de los presumibles derechos de Inglaterra a la posesión de las Islas Malvinas, fue que esta Nación que las había espontáneamente abandonado sesenta años antes, echó a un lado el principio, y segura ya de que los Estados Unidos, comprometidos por las doctrinas de Baylies, no incluían las islas adyacentes en los continentes americanos en la declaración Monroe, volviese sobre la doctrina de no colonización iniciada por Canning, y proclamada por los Estados Unidos, y se apoderase de las Islas Malvinas, a título de anterior ocupación y con complicidad aparente de esta última nación” (6 de abril de 1866)

Fue bajo los gobiernos de Juan Manuel de Rosas cuando esta tensión estructural alcanzó su máxima expresión política y doctrinaria. El Restaurador de las Leyes, lejos de encarnar la barbarie que pretendía el romanticismo berreta unitario exiliado en Montevideo, comprendió que la defensa de la soberanía nacional debía librarse simultáneamente contra el imperialismo europeo y contra la arrogancia norteamericana. No obstante, durante la época de Rosas se daría esa particularidad (no es más que la complejidad propia del estudio histórico) en donde se explican las diferencias: mientras mantenía el gobierno de Rosas un trato cordial con los comerciantes ingleses aunque reaccionaba ante la agresión imperial; con relación a la Republica norteamericana, el respeto que tributaba el Restaurador era hacia su sistema de gobierno considerando la mejor opción para las nacientes naciones americanas del sur. Esa distinción radicaba en la lectura historicista que siempre mantuvo Rosas ante el racionalismo doctrinario de la oposición que pretendían imponer las leyes sin leer la realidad de nuestro pueblo.

La aceptación del ideario federal doctrinario norteamericano había inspirado no solamente a Artigas y a Dorrego, sino que el propio Rosas lo consideraba el más adecuado a nuestra idiosincrasia. El “Diario de la Tarde” a comienzos de 1851 consideraba que

El General Rosas sostiene el mismo principio e interés que sostuvo el General Washington, la independencia del país; ejerce el mismo poder discrecional, y con la misma legalidad que lo ejerció en su época el General Washington: organizó en medio mismo de la guerra, como organizó del mismo modo el General Washington; y fija el propio principio que este sostuvo que la Constitución oportuna del país mismo, no por el extranjero, ni con el consejo e influencia de cualquier extranjero. Este principio es el de la libertad de las naciones”

Y más adelante, señalaba el editorial en clave plutarquiana:

(…) Los dos se educaron en el campo, el uno como agrimensor, el otro como hacendado; y cuando el país necesitó de sus servicios, el uno se puso al frente de las milicias de Virginia, y el otro reunió las fuerzas de la Provincia, de que había quedado accidentalmente el jefe, para oponerse a la insurrección del ejército (…) El General Rosas, sin recibir, ni pedir auxilios, sin más apoyo que su gran carácter, y la justicia de su causa, ha resistido con brío a las fuerzas combinadas de Inglaterra y de Francia, que venían a cerrar sus puertos, y a privarle de todos sus recursos”.

Mientras luego los triunfadores de Caseros privilegiaron el contractualismo (como bien definió José María Rosa, el “fetiche de la Constitución”) copiando literal la Carta Magna estadounidense, Rosas consideraba aquellos principios doctrinarios adecuándolo a la realidad de nuestros pueblos. Contestándole no solo a los opositores sino también a los salieris de José Carlos Chiaramonte y los mentores del actual academicismo que desconocen nuestra constitución como nación previa al 80, “La Gaceta Mercantil” enfatizaba

(la errada interpretación del federalismo con que pretende confundirse a la opinión, pues, mediante un artilugio), se hace de cada Provincia un Estado Independiente; la federación estipulada en el carácter de unión nacional permanente e indisoluble se mira como simple alianza; y así se sistema la disolución de la nacionalidad Argentina. (En tanto, nuestro federalismo) es la misma unión federativa nacional de los Estados Unidos en la que cada parte de la asociación, siendo integrante y permanentemente constitutiva del todo nacional, conserva sin embargo su independencia particular” (12 de marzo de 1846)

Es de esta manera que, con la excusa de conmemorar la efeméride, decidimos reunir un dossier especial para APU apelando a nuestro fuego histórico sin artificio ni drones laudatorios. En ese sentido, nuestros colegas Emanuel Bonforti, Santiago Liaudat y el camarada oriente Joaquín Andrade reflexionan sobre la lucha antiimperialista por parte de nuestra región a lo largo de los dos siglos. Facundo Di Vincenzo nos recuerda aquel primer escrito antiimperialista del inolvidable Manuel Ugarte mientras que Nahir González recupera a Eduarda Mansilla y sus impresiones luego de conocer las “entrañas” del Gigante del Norte. Pablo Vázquez y Damián Cipolla abordan la relación de Eva Perón con Estados Unidos; Sofía González reflexionaba en torno al imperialismo como tópico determinante el pensamiento nacional en los sesenta y setenta, mientras que Laura Osorio denuncia el rol protagónico del Imperialismo yanqui sobre el infame Plan Cóndor que hiciera estragos en la región.

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    Alí Khamenei
MEDIO ORIENTE

Úrsula Asta: “En los funerales de Alí Khamenei en Irán e Irak participaron 20 millones de personas”

21 Julio 2026

Úrsula Asta, periodista de Radio Gráfica, describió en primera persona las despedidas a Alí Khamenei y el presente de la guerra de Estados Unidos con Irán, tras recorrer Teherán y otras ciudades del país persa.

Asta dialogó el sábado 18 de julio con "Más o menos bien" (Radio Con Vos, sábados de 18 a 20hs). A continuación, sus principales declaraciones y luego la nota completa:

“Durante los días que estuve allá se reanudaron los bombardeos. Fue el 6 de julio, Irán estaba viviendo un momento muy particular, un hecho histórico, porque era el funeral de Alí Khamenei, que es su líder supremo, máxima autoridad política, religiosa y militar. Se retrasó justamente por la guerra”.

“En Teherán, que es la ciudad capital de Irán, el funeral duró 3 días en lo que se estiman 15 o 20 millones de personas. Es realmente impresionante, muy impactante lo que significa ese hecho”.

“Hay firme una postura anti injerencista. Había un sentimiento muy profundo en torno a “nosotros vamos a ganar esta guerra y vamos a luchar hasta vencer”. Hay una politización de la población al respecto de la guerra. Seguro hay distintas posturas, pero con toda la gente que hablé me manifestó esta misma expresión”.

“El líder supremo ya es una figura muy importante, y para los musulmanes chiitas además tiene una concepción sobre el martirio, que es este asesinato por parte de los agresores, que es considerado como la muestra máxima de compromiso, es decir, es morir por una causa justa. Se convierte en un héroe, al revés del cálculo inicial”.

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    Ramiro Sanchiz
TRANSHUMANISMO

Ramiro Sanchiz: “Lo humano es magnífico sólo si lo analizan los humanos”

21 Julio 2026

Ramiro Sanchiz, escritor, ensayista y traductor montevideano, reflexiona sobre el transhumanismo y propone una alternativa a la visión de Nick Land, el iluminista oscuro.

Sanchiz dialogó el sábado 18 de julio con "Más o menos bien" (Radio Con Vos, sábados de 18 a 20hs). A continuación, sus principales declaraciones y luego la nota completa:

“Para el transhumanismo podemos controlar hacia dónde vamos en el futuro, mientras que para el posthumanismo especulativo no necesariamente vamos a tener un control sobre lo que se va a convertir la especie”.

“La gran pregunta es qué pasa con ciertas concepciones posthumanistas que niegan, cuestionan o problematizan la agencia individual y al sujeto político y un montón de ideas. ¿Cómo evitar que eso se vea como una forma de resignación o fatalismo? Creo que ese es el desafío que tenemos, al menos, los que no queremos terminar en la derecha. Nick Land, por ejemplo, no tuvo ese desafío porque no tuvo mayor inconveniente en alinearse por ese lado”.

“Hay muchos problemas a tener en cuenta con la inteligencia artificial, el término en sí mismo es un problema. La inteligencia es algo que no sabemos qué es, lo artificial versus lo natural es una problematización filosófica que a mí me resulta particularmente interesante. No podemos dejar de lado muchos problemas que tienen que ver con la manera en que estos grandes tecnócratas cooptan la inteligencia artificial y en que el capitalismo global funciona”.

“La humanidad es magnífica para la humanidad, pero no en un contexto más amplio y ese es el contexto del posthumanismo”.

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    Gildo Onorato
CRISIS ECONÓMICA

Gildo Onorato: “Milei ataca al cooperativismo y a todo vínculo comunitario en nuestra sociedad”

21 Julio 2026

Gildo Onorato, titular del Instituto Provincial de Asociativismo y Cooperativismo (IPAC), reflexionó sobre la ofensiva del gobierno de Javier Milei en el plano económico y político contras las cooperativas. A su vez, analizó la figura de Axel Kicillof como salida a esta situación.

Onorato dialogó el sábado 18 de julio con "Más o menos bien" (Radio Con Vos, sábados de 18 a 20hs). A continuación, sus principales declaraciones y luego la nota completa:

“El Instituto fue creado en el 2024. El gobernador Axel Kicillof nos dio la responsabilidad de reconstruir un organismo que había tenido mucha presencia en los 90 y en los 2000. A partir de ahí empezamos a trabajar en un vínculo constante con las instituciones cooperativas, las federaciones, confederaciones y por supuesto las cooperativas de primer grado, principalmente las de trabajo”.

“La situación que se está viviendo es de mucha complejidad porque ninguna está exenta de lo que está sufriendo nuestro pueblo, es decir, una recesión económica que lastima el trabajo y la producción”.

“Las cooperativas de trabajo son, sin dudas, las más castigadas. Son las que tienen, en general, un vínculo más cotidiano con la construcción, el trabajo comunitario, las pequeñas obras de infraestructura social, y el mantenimiento de clubes y sociedades de fomento. Después hay otros problemas que están más extendidos en las cooperativas eléctricas, que son las grandes deudas que tienen con las generadoras a quienes le compran las la energía”.

“Creo que en el gobierno de Milei hay, primero, una concepción de romper todo lazo de encuentro, comunión y solidaridad. Se ataca el movimiento cooperativo, a las organizaciones sociales, al movimiento obrero, a los sindicatos, a la doctrina social de la iglesia, a todo lo que es el vínculo comunitario y asociativo de nuestro pueblo. Lo ataca desde una mirada individualista, tecnocrática y claramente antipopular”.

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    Diciembre 2001

Diciembre: un viaje inmersivo y documental a la crisis del 2001

21 Julio 2026

Tras su paso por festivales internacionales, Diciembre, documental de Lucas Gallo, llega el viernes 24 al cine del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). El film propone un viaje inmersivo y sensorial a la crisis de diciembre de 2001, una especie de crónica atmosférica. De esa manera, el director y guionista confirma su propuesta de exploración entre la política, la memoria y los medios de comunicación. 

Gallo recorre, a partir de material de archivo televisivo restaurado, un arco temporal muy preciso, que va del 1 de diciembre al 3 de enero de 2002, es decir, del anuncio del “corralito” a la asunción presidencial de Eduardo Duhalde. Sin marcas de agua ni micrófonos en cámara, gracias al trabajo de montaje de Fernando Epstein y Marcos Frachia, ni voz en off, hay un hilo evidente que une esas escenas en tiempo real: el termómetro social del pueblo argentino. Manifestaciones en distintos puntos del país, discusiones callejeras, los personajes típicos del espectáculo y noticias que parecen laterales, pero que no lo son, logran capturar la espontaneidad y la inestabilidad de la época. 

Su primer largometraje, 1982, ya había destacado por su uso innovador del acervo documental. Su búsqueda lo conduce al archivo de Crónica TV, que transmitía por ese entonces casi enteramente desde la calle. En esa apropiación crítica, en la que convierte televisión en cine, desmontando esa mecánica, le otorga mayor libertad a la imagen y al sonido y genera nuevos sentidos. Las más de 300 horas de cobertura, divididas en semanas, permiten reconstruir una foto panorámica que va más allá, no sólo del 19 y 20 de diciembre, como jornadas preponderantes, sino de los límites de la Ciudad de Buenos Aires.

La propia cronología de los hechos va armando la estructura del relato. Su obra, entre el análisis histórico y el juego formal del cine, replica una operación similar a la de “El palacio y la calle”, de Miguel Bonasso. A Gallo le interesa esa desconexión entre el adentro y el afuera, que se profundiza en los momentos de pantalla partida, antes que la intriga palaciega. Ni siquiera aparecen los nombres de los políticos que hablan. El trabajo sobre el material es tan sutil que, sin instalar lecturas únicas, evidencia zonas grises.

Diciembre resume y revive en poco más de una hora y media el desenlace de la peor crisis social, política y económica del país. Buena parte de la cinta está ocupada por la rebelión popular. Importa poco qué tan conocido es lo que se muestra, si es del archivo del canal o de DiFilm, si es captado con antelación o en el fragor del caos. Hay poca información servida, ambigüedad del tiempo presente y complejización del acontecimiento, lo que deja en general más dudas que certezas. El anhelo conseguido es que verdaderamente parece haber un equipo de filmación independiente, lo que la acerca al cine directo

Tras el estreno de LS83, que se sustenta en las imágenes de Canal 9 durante la década que va de 1973 a 1983, resalta cómo el cine argentino da cuenta de tiempos pasados para notar la pertenencia de algunos paralelismos. De hecho, el propio proyecto tuvo problemas de financiamiento a raíz del retiro del INCAA, lo que obligó a una reconfiguración de la coproducción con Uruguay -La Pobladora es una productora especializada en cine de autor, y Nevada Cine, con sede en Buenos Aires, focaliza en ficción y documental-.

Como mencionamos, Diciembre confirma el tipo de lenguaje cinematográfico propuesto por Gallo para ahondar la construcción mediática de la memoria. La película es, de alguna manera, volver a revivir un trauma que nunca termina de irse porque siempre parece estar a punto de volver a suceder. La crisis del 2001 es siempre un eco latente. El viernes 24 y 31 de julio estrenará en Malba Cine, durante un ciclo organizado por la revista Caligari, y luego esperan que haya más funciones en otros espacios culturales de la Ciudad y del país.

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    Soluciones para viajeros
    Soluciones para viajeros
TURISMO

Viajar con o sin seguro de viaje internacional: qué cambia realmente

21 Julio 2026

Antes de hacer las valijas, muchos viajeros se preguntan si vale la pena pagar por una cobertura adicional o si conviene arriesgarse sin ella. Contratar un seguro de viaje internacional puede ser la diferencia entre resolver un imprevisto en minutos o enfrentar una crisis económica y logística en un país que no es el propio. En esta nota comparamos ambos escenarios para que puedas decidir con información concreta.

El escenario sin cobertura

Viajar sin seguro no significa necesariamente que algo vaya a salir mal, pero sí implica asumir todo el riesgo por cuenta propia. Si aparece un problema de salud, un vuelo cancelado o la pérdida de equipaje, la persona viajera tiene que resolverlo con sus propios recursos, sin ningún tipo de respaldo económico ni asistencia operativa.

En destinos donde la salud pública no es gratuita para extranjeros, como buena parte de Europa, Estados Unidos o Canadá, una consulta médica de urgencia puede costar varios cientos de dólares, y una internación puede superar fácilmente los diez mil. A eso se suma el idioma: sin nadie que coordine la atención, encontrar un centro médico, entender la facturación o gestionar el traslado se vuelve mucho más complicado.

Además del aspecto médico, cualquier otro contratiempo queda enteramente en manos del viajero. Reclamar por un vuelo cancelado, denunciar un robo o gestionar la pérdida de documentación implica lidiar con procesos administrativos en un idioma ajeno, sin nadie que oriente los pasos a seguir ni que acompañe la resolución del problema.

El escenario con cobertura

Con un seguro contratado, el panorama cambia por completo. Ante una emergencia médica, existe una central de asistencia disponible las 24 horas que coordina la atención, deriva a un profesional o centro de salud y, en la mayoría de los casos, gestiona el pago directo sin que el viajero tenga que adelantar dinero.

Lo mismo ocurre con otros imprevistos habituales: demoras o cancelaciones de vuelos, pérdida de equipaje, robo de documentación o la necesidad de un regreso anticipado por una emergencia familiar. En todos esos casos, contar con una póliza activa implica tener un canal de contacto y un proceso definido, en lugar de tener que improvisar una solución en un idioma y un sistema que no se conocen.

Esta diferencia se nota especialmente en los primeros minutos de una emergencia, cuando la urgencia y el desconocimiento del entorno pueden generar decisiones apresuradas. Tener una central de asistencia disponible reduce esa incertidumbre inicial y ordena los pasos a seguir.

Qué factores conviene tener en cuenta antes de contratar

No todas las coberturas son iguales, y comparar antes de contratar es tan importante como decidir si contratar o no. Algunos puntos a revisar antes de elegir una póliza:

  • Monto de cobertura médica: verificá que sea acorde al costo de salud del país de destino.
  • Cobertura de preexistencias: si tenés alguna condición médica previa, confirmá si está incluida.
  • Actividades específicas: deportes de aventura, esquí o buceo suelen requerir coberturas adicionales.
  • Duración del viaje: algunas pólizas tienen límites de días que conviene revisar si el viaje es largo.
  • Exclusiones: leer la letra chica evita sorpresas al momento de necesitar la asistencia.

Revisar estos puntos antes de viajar evita descubrir, en medio de una emergencia, que determinada situación no estaba cubierta o que el monto asignado no alcanza para resolver el problema.

Casos donde la diferencia se nota más

La comparación entre viajar con o sin seguro se vuelve más evidente en ciertos contextos. Los viajes a países con sistemas de salud costosos, los viajes familiares con niños o adultos mayores, los destinos con actividades de riesgo y los viajes largos o de varios países son los casos donde no contar con cobertura implica mayor exposición.

En cambio, en viajes cortos y de bajo riesgo la diferencia económica entre ambas opciones puede parecer menor. Aun así, el respaldo ante un imprevisto sigue siendo el mismo: nadie puede anticipar con certeza si va a necesitar asistencia médica, aunque el viaje sea de pocos días.

Una decisión que conviene tomar antes de viajar

Elegí tu próximo destino y compará el costo de una cobertura frente al riesgo de afrontar solo un imprevisto en el exterior. Muchas veces la diferencia no está en el precio de la póliza, sino en la tranquilidad de tener quién responda ante una emergencia y en la certeza de no tener que resolver todo sin ayuda, lejos de casa.

 

Viajar sin seguro no significa necesariamente que algo vaya a salir mal, pero sí implica asumir todo el riesgo por cuenta propia. Si aparece un problema de salud, un vuelo cancelado o la pérdida de equipaje, la persona viajera tiene que resolverlo con sus propios recursos, sin ningún tipo de respaldo económico ni asistencia operativa.