Un cura en El Vesubio
La presencia del sacerdote llamó la atención al guardia de turno. Un oficial del área de Inteligencia, que respondía a un mandato del dictador Videla, le dio la orden de dejarlo pasar y conducirlo junto a uno de los prisioneros. El religioso, muy anciano, de sotana larga, cinto ancho de cuero y boina negra, caminó por los pasillos oscuros. De inmediato, recordó cuando lo mantuvieron recluido en Manresa, España, cuando sus jefes jesuitas lo encerraron para que aprendiera a agachar la cabeza y obedecer. No aprendió, no reculó, lo expulsaron de la Compañía y le prohibieron decir misa por muchos años. Ahora, Leonardo Castellani, el cura loco, el jesuita rebelde, el escritor exquisito y polémico, estaba en el ocaso de su vida y trataba de ayudar a la pareja de un ex alumno, de buscarlo y de ser posible rescatarlo. Al circular por aquella mazmorra sintió un olor hediondo, mezcla de humedad, pis, vómitos y mierda. Lo hicieron pasar a una habitación, le señalaron el suelo y le dijeron que era el hombre que pidió ver.
El cura se agachó hasta donde estaba el prisionero tirado, le levantó la capucha y comprobó que estaba semi inconsciente, casi agonizante. Cuando lo miró no lo reconoció, era una persona demacrada, con escaso pelo blanco, la mirada perdida y un gemido que no se sabía si se quejaba o intentaba respirar. Pasaron unos segundos y se dio cuenta que era su ex alumno: Haroldo Conti. Fue su discípulo en el seminario diocesano de Devoto, y lo recuerda como buen estudiante y mejor escritor. Sabía de él porque leyó alguno de sus cuentos, y seguía sus textos en la revista Crisis, aunque no mantuvo un contacto asiduo. Trató de decirle algo, para ver si lo reconocía, pero en sus ojos la vida se escurría. El cura sacó los óleos sagrados de una carterita que llevaba. Le iba a dar la unción de los enfermos, cuando una mano lo agarró del brazo. El cura se encontró con un hombre muy golpeado, demacrado, y unos ojos claros que le llamaron la atención.
-Padre, soy Raymundo Gleyzer. Dígale a mi familia que estoy vivo-, le dijo el compañero de celda de Conti. El cura, que era un cinéfilo, que iba al cine todas las semanas con algún amigo, sabía de los documentales del hombre que lo miraba con ojos de desesperación. Lo abrazó, le dijo alguna palabra de consuelo y se comprometió a buscar a su familia y darle el mensaje. Después se dio vuelta y se volvió hacia Haroldo, para rezar por él y darle los óleos. Lo vio muy mal y tuvo dudas sobre su supervivencia. El encuentro del teólogo Leonardo Castellani con el cuentista Haroldo Conti y el documentalista Raymundo Gleyzer, en junio de 1976, pudo haber sido un hecho trascendente para la cultura argentina, pero la reunión se produjo en el centro clandestino de detención El Vesubio, cuando los dos intelectuales estaban desaparecidos y condenados a muerte.
Mascaró confinado
Marta Scavac, pareja de Haroldo Conti, leyó en la revista Crisis una entrevista al sacerdote Castellani, donde mencionaba al escritor como su ex alumno. Ella sabía que el religioso estaba a punto de reunirse con el dictador Videla. Desesperada, buscó la dirección del cura y lo fue a ver. La causa que juzgó los delitos cometidos en El Vesubio tiene al caso Haroldo Conti como el n°4, y señala que fue secuestrado la noche del 4 de mayo de 1976, cuando regresaba del cine junto a su pareja. Al entrar en su casa, en la calle Fitz Roy, un grupo de hombres armados los recibieron y los golpearon durante toda la noche, interrogándolos sobre la actividad literaria y los viajes de Conti, además de insistir sobre dónde escondían el dinero. Antes del amanecer se llevaron a Conti a Campo de Mayo, donde lo torturaron de manera bestial, a tal punto que le destrozaron una de sus manos. Los artistas podían recibir esa violencia contra su instrumento de trabajo. Al pianista Miguel Ángel Estrella le rompieron los huesos de la mano para que no tocara nunca más en las villas ni para los pobres; y a Víctor Jara se las cortaron para que no pudiera puntear con su guitarra. Dos semanas más tarde lo trasladaron al centro clandestino El Vesubio, donde la nueva sesión de torturas lo dejó muy débil, a tal punto que otros secuestrados, como Horacio Vivas y Noemí Fernández, vieron que para ir al baño tenía que arrastrarse, y los mismos guardias confirmaban que estaba hecho un desastre, que no podría sobrevivir mucho tiempo. Cuando estaba lúcido hablaba de sus hijos con los otros prisioneros.
Desde la revista Crisis, donde Conti era colaborador habitual, hicieron todos los intentos por denunciar el secuestro del escritor y tratar de que lo liberaran. Eduardo Galeano y Vicente Zito Lema se entrevistaron con el ministro del Interior, Albano Harguindeguy, pero no obtuvieron respuestas. Sabían del almuerzo de Videla con cuatro escritores y trataron de llegar a cada uno de ellos para que pidiera por Haroldo. La escritora Marta Lynch habló con Ernesto Sábato, quien se comprometió a pedir por Conti, pero a la hora del almuerzo no lo mencionó. También hablaron con Borges, quien dijo no conocer a ese escritor, y confundía su apellido, por lo que no contaban con él.
Leonardo Castellani, de 77 años, estaba enfermo, cansado y con poca paciencia. El ex jesuita vivía recluido, como un ermitaño urbano, en una casa sobre la avenida Caseros, y no se reunía con casi nadie. Le costó recibir a la mujer, no tenía ganas de hablar ni de escuchar, y en este caso prestó atención a la historia de Marta porque quería saber del ex seminarista, y lo que escuchó lo conmovió. Ella lloraba de rodillas, desconsolada, y el cura decidió levantarse y concurrir al almuerzo. Al quedar solo volvió a leer la invitación que recibió de la Casa Rosada, donde decía que el nuevo presidente de facto, el general Videla, lo recibiría a él y a los escritores Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y a Horacio Ratti.
-Ella vino antes de la comida en la Casa Rosada. La señora me emocionó mucho, y como faltaba poco tiempo para el almuerzo, unas horas, tomé los datos que me había dado ella y escribí una carta -, le contó Castellani a Pablo José Hernández. El almuerzo se realizó el 19 de mayo, y fue muy promocionado por los medios de comunicación para lavar la cara de la gestión terrorista que imponían las Fuerzas Armadas. Trascendió que Borges felicitó a Videla por haber derrotado a los peronistas; que Sábato habló casi todo el tiempo, sin dejar hablar a los demás, y propuso armar un consejo de notables para supervisar los programas de televisión, aunque no levantó la voz por los desaparecidos; y que Ratti, presidente de la Sociedad Argentina De Escritores (SADE), se limitó a hablar sobre la ley del libro, los derechos de autor y problemas puntuales de la entidad que presidía. Al terminar el almuerzo Castellani le preguntó a Videla dónde estaba Haroldo Conti, su ex alumno y amigo. Videla respondió con una cínica cara de nada.
-Mire, yo no sé si esto le pertenece a usted o al jefe de la Policía, pero de todas maneras se lo encomiendo -, le dijo Castellani a Videla.
El mismo general genocida recordó aquel pedido del sacerdote cuando concedió una larga entrevista a Ceferino Reato.
-Luego del almuerzo el padre Castellani me llevó a un costado, me dio un papelito y me dijo: “General, le recomiendo la situación de esta persona, un escritor. Es una persona de mi conocimiento, que no ha hecho nada malo”. Yo recibí el papelito, no recuerdo ahora el nombre, tomé nota del pedido y luego llamé por teléfono y di instrucciones para que, en la medida de lo posible, revisaran la situación de este detenido. No fue un pedido genérico sino por una persona determinada. No hubo ningún otro pedido por detenidos.
Pocos días más tarde le avisaron a Castellani, de parte del dictador Videla, que irían a buscarlo para visitar a Conti. Por fin, el 8 de junio Castellani pudo ver al ex seminarista en El Vesubio. Marta Scavac estaba perseguida y se alojó en la Embajada de México. Tiempo después le llegó la versión de que Castellani logró un salvoconducto para los tres, Marta, Haroldo y su bebe recién nacido, pero que el escritor estaba en muy mala condición física y el cura solo pudo darle la extrema unción.
Compañero de confinamiento del escritor, el director de cine Raymundo Gleyzer con sus pocas fuerzas pudo presentarse ante el cura y pedirle ayuda. Castellani salió con una nueva misión: encontrar a la familia de Gleyzer. La información llegó, pero nada pudieron hacer. El 20 de junio, día del padre y día de la bandera, Conti y Gleyzer fueron llevados a Neuquén, que en términos eufemísticos significaba el traslado para ser ejecutados. Sebastián Randle, el biógrafo de Castellani y uno de los pocos que pudo acceder a sus papeles personales, señala que después de 1976 el cura ya no escribía sus diarios y su correspondencia era mínima, por lo que no hay más detalles sobre aquellos días. El cura no vivió para testimoniar en el Juicio a las Juntas, falleció el marzo de 1981.
Castellani, el cura loco
¿Quién era Leonardo Castellani? El cura fue una persona activa e influyente en el debate público durante el siglo XX. Escritor, filósofo, teólogo, periodista, sus opiniones nunca pasaron desapercibidas. Nacido en Reconquista en 1899, Santa Fe, ingresó a la Compañía de Jesús, en la misma provincia. Se perfeccionó en algunas materias en Italia, donde se ordenó sacerdote, y luego ganó una beca en Francia, donde tuvo una especialidad en psicología, y también recorrió Alemania. Manejaba varios idiomas, como el inglés, el francés, el alemán, el italiano, y el latín, y eso le sirvió para traducir libros de su idioma original. Desde lo teológico, es el traductor y comentador de los primeros cinco tomos de la "Summa Teológica" de Santo Tomás de Aquino. Como escritor tiene una obra dilatada, más de 40 libros publicados en vida, cultivando los más diversos géneros, desde fábulas ambientadas en el campo argentino, cuentos costumbristas, poesía, biografías y hasta el primer libro policial argentino en 1942: "Las nueve muertes del Padre Metri". Tiene varias novelas, entre ellas Juan XXIII – XXIV, donde profetiza que después de la tercera Guerra Mundial llega al papado un cura jesuita y argentino.
Fue integrante de la Alianza Libertadora Nacionalista, por esa fuerza fue candidato a diputado en 1946, y eso le trajo numerosos inconvenientes con su congregación. De esos días conservó la amistad con Rodolfo Walsh, Jorge Massetti, Rogelio García Lupo y Alicia Eguren, de quien estuvo cautivado por su belleza y su inteligencia. Cultivó la amistad con personas de las más diversas ideologías, como Leónidas Barletta (director del Teatro de la Campana y vinculado al Partido Comunista), Fermín Chávez (peronista con quien compilaron una serie de poemas en lengua castellana), Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Ortega Peña, que a través de su editorial Sudestada le editaron algún libro, o Hernán Benítez (cura peronista, confesor de Evita).
Siempre polémico, con sus convicciones firmes, le molestaba obedecer órdenes absurdas, y eso le costó que lo expulsaran de los jesuitas. Antes de esa expulsión, pasó largos meses recluido en el loquero de Manresa, que los jesuitas tienen en España, y de donde el cura se escapó con la ayuda de algunos argentinos. Conoció a Juan Domingo Perón, con quien tuvo varios encuentros y lo vio como un hombre resolutivo, ya fuera para sacar a un docente que copaba con malas artes las cátedras más importantes de filosofía, cuando le solicitó nafta para una usina en Reconquista, o cuando le pidió ayuda para que lo sacara de su reclusión en Manresa. También le quitaron la posibilidad de decir misa, hasta que una década después el Papa Roncalli le levantó la prohibición. Muchas veces ninguneado, las más de las veces ignorado, era antiliberal. Algunos quieren reducir su ideología al nacionalismo, lo más adecuado es decir que fue un patriota, siempre dispuesto a ayudar.