Ensayo: "¿Qué pasará cuando estén domados todos los caballos salvajes?", por Pedro Patzer
¿Qué pasará cuando estén domados todos los caballos salvajes?, se preguntaba un viejo sioux. Y si supiera aquel indio —que se reconocía hermano del río y del viento— que en estos tiempos, a toda hora, nos invitan a desplumar como margaritas a nuestro ángel secreto, a domesticar nuestro corazón, a desconocer su parentesco con el volcán y con la desnudez de la selva; lo incitan a vestirlo con el uniforme del empleado del gran algoritmo, a reemplazar el árbol de su propia verdad por la máquina de certezas oficiales.
Quieren poblar nuestras islas desiertas, invadirlas con videitos de expertos en crianzas del fantasma obediente que encaja, con buen humor, en esta serie de terror. Y entonces nos preguntan, una y otra vez: “¿qué libro se llevarían a una isla desierta?” y presentimos que no comprenden la gran broma de la existencia; entonces respondemos: “Nosotros intentaríamos llevar una isla desierta a un libro”.
Porque ahí hay un anticuerpo, la posibilidad de que nuestra isla desierta quepa en lo importante, en la intimidad de los que se aman, en el rostro que solo se ve cuando cerramos los ojos, en los gallos que solidariamente callan en los amaneceres clandestinos, en el sol que se enciende cuando alguien nos escucha de verdad, en las escuelas que siguen enseñando las palabras como brote divino de la expresión humana.
Porque ahora pretenden que arrojemos al "etcétera" todo aquello que realmente nos hace ser algo más que una historia clínica, que nos ahoguemos en un nombre que nunca da frutos, que alabemos a los pesebres de shopping, a los veinteañeros que sueñan con manejar Lamborghinis sin haber dejado su casa para librar una batalla en nombre de la humanidad; pero sobre todo, que no nos preguntemos, que solo esperemos cómodamente las respuestas entregadas por el delivery de la resignación, ya sean humanos o máquinas.
Preguntarse es como la tarea del artesano, un trabajo manual; se siente el pulso al hacerlo y, además, cuando uno construye algo con su mano sabe que por un instante está dejando a un lado la posibilidad de dar una trompada y también una caricia. Si entendemos que para rezar no hace falta usar las manos, del mismo modo que para sembrar.
Quieren poblar nuestras islas desiertas, invadirlas con videítos de expertos en crianzas del fantasma obediente que encaja, con buen humor, en esta serie de terror.
Hace tiempo leí una definición, casi disparatada —de hecho podría ser apócrifa—, pero a mí me pareció siempre la más lúcida. La misma afirmaba que la palabra preguntar, etimológicamente, significa: "el utensilio que usaban los pescadores para buscar en el fondo del río". Esta definición abre las otras puertas que hay en cada cosa y en nosotros, primero porque nos invita a pensar en un río metafórico y en su fondo; es decir, en la pregunta humana que jamás podría formular la plagiadora IA y que surge de una duda que lleva la carga de todo lo que una persona ha amado, odiado, sufrido, temido. Entre otras cosas, surge la posibilidad y la necesidad de preguntar.
Preguntamos más allá de los renglones que no soportan el peso de las palabras que sabemos leer y escribir adentro, pero que nunca podemos sacar al mundo ni pronunciar. La verdadera pregunta ignora su rumbo; todavía queda una lata que no tiene etiqueta que nos permite poner ahí el llanto por las cosas que se supone no deberíamos llorar.
Francisco dejó —entre tantas— una frase memorable: “El mundo se ha olvidado de llorar”, y además podríamos agregar: debemos llorar lo que nos han dejado de decir que no es llorable. El extraño mundo de los serenos, que son como cuidadores de faros a los que les han arrebatado el mar, la pipa y la luz; las personas que nunca pudieron sacarle las ropas a su silencio; los que jamás han conocido la ciénaga que separa un "sí" dicho sin pensar de un "sí" en el que nos jugamos nuestros horizontes.
Preguntar sin los zapatos ortopédicos del pensamiento o de eso que nos hace creer que pensamos cuando solo repetimos lo que a cada hora nos inoculan. Preguntar sin bajarnos la aplicación del buen preguntar, sin poner la contraseña, sin los saludos cordiales de los gerentes; preguntar como aquellas heridas de Cristo que nunca se han podido pintar prolijamente o como el crujir del pan en la boca del hambriento.
Preguntar para vencer la otra sed, para volver a gatear en lo importante, no caminar tan derecho en lo que nos importa de verdad. La duda humana como ofrenda, como un acto de amor; amasar el perdón a nosotros mismos y perdonar a todos los que jamás han intentado comprender nuestro corazón.
Preguntar con la vela que hinchará el viento, porque la pregunta verdadera es barco valiente, nave que está dispuesta al océano de uno mismo y su tempestad, porque sabe que no hay orilla sin la travesía. ChatGPT nos ofrece hacer la pregunta por nosotros, pero si apenas estamos aprendiendo el idioma que nos permite traducir el escándalo interior, esto de hallar en cada persona y cada cosa el comienzo de todo eso que podemos llamar Dios.
Preguntar es poner las cosas en su lugar, es el fracaso de los cañones y de los aduaneros del conocimiento, es un acto de rebeldía y dignidad, es el primer paso para dejar de deambular y volvernos peregrinos. Cada vez que preguntamos vence la flor de uno mismo y es derrotado el “pero” del mundo.