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MEMORIA Y DERECHOS HUMANOS

La carta de Lilia Saavedra a su hijo: “La lucha continúa y tu memoria me da fortaleza para continuar”

10 Junio 2026

Lilia Saavedra, madre de Ramón “Sugus” Santillan y presidenta de la Fundación V.E.I. escribió un texto epistolar para realizar un homenaje a su hijo asesinado por un agente de Gendarmería Nacional.

Hola, hijo querido:

Donde quiera que te encuentres, deseo que estés muy bien y seas feliz. Hoy hace 27 años que nos separaron. Una mano asesina se adueñó de tu vida y me dejó con el dolor más intenso que puede tener una persona, que es la pérdida de un hijo. Es un dolor inconmensurable e intransferible.

Pero no hubo lugar para el duelo. Había que salir a luchar para que no quedara impune, como tantos casos, y dije que lucharía para que tu muerte no sea en vano y para que no sigan asesinando, por lo general, a jóvenes racializados, pobres y de barrios populares. Una lucha desigual, donde la Justicia mira para otro lado porque es selectiva.

El 6 de junio pasado homenajeé tu memoria como hace 27 años, pero desde otro lugar: a través de una carta hecha con mucho amor, recuerdo y esperanza. No nos reuniremos con tus amigos, la familia, los familiares de víctimas, compañeros y vecinos en el paso a nivel de la estación de William Morris. Decidí escribirte para decirte que te amo y te extraño como el primer día; que esta lucha, que nació del dolor, con los años se transformó en amor y hoy abraza todas las luchas.

Con el paso de los años entendí que la memoria también necesita ser cuidada. A veces duele sentir que algunas causas van quedando demasiado solas, incluso cuando deberían convocarnos a todos. Pero aprendí que mientras haya una madre, una familia o un vecino que recuerde, la lucha seguirá viva.

Aunque hoy no nos encontremos en el lugar de siempre, la lucha sigue estando en las calles, como siempre, porque hay un gobierno violento desde su discurso y en la práctica, donde golpean a los adultos mayores; a las personas con discapacidad se las deja sin coberturas ni derechos; a las personas con enfermedades terminales, sin medicamentos; donde a la educación y a la salud pública les bajan el presupuesto; donde siguen asesinando jóvenes pobres, generalmente negros, y atropellan los hogares vulnerables; donde siguen desapareciendo niñas y jóvenes que son violadas y asesinadas, como en el caso más reciente, el de Agostina; donde salió un fiscal a felicitar a los perros policías que hallaron los restos y nunca se dignó a decir que siempre se llega tarde por la inoperancia de la policía y la Justicia; y donde hay un gobierno que avala o justifica este accionar.

Veo derrumbar muchos derechos que avanzamos y conquistamos en las calles, y con mucha lucha y sangre de todas las víctimas. Muchas veces pienso que para los pobres y negros no existe la Justicia, y también que una gran parte de la sociedad es discriminadora. Lo veo generalmente con las personas que viven en las calles o en barrios humildes.

Por eso siempre digo que la lucha continúa y que tu memoria me da la fortaleza para continuar, hasta que haya justicia para todos y termine la impunidad.

Podré estar dolida, ¡pero jamás vencida!

*Mamá de Ramón “Sugus” Santillan y presidenta de la Fundación V.E.I.

*Este artículo fue publicado originalmente por Página 12

El caso de Sugus

El 6 de junio de 1999 Ramón Santillán, de 21 años, fue asesinado en el paso nivel de la estación William Morris del ferrocarril San Martín, en el partido de Hurlingham. Ramón, que desde que nació para todos era Sugus, por el personaje de los caramelos, estudiaba, trabajaba y colaboraba con el Centro Cultural ubicado frente a la mencionada estación. Había ido a celebrar el triunfo de su club, Boca Juniors, y para asistir a la despedida que le habían organizado, ya que en pocos días se iba a ir del país debido al contexto económico.

En ese entonces, el ferrocarril estaba en manos de la empresa privada Metropolitana, y la seguridad estaba concesionada a la compañía SUAT, cuyo jefe de personal donde sucedieron los hechos, Juan Sebastián Acosta, era además cabo de Gendarmería. La empresa intentó rápidamente deslindar su responsabilidad, pero luego se comprobó que el disparo que mató a Santillán provino del arma que portaba Acosta. También se supo que Ramón había sido amenazado varias veces con anterioridad por los guardias.  

Los hechos

Al regreso del partido que disputaron Independiente y Boca, en el ferrocarril, alguien accionó la manivela de frenos, que estaba al descubierto y al alcance de cualquiera en el furgón. En ese momento ingresó la seguridad a pegarle a los pasajeros. Ramón era el último en bajar pero percibió cómo Acosta agredía a otro joven. Reclamó que frenara pero sólo recibió insultos como respuesta, por lo que comenzaron a forcejear para que el pibe pudiera soltarse. Tras lograr escapar y saltar del vagón, Acosta impactó, desde arriba del tren, un disparo en la cabeza de Sugus, quien muere prácticamente en el acto en los brazos de una de sus amigas. 

Una de las primeras versiones sobre lo sucedido fue la de Fernando Jantus, gerente de comunicaciones de la firma Metropolitana. Señaló la presencia de un grupo de barrabravas que intentaba escapar de la policía y que, en medio de una discusión con los guardias fuera del vagón, se produjeron detonaciones. Negó la responsabilidad del personal de seguridad ya que tenían prohibida la portación de armas. Además, entró en discusión con el titular de la Comisaría N°3 de William Morris, sobre quién debía hacerse cargo de lo que sucede en vagones y andenes.   

Los peritajes y la gran cantidad de testigos confirmaron que quien había efectuado el disparo había sido Juan Sebastián Acosta. Se comprobó que la bala era hueca, prohibidas por la Convención de Ginebra, lo que sumaba una muestra de premeditación. Si el proyectil hubiera sido común, entraba y salía, pero en esta ocasión no existió orificio de salida. 

Actualidad

Este viernes 12 a las 19hs se llevará a cabo la muestra "Crónicas Visuales" en la Sala Lúcida, ubicada en Av. Cabildo 4740, Ciudad de Buenos Aires. La exhibición de cortometrajes, realizados en el marco de la Maestría en Periodismo Documental de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, refleja el cruce entre cine documental y saberes de la investigación periodística. Uno de los cortos será Negro y orgulloso, documental sobre racismo institucional de Franco Vicente De Nunzio, dedicado a la memoria de Ramón "Sugus" Santillán. También se podrá ver El día que me dijeron la verdad, de Mayra Santucho. Las entradas pueden conseguirse a través de la página web de la sala.

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Pepe Fenton: uno de los eslabones del origen de Patricio Rey

10 Junio 2026

* Artículo publicado por primera vez en agosto de 2022

Como una especie de hidromedusa casi inmortal, con sus bigotes mostacholes cruza Alberto Laiseca y un David Crosby sin pelo, el ex bajista e hijo del proyecto prebiótico de la troupe que luego llevaría el nombre de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, eterno operador de Radio Universidad de La Plata y experimentador de la cultura rock platense y más allá, nos recibió una vez más, sabiendo de antemano que la jauría siempre ha aceptado los vicios.

A Pepe lo entrevisté por primera vez en el año 2004, cuando estaba terminando mi tesis en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata. Me acuerdo perfectamente de aquel encuentro en la Enseña de las Tres Ranas, un resto ubicado frente a Radio Universidad. 15 años han pasado y nos volvemos a encontrar gracias a la generosidad y el intercambio que tuvimos con el amigo y colega Daniel Kaiser, excantante y bajista de los Hermanitos Kaiser y su Increíble Organito que Toca Solo y actual bajista de los Platos Rotos.

Volver al origen 

AGENCIA PACO URONDO: Antes de ser Pepe Fenton fuiste Roberto Mario Fuentes ¿Existe alguna diferencia entre ambos?

Pepe Fenton: No, ya soy uno sólo.

APU: ¿Y esa necesidad del alter ego se extendió hasta hoy, por qué?

PF: Se hizo carne (Risas)… Al principio nació como un chiste donde todos nos cambiábamos el nombre, en una época donde era mejor tener un par de nombres.

Roberto Mario Fuentes nació en 1952, el mismo año en que murió Evita. Los primeros años de su infancia transcurrieron en Punta Alta, ciudad ubicada al sudoeste de la provincia de Buenos Aires, lugar al que el padre había llegado por ser militar. Tras el estallido de la revolución fusiladora en 1955, con cuatro años, la familia se trasladó a Villa Elisa, en el gran La Plata. El peronismo estaba proscripto, su papá empezaba el camino a la jubilación y Fenton ya era una esponja que captaba las primeras informaciones musicales, entre el tango y jazz de su viejo y Nat King Cole o Harry Belafonte de parte del gusto materno. Una maestra de piano fue la responsable de enseñarle los primeros acordes de guitarra. Entrados los ‘60, el Club del Clan y la popmanía italiana se mezclaron con el show del minuto de Guerrero Marthineitz. Al poco tiempo, la familia se disuelve y el pequeño Roberto se traslada a casa de unos tíos en Capital Federal, donde terminará la primaria. Luego vendrá ese tiro en la cabeza que significó su primera adquisición musical, el “Magical Mystery Tour” de The Beatles.

PF: Me crié en Villa Elisa, en un barrio en el que andábamos en patas y a caballo y me bañaba en el arroyo. Estudié piano, algo que me hacía aburrir terriblemente, pero esa profe fue la que me enseñó los primeros acordes de la guitarra. Después estaba lo que nos pasaba con formatos como el Club del Clan, algo que para muchos fue una porquería, pero yo lo rescato, fue formativo. Imaginate que veníamos escuchando folclore y acá llegaba todo el pop modernoso de la RAI con Rita Pavone, Doménico Modugno, etc. En tanto, acá estaban Palito Ortega, Johny Tedesco, Jolly Land, etc. y un buen día, después de escuchar folclore y toda esta cosa popera, me compré el “Magical Mystery Tour” de The Beatles y fue como si me hubieran pegado un tiro en la cabeza. 

El germen de Patricio Rey y la troupe platense setentista

A principios de los años setenta, quien todavía se hacía llamar Roberto conoce a la piedra fundamental de lo que luego será Patricio Rey: Sergio Mufercho Martínez, Guillermo y Skay Beilinson y el Indio Solari, entre otros. 1973, la democracia retorna al país con el tío Cámpora y un Perón que retomaría el poder por poco tiempo. En ese contexto de algarabía y ebullición política, se dan las reuniones del silolísmo con Solari y el Negro Beilinson. En medio de la llegada del pesado culo de metal de la dictadura cívico militar y eclesiástica, Roberto muta en Fenton, su alter ego, y se genera la amalgama del taller el Mercurio, los primeros ensayos en el Pasaje Rodrigo y los retiros psicodélicos a Valeria del Mar, donde nació su primera hija y el mediometraje Celos.

PF: Lo que ya se habló varias veces en varios lugares sobre las reuniones que se suponían espirituales, donde el Indio preguntó si en ese lugar te enseñaban a armar bombas (risas), fue muy cierto. Pero no fue ahí donde nos conocimos. La historia es que primero lo conozco a Sergio Martínez (el Mufercho, primer monologuista de Patricio Rey) en City Bell. Luego vinieron años de gran dispersión donde muchos se van a la mierda y en ese lapso conozco a Guillermo y a Skay que vivían en la Casa La Luna, lugar que se creó porque donde estaba la Cofradía de la Flor Solar ya no entraba un alfiler. La plasticola de todo fue el negro Guillermo, que siempre fue un tipo al que le gustaba convocar y un día caímos todos juntos, incluso el Indio y el Mufercho, a comprar faso a un lugar y ahí se terminan de conocer todos, pero fue algo casual o causal, qué sé yo. En el ’76, año en que me casé y fui papá a los 24 años, fuimos a refugiarnos a Valeria, a preservar el estado de ánimo y a tomar ácido, por supuesto. 

Pepe hace una pausa, me pide que le muestre el libro del Indio que traje conmigo y comienza a hojear las páginas de a poco. Me acerco y le muestro una foto del Indio que refleja una escena de Celos, un mediometraje en que el personaje del Indio era una especie de observador, donde había una chica y un tipo que la celaba. 

Si mal no recuerdo, esa escena fue filmada en casa de Quique Peña (amigo de la troupe), en la que también participaba la hija de Monona (bailarina de Patricio Rey). Celos nació ahí, de la experiencia psicodélica, Guillermo tiró unos planos con la cámara y luego fue saliendo el guión sobre los sueños de un tipo que está enamorado de una pendeja, luego se terminó de filmar en La Plata mediante un montaje. De aquel material creo que hay algo colgado en YouTube; Guillermo es un poco reticente para entregar material. A los únicos que les aportó algo fueron a los pibes del docu ‘El alucinante viaje de Patricio Rey’, después hay algunos que tienen copias en VHS.

Ciclo de cielo sobre Viento

 

La radio, ese ámbito formador donde se conjuga el arte todo

Hacia 1976, Patricio Rey comenzaba a hacerle frente a ese estado de ánimo donde todo era subterráneo, donde daban ganas de volver al sótano y ponerse a tocar rock n´ roll con los amigos. El taller de estampado “El Mercurio” continuaba, como así los retiros a la costa, pero había que concretar algo imperecedero, había que bancar la olla y una hija. En medio de la intervención militar de Radio Universidad, llega el oficio de operador de radio, actividad que se extiende hasta la actualidad y por la que Fenton, un poco podrido de que todo el mundo sólo haga hincapié sobre su participación en la troupe performática, siempre pidió que le preguntasen. Es en ese medio, en donde convive lo barroco y la radionovela, el Show del Minuto de Guerrero Marthineitz y el Metro, programa que realizó junto al negro Beilinson.

PF: Desde hace añares, Sergio Pujol desde su cátedra de Historia del Siglo XX en la Facultad de Periodismo de la UNLP, manda a todos los pibes y pibas a que me entrevisten a mí y a Rocambole para dar con info sobre Los Redondos, imaginate que estamos un poco podridos ya (risas). La cuestión es que llevo cuarenta años trabajando en Radio Universidad donde hice de todo. Ahí empecé, al mismo tiempo que en Patricio Rey y la culpa de todo la tiene Sergio Martínez. Era el ’76 y teníamos el taller “El Mercurio”, donde estampábamos y confeccionábamos telas con Guillermo, el Indio y Sergio. En tanto, en Radio Universidad hay una restructuración, intervención mejor dicho, y necesitaban a alguien que pasara música barroca y Guillermo tenía una colección de antigua barroca que era de la madre. Una vez dentro, comencé a escribir los guiones a máquina y por triplicado para que luego el locutor de la intervención los leyera. Primero aprendí el oficio de operador de la mano del padre de un amigo, el Negro Martínez, y luego por la dedicación que tuvo Roberto Parreño, sobre todo en la coordinación, el entendimiento de las señas, el estar atento siempre al parlanchín, al Talking Heads (cabeza parlante). Por suerte había aprendido el oficio, porque cuando se terminó el taller y la performance de Patricio Rey quedé en pelotas, y un operador es siempre necesario en la radio.

Estando ahí adentro, detrás de la pecera, vi desfilar a varixs grosxs. Una persona que me impresionó fue Mauricio Tenembaum, uno de los fundadores de la Comisión Provincial por la Memoria, el papá de Ernesto Tenembaum, quien tenía un programa en la AM de Universidad que lo llevaba a cabo desde la Dirección de Derechos Humanos de la Universidad Nacional de La Plata. El tipo era un capo, tuvo el programa hasta que falleció. Después me di el lujazo de conocer a uno de mis máximos ídolos que era Hugo Guerrero Marthineitz. Recuerdo que cuando era pibe tenía una spikita (radio spika) donde escuchaba el Show del Minuto, de donde luego sacamos la idea para un programa que se llamó El Metro, que hicimos con el Negro Beilinson y Sergio Martínez hacia finales de los ’80 y principios de los ‘90. Lo loco del Show del Minuto era que duraba cinco o seis horas donde recuerdo haber escuchado por primera vez el disco de las vacas de Pink Floyd (Atom Heart Mother).

Volviendo a El Metro, fue una experimentación total, duraba cuatro horas los sábados a la tarde donde pasábamos música que acá llegaba muy poco, y donde hacíamos una radionovela que era Horizontes Verticales (basado también en el film homónimo de Guillermo Beilinson de mediados de los ’70). Era la historia de la llegada del Zeppelin a Buenos Aires, pero la cosa empezaba en Montevideo porque se suponía que en el dirigible venían a bordo unos alemanes que venían a hacer un complot contra Gardel (risas).

APU: ¿Y qué te deja todo este recorrido en la radio?

PF: Tranquilo

De regreso a la música

APU: ¿Cómo fue volver a tocar luego de la experiencia redondita? ¿Alguna vez te alejaste de la ejecución musical?

PF: Fue una época difícil, ya mi familia se había hecho numerosa y había que trabajar mucho, pero nunca me alejé de la música, siempre estoy tocando la guitarra. Y retorné a principios del 2000 cuando El César y los Hermanitos Kaiser me invitan a tocar, momento que me devolvió la confianza.

APU: Desde hace más de diez años venís capitaneando Fenton y los Platos Rotos, proyecto en el que aparece Dani Kaiser y varios que van y vienen ¿Qué te llevó a interpretar con esta banda canciones como el Hidromedusa de Patricio Rey, Imperialismo espacial de La Cofradía de la Flor Solar y otras de la época pre Patricio Rey como ‘el vínculo’ de Dulcemembriyo, aquella banda que integraban Federico Moura y Luis María Canosa entre 1967 y 1972? 

PF: El laburo de Los Platos Rotos es una especie de antropología musical, además de los temas propios. Por su parte, Dani tiene un espíritu de archivista que es como le pasa a cualquier pibe o piba de barrio que nacen rockerxs y cagaron (risas). 

APU: Una de esas canciones, como decíamos, es ‘El Vínculo’, que fue escrita por el Indio Solari y Beto Verne para Dulcemembriyo y ustedes la interpretan gracias a un rescate de la excantante Deborah Brandwajnman (¿Déborah Vip?) quien falleció hace muy poquito.

PF: Sí, fue un rescate de Deborah y de ahí en más comenzamos a hilar fino en la reconstrucción de la canción. Contactamos a muchos que nos fueron indicando cómo era realmente la canción, gente que había conocido a Luis María Canosa (Nota del autor: cantante de la banda platense Dulcemembriyo, formación en la que Federico Moura tocaba el bajo. Canosa fue una de las víctimas de la llamada Masacre en el Pabellón Séptimo de Villa Devoto, en marzo de 1978) como Marcelo Díaz, Gustavo Secchi y Vitico, un amigo de Canosa que vive en Suecia, quien cuando vino a La Plata hace unos años atrás se nos sumó al ensayo y nos proporcionó la data que faltaba y la aprobación de que la canción era así como quedó para tocarla. 

APU: ¿Ese vínculo es ese hilo constante que perdura hasta hoy en el rock platense, con la idea de sobrevivir y preservar el estado de ánimo por sobre todo lo que nos rodea? 

Hay muchos vasos conectores cortados… por ejemplo al Indio no lo volví a ver nunca más. La última vez que lo vi fue en el ‘90 cuando los Redondos tocaron en Atenas acá en La Plata, el día que se armó alto quilombo durante aquellas jornadas a pura represión. Fue el día que la cana se lo quiso llevar o se lo llevó, no recuerdo bien, al Negro José Luis, alto rango de la barra de Gimnasia Esgrima La Plata, al que muchos endilgan que es la famosa Bestia Pop. En La Plata hubo dos grandes núcleos que irradiaron mucho el tema de la cultura y el arte y son la Facultad de Bellas Artes, la de Arquitectura en su momento y luego La Cofradía…

El vínculo (Dulcemembriyo)

Estamos en un vínculo.

Vamos a ver qué es eso de pensar en un vínculo.

Asombramos a extraños queridos.

Vamos a ver qué es eso de asombrar a extraños queridos.

Veo señores que caen boca abajo.

Ocultan revanchas,

Cuidan su rango,

Está en salvarlos.

Y doy vueltas y doy vueltas

Y doy vueltas sin parar.

Iluminemos nuestras rutas.

Vamos a ver qué es eso de iluminar en rutas.

Recuerdos que mienten un poco y otras yerbas políticas

APU: ¿Leíste “Recuerdos que mienten un Poco”, la autobiografía hecha conjuntamente con el periodista Marcelo Figueras, del Indio? ¿Qué te pareció? ¿Qué te pasó al enterarte que no sólo te nombran varias veces, sino que aparece una ilustración tuya hecha por Solari?

PF: Estuve a punto de comprármelo, pero preferí comprarme pilchas. Sólo leí algunas páginas que me mandan por wasap; es un fenómeno editorial al igual que Sinceramente de Cristina. 

APU: Tus amigos tienen un buen motivo para regalártelo entre varios.

Daniel Kaiser: Sí, o el de Cristina o El año de Artaud de Sergio Pujol.

APU: ¿Qué te pasa con la política? ¿Es verdad que militaste en la JP? ¿Cómo ves la actualidad política y qué te parece que va a pasar a partir de octubre?

PF: Marché con la JP de La Plata en la vuelta del ’73, pero nada más. Yo soy Cristinista, nunca fui peronista, soy Kirchnerista desde Néstor y eso que antes me consideraba un cuasi anarco. En casa mi viejo era militar, te diría no gorilón sino desarrollista, sentía que le debía mucho a Frondizi por su jubilación. Mi abuelo paterno sí era radical y mi abuelo materno peronista, un sindicalista que había estado en Ingeniero White (Bahía Blanca). No sé qué va a pasar, sólo espero que no se críe un Bolsonaro argentino.

APU: Hace poco tuviste un problemita de salud ¿Que habrá de ahora en más en tu vida y qué podés decirles a las generaciones venideras sobre lo que significa la cultura rock, teniendo en cuenta que para muchos ha muerto o está a punto de desaparecer?

PF: Estoy en el camino de la recuperación para volver a ensayar con la banda, porque Dani es un entusiasta y eso me emociona y me acerca aún más a recuperarme rápido… Yo no puedo decirle nada a nadie, que la gente diga y haga lo que pueda.

 

 



 

 

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    Vela

Por qué en la vela la experiencia leyendo las condiciones puede valer más que la velocidad pura del barco

10 Junio 2026

En la vela, un barco rápido siempre ayuda, pero no gana solo. El viento cambia, la corriente empuja distinto y una racha puede aparecer en un lado del campo mientras el otro queda muerto. Por eso la experiencia cuenta tanto. Un buen regatista no mira solo dónde está el viento ahora, sino dónde estará dentro de 30 segundos. Cuando una regata depende del viento y la lectura del agua, https://ni1xbet.com/es permite seguir mercados sobre ganador y resultado final.

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    Concentración masiva y espontánea en Plaza de Mayo por la muerte del Indio Solari_Noelia Guevara
    Foto: Noelia Guevara
INDIO ETERNO

El Indio: el verdadero fenómeno barrial

10 Junio 2026

El rock nacional —lejos de los manuales que pretenden reducirlo a un mero apéndice de las corrientes anglosajonas— ha funcionado históricamente en nuestro suelo como una auténtica pedagogía sentimental de la patria. Una caja de resonancia donde las tensiones geopolíticas, el dolor de la intemperie social y las micro-resistencias cotidianas encuentran un lenguaje propio. Cuando se avizoraba la mentada recuperación de la democracia y se establecía el “destape”, detrás de las marquesinas dominadas por los “popes” del mentado Rock Nacional (devenido en rock argentino porque el mote “nacional” a muchos le sonaba “milico”) empezaba a tomar relevancia la propuesta artística de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Aquella “varieté musical” que encajaba perfectamente con la nueva bohemia no fue una anomalía azarosa: fue la emergencia de una soberanía cultural construida desde abajo, un manifiesto plebeyo que, sin pedir permiso, vino a subvertir y tensionar el dilema sarmientino entre la supuesta “civilización” de las bellas artes y la “barbarie” de las mayorías.

A mediados de los años noventa, mientras el discurso oficial de la convertibilidad celebraba el simulacro de la modernización neoliberal, el "uno a uno" y el ingreso ficcional al "primer mundo" —el último fetiche de una intelligentzia obsesionada con importar la "civilización" del consumo—, en los márgenes de la geografía urbana se gestaba una liturgia colectiva que la sociología bienpensante tardó décadas en comprender. El "ojo idiota" del establishment mediático y cultural miraba con espanto las barriadas que se movilizaban hacia Huracán, Racing y (más para acá) Olavarría. Repetían, con el mismo pánico moral que los unitarios del siglo XIX, la condena hacia las montoneras que bajaban al puerto. No entendían que allí donde el iluminismo porteño diagnosticaba "barbarie", ignorancia y peligro, lo que en realidad operaba era una comunidad de destino. Un tejido de autoconciencia popular que encontraba en la poesía críptica del Indio Solari y en el pulso bailable de Skay Beilinson un refugio —y una trinchera— ante el desamparo material.

Esa mística descalza, de origen estrictamente plebeyo y suburbano, demostró que la supuesta "civilización" neoliberal no era más que un decorado de cartón pintado que excluía a las mayorías. Los Redondos invirtieron los términos del histórico conflicto nacional: lo verdaderamente civilizatorio era el lazo social que se tejía en sus conciertos, la resistencia colectiva frente al sálvese quien pueda. En ese sentido, el nombre de “misa” era todo un posicionamiento contracultural: mientras predominaba el excesivo hedonismo cultural individualista los seguidores del “rock del país” se reunían. La “misa ricotera” es el resultado de la importancia del sentir-en-comunidad, una sacralización de la cultura popular. Esa potencia no tardó en perforar los blindajes del propio ambiente musical. Es allí donde emerge la figura de Andrés Calamaro.

A primera vista, el trayecto del ex Abuelo de la Nada parecía orbitar en las galaxias de la sofisticación técnica, el pop de laboratorio fino y las texturas de la canción de autor transatlántica; una estética que el purismo ilustrado pretendía catalogar como "civilizada". Sin embargo, El Salmón demostró tener el oído atento al pulso subterráneo de la tierra. Lejos del sectarismo que achica las miradas, Calamaro se reconoció siempre como un ferviente seguidor ricotero, un habitante más de ese templo laico. Para él, Los Redondos no representaban un objeto de estudio folclórico, sino la confirmación de que la canción popular argentina alcanzaba su mayor grado de universalidad cuando se hundía en el barro de la identidad nacional, allí donde la barbarie se revela como la verdadera reserva moral de un pueblo. Se lo vio marchar junto a la turba ricotera compartiendo vinos y estimulantes. Ser uno más entre la multitud. Es el valor del artista genuino. Eso el Indio lo supo apreciar cuando no sólo le ofrecería la amistad sino también el privilegio de compartir el escenario junto a él para cantar al unísono en aquellas inolvidables noches platenses.

Pero la densidad geopolítica de Patricio Rey es de tal magnitud que no solo interpeló a los cronistas locales; también necesitó fundar sus propias mitologías fronterizas frente a los faros culturales del Norte. En el barro de la memoria popular quedó grabado un mito urbano tan persistente como sintomático: aquel que jura que, promediando los noventa, un Dee Dee Ramone aquerenciado en el conurbano bonaerense y un Eddie Vedder camuflado de incógnito caminaron juntos hacia los tablones para ver a Los Redondos.

La rigurosidad fáctica dirá que el encuentro jamás sucedió, que las fechas de las agendas del grunge internacional y el punk de Queens se cruzaron en el imaginario de una época donde Buenos Aires parecía el epicentro del dolor y la furia del mundo. Sin embargo, en términos de cultura política, el mito revela una verdad histórica profunda. La fábula de Vedder y Dee Dee peregrinando hacia el pogo ricotero es la fantasía reparadora del subsuelo de la patria: un exponente de la “barbarie” yanqui rindiendo pleitesía, de manera simbólica, ante los altares de la autogestión de la "barbarie" criolla. El mito decreta que el grito de la periferia global —ese que los Ramones o Pearl Jam escupían en sus propios desiertos de cemento— solo cobraba verdadero sentido de comunión al fundirse con la masa descamisada de Patricio Rey.

Incluso un auténtico pionero de nuestro rock como Sandro (exponente de la barbarie que emergía desenfrenada del conurbano bonaerense para competir a los “niños bien” del “Club del Clan” en los sesenta) reconocía en una entrevista

“¿Cómo ves esta época (2004), en relación con aquella?

-Ahora se me mezclan mucho las bandas. Cuando escucho algo que me gusta les tengo que preguntar a mis nietos (los de María): ¿quiénes son estos? Creo que antes había más personalidad, ahora éste se parece a aquel, y el otro a éste. Hoy yo te cambio las etiquetas y te desafío a que te des cuenta de qué grupo es cada disco. Salvo los Redonditos y Divididos, que son máquinas. Para mí son el top. También me gusta Memphis. Yo soy muy del blues, vengo de aquellos años”.

Desde la bendición que le haría el Indio a Lali luego de escuchar su versión de “Vendedores vencidos” en Vélez el año pasado hasta el amor genuino que le profesa tanto Calamaro, como Andrés Ciro Martínez y Ciro Pertusi, como las admiraciones y reconocimientos por parte de otros mitos consagrados para la cultura popular como Sandro y Ricardo Iorio podemos evidenciar que la multitudinaria despedida que recibió contiene una potencia simbólica y hasta poética.

Frente a los intentos contemporáneos de vaciar de contenido nuestra memoria histórica, de mercantilizar los consumos culturales bajo nuevas recetas de "civilización" digital y algoritmos ajenos, revisar la parábola de Los Redondos se vuelve una tarea urgente. No para refugiarse en la nostalgia estéril, sino para rescatar el hilo conductor de un pensamiento nacional que se expresa en las calles, en las banderas y en el pogo. Porque, al fin y al cabo, como bien lo entendió el Salmón y como lo intuyeron las fantasías cruzadas de nuestros mitos urbanos, Patricio Rey nos enseñó que la única vanguardia posible es aquella que camina al mismo paso que su pueblo.

El rock nacional —lejos de los manuales que pretenden reducirlo a un mero apéndice de las corrientes anglosajonas— ha funcionado históricamente en nuestro suelo como una auténtica pedagogía sentimental de la patria.
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    Papa Leon
CRISIS CIVILIZATORIA

La encíclica de León XIV y las ciencias sociales: crisis civilizatoria y tuétano ontológico-político

10 Junio 2026

¿Qué distingue al ser humano de la máquina?

León XIV hace un llamado a un mayor acercamiento de las espiritualidades a las ciencias sociales. Considera que la fe no debe escindirse de la búsqueda científica de la verdad. Su escritura lejos de una doxa dogmática resuena con el paradojal estilo laicamente sagrado de Francisco. Identifica que aquello que nos distingue como seres humanos constituye a su vez el punto de anclaje que nos posibilitaría no dejarnos vencer contra una avanzada total del control digital y algorítmico, en el caso de Argentina, en una alianza y subordinación del Estado con los Gigantes Tecnológicos.

Según el escrito del Papa, eso que nos distingue, que nos hace imposibles de reducir totalmente a perfiles algorítmicos y rendimientos, constituye la capacidad de una experiencia interior. Se trata de esa condición afectiva, capacidad de fuero interno y procesamiento humano no reductible a meros encadenamientos lógicos. Está hablando de todo aquello que acontece en lo experiencial, que es objeto del poder, pero que excede los límites epistémicos que cimientan la colonización moderno-occidental, hoy en su fase digital y algorítmica.

Denuncia como el continuo proceso de colonización está avanzando cada vez más hacia los imaginarios colectivos y destaca el pacto con los proyectos de dominación de las orientaciones transhumanistas. Propone el discernimiento: “una cosa es integrar las tecnologías en una visión humana y relacional; otra es dejarse guiar por un imaginario que desprecia el límite y promete una salvación puramente técnica” (par. 117). Para la encíclica no hay innovación que resuelva o reemplace la grandeza de una humanidad amando en plenitud. La humanidad requiere ser “situada” en una comunidad de vida, entendiendo que la condición humana no puede ser simplemente reducida a procedimiento, lenguaje y subordinación maquínica.

Aquello que en el ser humano no puede ser simplemente reducido a la condición técnica es la condición afectiva. Aquella a la cual las ciencias sociales comienzan a prestar cada vez más atención en lo que se reconoce como un ascendente giro afectivo. La aceleración en el alcance y profundización de los desarrollos de las tecnologías del poder en las profundidades psíquicas está obligando a las ciencias sociales y humanidades a acercar un poco más la lupa en lo que respecta a los potenciales afectivos inconscientes y su importancia en lo social.

Triple crisis de las ciencias sociales

Primero enmarquemos que las ciencias sociales se encuentran ante una triple crisis: (1) de financiamiento (aunque esto quizás habría matizar en las distintas situaciones a nivel mundial, en Argentina con la gestión de Milei es un hecho indiscutible que abarca al conjunto del complejo científico nacional); (2) de legitimidad por la disputa de sentido ideológico-cultural desde la cual se sirvieron y alimentaron las nuevas derechas; y (3) la crisis de las perspectivas exterioristas constructivistas de lo social (las cuales venían sosteniendo establemente su hegemonía desde el giro culturalista de los 70) en estrecha relación con una consolidación ascendente de un giro afectivo en ciencias sociales.

La crisis de las perspectivas exterioristas deterministas se manifiesta también en la crisis de las orientaciones políticas progresistas de principios del presente siglo que se sirvieron de dichos marcos teóricos (cabe destacar el papel de las obras de Laclau y Mouffe para el caso de Argentina). Palabras como “construcción de discurso”, “interpelar” y el énfasis en la separación identitaria expresaron las directrices que chocaron inevitablemente con el retorno de las profundidades que vaticinaba la crisis civilizatoria y el surgimiento de estas nuevas derechas distópicas y proféticas 3.0.

El foco compartido de las nuevas derechas y las grandes tecnológicas digitales hacia las profundidades de lo afectivo dejó desarmado a los progresismos que sostenían una retórica añeja y superficial, de la mano de una exacerbación de políticas del deseo culturalistas. Las cuales perdieron eficacia frente a inclinaciones más primigenias como el hambre, el odio y el miedo (aunque no solo estas). Previamente las tecnologías digitales y algorítmicas ya venían generando significativos avances en el registro de saltearse la deliberación racional y capturar, e inclusive suscitar, las propensiones inconscientes, siguiendo a Rouvroy y Berns, donde habitan los potenciales afectivos.

La fractalidad y complejidad que habita la interioridad del ser humano, tanto en lo personal como en lo colectivo, requiere de una revolución epistémica que nos permita superar tanto los límites del estructuralismo como del posestructuralismo. Particularmente, resulta imprescindible lograr ir más allá de los aportes del giro lingüístico, el psicoanálisis canonizado y el culturalismo en ciencias sociales. Aquello que no terminamos de diagramar e incorporar de las profundidades de lo inconsciente es ya, hace tiempo, objeto del poder. En el carácter simultáneamente personal y colectivo, energético y proto-estructural (germinal), inmanente y trascendente, una gran ayuda como un gran peligro si se descuida, de dichos potenciales, contamos con el punto de anclaje para proyectar una defensa desde una concepción más amplia del ser humano contra esta avanzada total del poder en nuestros tiempos.

Crisis civilizatoria y tuétano ontológico-político

Argentina se encuentra cada vez más en el ojo del huracán de la crisis civilizatoria. Constituye el principal país donde el Estado, desde la conducción gubernamental de Javier Milei, se fusiona y subordina colonialmente a las grandes corporaciones tecnológicas para instituir un control total de nuestra población y nuestros recursos. La articulación integral de la información que relevan las plataformas digitales y las distintas mediaciones institucionales del Estado (dobles digitales) con fines de control social y neutralización de cualquier margen de incertidumbre para el proyecto de dominación del imperialismo occidental en decadencia (que nos está volviendo a relegar a ser su patio trasero), remite al arquetipo universal de la bestia que devora, en este caso al pueblo-nación, o la serpiente que al fin nos engulle (parafraseando a Silvio Rodríguez). Solo queda en nuestras manos despertar y accionar para frenar la distopía sin salida a la cual nos están conduciendo aceleradamente el curso de nuestro país en la presente crisis integral de escala mundial.

El nudo está en lo ontológico y su puente con lo político y de ello da cuenta la “Magnífica Humanidad” de León XIV. El aproximamiento de las espiritualidades al rigor científico merece un gesto genuino, ecuánime, lejos de todo dogma, de permitirnos una interpretación genuinamente relacional del ser humano y lo social, abandonando definitivamente los determinismos fisiologicistas y exterioristas y sus hibridaciones (considero que se vienen dando importantes pasos en esa dirección). Nos encontramos en la cúspide y decadencia de un proyecto civilizatorio que encumbró la subordinación de la comunidad de vida al materialismo y ahora -como nunca antes- pretende eliminar toda posibilidad de resistencia mediante la anticipación y neutralización de cualquier disruptividad personal y colectiva.

Milei y Peter Thiel están pretendiendo instituir un positivismo absolutizador y totalitarista en Argentina; el cual desde el exceso de simulaciones de libertad pretende ocultar el más pleno autoritarismo que haya existido en la historia de la humanidad. Tapando las posibles salidas, pero a la vez -paradójicamente- obligándonos a ver lo que no vimos si es que queremos darle a esta historia otro desenlace posible; ya que en aquello que en el ser humano no se subordina a mera fisiología y efecto de la exterioridad habita lo que nos permite enfrentarnos a esta avanzada total hacia la interioridad psicosocial, y ello es susceptible de un abordaje analítico (al cual el canon moderno-occidental se ha cerrado.).

Haciéndonos eco de las necesidades de nuestros tiempos resulta fundamental que hagamos pie en las afirmatividades de las profundidades del ser humano donde se expresa una energética que es simultáneamente fisiológica y psíquica, desde la intermediación de la condición afectiva. Potenciales que se manifiestan siempre en formas singulares que asumen los motivos comunes y cuya posibilidad de despliegue es intrínsecamente relacional.

El apremio social, político, en fin, integral de nuestros días puede merecer para algunas lecturas una subestimación de academicista de la presente nota. Asumo el riesgo, una vez más, porque tengo la plena convicción que hoy más que nunca es la soberanía epistémica la que nos posibilitará reformular una propuesta de Estado para superar y renacer en medio de la crisis civilizatoria en la que nos encontramos, con Kairós y Pachakuti soplándonos la nuca, cada día un poco más.

Será cuestión de poner manos a la obra y patear para adelante. Un poeta, músico, filósofo y referente cultural ya nos avisó que “cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón”.

Milei y Peter Thiel están pretendiendo instituir un positivismo absolutizador y totalitarista en Argentina; el cual desde el exceso de simulaciones de libertad pretende ocultar el más pleno autoritarismo que haya existido en la historia de la humanidad.
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    Concentración por Cristina condenada_Nicolás Aragón_18.06.25
    Foto: Nicolás Aragón

Argentina Soberana de Madrid convoca marcha "por la libertad de Cristina"

10 Junio 2026

A un año de la detención de Cristina Fernández de Kirchner, desde Argentina Soberana Madrid (exiliados políticos argentinos en Madrid) reafirmamos nuestra preocupación por un proceso judicial que amplios sectores políticos, sociales y académicos consideran marcado por prácticas de lawfare, con serios cuestionamientos respecto a las garantías del debido proceso y la imparcialidad judicial.

La instrumentalización de la justicia con fines políticos debilita la calidad democrática, afecta la confianza ciudadana en las instituciones y pone en riesgo principios esenciales del Estado de derecho.

Por ello, convocamos a todas las personas comprometidas con la defensa de la democracia, las garantías constitucionales y los derechos políticos a participar en la concentración que tendrá lugar en Madrid.

Fecha: miércoles 10 de junio
Hora: 19hs
Lugar: Plaza Callao - Madrid


La defensa de la democracia exige el respeto irrestricto a las garantías procesales, la independencia judicial y el derecho de los pueblos a elegir libremente a sus representantes.

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Más que 70 años de peronismo: el impacto de 50 años de neoliberalismo en Argentina

10 Junio 2026

El debate público argentino lleva décadas atrapado en la misma discusión: peronismo sí o no, pero la transformación más profunda de las últimas cinco décadas tiene nombre y apellido socio-económico: neoliberalismo.

De 1976 a hoy vivimos 50 años de un esquema que rediseñó el país más que cualquier gobierno: apertura comercial sin estrategia, endeudamiento como política y primacía del sector financiero sobre el productivo. 

Antes Argentina tenía una columna vertebral productiva que buscaba fortalecer el mercado interno, proteger la industria nacional y generar empleo registrado. En 1974 había un 5% de pobreza, menos de 4% de desempleo, educación pública y salud que eran orgullo regional el proyecto era industrializar, integrar, incluir. El Estado era árbitro y promotor; la fábrica, el sindicato y la escuela técnica parte del paisaje.

La dictadura de 1976 fue punto de inflexión y aparición del neoliberalismo. Se aplicó el plan de Martínez de Hoz: apertura comercial abrupta, desregulación financiera, atrasos cambiarios y endeudamiento externo.  Las tasas de interés volaron, el dólar barato nos inundó con importaciones, miles de fábricas no pudieron competir y cerraron. La deuda trepó de 7.800 millones de dólares en 1975 a 45.000 millones en 1983 desde entonces condiciona los gobiernos.

Palabras como libertad, eficiencia y reorganización nacional trajeron bicicleta financiera sobre inversión productiva; privatizaciones que desarmaron empresas estratégicas y reforma laboral que “flexibilizó” sin crear empleo. Se beneficiaron grupos concentrados y cada crisis de balanza de pagos y cada corrida, terminaba con una visita al FMI.

Cerraron industrias y las PyMEs quedaron sin crédito, sin protección ni escala para competir. Perder una fábrica es perder oficio, tecnología, proveedores locales y cultura del trabajo. Se va el conocimiento de tres generaciones que no se recupera.  La desindustrialización trajo redistribución regresiva: en los 70 la pobreza era marginal, en los 90 superaba el 30%, en 2001 tocó el 54%. Menos industria, menos empleo de calidad, menos ingresos, más pobreza.

Cada plan de estabilización se financió con deuda que hoy es infinitamente superior en miles de millones de dólares, el Estado paga intereses en lugar de escuelas, rutas o hospitales y tiene una hipoteca sobre decisiones futuras. Se ajustó la economía y el sentido de país: se instaló que “cada uno se salva solo”, que el éxito depende solo del mérito individual, ignorando largamos desde distintos lugares.

Las políticas neoliberales más que ajuste económico fueron desguace social: la concentración extrema de la riqueza fracturó el tejido comunitario y disparó la pobreza y la desigualdad a niveles estructurales. Miles de jóvenes con necesidades básicas insatisfechas, fuera de la escuela, condenados a la deserción. Aumento de la pobreza que fue caldo de cultivo para la delincuencia y el narcomenudeo. El neoliberalismo reproduce miseria, violencia y un país partido en dos.

Mientras debajo, existe una lucha subterránea de millones de argentinos por reconstruir un país soberano y productivo: docentes, científicos, industriales, cooperativistas, trabajadores que no piden subsidios eternos, piden reglas de juego que premien al que produce y no al que especula.

Un país necesita símbolos, instituciones y la idea de que vamos en la misma dirección. Tenemos que discutir 50 años de un modelo que generó más pobreza y deuda y destruyó industria. Necesitamos un proyecto colectivo. El desafío es enorme: reindustrializar con tecnología, negociar la deuda sin sometimiento y recuperar la educación y la salud como pilares. No hay fórmulas mágicas, pero el primer paso es nombrar el problema y este es el modelo que condiciona el futuro.

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La maratón del desierto: alquileres, inflación y un salario que corre de atrás

10 Junio 2026

Corren tres en la pista de cemento porteña. La carrera largó el 10 de diciembre de 2023, con las tribunas del establishment aplaudiendo el fin de los controles y el inicio de una supuesta era de "libertad contractual". Lo que no avisaron los relatores del libre mercado es que las zapatillas de los competidores no eran las mismas.

El primer competidor, Alquileres, picó en punta con una ventaja obscena. No corrió: voló. Impulsado por el fogonazo preventivo de la desregulación absoluta vía DNU 70/23, se estiró las piernas antes de salir para cubrirse de cualquier tormenta futura. En los primeros meses metió un overshooting de manual, saltando por encima de las nubes mientras el resto apenas se ataba los cordones. Al día de hoy, el cronómetro del Centro de Estudios para la Recuperación Argentina de la UBA (Centro RA) le marca una velocidad acumulada brutal: 423% de suba.

A mitad de camino corre la Inflación. Arrancó con un pique asfixiante del 25,5% mensual, pero a lo largo del trayecto fue bajando el ritmo, regulando el aire y clavando el tacómetro general en un 209% acumulado. El discurso oficial festeja como un logro propio que la Inflación corre más despacio y que el mercado "se está ordenando". Y es verdad, la curva se planchó. Pero la distancia entre el primer puesto y el segundo sigue siendo un abismo insalvable para cualquiera que ande a pie: Alquileres le sacó 214 puntos porcentuales de ventaja a los precios generales. Corrió al doble de velocidad que el resto de la economía.

¿Y el Salario? El Salario es el tercer corredor. Arranca una carrera cansado. Corre con los pulmones picados por el ajuste y con zapatillas viejas y prestadas.

Al Salario le cambiaron las reglas de la competencia a mitad de la maratón. Antes, bajo el viejo y criticado régimen regulatorio, corría con una soga elástica que, aunque tensa, le permitía respirar por meses antes de la siguiente actualización. Hoy, con las paritarias corriendo por la escalera y el contrato de alquiler indexado por IPC de forma trimestral o cuatrimestral, el Salario corre en una cinta fija que acelera cada 90 días. No hay meses de aire. La plata no alcanza; sale directo del bolsillo de las familias y se la queda la renta inmobiliaria, repitiendo la misma lógica de asfixia que vemos en el consumo cotidiano, donde la tarjeta de crédito pasó de financiar un viaje a financiar los fideos en el supermercado. Una tarjeta roja invisible que expulsa al laburante de la canchita de la subsistencia económica.

Acá es donde la carrera lineal se cruza con la realidad macro y estructural de la Ciudad de Buenos Aires. El nudo de la crisis habitacional porteña no es la falta de ladrillos; las grúas siguen rompiendo el cielo de Palermo, Colegiales o San Telmo, levantando torres a ritmo frenético. El problema político subyacente es para quién se construye. Se contruyen cajas de ahorro de hormigón para el mercado financiero, departamentos vacíos que cotizan en dólares o se diluyen en el negocio corporativo de las plataformas de turismo, mientras las familias porteñas se ven expulsadas del derecho a una vivienda.

Cuando miramos la foto de la pista a comienzos de 2026, el resultado que nos venden es tramposo. Los analistas sectoriales te van a decir que "la oferta aumentó" y que los precios de los nuevos alquileres ya se acoplaron a la marcha de la inflación mensual. Lo que ocultan deliberadamente es que el rezago distributivo ya se consumó. Que Alquileres haya bajado el ritmo hoy no significa que el Salario lo alcanzó; significa que el puntero se sentó a esperar en la meta porque ya le sacó tres vueltas de ventaja al bolsillo de los inquilinos. Esa brecha de 214 puntos no es un dato técnico de Excel: es el porcentaje exacto de soberanía económica que los hogares perdieron dentro de su propio techo.

Frente a esta intemperie planificada, la pasividad o la complicidad estatal bajo la excusa de la no intervención es más que una claudicación ética, es una decisión política. Desde el Partido Intransigente promovemos la urgencia de un Estado soberano que actúe de manera enérgica y decidida para proteger un derecho constitucional que es la base de cualquier proyecto de vida: el derecho a la vivienda digna.

No se trata de regular la miseria ni de proponer parches cosméticos, sino de modificar de raíz la matriz del desarrollo urbano. Para que el techo deje de ser el botín de la timba financiera, proponemos un paquete de políticas de fondo que sintonizan con las demandas históricas de las organizaciones territoriales y los movimientos inquilinos organizados:

• Tasa de Retorno Habitacional a las Plataformas Digitales: Regular con rigurosidad y gravar la renta de corporaciones como Airbnb y Booking, que dolarizan y desabastecen el mercado local de vivienda. Lo recaudado por este tributo tendrá asignación específica para financiar de forma directa un Fondo de Vivienda Popular, transformando la rentabilidad del turismo suntuario en ladrillos y urbanización para los trabajadores postergados.

• Creación de un Parque Público de Viviendas en Alquiler: El Estado debe intervenir activamente en el mercado, construyendo y gestionando inmuebles destinados al alquiler social para fijar precios de referencia justos y accesibles frente al abuso especulativo.

• Producción Social y Autogestionaria del Hábitat: Financiamiento público directo y transferencia de tierras fiscales ociosas a cooperativas de vivienda y de trabajo (bajo el modelo de autogestión que defiende las organizaciones de ocupantes e inquilinos), recuperando la función social de la propiedad y la gestión comunitaria del suelo urbano.

• Impuesto Progresivo a la Vivienda Vacía: Penalizar económicamente a los grandes multipropietarios que retienen propiedades cerradas como reserva de valor, forzando su salida al mercado locativo tradicional para volcar la oferta a favor de los vecinos reales.

La vivienda es un derecho humano fundamental, no un activo financiero para el resguardo de capitales oscuros. Modificar las reglas de esta carrera asimétrica es una tarea de estricta justicia distributiva. Solo recuperando el rol de un Estado moderno, inteligente y democratizando el acceso a la tierra podremos garantizar que las mayorías populares vuelvan a habitar las ciudades de las que hoy están siendo silenciosamente expulsadas.

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    Funeral masivo del Indio Solari en Avellaneda_07.06.2026_Daniela Morán
    Foto: Daniela Morán

Carta abierta al Indio Solari

10 Junio 2026

Hola, Indio: esta es una despedida. Porque sí, las despedidas son esos dolores dulces.Me llegaste por un cassette que le regaló mi tío Ricardo a mi hermana. El primer cassette que tuvimos: Gulp!, no puedo olvidármelo. Ahí escuché tus primeras letras, los primeros temas: «Barbazul», «La bestia pop», entre otros que quedaron en mis oídos para siempre. Ahí descubrí que a veces «el infierno está encantador» y que a veces «te quiero mucho y te asfixio mucho». El amor y el dolor a veces se mezclan; siempre hay quilombitos en un cielo de a dos.Después aprendí que «sonrisas pillas, manzanas firmes» es la prueba de que no hay nada mejor que la risa para conquistar a los seres humanos, lo demás es gilada. Después, con «La bestia pop», aprendí que todos tenemos nuestro propio brillo y hay que salir de la oscuridad: «¡Vamos a brillar, mi amor!». Todos deseamos tener a veces un «golpe de suerte» que cambie nuestro destino para lograr lo que anhelamos y no irnos a pique, glu glu.Después vino ¡Bang! ¡Bang!... Estás liquidado, otro disco que me marcó a fuego, con «Esa estrella era mi lujo». Cuando murió Néstor, se nos fue «el único héroe en este lío».

En «Nuestro amo juega el esclavo» comprendí cómo los diarios nos mienten a diario y que «violencia es mentir». Con «Nadie es perfecto» vi cómo algunos se vuelven muy caretas, y con «Ropa sucia afuera» aprendí que a veces no hay que darle tanta bola a los malos pensamientos y a la mala leche.El Indio me acompañó en los buenos y en los malos momentos. Esos discos marcaron a fuego mi infancia y mi adolescencia; fueron mis guías para ser hoy lo que soy, para escuchar rock and roll y rebelarme ante las injusticias. Me ayudó a ser feliz yendo a las misas con mis amigos (aunque estuviéramos llenos de barro, éramos felices igual). Me ayudó a consolarme cuando estaba triste por algún amor o cuando necesitaba una voz de aliento para seguir.Perdón lo autorreferencial, pero el Indio fue un «Ángel de la soledad» para muchos. Me hizo bailar tanto como reflexionar, me hizo llorar tanto como reír. Me acompañó en las buenas y en las malas; fue una voz en el oído que me ayudó a seguir, que me enseñó y me formó para ser quien soy hoy. Sobre todo, me enseñó a no transar, a bancarse ser quien uno es y que nos chupe más un huevo todo lo demás. Me dejó claro que lo importante es tener principios y que ser coherente en la vida es lo que garpa, no transar para ser famoso.Y sobre todo, la importancia de resistir, como en «en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida».

Ese fue el último tema y el último mensaje que nos dejó: resistan, resistamos. Resistir a transar, resistir a Milei, resistir a la mentira, resistir al individualismo, resistir al cinismo, resistir a la careteada, resistir al neoliberalismo, resistir a los grupos concentrados. Resistir.Resistir y ser uno mismo: ese es el mejor camino para poder volver a tener un gobierno que le devuelva la dignidad a nuestro pueblo.Gracias, Indio. Vas a vivir en millones de personas que te seguimos escuchando, que te amamos y te recordamos, porque vos fuiste el que nos recordó que “vivir solo cuesta vida” y el primer, gran y único héroe en este gran lío.

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Siete días ayunando en Plaza de Mayo

09 Junio 2026

“El ayuno es una velita más para iluminar el camino en favor del pueblo y en amor concreto con quienes no pueden llegar a fin de mes, que están muy angustiados, muy desesperados, y que por momentos viven con mucha violencia, porque este es un gobierno que no tiene problema con la descomposición social”, reflexionó Esteban “Gringo” Castro, dirigente social, que pasó siete días sin ingerir alimentos, viviendo a la intemperie en Plaza de Mayo o en la entrada a la Catedral porteña.

El ayuno de una semana unido a la oración fue una iniciativa que unió a sacerdotes, del grupo Opción por los Pobres, pastores evangélicos, militantes y al premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel.

“Fue una semana difícil ayunando tantos días, que está atado al dolor del pueblo que no llega a fin de mes, que no puede comer ni siquiera una vez al día, es esa solidaridad concreta, que creemos es parte de un proceso de lucha popular que va creciendo, porque este es un gobierno de carácter demoníaco, el mal los alimenta, con el ajuste sin fin, por el plan económico y por su propia narrativa, lo que dice, expresa”, agregó Castro delante de la pirámide de Plaza de Mayo. 

Los sacerdotes que ayunaron son: el franciscano de “Fuerte Apache”, Rodolfo “Fito” Viano; el cura villero de “Ciudad Oculta” y albañil, Jorge “Chueco” Romero; el cura ricotero Miguel “Pancho” Vuelo, y el más mediático, Francisco “Paco” Olveira. Además ayunó el pastor menonita y vicepresidente del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH), Luis María Alman Bornes; el ex sacerdote y militante de Familiares y Compañeros de Los 12 de la Santa Cruz, Luis Rey, del Movimiento Chicos del Pueblo, Quique Spinetta; del hogar de niños Gustavo Cortiñas, Norma del Castillo; del hogar de niños del padre Raúl Vila, Susana Fernández; y por los orantes del Rosario, David Jalif de Souza, y también ayunantes intermitentes como  la joven no vidente, Guadalupe Bargiela, de Orgullo Disca, y “Diega” Belaunzaran Colombo, de Resistentes.

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    Concentración masiva y espontánea en Plaza de Mayo por la muerte del Indio Solari_Noelia Guevara
    Foto: Noelia Guevara
INDIO SOLARI

Sergio Pujol: “Los Redondos crearon un puente entre los universitarios y la juventud del Gran Buenos Aires”

09 Junio 2026

En diálogo con “Más o menos bien” (sábados de 18 a 20hs por Radio con vos), el escritor e historiador platense Sergio Pujol reflexiona sobre las singularidades del Indio Solari y Los Redonditos de Ricota: el policlasismo, sus letras y voz, el combate contra las grandes corporaciones musicales y mediáticas.

A continuación, sus principales declaraciones y luego la nota completa:

“Forma parte del canon de la mejor música popular argentina, por lo menos, de los últimos 40 o 50 años. Se lo va a seguir recordando, desde luego. Lo que quizás sí aparezca dentro de algunos años son lecturas e interpretaciones un poco más ajustadas de lo que fue el fenómeno del Indio Solari y de su grupo”.

“Nos sorprendimos de ver la proyección nacional que tuvo la banda y cómo se convirtió en una referencia musical para un público diferente, de jóvenes del conurbano bonaerense, de clase media baja, clase trabajadora”.

“Lo que nos ayuda a entender ese trasvasamiento son dos cosas. En primer lugar, el contexto político y social de fines de los 80, el último tramo del gobierno de Raúl Alfonsín con la hiperinflación y lo que fue el menemismo, un momento con orfandad de liderazgos políticos populares”.

“Lo curioso es que un músico popular de algún modo se haya hecho cargo de eso sin y, un punto central, sin modificar radicalmente su propuesta artística. Sí cambió el perfil y la composición de su público”.

“Crearon un puente entre los universitarios y la juventud del Gran Buenos Aires”.

“El otro aspecto tiene que ver con el modo en el que Los Redondos se hicieron masivos, es decir, el camino alternativo que eligieron para llegar a las masas populares con sus canciones. Fue un camino propio que nadie antes en la historia de la música popular argentina había recorrido, porque no existía. Ese camino lo trazaron ellos”.

“Los Redondos fueron resistentes en la democracia. ¿Por qué? Celebraron y festejaron su llegada, pero ciertas condiciones de vida impuestas por el sistema estaban presentes también en los 80 y ni hablar en la década de los 90”.

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Estrategia de la izquierda en un período reaccionario

Cómo derrotar a Milei

09 Junio 2026

A nivel global, la izquierda enfrenta un debate estratégico sobre cómo responder al actual auge reaccionario. La respuesta depende de cómo caractericemos el período, qué entendamos por extrema derecha y qué tipo de unidad política consideremos necesaria para enfrentarla. En Argentina, la discusión gana centralidad ante el deterioro paulatino del gobierno de Milei. Antes de entrar en el caso argentino, sin embargo, vale la pena situar la escala global del fenómeno.

La extrema derecha avanza en todo el mundo a un ritmo desigual pero contundente. No es invencible, como lo prueba la reciente derrota electoral de Viktor Orbán en Hungría, pero tampoco se trata de un fenómeno meramente coyuntural. En las últimas elecciones al Parlamento Europeo, si se suman sus distintas familias políticas, la extrema derecha se convirtió en la segunda fuerza del Parlamento, a tan solo un escaño de la derecha tradicional agrupada en el Partido Popular Europeo. En Francia, el lepenismo tiene por primera vez posibilidades reales de llegar al Elíseo. En Italia, Meloni gobierna desde 2022 con niveles sostenidos de aprobación, mientras que en Alemania la AfD rompió el cordón sanitario vigente desde la posguerra para transformarse en segunda fuerza nacional. En el Reino Unido, Reform UK lidera las encuestas por primera vez en la historia. Trump conduce la principal potencia del planeta con una agenda explícita de remodelación autoritaria del Estado y respalda sin disimulo a sus aliados ultraderechistas en el resto del globo. En América Latina, aunque el bolsonarismo fue desalojado del poder hace tres años y Lula mejoró desde entonces indicadores sociales clave, con crecimiento de la economía y el empleo y una recuperación de los ingresos populares, Flavio Bolsonaro llegó a superar a Lula en algunas encuestas de segunda vuelta. En Ecuador, Daniel Noboa consolida un régimen autoritario que combina la persecución sistemática de activistas y opositores con un inquietante entrelazamiento institucional con el narcotráfico. En Chile, José Antonio Kast gobierna desde marzo de este año. Los ejemplos podrían multiplicarse: la Turquía de Erdoğan, la India de Modi, El Salvador de Bukele o el Israel de Netanyahu. La fuerza global de este fenómeno es impresionante.

Aunque la extrema derecha aún resiste caracterizaciones definitivas por ser un fenómeno heterogéneo y en desarrollo, los eventos de los últimos años obligan a abandonar una tesis hasta hace poco dominante: la que veía en estos movimientos apenas una variante estridente y solo discursivamente más agresiva de la derecha tradicional. Si bien no puede descartarse una «normalización burguesa» hacia un conservadurismo convencional en ciertos casos, lo cierto es que la tendencia predominante apunta en la dirección opuesta: una amenaza autoritaria real, dispuesta a erosionar las libertades democráticas, los derechos sociales conquistados en el siglo XX e incluso la integridad física de la oposición política.

Los ejemplos se acumulan. En Estados Unidos, Trump transformó al ICE en una policía política federal de detenciones y deportaciones arbitrarias. El trumpismo ensaya con proyectarla como instrumento general de control autoritario más allá de lo migratorio: un tanteo que quedó en evidencia con la reciente sugerencia de Steve Bannon de utilizarla para «custodiar» las elecciones de noviembre bajo el pretexto de un presunto fraude en gestación. Netanyahu conduce una guerra de exterminio en Gaza y persigue judicialmente a sus opositores. Milei encara la mayor ofensiva contra la clase trabajadora desde la última dictadura militar e intensifica la represión de la protesta social. Bolsonaro impulsó un intento de golpe el 8 de enero de 2023. Bukele gobierna El Salvador bajo un estado de excepción permanente, con decenas de miles de detenidos sin debido proceso, y ha convertido ese modelo carcelario en objeto de admiración de buena parte de la derecha latinoamericana. Orbán construyó durante más de una década un régimen autoritario, la autodenominada «democracia iliberal», que el resto del bloque ultraderechista internacional ha convertido también en modelo aspiracional.

Pero el avance autoritario no equivale todavía a una consolidación duradera. En los últimos meses se sucedieron algunos episodios que parecen indicar un freno en este avance: la derrota electoral de Orbán, la caída de popularidad de Trump y su empantanamiento en Irán, el deterioro de la imagen de Milei, la derrota de Meloni en el último referéndum constitucional. Podrían citarse también ejemplos en sentido contrario: Flavio Bolsonaro primero en las encuestas, Reform UK que rompió el histórico bipartidismo británico y se impuso en las últimas elecciones municipales, el fujimorismo muy competitivo en la segunda vuelta peruana. Lo que todo esto muestra es que estamos ante una situación abierta y que la ultraderecha todavía no estabilizó su proyecto. Se trata de una batalla política en curso, con avances y retrocesos, que probablemente atraviese todo un período.

La tendencia global es todavía inestable, pero excede cualquier coyuntura pasajera. Estamos atravesando un período reaccionario, siguiendo la elaboración de Valerio Arcary: un ciclo prolongado en el que la relación de fuerzas se vuelve desfavorable por la acumulación de derrotas, la izquierda queda a la defensiva y la extrema derecha conserva un arraigo social de masas. El crecimiento electoral de las derechas es apenas un síntoma. Lo que está en juego es una alteración más profunda del equilibrio político y social, que reduce la capacidad de defensa de las clases populares y abre el riesgo de derrotas de largo alcance. Frenar a la extrema derecha es, por lo tanto, la tarea política central de nuestra época.

El caso argentino: Milei como cristalización de una derrota

En contraste con la tendencia global, buena parte de los análisis de la izquierda argentina supone que la situación política local sigue definida por el movimiento pendular de una relación de fuerzas irresuelta e inestable, usualmente descripta como polarización o empate hegemónico. En esa lectura, las fuerzas partidarias que representaban los dos polos del péndulo atravesarían una crisis paralela: así como Milei arrasó con la derecha tradicional, el peronismo sufriría en el otro campo una crisis de representación que la izquierda estaría capitalizando. Serían, como diría Tony Cliff, los años treinta en cámara lenta: un contexto de polarización en el que crecerían al mismo tiempo el neofascismo y la izquierda radical, y en el que la tarea sería prepararse para una nueva ofensiva tras el breve intervalo del gobierno de Milei.
El diagnóstico es equivocado, y de él se siguen consecuencias políticas erradas, incluso alucinadas. Las relaciones de fuerza sociales sufrieron un deterioro muy significativo en los últimos años. En un país donde durante un largo ciclo estuvo bloqueada la posibilidad de políticas de ajuste y de reformas estructurales proempresariales, una realidad con la que lidiaron tanto el kirchnerismo como el macrismo, cada uno con su propia estrategia, Milei logró imponer el «ajuste fiscal más importante de una economía en tiempos de paz» (FMI). Y lo hizo no solo sin una explosión social inmediata, sino afirmándose en el poder. Algo cambió en las profundidades de la sociedad.
Actualmente, Milei sufre un deterioro significativo de su imagen, registrado por todas las encuestas de opinión. Eso, sin embargo, no autoriza a concluir que el «empate» haya reaparecido, como si se tratara de un mecanismo que solo se hubiese demorado un poco más de la cuenta. Tras dos años de gestión, en un contexto de ingresos pulverizados y parálisis del consumo, que el gobierno conserve una aprobación de entre el 30% y el 40%, habiendo partido de un apoyo cercano al 50%, habla más de resiliencia que de debilidad. Resulta preocupante imaginar la fuerza política que podría tener si contara con una economía expansiva como la que apuntaló al primer menemismo entre 1991 y 1994. No es sorprendente que se desgaste. Lo notable es que siga en pie en el marco de un experimento de austeridad que no tiene precedentes en el período democrático.

La supervivencia política de Milei dice algo importante sobre la evolución de las relaciones de fuerzas sociales y políticas. La situación argentina ya no puede pensarse como un cuadro estático, marcado por la eterna y casi metafísica imposibilidad de resolver el histórico «empate argentino». No estamos simplemente pasando por uno de los polos de un péndulo que oscila siempre entre los mismos puntos: el propio movimiento pendular ha ido erosionando las capacidades de resistencia social.  Es curioso que habitualmente se invoque el concepto gramsciano de «empate catastrófico» y se ignore la principal conclusión de su análisis: el empate catastrófico no describe un estado de parálisis permanente, sino una dinámica inestable y autoerosionante que tiende a resolverse mediante liderazgos cesaristas.

Esa modificación de las relaciones de fuerza puede seguir caminos distintos. La vía más evidente fue la represión abierta: dictaduras militares, fascismo o violencia estatal dirigidos a aplastar sindicatos y organizaciones obreras, atomizar a los trabajadores y quebrar su confianza colectiva. Otra vía, complementaria o alternativa a la coerción directa, es la derrota ejemplificadora de un sector laboral estratégico: los casos clásicos de los mineros británicos ante Thatcher o los controladores aéreos durante la era Reagan muestran cómo el quiebre de un gremio históricamente fuerte puede disciplinar al resto de la clase trabajadora. También las crisis económicas terminales, especialmente las hiperinflaciones, pueden cumplir ese papel al instalar un temor masivo y paralizante. Existe, por último, un mecanismo menos analizado, que se desprende del análisis gramsciano del «empate catastrófico»: una alteración gradual de las relaciones de fuerza producida por un bloqueo político prolongado, en el que cada fuerza logra vetar el proyecto de su adversario pero no imponer el propio. Esa dinámica erosiona las bases sociales de los propios contendientes e instala en la población una sensación generalizada de desmoralización y falta de salida. El caso argentino reciente puede leerse como un ejemplo de esta lógica.

Como muestran los trabajos recientes de Adrián Piva, en estos últimos años asistimos a la maduración silenciosa de una derrota social que explica la relativa pasividad ante un ajuste fiscal descomunal y un retroceso generalizado en los ingresos, impensables en otro momento. Este proceso tiene una base objetiva: el estancamiento económico iniciado hacia 2011-2012, que erosionó acumulativamente las capacidades de acción colectiva. La asociación intuitiva entre crisis y revuelta es, a menudo, engañosa: cuando el deterioro se estabiliza, lo que prolifera es el desempleo, el pluriempleo y la fragmentación de la fuerza laboral y, por lo tanto, el debilitamiento del poder social de la clase trabajadora.

En la Argentina reciente, a esto se sumó una inflación persistente, que llegó a cifras de tres dígitos anuales. Como observó Perry Anderson en su análisis sobre los planes de estabilización en América Latina de los ochenta, la hiperinflación puede operar como un «equivalente funcional» de una dictadura: aterroriza a la población, impone disciplina sin necesidad de coerción directa y prepara el terreno para el reclamo de orden. Aunque recientemente Argentina no experimentó una hiperinflación, sí atravesó un prolongado periodo de alta inflación que bastó para provocar un profundo desgaste y generalizar una demanda de orden. El cuadro se completó con el fracaso político del último gobierno peronista, que desmoralizó al campo progresista y alimentó una atmósfera antiestatista decisiva para el ascenso de Milei. La combinación de estos factores debilitó la fuerza combativa de la sociedad y le permitió al nuevo gobierno aplicar medidas que en condiciones «normales» hubiesen provocado una enorme resistencia.

Esta erosión silenciosa tuvo su contrapartida en la consolidación de un bloque social y político de derecha que, tras una progresiva radicalización, terminó por cristalizar en la figura de Milei. Este bloque reacciona políticamente al ciclo abierto en 2001 y, más específicamente, a la forma en que el kirchnerismo lo gestionó. Las relaciones de fuerza establecidas tras la crisis de 2001 fueron contenidas e institucionalizadas durante el primer ciclo kirchnerista. Es decir, fueron estabilizadas y, en cierto sentido, conservadas mediante la canalización parcial de las demandas populares en un marco de excepcional bonanza externa. Esa estrategia tuvo años iniciales exitosos, durante los cuales el kirchnerismo logró agrupar detrás de sí a buena parte del empresariado. Cuando la ofensiva derechista estalló en 2008, el kirchnerismo viró hacia una estrategia de acumulación política basada en la polarización y la consolidación de un núcleo duro de apoyo: generó un clima de politización e ideologización, aunque no de movilización ni de autoorganización, rasgo que lo diferenció de la experiencia venezolana o boliviana en esos mismos años. Esa politización se expresó en la incorporación de una nueva generación a la militancia con discurso antioligárquico, en la captura de gran parte de la izquierda intelectual y en la prolongación cultural del registro inaugurado en 2001.

Pero esa estrategia no desorganizó a la base social derechista que se construía en paralelo; por el contrario, en cierto modo la consolidó a través de la misma lógica de polarización permanente: abroquelar un núcleo de apoyo sobre la base de la confrontación constante con un enemigo también sirve para cohesionar y activar a ese adversario. Y el ciclo económico que había hecho posible todo el esquema, sostenido por la demanda asiática de commodities, el tipo de cambio alto heredado de la devaluación de 2002 y los salarios previamente licuados, empezó a agotarse entre 2011 y 2012.

Señalar los límites del kirchnerismo no debería convertir a la nueva derecha en un mero epifenómeno de las frustraciones progresistas. La derecha argentina contaba con agencia propia y un terreno social e institucional sobre el cual desarrollarse: clases medias antiperonistas, burguesía agraria, grandes grupos mediáticos, sectores del Poder Judicial, empresariado concentrado, apoyos internacionales y una cultura antipopular de larga duración. El fenómeno de Milei solo puede entenderse como la condensación de un proceso multicausal, en el que los límites del progresismo pesaron como factor importante entre varios. Lo confirma el hecho de que en el mundo la extrema derecha aparece como relevo de todo tipo de signos políticos: gobiernos derechistas, centristas o socialdemócratas.

La construcción del bloque derechista, por su parte, tuvo una historia propia. La estrategia kirchnerista empezó a generar tensiones con las clases dominantes ya en 2005, cuando abandonaron el gobierno los sectores que querían atenuar la incorporación de demandas populares, sobre todo la recomposición salarial, lo que se expresó en la salida del ministro de Economía Roberto Lavagna. Pero el verdadero punto de inflexión llegó en 2008, con el «conflicto del campo». Ante esa confrontación, la mayoría de las clases medias urbanas rompieron con el bloque oficialista y recuperaron su tradicional antiperonismo. Así se construyó una identidad antikirchnerista que combinaba el rechazo al estilo populista y el deseo de distinción social respecto de los sectores populares que recibían asistencia estatal. A esto se sumó la defensa de intereses materiales concretos: desde el rechazo a las retenciones a la exportación de commodities, que unió a la burguesía agraria con las clases medias rurales, hasta la protección del ahorro en dólares, afectado por el cepo cambiario a partir de 2011. Esa identidad se consolidó antes de encontrar un instrumento político adecuado: desde 2008 existía una franja electoral, inicialmente minoritaria pero crecientemente cohesionada, dispuesta a apoyar a cualquier candidato con posibilidades reales de derrotar al peronismo. Macri la capitalizó en 2015; Milei, en 2023 (Ver Adrián Piva)

Sobre este terreno acumulado, Macri aportó la última pieza ideológica que destrabó la radicalización de la derecha. Como muestra Javier Balsa en ¿Por qué ganó Milei?, después del fracaso de su gobierno ofreció a su propia base una explicación coherente: «hicimos gradualismo en lugar de shock, no nos animamos a reprimir a quienes se movilizan para defender sus privilegios corporativos». Dar una explicación del fracaso sirve para contener a la base social propia y ofrece una estrategia a futuro, que se deriva naturalmente del diagnóstico: una terapia de choque neoliberal y la represión que sea necesaria. Esa lectura allanó el camino para quien encarnara con mayor consecuencia lo que Macri no logró hacer.

Milei representa el punto de cristalización de quince años de construcción derechista frente a un campo progresista exhausto. Su ascenso no depende únicamente de su propia fuerza, sino también de la debilidad estratégica de su adversario: el bloque social que sostuvo la relación de fuerzas parcialmente favorable posterior a 2001. La base social de la derecha salió del fracaso macrista más radicalizada. La del kirchnerismo entró en una etapa de desmoralización y confusión. Por todo esto la extrema derecha debe entenderse como un fenómeno orgánico y no como un accidente coyuntural.

Esta caracterización no implica, por supuesto, que el contexto político y las relaciones de fuerza que hicieron posible el ascenso de Milei sean irreversibles. Pero lo más probable no es un giro brusco de la situación. Si hay recomposición, tendrá un ritmo más lento y acumulativo, parecido al ciclo abierto en 1995 y que desembocó en 2001.

Milei es el subproducto de una derrota social todavía parcial; su programa busca transformarla en una derrota de largo alcance, capaz de modificar drásticamente la relación entre el Estado y la acumulación capitalista y barrer con los vestigios de «colectivismo», regulaciones laborales y derechos sociales acumulados en un siglo de conquistas obreras. En cambio, si la extrema derecha se interpreta como un fenómeno accidental, desligado de las relaciones de fuerza sociales, la conclusión será que su gobierno es inviable y que derivará en una reactivación súbita de la conflictividad. Bajo esa premisa, la izquierda no tendría demasiado que innovar: podría limitarse a su business as usual e incluso esperar un cambio drástico que reoriente el malestar social desde la extrema derecha hacia la izquierda radical. La realidad es otra: una derrota social alteró sensiblemente las relaciones de fuerza. No existe hoy una sociedad combativa en condiciones de devolver el golpe con rapidez. Eso cambia todo el cuadro.

La derrota social y sus límites

Esto no equivale a sostener que la derrota social haya producido una derechización homogénea de toda la población o una pérdida irreversible de la capacidad de resistencia. Llamo «derrota social» a una alteración práctica negativa de las relaciones de fuerza: la pérdida de capacidad de las clases populares para bloquear ofensivas regresivas que, en otro momento, habrían encontrado una resistencia mucho más intensa. Las derrotas sociales y políticas tienen alcances diversos: pueden ser coyunturales y permitir una recomposición rápida, o históricas y exigir el esfuerzo de toda una generación para revertirse, con un sinfín de matices intermedios. A esto se suma que la verdadera profundidad de una derrota nunca es evidente desde el principio; su alcance real se va descubriendo paulatinamente a través de sus efectos.
El trabajo empírico en el que se apoya Balsa, desarrollado en 2023, permite precisar esto. Sus encuestas mostraban una sociedad dividida, a grandes rasgos, en tres tercios. Un tercio con posiciones económicamente progresistas coherentes: defensa del rol del Estado, de los derechos laborales, de la redistribución. Otro tercio con un núcleo neoliberal duro. Y un tercio intermedio, más difuso: sectores centristas, moderados, apolíticos o simplemente frustrados, sin una matriz ideológica firme en ningún sentido. Como el electorado termina fracturándose en dos grandes bloques, lo que suele definir la primacía de uno u otro es cuál de las dos minorías fuertes logra atraer a la mayor parte de ese sector intermedio. No hubo, entonces, una conversión masiva de la sociedad al neoliberalismo o a la derecha: el bloque de posiciones redistributivas y el bloque neoliberal partían de una paridad numérica aproximada. Lo decisivo ocurrió en otro plano.

El fenómeno central es la radicalización de la derecha. El estudio registra la casi desaparición de los «liberales clásicos», quienes combinaban libre mercado con progresismo cultural, en beneficio de un «liberalismo autoritario» donde el credo económico convive estrechamente con el conservadurismo social, la xenofobia y el antifeminismo. Una derecha radicalizada y cohesionada, en un contexto marcado por el fracaso del último gobierno kirchnerista, tuvo la capacidad de interpelar y arrastrar tras de sí al tercio intermedio. Ese sector difuso se fragmentó entre la abstención y, en una porción decisiva, el voto a Milei, captado por un discurso visceralmente antipopular y antikirchnerista. Fue ese desplazamiento del sector intermedio, empujado por el polo derechista, lo que terminó inclinando la balanza.

No sabemos con exactitud cómo evolucionaron estas corrientes tras dos años de gobierno de Milei. El núcleo duro oficialista mostró una notable firmeza frente al ajuste fiscal y la caída de ingresos, pero la crisis actual del gobierno parece estar fortaleciendo al sector opositor de manera paulatina y abriendo grietas en la base de apoyo oficial. Incluso el empresariado empieza a evaluar una figura alternativa capaz de sostener el programa económico en caso de que el desgaste de Milei comprometa su viabilidad electoral. Sin embargo, como contratendencia, los largos años inflacionarios parecen haber sedimentado un sentido común, fundamentalmente en ese estratégico sector intermedio: la exigencia de una macroeconomía «equilibrada» y de superávit fiscal, en oposición a la tendencia «populista» a expandir el gasto «irresponsablemente». No es casual que casi todo el arco político haya incorporado la demanda de disciplina fiscal que, hasta cierto punto, brota desde abajo.

En cualquier caso, los trabajos empíricos sobre 2023 siguen siendo relevantes: existe una base social con posiciones redistributivas, equivalente en tamaño al núcleo neoliberal, dispuesta a oponerse al programa de ajuste actual. Aunque este sector progresista no es impermeable al efecto subjetivo de la crisis inflacionaria, que disciplina sus expectativas, mantiene una impugnación de fondo a la regresividad distributiva del modelo. Hoy, sin embargo, esa base funciona más como bloque ideológico que como fuerza política activa: está a la defensiva, intentando evitar lo peor. Es el reverso exacto de la radicalización de su adversario.

Los datos empíricos sobre la conflictividad social bajo Milei confirman el diagnóstico. Según la Secretaría de Trabajo, en 2025 hubo 465 conflictos laborales con paro en Argentina, la cifra más baja en dos décadas; en el sector privado fueron apenas 157, el valor más bajo de la serie estadística. Los piquetes, de acuerdo con el relevamiento de la consultora Diagnóstico Político, cayeron de 8239 en 2023 a 3893 en 2025: un descenso cercano al 53% y el mínimo desde 2011. La conflictividad que sí existe es predominantemente defensiva: según el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), el 63,6% de los casos relevados entre enero de 2024 y febrero de 2026 corresponde a despidos.

Hubo, desde luego, grandes jornadas de movilización contra el gobierno: las marchas del 24 de marzo, la Marcha del Orgullo Antifascista y Antirracista después de las declaraciones de Milei en Davos, los paros generales de la CGT y las manifestaciones universitarias contra la asfixia presupuestaria. Estas grandes movilizaciones muestran que la capacidad de resistencia no está quebrada, y que persiste un piso de organización y politización que, aunque contraído, constituye un punto de apoyo. Pero, por el momento, no alcanzan para alterar el cuadro de fondo: baja conflictividad laboral, contracción histórica del movimiento piquetero y ausencia de procesos sostenidos de autoorganización en los lugares de trabajo.

La asimetría con la magnitud del ajuste salta a la vista. Según el CIFRA-CTA, el salario real registrado cayó cerca de un 9% bajo la gestión de Milei, o un 13% si se utiliza un IPC elaborado sobre la base de una canasta más actualizada que la del IPC oficial. Medido con el IPC oficial, la pérdida salarial fue marcadamente desigual entre sectores: en febrero de 2026, el salario público se ubicaba 18,3% por debajo de noviembre de 2023, y en la administración pública nacional la pérdida alcanzaba el 37,2%. A esto se suma un deterioro en la calidad del empleo que se expresa en una ampliación del trabajo informal.

La debilidad también aparece en el terreno ideológico. Los recientes resultados electorales universitarios son un indicador de esta dimensión: la izquierda pierde capacidad de irradiación entre las nuevas generaciones. En las elecciones estudiantiles de la UBA, un termómetro históricamente relevante de las juventudes politizadas, registró su peor desempeño desde fines de los años noventa. Esto no implica que la juventud se haya vuelto masivamente centrista o derechista, sino que el discurso de las izquierdas, que mantiene su núcleo duro, dejó de operar como alternativa atractiva en una escala más amplia.

La baja conflictividad condiciona las hipótesis sobre cómo podría terminar el gobierno de Milei. Una derrota empujada desde abajo, por una reactivación de la movilización popular, sería sin duda el mejor escenario: desalojaría a Milei del poder y permitiría recomponer con rapidez la fuerza social del campo popular. No se puede descartar de manera concluyente un giro brusco o una explosión social; nadie posee un sismógrafo de la lucha de clases. Pero las tendencias apuntan más bien a un proceso paulatino de recomposición, no a un estallido. Por eso, la disputa por derrotar a Milei se trasladará previsiblemente al terreno electoral.

De este diagnóstico se desprende una consecuencia política importante para todo el ciclo que viene. Una eventual derrota electoral de Milei en 2027 abriría una nueva coyuntura política, pero no clausuraría por sí misma el período reaccionario. Las condiciones que lo produjeron seguirían operando: la derecha social construida desde 2008, el reflujo de la conflictividad social y la atmósfera posibilista heredada tanto de los fracasos progresistas como del radicalismo de la derecha. El caso brasileño funciona como un espejo elocuente: aunque Lula derrotó a Bolsonaro en 2022 y logró mejorar indicadores sociales clave, el bolsonarismo conserva un piso electoral cercano al 35% y sigue disputando en condiciones muy competitivas los próximos comicios.

Que una derrota electoral no clausure el período no significa que dé lo mismo infligirla o no. En una coyuntura así, ganar tiempo es una tarea decisiva. Derrotar electoralmente a Milei no basta para recomponer la fuerza del campo popular, pero le cierra el paso a una victoria estratégica de la extrema derecha: le impide aprovechar su actual ventana de oportunidad para modificar de manera duradera y regresiva la relación de fuerzas entre las clases.

Por qué no estamos en los años treinta

La lectura mayoritaria de la izquierda marxista sobre la extrema derecha invoca los años treinta como marco de referencia: crisis del orden liberal, fascismo en ascenso, polarización aguda, posibilidades revolucionarias todavía abiertas. Esa analogía es engañosa y conduce a orientaciones políticas equivocadas. Hay al menos tres razones para descartarla.
Primera: la revolución está fuera del horizonte político. Esto puede parecer obvio, o una herejía, según el contexto. En 1932 la Internacional Comunista todavía operaba con la expectativa de una insurrección inminente, y no estaba del todo equivocada. Alemania fue el escenario central. Las derrotas revolucionarias acumuladas (1918, 1921 y 1923) no habían logrado sacar de combate a la clase obrera ni a la izquierda revolucionaria, como lo atestiguaba la recuperación del Partido Comunista en esos años.

Hoy no vivimos una época en la que una ruptura revolucionaria forme parte del cuadro inmediato. La perspectiva socialista solo puede reconstruirse partiendo de esa realidad. Cuando la clase trabajadora no puede pasar a la ofensiva, la tarea principal consiste en recomponer las bases sociales y políticas de una contraofensiva futura. Esto modifica la relación con los análisis marxistas clásicos sobre los años treinta. Para Trotsky, por caso, el antifascismo tenía una doble dimensión: era al mismo tiempo una lucha unitaria defensiva de toda la clase obrera y una lucha anticapitalista directa, orientada a convertir la resistencia al fascismo en palanca de la revolución proletaria. Hoy esa segunda dimensión está ausente: ningún análisis serio puede sostener que en Argentina, Brasil, Francia, Italia o cualquier país desarrollado esté planteada en el corto plazo la conquista del poder por vía insurreccional. La tarea es defensiva, y ese punto reordena todo el razonamiento estratégico

Segundo: no existen partidos obreros de masas, al menos en el sentido de los grandes partidos reformistas de principios del siglo XX. El llamado «frente único obrero» presuponía grandes organizaciones con implantación real y masiva en la clase trabajadora, una reformista y la otra revolucionaria. Hoy ese mapa desapareció, y eso obliga a repensar qué significa la unidad de la clase cuando los partidos que históricamente la representaban cambiaron de naturaleza. Volveremos sobre esto.

Tercero: no hay polarización social, hay radicalización de la derecha. En los años treinta había movimientos de masas activos en ambas direcciones del espectro político. Hoy un solo polo está radicalizado y envalentonado; el otro permanece a la defensiva y sumido en el posibilismo. La sociedad está fracturada en dos campos enfrentados, pero esa fractura no produjo una radicalización simétrica. Se radicalizó la derecha. De esta asimetría se desprende, como explica bien Henrique Canary, que el mito de un «campo antisistema» compartido es una fantasía: no existe una radicalidad social políticamente neutra que la izquierda pueda disputarle a la extrema derecha con solo elevar el tono «antisistema» de su discurso. Lo que los ultraderechistas llaman «sistema» son, en realidad, los derechos sociales y las libertades públicas conquistadas en el período anterior: los derechos sindicales, las políticas redistributivas, la cultura «woke». Construir una versión de izquierda de esa radicalidad no acerca a la izquierda a las masas; la desconecta de los niveles reales de conciencia y combatividad popular.

La herencia estratégica del marxismo del siglo XX sigue siendo importante, pero trasladarla mecánicamente al presente conduce a una falsa analogía con los años treinta. La lección que vale conservar es la necesidad de una política unitaria y paciente, apoyada en la movilización social. En los años treinta, el frente único era una táctica para unir a una clase obrera organizada, con fuerte implantación y capacidad ofensiva. Hoy, una política de masas contra la extrema derecha parte de un terreno mucho más adverso: una clase trabajadora más fragmentada, con menos confianza en sus propias fuerzas y menores niveles de conciencia y combatividad.

¿Frente popular antifascista?

¿Qué valor tienen, entonces, los debates que el marxismo desarrolló ante el ascenso del fascismo en el siglo pasado, en particular los referidos al frente único obrero y al frente popular? Vale la pena volver sobre el debate marxista de los años veinte y treinta. El frente único fue debatido por primera vez en 1922 en la Internacional Comunista y retomado luego en la lucha contra el fascismo. Lenin fue categórico respecto de su importancia: quien no comprendiera el frente único estaba perdido para el movimiento comunista. Perry Anderson lo definió como «el último gran consejo de Lenin al movimiento obrero occidental antes de su muerte». Para Gramsci, en la política del frente único parecía estar en juego algo más que la unidad defensiva con los reformistas. Allí se encontraba, en embrión, una nueva concepción de la política revolucionaria en condiciones occidentales: el pasaje de la guerra de maniobra a la guerra de posiciones, y de la teoría de la ofensiva a la teoría de la hegemonía.
El frente único fue un esfuerzo por unificar y cohesionar la actividad del conjunto de los trabajadores, y no solo la de aquellos que seguían al partido revolucionario. Su lógica es relativamente simple. Las masas necesitan unir sus fuerzas para defenderse. Los revolucionarios, a su vez, están en mejores condiciones de disputar la dirección del movimiento si aparecen como su ala más unitaria, no como un factor de división. Como las masas aprenden sobre todo de su propia experiencia, la delimitación con el reformismo surge del curso mismo de la lucha, cuando esas direcciones muestran su incapacidad para llevarla hasta el final. A partir de allí pueden plantearse escenarios más complejos, como un gobierno de frente único: un gobierno unitario de las organizaciones de la clase obrera, reformistas y revolucionarias, concebido como momento transitorio en la lucha por el poder.

El problema es que, un siglo después de aquel debate, la realidad de la clase trabajadora y de la izquierda no podría ser más distinta. Como señalamos, el frente único de los años veinte presuponía la existencia de dos socios reales con implantación masiva en la clase obrera: un partido socialdemócrata reformista y un partido comunista revolucionario. Ese mundo ya no existe. Las socialdemocracias europeas tradicionales, como el PS francés o el PSOE, dejaron de ser partidos obreros genuinos hace décadas; hoy tienden a convertirse en representantes cada vez más orgánicos de sus burguesías, aunque conservan todavía un vínculo con la clase obrera que los diferencia de los partidos burgueses convencionales. Las nuevas fuerzas de izquierda, como Die Linke, Podemos o La France Insoumise, son actores significativos, pero su fuerza se expresa sobre todo en el terreno electoral y no se traduce en una implantación orgánica de masas. Las experiencias neopopulistas en América Latina, como el kirchnerismo o Morena, tampoco pueden caracterizarse como fuerzas reformistas independientes. Si bien poseen un arraigo social más profundo que la socialdemocracia europea, son formaciones que articulan simultáneamente vínculos con fracciones de las clases dominantes y con sectores populares.

Si el frente único presuponía la unidad de fuerzas obreras que, en conjunto, constituían una mayoría social y electoral, hoy no resulta claro quién podría ocupar ese lugar. ¿La unidad debería darse entre pequeños grupos revolucionarios de peso marginal y aparatos electorales profundamente integrados a las redes económicas y políticas de las clases dominantes? ¿Qué significa hablar de frente único cuando ya no existen dos grandes partidos obreros disputándose la dirección de una clase trabajadora organizada, sino izquierdas fragmentadas, aparatos electorales inestables y movimientos populares mucho más débiles? La política unitaria sigue siendo necesaria, sobre todo allí donde existen organizaciones de izquierda y de la clase trabajadora. Pero el mapa en el que operamos ya no es el mismo.

Esta discontinuidad histórica respecto al paisaje partidario del siglo XX conduce a una conclusión: en la actualidad, la unidad exclusiva de las fuerzas de izquierda con base en la clase trabajadora, aunque persista como eje organizador de la política socialista, probablemente sea insuficiente para frenar a la extrema derecha. Este escenario desplaza el debate hacia un terreno más espinoso: la posibilidad de acuerdos puntuales con sectores disidentes de la burguesía o con socialdemocracias profundamente institucionalizadas. Ante este dilema, surge inevitablemente el recuerdo del debate sobre los frentes populares impulsados por la Internacional Comunista (IC) a partir de su VII Congreso en 1935.

El Frente Popular fue la política de la IC que sucedió a la táctica ultraizquierdista de «clase contra clase», aquella línea que identificaba a la socialdemocracia con el fascismo y rechazaba cualquier unidad de acción con sectores reformistas. Bajo esta nueva orientación, la IC giró hacia una estrategia de alianzas no solo con partidos obreros, sino también con partidos burgueses «democráticos» en la lucha contra el fascismo.

Esta política fue cuestionada por León Trotsky. El revolucionario ruso identificó con precisión los riesgos centrales: que la coalición con la burguesía liberal funcionaría como un freno de la movilización obrera, y que los Partidos Comunistas, atrapados en la necesidad de no «asustar» a sus aliados, terminarían operando como la última barrera contra una posible ruptura revolucionaria.

En momentos de polarización aguda o de ascenso revolucionario, el Frente Popular operó muchas veces como un mecanismo de contención. La crítica de Trotsky apuntaba a ese núcleo: la alianza con la burguesía liberal tendía a disciplinar a la clase trabajadora, subordinando sus objetivos propios al mantenimiento de la coalición. Francia y España ofrecieron ejemplos dramáticos de ese límite.

Pero la experiencia histórica fue más ambigua que la versión simplificada del canon trotskista. Las victorias electorales del Frente Popular también reforzaron la confianza de las clases populares y actuaron como detonantes de movilización. El triunfo de Blum desembocó en las huelgas de junio de 1936; en España, la victoria del Frente Popular antecedió a una extraordinaria movilización obrera y campesina, que alcanzó su punto más alto en la resistencia al golpe franquista. Que el estalinismo haya buscado luego contener y disciplinar ese proceso no anula el hecho de que, en su fase inicial, el antifascismo unitario contribuyó a activar energías populares que estaban latentes.

Perry Anderson señaló que Trotsky cometió errores sectarios en sus escritos sobre Francia y España, al subestimar la necesidad de alianzas con sectores no obreros en defensa de las libertades democráticas, una flexibilidad que en cambio sí había mostrado frente al ascenso del nazismo o en su experiencia práctica ante el intento de golpe de Kornilov en agosto de 1917. Pero, pese a esos errores, el análisis de Trotsky sobre el caso francés captó la ambivalencia del Frente Popular, y resultó más matizado e interesante de lo que suele reconocerse. Ya en 1934 escribía que, si los socialistas franceses llegaran a ganar la confianza de la mayoría, los revolucionarios estarían «siempre preparados para defender contra la burguesía a un gobierno de la SFIO». Una vez constituido el gobierno de Blum, la táctica que propuso no fue la oposición frontal, sino una combinación de presión desde abajo y exigencias parciales a la dirección. En una carta del 21 de junio de 1936 dirigida a sus seguidores franceses, Trotsky advertía que repetir la consigna de huelga general «sin definirla ni concretarla sería un error», y preveía que la próxima oleada de huelgas se dirigiría, con toda probabilidad, no contra Blum, sino contra sus enemigos: las «doscientas familias», los radicales, el Senado y el Estado Mayor. Para Trotsky, esta distinción era decisiva: «No metemos a Léon Blum en el mismo saco que a los de Wendel y de La Roque. Acusamos a Blum de no entender la formidable resistencia de los de Wendel y de La Roque». De allí se desprendía la obligación de presentarse ante la clase trabajadora «no como un estorbo, sino como personas que quieren que la cosa avance».

Este punto permite extraer una conclusión estratégica probablemente antiintuitiva para el sentido común de la izquierda marxista: en muchas ocasiones, las masas no se radicalizan a pesar de confiar en las direcciones reformistas, sino a través de esa confianza. La movilización popular suele comenzar cuando amplios sectores perciben que existe una fuerza política capaz de traducir sus demandas en resultados concretos. Esa fuerza, en las primeras fases de un ascenso, suele ser una dirección moderada, nacional-popular o reformista. Sin ese primer momento de confianza, difícilmente haya un segundo momento de presión, desborde o radicalización. Postular el desborde como punto de partida, en lugar de entenderlo como resultado posible de un proceso, es confundir el desenlace con sus condiciones.

Como mostraron las huelgas de junio de 1936, el triunfo del Frente Popular funcionó como detonante de la acción directa. La misma lógica puede observarse en otros procesos. En el Chile de la Unidad Popular, la confianza en la «vía electoral al socialismo» liberó una movilización que llegó a desbordar por izquierda al propio Allende, con las tomas de fábricas y los cordones industriales. La Argentina de 1973 ofrece otro ejemplo: la asunción de Cámpora en mayo y la de Perón en octubre alentaron una radicalización del campo popular que el peronismo no controlaba, acompañada por un aumento significativo de la conflictividad obrera. Los ejemplos podrían multiplicarse.

Sin equiparar procesos históricamente distintos, todos muestran una lógica que importa retener: la confianza en una dirección política popular o reformista puede liberar energías sociales que esa misma dirección no controla por completo. El triunfo electoral, cuando las clases populares lo viven como una victoria propia, modifica el ánimo colectivo, eleva las expectativas sociales y vuelve más verosímil la idea de que luchar sirve. Esa dinámica no garantiza una salida progresiva; también puede ser contenida o derrotada. Pero desmiente la idea de que toda mediación reformista solo produce pasividad.

Entonces, ¿qué forma debe tomar la unidad de las fuerzas populares y su relación con los partidos liberales o centristas en la lucha contra la extrema derecha?

Hay que distinguir dos cosas. Por un lado, el Frente Popular como subordinación estratégica del movimiento obrero a la burguesía, bajo la consigna implícita de desmovilizar para no «asustar» a los aliados. Por otro, la acción unitaria, puntual y transitoria, estructurada sobre un objetivo limitado y preciso: cerrarle el paso a la reacción y defender las libertades democráticas amenazadas. Esta última modalidad permite mantener la independencia política de la izquierda, bajo la premisa de que la tarea central, al día siguiente, sigue siendo la recomposición autónoma de la clase trabajadora. La tradición marxista no ha rechazado este segundo tipo de intervención. Por ejemplo, la unidad de acción contra las dictaduras en América Latina contó con la participación de componentes burgueses, incluso inicialmente en procesos que culminaron en revoluciones, como en Nicaragua o Cuba.

La coalición Lula-Alckmin de 2022 en Brasil no representó una bella expresión del marxismo revolucionario; tampoco lo hizo el Nouveau Front Populaire que, en 2024, bloqueó provisionalmente el acceso del lepenismo al poder en Francia. En ambos casos se trató de salidas defensivas, nacidas en correlaciones de fuerza adversas, que cumplieron una función inmediata: desalojar o frenar a la extrema derecha. Pero en ninguno de los dos casos la conducción de la alianza quedó en manos del ala burguesa liberal. En Brasil, fue Lula quien encabezó el proceso y no los partidos del Centrão; en Francia, la hegemonía recayó en la fuerza encabezada por Mélenchon y no en el Partido Socialista. Ese equilibrio interno abrió un doble terreno de disputa: contra la reacción, mediante frentes con competitividad electoral real, y dentro del propio «campo antifascista», para evitar que la lucha contra la ultraderecha derive en gobiernos de gestión socioliberal que terminen desmovilizando y desmoralizando a las clases populares. Una alianza amplia dirigida por el centro tiende a convertir la lucha contra la extrema derecha en defensa del orden existente; una alianza amplia con hegemonía de una dirección reformista o populista puede, en cambio, abrir un terreno de disputa más favorable, sobre todo cuando se apoya en la movilización y en un programa de recomposición social.

La cuestión actual es traducir la lección unitaria a un mapa social y político profundamente distinto del de los escenarios antifascistas del siglo XX. En un período reaccionario, la unidad contra la extrema derecha es indispensable, pero su contenido, su conducción y su relación con la movilización popular son materia de disputa. Una política socialista que solo se delimita o denuncia queda por debajo de la tarea. La izquierda debe intervenir en el «bloque antifascista» como su ala más consecuente: empujar la unidad contra la reacción sin disolver la independencia de clase y ligar cada batalla democrática a la recomposición material y organizativa de las clases populares.

¿Radicalizar? ¿Ir al centro?

En la izquierda y la oposición a Milei circulan dos respuestas opuestas frente a la extrema derecha.

La primera, predominante en el peronismo y el progresismo, sostiene que es necesario moderarse para sintonizar con el nuevo clima ideológico de la sociedad y captar el voto centrista que suele oscilar entre uno y otro bloque. Como suele suceder, en esta orientación no operan solo razones ideológicas. También expresa un consenso amplio en la élite política sobre la necesidad de poner freno a la expansión fiscal, que durante el ciclo anterior había funcionado como una forma de contener demandas populares.

El argumento apunta a un problema real: el sector intermedio existe, oscila, y sin él no se gana una elección. ¿Cómo disputar, si no, a los sectores apolíticos, centristas o frustrados que hasta hace poco se inclinaban hacia Milei o se refugiaban en la abstención? El problema es que el giro al centro, o directamente a la derecha, prepara el terreno para futuras derrotas. La experiencia del último gobierno peronista es la evidencia más cercana: una amplia coalición que prometía recomponer los ingresos terminó administrando el ajuste con discurso progresista y le cedió a la extrema derecha el monopolio del descontento.

En el polo opuesto, se sostiene que el crecimiento de la extrema derecha es inseparable de la frustración producida por la moderación progresista. La respuesta, entonces, sería radicalizar el programa: dar una respuesta más nítida a las necesidades populares y fortalecer al movimiento popular en la lucha contra la extrema derecha. La intuición es correcta. Pero todo depende de qué se entienda aquí por «radicalizar».

Conviene avanzar con cuidado. Al menos en lo inmediato, no existen condiciones sociales ni políticas para medidas de ruptura con la burguesía o de intervencionismo abrupto sobre la gran propiedad. Como vimos, no existe una radicalidad «antisistema» neutra que la izquierda pueda disputar elevando el tono de su discurso. Pretender competir en ese registro conduce al aislamiento.

Las experiencias recientes más exitosas de la izquierda a nivel global, como la de Zohran Mamdani en Nueva York, La France Insoumise o Adelante Andalucía, suelen citarse como ejemplos de radicalización a la izquierda. Pero, en rigor, hacen otra cosa: rompen con el modelo socioliberal de la socialdemocracia convencional sin levantar un programa socialista ambicioso. La consigna central de Mamdani fue el costo de la vivienda y de la vida en Nueva York, no la Viena Roja. El resto de los casos va en la misma dirección. En esta coyuntura, la unidad contra la extrema derecha necesita apoyarse en un «programa mínimo», en el sentido clásico de la distinción socialdemócrata entre programa mínimo y programa máximo: un conjunto de medidas que, en las condiciones actuales, permitan mejorar la vida cotidiana de la clase trabajadora, recuperar confianza colectiva y bloquear la arremetida autoritaria.

Sería excesivo llamar a esto una radicalización en sentido estricto, al menos en el sentido que un socialista asigna a la expresión. Pero sí obliga a tensionar el programa que los distintos sectores de la clase política, incluido en buena medida el kirchnerismo, están dispuestos a asumir. El último gobierno peronista frustró a su base social porque incumplió incluso las modestas promesas de recomposición del salario y de los ingresos populares tras el ajuste del macrismo, más que por haber enfrentado una presión desde abajo orientada a reformas estructurales profundas. Esa frustración no responde solamente a la voluntad o los errores de los dirigentes, sino también a condicionamientos estructurales sobre los que volveré más adelante.

Las alternativas a Milei

Sin descartar una reelección de Milei, hipótesis que la consistencia de la base social de la derecha vuelve plausible, sobre todo si la situación económica mejora, hay que preguntarse qué escenarios realistas podrían abrirse después de 2027. A grandes rasgos, se perfilan cuatro.

El primer escenario es una continuidad dentro del propio espacio: un cambio de candidatura que conserve el programa y los métodos, con una figura como Patricia Bullrich capaz de unificar a LLA y al PRO y capitalizar el desgaste de Milei. Sería una continuidad del proyecto ultraderechista, no un giro hacia la derecha convencional. Otra posibilidad es un relevo por la centroderecha tradicional, con Macri o lo que quede del PRO ofreciéndose como una gestión más ordenada del mismo rumbo económico, aunque probablemente con menor intensidad autoritaria. Una tercera variante es la derecha peronista: Massa o algún dirigente conservador similar, capaz de capitalizar el desgaste desde un peronismo amigable con el mercado. Por último, aparece alguna forma de reedición del kirchnerismo o del progresismo, con Axel Kicillof como nombre más probable por el momento.

Las tres primeras hipótesis son, en lo esencial, variantes de continuidad del programa económico, atenúen o no los métodos autoritarios. Por eso conviene detenerse en la cuarta, que es la que algunos sectores de la izquierda imaginan como horizonte deseable.

¿Qué podría esperarse de un nuevo gobierno kirchnerista? No demasiado. No sería un gobierno de ruptura ni de enfrentamiento drástico con las clases dominantes; el kirchnerismo nunca manifestó ambiciones de ese tipo. Pero eso no significa que un gobierno así sea indiferente desde el punto de vista de los intereses populares. La pregunta de fondo es si existen condiciones para recrear una experiencia redistributiva como la que caracterizó al primer kirchnerismo. Esa experiencia tuvo lugar en una configuración política, económica e internacional muy particular: la bonanza impulsada por la demanda asiática, combinada con una relación de fuerzas parcialmente favorable a las clases populares tras 2001 y un salario muy depreciado por la crisis y la devaluación abrupta que llevó a cabo el gobierno de Duhalde.

La situación actual es más ambigua. Argentina acumula un retraso importante en competitividad y productividad, lo que alimenta las presiones empresariales por reformas flexibilizadoras y de ajuste fiscal. En el plano internacional, hay señales de un nuevo ciclo de aumento de los ingresos por exportaciones, aunque de resultados todavía no inmediatos, esta vez impulsado por la demanda de nuevos productos exportables: petróleo y gas no convencional, litio, cobre y otros minerales críticos. Pero la relación de fuerzas está mucho más degradada. El contexto excepcional en que el empresariado toleró un gobierno con rasgos de autonomía, a condición de restablecer el orden social, como ocurrió con el primer kirchnerismo, ya no existe. Cualquier gobierno alternativo enfrentaría probablemente una hostilidad permanente de «los mercados». Por último, el retraso salarial impuesto por Milei, que se arrastra desde los gobiernos de Macri y Fernández, sumado a las reformas estructurales en curso, puede facilitar un proceso de inversiones, a condición de que los empresarios consideren que hay un «clima favorable a los negocios». En suma, existe cierto margen para una recuperación económica y para una política parcialmente redistributiva sin modificaciones drásticas de la estructura económica ni de la gran propiedad, algo que ningún sector del peronismo se propone. Pero ese margen es más estrecho que el que tuvo a su favor el primer kirchnerismo.

En cualquier caso, ese margen estrecho no define por sí solo la orientación política de un gobierno alternativo. Lula ganó en 2022 con un programa de recomposición modesta de los ingresos populares. Durante la primera etapa de su gobierno, la adaptación a las expectativas de las clases dominantes y la postergación de algunas medidas progresivas desgastaron su base y dieron aire al bolsonarismo. El cuadro empezó a modificarse cuando el gobierno retomó una agenda social más nítida: ampliación de la exención del impuesto a la renta para trabajadores de ingresos bajos, mayor carga sobre los sectores de altos ingresos, inversión pública a través del Nuevo PAC y medidas de crédito para sectores precarizados. Esa orientación le permitió recuperar iniciativa política y recomponer parcialmente su popularidad. Actualmente, la consolidación de su gobierno avanza al ritmo de la campaña por la reducción de la jornada laboral, cuya aprobación significaría un triunfo de amplio alcance.

La lección brasileña permite medir los límites y las potencialidades que abriría una derrota electoral de Milei a manos de una fuerza parcialmente progresista proveniente del peronismo. Un gobierno de ese tipo, a diferencia de uno de derecha tradicional o de derecha peronista, abriría mejores condiciones para la presión desde abajo. Sus compromisos con su base social, los sindicatos y las expectativas populares que despierta lo volverían más permeable a la movilización, sin que la izquierda deba comprometer por eso su independencia política. El objetivo sería avanzar en un programa de recuperación de ingresos y derechos populares, junto con la defensa de las libertades democráticas y de las organizaciones sindicales y sociales frente al autoritarismo.

Tareas de la izquierda

Milei expresa una derrota social parcial e intenta convertirla en una reconfiguración duradera de las relaciones de fuerza. Ese diagnóstico fija el punto de partida: la izquierda no puede esperar pasivamente el final de su gobierno como si se tratara de una coyuntura más dentro del péndulo argentino. La «utopía movilizadora» de la coyuntura es cerrarle el paso a la extrema derecha y crear un terreno más favorable para la recomposición popular. Llevar esa orientación a la práctica exige construir unidad contra la reacción sin perder independencia política. Exige, además, una tarea más lenta: reconstruir la fuerza social, sindical, territorial y cultural del campo popular. Las discusiones más difíciles empiezan cuando se trata de darle un contenido concreto a la orientación unitaria: con qué programa, bajo qué conducción y con qué relación entre intervención electoral y movilización desde abajo.

Antes de avanzar, hay que despejar un espejismo. En los últimos meses trascendieron encuestas que colocan a Myriam Bregman entre los dirigentes con mejor imagen, en algún caso incluso en el primer lugar. El dato es auspicioso. Pero no equivale a intención de voto ni, menos aún, a una radicalización de masas hacia la izquierda. Una figura de izquierda puede ser valorada por sectores mucho más amplios que su base electoral sin convertirse por eso en una alternativa política efectiva. En Francia, Olivier Besancenot llegó a tener cerca del 60% de imagen positiva a fines de la década de 2000, por encima de las principales figuras del Partido Socialista y de la derecha, sin que la LCR ni el NPA superaran nunca el 5% en una elección presidencial. Una parte de la sociedad puede valorar la honestidad, la combatividad y el carisma de una figura sin compartir sus ideas ni creer que pueda resolver sus problemas concretos.

El crecimiento de una figura de izquierda no contradice necesariamente el carácter defensivo del período. En un contexto de crisis del peronismo, pero donde persiste un núcleo social progresista relativamente consistente, es natural que un sector importante vea con simpatía a Bregman sin romper necesariamente con el campo nacional-popular. El trabajo de Balsa confirma esa distancia entre simpatía, identidad política e intención de voto: en 2023, cuatro de cada diez votantes de Bregman en las primarias migraron hacia Massa en las generales, y el 58% de ellos se sentía en realidad cercano al oficialismo. Buena parte de ese electorado funciona como una frontera porosa del voto nacional-popular: expresa descontento votando a la izquierda en las primarias o en elecciones no decisivas, y vuelve al peronismo cuando el riesgo de la derecha se vuelve inminente.

El fenómeno es, de todos modos, un síntoma positivo: expresa la valoración de una voz percibida como coherente en un campo progresista cansado de los candidatos conservadores que le ofrece el peronismo.  La cuestión decisiva es qué se hace con esa buena imagen. Y aquí reaparece el techo del Frente de Izquierda, que es ante todo un techo de comprensión del período. En la práctica, sus principales corrientes tienden a tratar a Milei como un fenómeno pasajero y a desplazar el eje de la discusión desde cómo derrotar a la extrema derecha hacia quién dirige la oposición: el peronismo o la izquierda. Esa lectura vuelve imposibles las tareas unitarias, que son justamente las únicas que permitirían a la vez cerrarle el paso a Milei y consolidar el crecimiento de la izquierda. Una izquierda dispuesta a operar como ala combativa de un amplio bloque contra la reacción, capaz de proponer las medidas unitarias que la situación exige sin renunciar a su independencia, podría salir reforzada de este ciclo en el mismo movimiento en que contribuye a frenar a la extrema derecha. Por ahora, lamentablemente, no hay señales de que ese giro vaya a producirse.

El desgaste del gobierno abre una oportunidad para la izquierda, siempre que se oriente de otro modo. Hay un núcleo social que no se dejó arrastrar por la reacción y que valora voces percibidas como coherentes y combativas. Esa oportunidad debe trabajarse en varios terrenos. El primero es la calle: confluir de la manera más amplia posible en cada conflicto defensivo concreto, contra la reforma laboral, en defensa de la universidad y la salud públicas, contra los despidos y frente a la represión de la protesta. La unidad de acción no exige acuerdo programático ni disolución de las identidades.

En el terreno electoral, la tarea es construir tácticas transitorias que reconozcan la realidad y las amenazas en juego. La izquierda debe partir de un dato elemental: no tiene hoy la fuerza para desalojar por sí sola a Milei del gobierno. Esto es evidente. Si la prioridad es impedir que la extrema derecha consolide su ciclo de reformas regresivas y su endurecimiento autoritario, entonces no puede descartarse algún tipo de apoyo puntual, crítico y delimitado a la candidatura que esté en condiciones reales de derrotarla, previsiblemente surgida del peronismo o de un bloque progresista más amplio. Negar este problema en nombre de la independencia política desplaza a la izquierda hacia una posición testimonial en el momento en que se juega la posibilidad de cerrar el paso a una derrota de mayor alcance.

Ahora bien, ese apoyo, allí donde resulte necesario, no debe confundirse con integración ni con confianza política en un futuro gobierno peronista: sería estrictamente defensivo, orientado a desalojar a la extrema derecha. Como argumentamos antes, un eventual gobierno peronista difícilmente rompa con los condicionamientos estructurales de la economía argentina, y probablemente tienda a una estabilización moderada, pactada con sectores del empresariado y limitada por el mandato de disciplina fiscal sedimentado por la crisis inflacionaria. Pero cerraría el camino a la extrema derecha y sería más permeable a la presión desde abajo. Por eso la izquierda debe intervenir en una doble clave: contribuir a cerrar el paso a Milei y prepararse desde el primer día para actuar con plena independencia frente a ese gobierno, exigiendo medidas de recomposición popular y apoyándose en la movilización social. Que esto es perfectamente posible lo muestra una experiencia cercana. En Brasil, el PSOL se construyó como fuerza de izquierda independiente del PT, combinando autonomía política, acción unitaria contra el bolsonarismo y acuerdos puntuales con el lulismo cuando la coyuntura lo exigía. Y en todo ese proceso fortaleció su inserción y su influencia.

En el plano estratégico, la tarea es más lenta y más decisiva. Una victoria electoral puede abrir un terreno más favorable, pero no cambia por sí sola las relaciones de fuerza. Ese cambio exige recomponer la fuerza social del campo popular: organización en los lugares de trabajo y en los barrios, recuperación de la vida sindical, reanimación de la conflictividad social y disputa de la hegemonía cultural. Hay que reconstruir las instituciones obreras y populares, en el terreno sindical, partidario y asociativo, que dan densidad social a cualquier proyecto de transformación más ambicioso. Allí se juega la posibilidad de forjar nuevas fuerzas políticas, capaces de superar por izquierda los límites de las experiencias progresistas previas. Solo sobre esa base será posible construir una alternativa de fondo al orden neoliberal en crisis y a la reacción ultraderechista, y no meras coaliciones defensivas.

Nada de esto garantiza nada. El período es adverso y puede empeorar. Pero la izquierda está ante un dilema: comprender el momento, ganar tiempo para una recomposición y construir una orientación unitaria, o desperdiciar la oportunidad mientras contempla, desde el autoaislamiento, cómo la derecha consolida su victoria. En cada país donde la extrema derecha avanza, más allá de sus peculiaridades nacionales, reaparece el mismo problema: cómo evitar el aislamiento sectario sin diluir la independencia política, y cómo construir una unidad que acumule fuerza real para derrotar a la reacción. De cómo se resuelva esa disyuntiva depende, en buena medida, hacia dónde se incline el período.

Martín Mosquera es el editor de la revista Jacobin

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    Fusilamientos

70 años de los fusilamientos de José León Suarez: su lucha sigue más vigente que nunca

09 Junio 2026

Hoy, 9 de junio, se cumplen 70 años del levantamiento civil y militar para restituir a Juan Domingo Perón en el poder, que permanecía proscripto por el gobierno de facto de Pedro Eugenio Aramburu. En los próximos días se llevarán a cabo diversos eventos recordatorios en los lugares de los hechos. De todas formas, el suceso más significativo será el inicio del juicio el 17 de junio.

Los hechos 

El 16 de junio de 1955 el país fue testigo de un hecho inédito en la historia mundial: la población civil fue bombardeada y ametrallada por aviones de su propia Marina de guerra, con el trágico saldo de 366 muertos y 1.053 heridos. El odio criminal al general Perón y al movimiento justicialista se acentuó tras su derrocamiento, sobrevenido un puñado de meses después, el 16 de septiembre, que lo obligó a partir al exilio. Comenzaron las persecuciones, se incrementó la violencia y fueron miles las detenciones, con un punto de inflexión gravísimo: los fusilamientos del 9 de junio de 1956.

Aquella noche un grupo de hombres, liderados por el general Juan José Valle, se levantó en armas con el objeto de derrocar al gobierno de facto. El levantamiento fue rápidamente sofocado, y en la contienda murieron seis argentinos: tres militares de la dictadura, Blas Closs, Rafael Fernández y Bernardino Rodríguez, y tres civiles peronistas, Ramón R. Videla, Carlos Irigoyen y Rolando Zaneta.

Aramburu e Isaac F. Rojas, presidente y vice de facto, estaban enterados de antemano de que iba a producirse. No obstante, dejaron que sucediera para poner en práctica una represión de tipo ejemplificadora. El 8 de junio habían detenido a varios dirigentes gremiales con el fin de debilitar el levantamiento. Además, Aramburu había dejado firmados previamente tres decretos: el Nº10.362, que imponía la ley marcial, el Nº10.363, de pena de muerte y el Nº10.364, preparado exclusivamente para incluir los nombres de las personas que serían ejecutadas a posteriori.

Las personas 

En Lanús seis integrantes, encargados de montar la radio desde donde se transmitiría la proclama revolucionaria, fueron arrestados en la Escuela Industrial de Avellaneda. Se trataba del teniente coronel José A. Yrigoyen, el capitán Jorge M. Costales, Dante H. Lugo, Norberto Ross, Clemente B. Ross y Osvaldo A. Albedro. Todos fueron asesinados simulando fusilamientos entre las 2 y las 4 de la mañana.

Entre el 10 y 12 de junio se produjeron más fusilamientos: en José León Suarez, en Campo de Mayo, en la Escuela de Mecánica del Ejército, en la Penitenciaría Nacional y en La Plata. Entre los detenidos se encontraban las doce personas que luego serían llevadas por las fuerzas de seguridad a los basurales en José León Suárez para ser masacradas a sangre fría. Fueron obligados a bajar del móvil a punta de pistola para caminar hacia el basural, iluminado por los faros de los vehículos policiales. 

Allí se fusiló sin contemplaciones a Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Carlos A. Lisazo, Vicente Rodríguez y Mario Brion. Siete hombres sobrevivieron: Miguel A. Giunta, Juan C. Livraga, Reinaldo Benavidez, Horacio Di Chiano, Rogelio Díaz, Norberto Gavino y Julio Troxler.

El Juicio 

A 70 años de la Masacre de José León Suárez, comenzará el Juicio por la Verdad impulsado por familiares de las víctimas y la Comisión Memoria, Verdad y Justicia de San Martín. Al estar los imputados fallecidos, no habrá condenas efectivas, sino que los familiares buscan obtener el reconocimiento de que los hechos narrados por Rodolfo Walsh en “Operación Masacre” fueron crímenes de lesa humanidad. El proceso estará a cargo de Alicia Vence, del Juzgado Federal N°2 de San Martín.

Las audiencias por los fusilamientos perpetrados entre la madrugada del 9 y 10 de junio de 1956 por la dictadura, que desde entonces fue conocida como “La fusiladora”, serán el 17, 18 y 19 de junio a las 9:30hs en el Auditorio Hugo del Carril, ubicado a pocos metros de donde ocurrió la masacre, en la calle Sáenz Peña 4151, en el partido bonaerense de San Martín. En diálogo con AGENCIA PACO URONDO, Berta y Majito Carranza, hija y nieta respectivamente de Nicolás, expresaron sus impresiones sobre el juicio:

Berta Carranza: “Para nosotros, que durante tantos años luchamos para que finalmente se haga justicia, es un logro hoy, teniendo en cuenta que tenemos un gobierno negacionista. La reflexión es que no hay tanta diferencia entre aquellos asesinos y estos que nos están matando de hambre con sus políticas”.

Majito Carranza: “Este juicio llega 70 años tarde, con un gobierno negacionista. Si bien este juicio se inició en 2023, desde 2022 comenzamos a reunirnos con otros familiares. En 2023 Berta dio su primera declaración y tres años más tarde finalmente llega el juicio.

Nosotros creemos que va a salir bien, van a ser declarados delitos de lesa humanidad. Después de tanta lucha de los familiares, en su momento de las viudas de los fusilados, que quedaron con el trabajo más duro: quedarse con la muerte de sus compañeros y tener que atravesar la crianza de sus hijos solas. Mi abuela crio seis hijos sola.

Este nuevo aniversario expresa seguir con esta bandera siempre en alto, que finalmente este juicio llegue a más gente y se conozca esta historia en las escuelas. No han cambiado tanto las cosas, tenemos a la principal líder política proscripta, perdimos derechos que habíamos adquirido, nos apalean y matan de hambre, no hay trabajo, sin educación ni salud. Todos aquellos planteos por los cuales lucharon y fueron fusilados en 1956 siguen más vigentes que nunca”.

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    Funeral masivo del Indio Solari en Avellaneda_07.06.2026_Daniela Morán
    Foto: Daniela Morán

Ensayo general para la farsa actual

09 Junio 2026

Con los años, muchos ricoteros desarrollamos una sensibilidad particular para percibir el nivel de autenticidad de algunas cosas, sólo de algunas. No se trata de una capacidad intelectual ni de una elaboración teórica compleja ni muy sofisticada. Es algo más elemental. Una sensibilidad que se construye lentamente, hecha de kilómetros recorridos, de amistades intensas, de charlas sinceras, de curdas interminables, de peligros sorteados y de todos esos pequeños datos que la vida va dejando en el camino cuando se vive de manera expuesta. Una forma de conocimiento que suele reconocer señales antes de que aparezcan las explicaciones, y que no proviene de los libros sino de la experiencia acumulada por el simple hecho de haber participado.

Hay una enseñanza que atraviesa toda la historia del Indio y que tal vez excede largamente al rock o lo estrictamente musical. Durante años se dijo que el fenómeno era inexplicable, como si aquella adhesión multitudinaria hubiera surgido de la nada o respondiera a algún tipo de hechizo social. Pero las cosas suelen ser más sencillas y más profundas a la vez. Al Indio lo hizo grande la gente porque él supo abrazarla antes. Porque nunca la observó desde arriba, nunca la trató como una audiencia a la que había que educar ni como una masa a la que había que conducir. El Indio supo reconocer en ella una sensibilidad, un valor, una inteligencia y una dignidad que otros no veían. Y la gente, que conoce demasiado bien la experiencia de ser utilizada, prometida, convocada o incluso traicionada, suele desarrollar una sensibilidad especial para reconocer la honestidad cuando aparece.

Con la política ocurre algo parecido. Ningún dirigente construye verdadera autoridad porque la reclame para sí mismo o porque la perinola de la rosca lo coloque como candidato a algo. La construye cuando es capaz de interpretar los sentimientos profundos de una comunidad y devolverlos transformados en acción, organización, dignidad y horizonte.

Y quizás por eso las experiencias políticas más fecundas son aquellas en las que el pueblo siente que no está siendo conducido por alguien ajeno, sino expresado por alguien que, antes que nada, se tomó el trabajo de comprenderlo. No es una cuestión menor. Desde hace años se extiende una sensación de desamparo que atraviesa generaciones enteras y sectores sociales muy distintos entre sí. La impresión de que nadie escucha verdaderamente, de que los esfuerzos cotidianos transcurren sin reconocimiento y de que problemas cada vez más complejos deben enfrentarse en una soledad cada vez más desesperante.

Mirado desde ese lugar, que cientos de miles de personas encuentren refugio emocional, identidad y sentido de pertenencia en la obra de un artista constituye un fenómeno admirable, pero también un llamado de atención. Porque revela una necesidad de representación que la política no está logrando satisfacer. Al Indio lo hizo inmenso el afecto de su gente, pero el hecho de que tanta gente deba buscar en una experiencia cultural aquello que antes encontraba en organizaciones, comunidades o proyectos colectivos dice algo importante sobre nuestro tiempo. Dice que existe una demanda de comprensión, de reconocimiento y de sentido que está solita y espera.

Un gran remedio para un gran mal

Durante décadas, el nombre de Los Redondos y de su gente fue arrastrado por las páginas policiales. Cada recital era narrado desde el señalamiento, cada multitud que se movilizaba era convertida en amenaza para la paz social, cada joven era reducido a una caricatura funcional a los prejuicios de la época. Éramos, para esa mirada, los eternos "vándalos" sin destino ni modales; los que masticaban chicle con la boca abierta, los que no trabajaban, los que vivían al margen y los que, según decían, sólo salían a romper.

Una parte importante del subsuelo más vulnerado y marginal de la sociedad, también de las clases medias, fue convertida en objeto de sospecha permanente, casi como si se tratara de una zona contaminada del cuerpo social que debía ser vigilada y contenida en un perímetro. No veían trabajadores, familias, jóvenes, estudiantes, profesionales o marginados buscando un lugar en el mundo; veían apenas aquello que sus propios prejuicios les permitían ver. Y así fue tomando forma una operación más profunda que la simple estigmatización de una tribu urbana o de una expresión de cultura popular. Se trató, en buena medida, como en tantos otros sectores, de divorciar al pueblo de sí mismo; de romper los espejos en los que podía reconocerse y reemplazarlos por caricaturas degradantes, diseñadas para que terminara aceptando como propia una imagen que le era completamente ajena.

Graciosos y valientes

Lo cierto es que quienes peregrinamos a cada misa durante años no recordamos únicamente los recitales. También recordamos una dignidad silenciosa que habitaba aquel universo ricotero. Esa multitud anónima de obreros, estudiantes, empleados, gremialistas, changarines y familias enteras aparecía una y otra vez, aunque cambiara la ciudad, el estadio o la época. Personas comunes sosteniendo vidas comunes, haciendo esfuerzos extraordinarios para regalarse una alegría. Había algo profundamente humano en aquellos encuentros. Quizás por eso aquellas canciones significaron tanto. No porque ofrecieran respuestas puntuales a los problemas, sino porque encontraban palabras para experiencias que muchos llevaban dentro y que casi nunca encontraban un lugar donde ser manifestadas.

Por eso terminábamos abrazados a personas cuyos nombres probablemente nunca llegaríamos a conocer. No había nada extraño en ello. Desaparecían las distancias que la vida cotidiana suele interponer entre unos y otros y emergía una forma de reconocimiento y unión difícil de nombrar. Aparecía una sensación tan intensa como infrecuente; la de ocupar un lugar dentro de una experiencia que nos excedía a todos. Un lugar que, para muchos de nosotros, tenía la intensidad de un centro de gravedad; ese punto excepcional alrededor del cual parecían ordenarse todas las cosas y desde donde el universo podía contemplarse de otra manera con los ojos cerrados. Luego de eso, volvíamos a casa, felices.

Lo que duele no es la goma, sino su velocidad

Por todo eso y más, lo ocurrido en estos días con la despedida del Indio tuvo algo de reparación histórica, de justicia tardía, de venganza poética.

Millones de argentinos pudieron ver lo que siempre estuvo ahí; un pueblo ricotero lúcido, sencillo, trabajador, familiar, solidario y profundamente respetuoso. Y es que no cambió la gente; cambió, por un instante, la mirada sobre ella. Desde la demonización de la juventud durante los años noventa hasta nuestros días, lo que estuvo en disputa no fue solamente la imagen pública de una banda de rock o de sus seguidores a los que había que hacer correr, sino algo mucho más profundo; la posibilidad de reconocer a cientos de miles de personas en su existencia real, con sus lenguajes, sus consumos culturales, sus formas de encuentro identitario, sus contradicciones y su dignidad concreta. Durante demasiado tiempo, ciertos sectores necesitaron fabricar una representación degradada de esa multitud de apariencia peligrosa, irracional, marginal, violenta y sospechosa.

Esa caricatura cumplía una función social y política. Si esa parte del pueblo era presentado como amenaza, entonces podía justificarse su disciplinamiento; si la juventud era convertida en problema policial, entonces se ocultaban las causas económicas, sociales y culturales que producían angustia, desarraigo y bronca.

En el fondo, nunca se trató de incomprensión, sino de administración simbólica. Nombrarnos desde afuera para quitarnos voz propia. Lógico, reducir una expresión popular a una escena de desborde permitía que otros conservaran intacta su mirada de superioridad, su miedo de clase, sus fantasmas y su necesidad de orden. Por eso la pelea nunca fue únicamente contra el morbo de una crónica periodística berreta, sino contra una forma de mirar al pueblo que primero lo distorsiona y después le exige que acepte esa distorsión como su cara real.

Lo que molestaba no era el ruido, ni el viaje, ni el tetra brik, ni la bandera, ni la apariencia, ni la canción. Lo que molestaba era que ahí había una comunidad viva, con relativa potencia, no domesticada; una forma plebeya de estar unidos, y que se organiza para cuidarse en la masividad. Eso había que romperlo. Y es precisamente allí donde la experiencia ricotera deja de hablar únicamente de música y de público para decir algo más amplio sobre la sociedad argentina. Porque lo que apareció durante la despedida del Indio excede largamente a una banda de rock. Habla de la persistencia de identidades colectivas que sobreviven a los cambios de época, a las operaciones culturales demonizantes y a los intentos permanentes de fragmentación social.

Pueblo y política

Acaso aquí aparezca la cuestión más profunda; las élites dominantes no sólo gobiernan cuando controlan la economía o las instituciones; primero gobiernan cuando logran imponer los rasgos y las palabras con las que una sociedad se mira a sí misma para quitarle toda la autoestima. Lo que estos días dejaron al descubierto es exactamente lo contrario. Esa multitud ricotera que tantas veces fue reducida a estigma era, y sigue siendo, una comunidad hecha de trabajadores y familias, con infinita capacidad de amar, agradecer y ser leal. Lo que empezó a resquebrajarse, aunque sea por un instante, fue la mentira que habían construido sobre toda esta gente durante tanto tiempo.

Como con casi todo lo que sucede con el Indio, hay algo más detrás de esta última experiencia como triste despedida. Como decíamos al inicio, cuando una comunidad encuentra dirigentes capaces de escuchar su sensibilidad profunda, de interpretar sus anhelos y de traducirlos en políticas concretas, se produce un encuentro virtuoso entre pueblo y política. Eso es lo que expresó la articulación entre la familia del Indio, su viuda Virginia, el gobernador Axel Kicillof y el intendente Jorge Ferraresi en Avellaneda. Ni un sólo disturbio entre cientos de miles. El Indio y su gente tuvieron el encuentro que correspondía.

Más importante aún, apareció una enseñanza que suele pasar inadvertida para la mirada apresurada y para el oportunismo de adentro y de afuera. Organizar significa prever, cuidar, anticipar problemas antes de que ocurran y hacer que miles de personas puedan encontrarse en condiciones de seguridad y respeto. Es el trabajo silencioso de articular voluntades, instituciones y capacidades distintas alrededor de un objetivo común. Cuando eso funciona la mayoría ni siquiera lo percibe; simplemente las cosas suceden bien. Pero lo reconoce. Y precisamente allí reside el valor de una buena gestión y de un político que entiende; en hacer posible lo extraordinario sin necesidad de convertirlo en un espectáculo demagógico para llevar agua al molino propio.

Mientras tanto, quienes siguen observando al país exclusivamente a través de sus prejuicios deberán continuar conviviendo con una realidad que nunca terminan de comprender. Un país hecho de memorias, símbolos y tradiciones que no caben en sus esquemas culturales. Un pueblo lllano que sigue reconociéndose en el peronismo como lenguaje de justicia social, en Malvinas como afirmación de soberanía, en Maradona como expresión plebeya de grandeza y en los Redondos como una forma de identidad masiva construida desde abajo. Tal vez la mayor dificultad de cierta Argentina antipopular no sea combatir esas expresiones, sino aceptar que forman parte constitutiva del país que detestan y que pretenden dominar.

Dolores dulces

La Argentina fue testigo de una despedida de dimensiones históricas que transcurrió en paz, como debe ser para un pueblo pacífico. Lo que merece ser destacado, aunque hoy no parezca asegurar nada, es que la política recupera su sentido más noble cuando deja de hablarle al pueblo desde arriba y vuelve a caminar a su lado. Cuando comprende que la cultura popular no es un problema ni una energía que disciplinar a los palazos, sino una fuerza vital que merece ser tenida en cuenta. Tal vez allí se encuentre la enseñanza más valiosa de estos días. Que ninguna transformación colectiva es posible sin una profunda comprensión de aquel que trabaja, sueña, canta, recuerda y conserva una extraordinaria capacidad para construir vínculos, afectos y lealtades duraderas. Ese que, aun después de años de incomprensión, sigue esperando una dirigencia política capaz de reconocerlo como protagonista de su propia historia.

Una dirigencia que no pretenda hablar en su nombre antes de comprenderlo. Sólo a partir de ese reconocimiento puede comenzar algo más interesante; la posibilidad de que esa enorme energía social, dispersa en miles de experiencias individuales, encuentre formas más conscientes y duraderas de organización. Que esa comunidad deje de reconocerse únicamente en los momentos excepcionales de alegría o de dolor y descubra también su capacidad de actuar sobre la realidad. En definitiva, la posibilidad de que aquello que hoy aparece como una multitud que se encuentra, se emociona y se junta, pueda asumirse algún día como un pueblo consciente de su propia fuerza y protagonista de su destino.

La Argentina fue testigo de una despedida de dimensiones históricas que transcurrió en paz, como debe ser para un pueblo pacífico.
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    INDIO EVITA

El Indio y el subsuelo sublevado de la Patria

09 Junio 2026

Al momento de intentar alguna humilde y acotada reflexión, aun con la sangre caliente después de los momentos vividos, de la emoción transcurrida, de la dualidad y la simbiosis entre la  “celebración”  y  el sentir profundo y doloroso de nuestro pueblo ricotero, evitaremos caer en la tentación de andar aclarando  nuestra condición o no de fieles ricoteros.

Esta aclaración es comparable con   aquellos que a la hora de reivindicar la figura de Francisco lo hacían desde la jactancia de su condición de ateos, como si para ser parte de las misas ricoteras  hiciera  falta saber rezar.

Para los militantes populares los sentimientos y la racionalidad no están disociados, al corazón caliente se le corresponde la cabeza fría, lejos de intentar un análisis sociológico del fenómeno, el Indio constituye un  refugio y una voz de ese subsuelo de la Patria que no logra sublevarse, sus metamensajes si fueron entendidos por las tribus de las periferias sufrientes y rotas 

Por favor, dicho con el mayor de los cariños   y sin herir ningún tipo de susceptibilidad, el mejor homenaje al Indio es no caer en el tribuneo ricotero, dejemos eso para los relatores de la realidad,  nuestro pueblo sufriente hace catarsis en esos sagrados refugios y eso merece un sagrado respeto.

No finjamos demencia, en todo caso y sin proponérselo  o no, eso es lo que menos importa ahora, el indio nos interpela a nosotros mismos  como movimiento popular, pone en superficie a esas tribus de las periferias que no logramos aún  expresar ni representar y a las que nuestros propios gobiernos populares no lograron  suturarles  sus  heridas.

El glorioso e inolvidable domingo 7 de junio asistimos a un peregrinar que, vaya paradoja para los auténticos “bárbaros victimarios” fue extremadamente “civilizado” y lleno de dignidad, con masiva afluencia de desarrapados, que son el resultado de más de cuatro décadas de pobreza estructural. Esto es lo que nos revela y le da anclaje y sentido a nuestra práctica militante.

Los sucesivos modelos neoliberales intentaron arrojarlos del mapa y no pudieron, los desarrapados allí estaban cayéndose y volviéndose a poner de pie, sosteniendo sus banderas como podían, pero sin dejar de hacerlas flamear. Lloraban mucho más que la partida del Indio, lloraban su propia desesperanza y su propia insatisfacción. Es nuestro  principal desafío  que la política los arrope,  les de satisfacciones y les reconstruya las esperanzas. SI NO HAY ESO QUE NO HAYA NADA.

En ese peregrinar resistente y politizado  encontremos la fuerza y el ejemplo para no permitirnos ni el desánimo ni mucho menos la derrota.

Las canciones son hermosas, pero por si solas  no cambian el mundo, lloremos y celebremos al Indio, pero asumamos el desafío de la política , el de lograr de que una vez y para siempre ese subsuelo de la patria se subleve , que derrote y destierre a Milei para construir  la Victoria.

GRACIAS INDIO.

El autor es un militante del Movimiento Evita.

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    Concentración masiva y espontánea en Plaza de Mayo por la muerte del Indio Solari_Noelia Guevara
    Foto: Noelia Guevara

Responso para el Indio por un cura ricotero

08 Junio 2026

El Padre "Pancho" me abraza. Le agradezco. Le decimos cura ricotero porque le hizo un responso al Indio y se ríe.

Cuando llego al ayuno están todos durmiendo. Me acuesto. Hablo de religión con un compañero, siento que no entiendo nada y asumo que el catolicismo no es catequesis del colegio.

Tomamos mates, charlamos, nos reímos. Parece un retiro espiritual.

Cada unas horas tenemos controles de presión, nos cuidamos en conjunto, sabemos del hambre del Pueblo, de las personas con discapacidad, de como nos hierve la sangre en nuestro Pueblo que parece dormido.

¿Viste cuando sentís las oraciones? Le digo a una compañera, y me acuerdo: "Señor, perdóname porque no se puede hacer huelga con la propia hambre. Yo me puedo ir, ellos no." Sonrío.

Las oraciones se oran, pero fundamentalmente se viven. La comunidad, la solidaridad, el abrazo.

Los curas me dicen que soy la hija de Norita (me dicen que soy la hermana de todas las batallas), se ríen.

Estoy feliz donde tengo que estar, junto a mis compañeras y compañeros.

Con Fabián Grillo (papá de Pablo), en el medio de la misa religiosa, pero sintiendo la misa ricotera.

Hay ruido de platos vacíos como dijera el Indio, y no vamos a dejar de luchar hasta que la dignidad sea costumbre.

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    Funeral masivo del Indio Solari en Avellaneda_07.06.2026_Daniela Morán
    Foto: Daniela Morán

Murió el Indio: una tarde en la que se detuvo el tiempo

08 Junio 2026

Estaba trabajando cuando llegó la noticia. Habían pasado apenas siete minutos desde el comunicado. Miré la pantalla y sólo pude escribir un mensaje: "Murió el Indio".

No escribí lo que realmente sentía. Debería haber dicho: me duele el Indio en todo el cuerpo.

Sentí cómo los músculos del rostro se me caían (dice Stanislavsky que la tristeza es así) y cómo el tiempo volvía a jugar una de sus trampas. Una de sus tantas trampas.

De golpe, toda mi vida quedó yuxtapuesta en una misma tarde. Había un videoclip delante de mis ojos que hubiera preferido no ver.
No en este tiempo. Pero el tiempo de Dios no es el de los hombres, dice San Agustín. Y el rayo de Zeus cae, vaya a saber en cuál de los dos tiempos.
Salí rumbo a mi otro trabajo y me bajé en un asentamiento. Todo parecía ocurrir en cámara lenta, en un despojo desconocido.

No encontré respuestas. Los recuerdos llegaban como ráfagas en la cara: golpeaban y corrían.

Volví a ver aquel punzón con el que esculpí Gulp! sobre un bloque de yeso apoyado en un banco de madera. Había un rodillo pequeño y tinta.

Un objeto insignificante para cualquiera, pero hoy convertido en un lujo íntimo. Volvieron también las preguntas de la niñez: quién era Drácula y por qué usaba tacones; qué escondían aquellas letras que parecían venir de otro mundo. El desconocido, el mundo de las palabras que creaban incógnitas. 

Algo que más tarde me vendría muy bien. 

Sus palabras hacían de mi universo un lugar habitable. Aunque no por eso, menos desconocido y laberíntico. Hay algo en la poesía, en su forma metaforizante de asir el mundo que es indecible. 

Recordé una caminata interminable bordeando la Avenida Santa Fe mientras sonaba Tarea Fina en un discman Aiwa, y las lágrimas parecían caer por primera vez con fuerza, como las gotas en una ventana.

Aparecieron escenas dispersas: una media colgada de un picaporte, la casa de una amiga, un perro que dinamitaba los bordes de nuestras clases autodidactas de rock. Y el baile, claro, ese que se hacía con la media de toalla. Tan elongadas como resistentes. Pero como dijo él : “El rock es un pensamiento político bailable”.

San Telmo volvió a ser la patria amada, aunque nunca hubiera necesitado una bandera ni una letra que la explicara. ¿Será por eso que no tiene letra?

También regresó el cine: Eisenstein con su fuerza acorazada.

Y volvieron los nombres propios. Sole Rosas sobrevolando a los amigos. Las personas que reaparecen cada vez que una canción abre una puerta.
Por eso no lloro solamente a un músico. Lo lloro en cada pedazo de historia que fui. En cada poema que mi cuerpo pudo asumir. En cada vez que una canción consiguió poner palabras donde no las había.

En la poesía del Indio había consuelo. En sus versos había una mitología de la bondad, una manera de nombrar el mundo. Su carisma tenía algo paternal. El Indio no fue un hijo del rock argentino: fue una de sus formas más complejas y duraderas. Un mito que no lograré descifrar.

Su obra dejó una mirada sobre el país, sobre la amistad, sobre la derrota y la esperanza. Una mirada que dialoga con la tradición de Roberto Arlt y con las calles de mi barrio y ahora que me leés del tuyo también. Una presencia que seguirá  existiendo incluso en la ausencia.

Por eso su muerte no cabe en un comunicado ni en un titular. No hay tal muerte. Hay tanta vida fugándose por las palabras.

El Indio será  el lugar al que volveremos para reencontrarnos con nuestros amigos, con nuestras versiones pasadas y con aquello que todavía somos.

Él es una patria íntima.

Y permanece como un cerezo. En la inmanencia de las almas que habitó. 

Larga vida al rey.

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    Retrato a Guillermo Moreno
    Foto: Juli Ortiz

Guillermo Moreno: “La situación económica se está agravando y es insostenible”

08 Junio 2026

Oportunamente, en "Venían a fortalecer al Sector Privado, pero lo están fundiendo Parte I "(BAE Negocios 11-05- 2026), se expuso que la actual Gestión no prioriza la Economía Reali, situación palmariamente demostrada al estar ausente, como centro de atención, de la agenda de gobierno.

A su vez, dada su desidia y falta de formación, puestos a administrar "la cosa pública", la falta de coordinación entre las Políticas Fiscal, de Ingresos y Monetaria es su sello de origen.

En este último caso, se explicó in extenso el paradojal mal uso del "instrumento dinero" -diseñado a lo largo de centenares de años por diversos pueblos y comunidades- que el Banco Central de la República Argentina (BCRA) realiza cuando implementa sus decisiones.

Así, el Órgano Rector parece desconocer la relación simbiótica entre:

la cantidad de transacciones que se realizan de Bienes y Servicios,

el nivel de la Oferta Monetaria (OM) ii

y

el aumento generalizado de precios o Inflación.

Va de suyo que a una suba considerable de importes con la misma cantidad de medios de pago, solo le corresponde una disminución (Recesión) de compras y ventas.

En el primer cuatrimestre del corriente año, la Inflación acumulada es de aproximadamente el 12,50%; sin embargo, la cantidad de dinero, medida tanto por OM como por Base Monetaria (BM) iii, es menor.

Así las cosas, el efecto es evidente: se mantiene la Depresión iv que se observa en la Economía Urbana v.

Ahora bien, al analizar el Sector Externo vi, se observa que el Superávit Comercial -que este año puede orillar los USD 21.000 M- es inferior al monto que las familias argentinas demandan de Activos Externos.

No obstante, es dable resaltar que aún se deben procurar los dólares necesarios para honrar otros compromisos: intereses de la deuda -tanto del Tesoro como de los privados- con agentes no residentes, servicios devengados y dividendos a los accionistas del exterior.

Por lo tanto, es obvio que a este notorio defecto en la generación de divisas solo se lo puede corregir con incremento de deuda con el exterior, ya sea de origen privado (contratos de mutuo, obligaciones negociables, u otros instrumentos) o estatal (con organismos multilaterales, fondos, y bancos de inversión).

Resulta claro, al estudiar las Cuentas Nacionales, que esto último es lo que está aconteciendo.

Durante el presente cuatrimestre solo el Poder Ejecutivo, considerando al BCRA y a la Secretaría de Hacienda, se endeudó circa de USD 10.000 M por mes.

Naturalmente, a medida que pasa el tiempo, la situación se agrava hasta que el punto de ruptura la haga insostenible.

Esto lo percibe "el mercado" y opera en consecuencia.

Algunos actores relevantes hasta sugieren que dejen de lado sus "concepciones anarcocapitalistas" y se dediquen a administrar la economía priorizando la "reelección presidencial" (sic)vii.

Pero eso no ocurrirá y las decisiones empresariales deben tomarse considerando que, como ellos sugirieron varias veces: "morirán con las botas puestas "viii.

En este marco, entonces, se irá espiralizando...

El desorden

La disciplina económica ha enseñado que hay tres fuentes de creación de dinero, estas son:

Crecimiento de la Actividad: el Sistema Financiero Ampliado recibe demanda de créditos para iniciar o expandir emprendimientos a todas luces rentables, pero que no pueden satisfacer por no poseer capacidad prestable. Renglón seguido; solicitan a la Autoridad monetaria un redescuento (préstamo) que será reembolsado;

Déficit Fiscal: el Sector Público no recaudó lo suficiente para honrar sus gastos y le ordena al BCRA que le gire los fondos para cumplir con los compromisos;

e

Ingreso de Divisas: entran dólares al BCRA (por exportaciones, deuda -pública o privada- o inversión extranjera) y este emite pesos en contraparte.

Como no hay Superávit Fiscal -el Déficit en cuestión se acumula como deuda- y el Aparato Productivo (salvo contadas excepciones), no se expande; la tercera opción es la que permitiría aumentar la cantidad de dinero.

Sin embargo, este no crece.

Ello es así, dada la esterilización (secar la plaza), que realiza el propio Gobierno vendiendo bonos.

Si así no lo hiciera, el Ejecutivo tendría un enorme temor fundado de que, con esos pesos se vuelvan a comprar dólares (dado lo "barato" de su precio), iniciando una corrida cambiaria.

El camino elegido para la acumulación de reservas no es el correcto, ya que se empeñan en sacar de circulación los pesos que emiten para comprar las divisas disminuyendo "el combustible" que generaría una mayor demanda en el mercado.

Por todo ello, queda de manifiesto que la política monetaria no acompaña a la cambiaria y ambas sostienen la Depresión urbana y el círculo vicioso que hoy rige en la economía.

Es hora de cambiar, dentro de la Ley y el Orden, antes que la Supercrisisix heredada alcance el estadio de Hipercrisisx anómica.

Ante este escenario caótico, como se puede apreciar, resulta necesario que la Dirigencia Empresarial, Sindical, Social, Política y Religiosa, mancomunadamente, siente las bases de la transformación hacia un Modelo de Producción y Trabajo como el mundo facilita.

¡Dios guíe a nuestros decisores!

Agradecemos la colaboración de Roberto Nuesch

 

i[1] Se utiliza la denominación de Economía Real, para diferenciar aquellas empresas que no pertenecen al Sistema Financiero Ampliado (Agentes financieros de todo tipo, Bancos tanto mayoristas como minoristas , las instituciones del Mercado de Capitales y las de Seguros o Reaseguros). Específicamente son las proveedoras de Bienes y Servicios.

ii[1] Oferta Monetaria: es la Base Monetaria más el dinero generado por las entidades bancarias a partir de los préstamos que realizan a terceros, con los depósitos recibidos de las personas humanas o jurídicas.

iii[1] La Base Monetaria está compuesta por el Circulante ("tenencia" de privados y estados) y Encajes (ídem del Sistema Bancario en su propia caja y en el BCRA).

iv[1] Una Depresión Económica es el grado más severo de una intensa Recesión. Se caracteriza por:

una caída drástica de variados Grupos, Subgrupos y Ramas del Aparato Productivo, incremento del Desempleo, reducción del Consumo además de la Inversión y presenta una duración cuyo recuento es en años.

v[1] Se llama Economía Urbana, a aquel conjunto de actividades productivas, tanto de Bienes como de Servicios, que desarrollan tanto en ciudades, pueblos y parajes, o a la vera de estos, que no incluye a las grandes extensiones agrícolas y a las laboriosidades extractivistas (minería, energía, pesca, entre otras).

vi[1] El Sector Externo comprende: la Cuenta Corriente de la Balanza de Pagos, que a su vez está integrada por: la Balanza Comercial (diferencia entre la exportación e importación de bienes); la Balanza de Servicios, resultante de ingresos y egresos monetarios generados por seguros, fletes, turismo, aplicaciones informáticas, dividendos y otros; la Balanza de Transferencias Unilaterales, que aglutina las remesas, donaciones o ayudas monetarias a no residentes y la Balanza de Rentas, reúne todas las entradas y salidas que se generan por los factores productivos nacionales en el exterior, o de sus titulares no residentes en nuestro país.

vii[1] Sic.: confirma que el texto anterior cita de manera exacta y textual los datos de las fuentes periodísticas.

viii[1] Morir con las botas puestas: es un dicho popular de origen militar que alude a los soldados que caían en combate vistiendo su uniforme completo. Se popularizó a nivel universal en el sentir del pueblo gracias al célebre filme clásico "Murieron con las botas puestas" (1941) de Raoul Walsh, el cual narra la trágica caída del general George Custer en Little Big Horn.

ix[1] Se define como Supercrisis, a la situación generada por la Administración 'Cambiemos', a partir de la convergencia de dos desequilibrios macroeconómicos: el Fiscal, parecido al que provocara el colapso del Gobierno del Dr. Ricardo Alfonsín, y el Externo, similar al del Dr. Fernando de la Rúa.

x[1] Se denomina Hipercrisis, al estadio anómico posterior a la Supercrisis, provocado por la agravante ausencia de legítimos emergentes políticos que funjan como garantes de la restitución del orden.

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    Concentración masiva y espontánea en Plaza de Mayo por la muerte del Indio Solari_Noelia Guevara
    Foto: Noelia Guevara

La misa de los bárbaros: ser, estar y resistencia en el fenómeno Patricio Rey

08 Junio 2026

I. El dilema que no cesa: Civilización o Barbarie

"La vida de un pueblo es una realidad tejida de historia y de cultura."
— Saúl Taborda, citado por Fermín Chávez


Cuando Domingo Faustino Sarmiento clausuró el horizonte político argentino bajo la fórmula 'civilización o barbarie', no estaba describiendo una tensión histórica: estaba codificando un modo de silenciar. Como señala Fermín Chávez, la fórmula era 'muy corta y por eso muy deficiente', pero su eficacia residía precisamente en eso: en su poder de reducción. Toda la complejidad del sujeto popular —el gaucho, el criollo, el mestizo— quedaba aplastada bajo el rótulo de la barbarie, fuera del campo de lo pensable y lo legítimo. Casi dos siglos después, esa operación sigue activa; solo que los 'bárbaros' de hoy no cabalgan en la pampa: se congregan en estadios, pueblan autobuses desde el interior profundo, y reconocen en Patricio Rey algo que los medios hegemónicos se niegan a nombrar: una identidad, una comunidad, una mística, la expresión de una parte del ser nacional.

Rodolfo Kusch nos advierte que el problema es más hondo que una disputa política. En su obra sobre el hombre americano, Kusch distingue dos modos de existir: el ser —el 'ser alguien' del proyecto burgués occidental, que requiere pulcritud, ascenso, negación del suelo— y el estar —ese 'estar aquí nomás' que define el modo americano profundo de habitar el mundo, anterior a cualquier proyecto individual y radicalmente comunitario. La fórmula sarmientina no es solo una ideología: es la imposición violenta del ser sobre el estar, de la ciudad sobre la pampa, del frac sobre el poncho. La misa ricotera, en este ensayo, es el nombre de ese estar que se niega a ser cancelado.

II. El hedor y el pánico moral: la reproducción del silencio

Cada vez que las multitudes ricoteras se congregan, los medios del régimen liberal activan un repertorio interpretativo que Fermín Chávez ya habría reconocido sin dificultad: el vocabulario de la barbarie. 'Hordas', 'desmanes', 'peligro', 'caos', 'multitud', 'morochos', 'conurbanos', 'periferia': las mismas palabras con que el unitarismo letrado del siglo XIX leyó a los caudillos y sus montoneras. Alcira Argumedo nos recuerda que la matriz eurocéntrica opera mediante silencios activos: no solo calla lo que no quiere ver, sino que cuando lo nombra, lo hace desde categorías que ya contienen su condena. La política del presente guarda algo de esta denuncia.

Kusch tiene un nombre para lo que la cultura dominante desprecia en el sujeto popular: lo llama el hedor. Frente a la pulcritud del ciudadano europeo —ese 'ser alguien' que se construye sobre la negación de su suelo y su cuerpo—, el hedor es la marca de quien vive enraizado en la tierra, de quien no ha cortado el cordón umbilical con América. El miedo burgués al ricotero es, en el fondo, el viejo miedo kuscheano al hedor: el temor de quien ha apostado toda su identidad al pulimento a que lo profundo y lo popular le recuerde que debajo de la ciudad hay un suelo, y que ese suelo tiene sus propias leyes, su vocabulario, su tradición. Por eso la condena mediática y de parte de una parte del poder no es meramente política: es ontológica. Se condena un modo de ser —o mejor, un modo de estar, un reveival de la barbarie denunciada por Sarmiento.

III. El pogo como estar: comunidad, suelo y conjuración colectiva

"¿Pero no será el mero estar ese magma vital primario de donde todo sale de nuevo: naciones, personajes, cultura?"
— Rodolfo Kusch, Geocultura del hombre americano

Nada irrita más a la sensibilidad 'civilizada' que el pogo ricotero. En su superficie, parece confirmar todos los prejuicios: masa en movimiento, cuerpos transpirando, aparente irracionalidad colectiva, hedor, expresiones de malestar para la moral “civilizada”. Pero quien haya estado adentro, y quien estudie el fenómeno con honestidad intelectual, sabe que el pogo es todo lo contrario del caos individualista que el mercado produce cotidianamente. Kusch, en su análisis del ritual indígena en Geocultura, señala que el ritual no sirve para 'modificar la realidad objetiva' —como haría la técnica occidental— sino para algo más primordial: para conjurar el mundo, para restaurar el lazo comunitario con lo que está más allá del individuo. El pogo es exactamente eso: una conjuración colectiva, una apuesta identitaria, fortaleza defensiva al sistema.

En los términos de Argumedo, esto se conecta con la noción de una naturaleza humana radicalmente social en el pensamiento latinoamericano, donde el individuo no precede a la comunidad sino que se constituye en ella. Pero Kusch agrega una dimensión que Argumedo no desarrolla: la del suelo como condicionante cultural. El geocultural kuscheano sostiene que el pensamiento no puede separarse del territorio que lo produce; que hay un 'pensar natural' que se recoge en las calles y en los barrios de la gran ciudad, y que ese pensar tiene su propia coherencia, irreducible a los sistemas importados. El estadio ricotero, repleto de personas llegadas desde quinientos kilómetros, era también un acto de reconocimiento geocultural: el suelo americano que se reencuentra con sus propias voces, la cultura contiene una expresión comunitaria a que reconoce como propia.

IV. La fagocitación y el Indio: el estar que canaliza

Kusch introduce uno de sus conceptos más potentes para pensar lo que ocurre en la misa ricotera: la fagocitación. América, argumenta, no es un espacio pasivo que recibe la cultura occidental y la imita: es un suelo que absorbe, transforma y reelabora lo que viene de afuera según sus propias matrices profundas. Lo fagocitado no desaparece, pero cambia de sentido. En este marco, Los Redondos no fueron simplemente una banda de rock —forma musical nacida en el norte anglosajón— sino el producto de una fagocitación: un artefacto cultural occidental absorbido por el suelo americano, moldeado por las desventuras del ser nacional y transformado en algo radicalmente distinto, en un rito plebeyo que habla desde el estar y no desde el ser. 

El Indio Solari cumple en este proceso una función que Argumedo llamaría la de un intelectual periférico: alguien que no habla desde las academias legitimadas por el centro, sino desde los márgenes donde las 'otras ideas' conservan su vitalidad, el pensamiento de Solari fue vital para varias generaciones, porque no solo generó conciencia, sino que se sirvió de la propia conciencia que emanaba de su público, la misa adquiere un sentido duplico de conciencia que atravesó al propio pastor. Pero desde Kusch podemos precisar más: Solari es un canalizador del pensar natural que se ve activo en los barrios y en las calles, ese saber que no aspira a 'ser alguien' sino que se limita —y en eso radica su grandeza— a 'estar aquí', a nombrar la experiencia de quienes viven en el subsuelo social sin vergüenza ni redención prometida. Sus letras no ofrecen proyecto: ofrecen presencia. Y esa presencia, para los sectores populares embestidos por décadas de derrota, tiene el valor de una confirmación ontológica. 

V. El interior que irrumpe: potencia del estar americano

Existe una geografía implícita en la misa ricotera que merece ser leída desde Kusch antes que desde la sociología del espectáculo. Cuando los recitales de los Redondos convocan decenas de miles en ciudades del interior profundo, y cuando multitudes se movilizan desde pueblos y parajes para llegar a esos encuentros, está ocurriendo algo que el geocultura kuscheano anticipó: el suelo americano, ese que Sarmiento llamó 'barbarie' y que el iluminismo argentino trató de negar durante un siglo, se moviliza y reclama presencia. No como proyecto político articulado —eso sería volver al 'ser alguien'— sino como puro estar: como la afirmación de que se existe, de que se ocupa un lugar, de que hay un suelo y ese suelo tiene sus voces. La misa es movilización, y cuando hay desplazamiento popular el orden liberal comienza a estar cuestionado.

Chávez pedía invertir la fórmula del equívoco. Argumedo nos daba las matrices alternativas para pensarlo. Kusch nos muestra dónde vive esa inversión: no en los manifiestos ni en los programas, sino en el magma vital primario del estar americano, en ese hedor que la pulcritud occidental no pudo extirpar del todo. La misa ricotera no es un fenómeno de masas indiferenciadas: es una de las formas en que ese estar resurge, se hace cuerpo, se convierte en rito. En ese estadio repleto, en ese pogo que cuida y sostiene, en esa letra que nombra lo innombrado desde el subsuelo, hay una civilización. No la que importamos del mundo sajón. La que respiramos y compartimos todos los días.
VI. La negación civilizada: el cuerpo que no cabe en ningún palacio

Con la muerte del Indio Solari el país experimenta en tiempo real una nueva versión de la operación sarmientina. La familia solicitó que el velatorio se realizara en el Congreso de la Nación. Cualquier analista hubiera adivinado la respuesta: el Palacio Legislativo, se argumentó, “no reúne las condiciones de infraestructura, logística y seguridad necesarias para un evento de esta magnitud”. Técnico, aséptico, civilizado.

La familia buscó entonces Racing Club —el Cilindro mágico de Avellaneda, el estadio Presidente Perón, territorio popular e histórico donde la misa por el 98 —. Pero también fue negado. El argumento, previsible: seguridad, casi un reflejo de la respuesta oficial. Es que en menos de dos semanas el presidente de Racing volvió a comportarse como un representante de la Pandilla del Barranco que caracterizó Jorge Abelardo Ramos, esa Pandilla de hombres liberales de buenos modales que tenía como norte el intercambio con Gran Bretaña. No comprender la vinculación del fútbol con el Indio y omitir la relación directa de Racing con los Redondos debe ser visto y denunciado como un nuevo de tabula rasa de Diego Milito contra la identidad popular del club de Avellaneda. Kusch diría que no es casualidad: el poder siente el hedor, el príncipe Milito con sus trajes comprados en Milán es un experto en auto percibir hedor. Siente que en ese estadio repleto de ricoteros no hay orden posible, no hay protocolo que contenga ese estar que desborda toda categoría administrativa. Frente al hedor, la respuesta civilizada es siempre la misma: cerrar la puerta con guante blanco y Milito sabe mucho del tema.

El cuerpo terminó en el Polideportivo Gatica, en Villa Domínico, Avellaneda —Provincia de Buenos Aires—. No en el recinto de los legisladores. No en la capital. El pueblo bonaerense abrió lo que la sensibilidad liberal se encargó de cerrar. Y en ese desplazamiento involuntario hay una enseñanza que Jauretche hubiera celebrado: cuando el poder le niega al sujeto popular los espacios del centro, el sujeto popular vuelve, como siempre, a su propio suelo. No lo hace como derrota. Lo hace como confirmación ontológica: el estar americano no necesita de palacios para existir. Ya existe. Y esa existencia es, precisamente, lo que el poder no puede administrar. El Indio se convierte en un fantasma fundamentalista que ojalá pronto empiece a recorrer Argentina, junto con él, una masa amorfa, con barro y con oro, desplazada por el poder, pero que sabe de resistencia y también de dar vuelta la taba.

El autor sostiene que el fenómeno de Los Redonditos de Ricota no fue simplemente un movimiento musical masivo, sino la expresión cultural más potente del sujeto popular argentino que resiste, desde siempre, la operación de exclusión que arranca en Sarmiento y continúa hasta hoy: la que llama "bárbaro" a todo lo que no encaja en el molde europeo y burgués. Apoyándose en Kusch, argumenta que la "misa ricotera" encarna un modo americano y comunitario de existir —el estar— que se niega a ser aplastado por la lógica del ser occidental, y que el reciente rechazo del velatorio del Indio Solari tanto en el Congreso como en Racing no fue un problema logístico, sino una nueva versión de esa misma exclusión histórica que el pueblo, como siempre, terminó convirtiendo en afirmación de su propia identidad.

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INDIO ETERNO

El exorcismo popular ricotero en tiempos de crisis civilizatoria

07 Junio 2026

El Indio Solari y Los Redondos constituyen el hecho social contracultural más grande de la historia de nuestro país. No solo lograron condensar un movimiento popular de fiesta, celebración y exorcismo simbólico del pueblo trabajador, sino que además le dieron una dirección anticapitalista y contra-moderna innegable.

La cultura popular que manifiesta el ADN ricotero, se alimentó y creció por fuera de la órbita de la lógica mediática e institucional. Logró la masividad sin ser jamás un producto para vender como novedad, sino encarnando y dando forma especifica a las fuerzas telúricas del pueblo.

Las canciones de Los Redondos y el Indio son encarnaciones poéticas de quien sabe expresar el nervio colectivo, un espíritu familiar y un corazón revolucionario.

Ante una civilización que invierte y malversa neurótica o psicopáticamente el sentido de las cosas, el Indio (quien fue tenido en brazos por Eva Perón cuando era un bebe) optó por dar una vuelta más al sentido y forma de decir las cosas como acción artística y política desenmascaradora. Lo hizo apelando a una poética sofisticada desde el más llano y próximo lenguaje popular, empilchado de empleado público, o con overol de plomero, aun siendo el máximo referente del rock nacional.

Manifiesta más que una propuesta, es la encarnación concreta de una oposición a la psicopatía narcisista moderna-occidental desde una psicodelia comunitaria, popular y combativa. Frente a las patologías de esta crisis de sobremodernidad que estamos atravesando, el Indio, los redondos y la cultura popular ricotera son medicina.

No hay mayor experiencia de unidad que estar en una peregrinación, una misa y, máxima consagración, un pogo ricotero. Mientras leía hace una década el “Origen de la tragedia” donde Nietzsche describe la manifestación del ser a través del arte dionisiaco, el coro como comunidad de transformación, la superación de las jerárquicas sociales en el coro báquico, en fin, el sentimiento de unidad que borra los abismos sociales de la configuración civilizatoria occidental, no podía más que pensar en las misas ricoteras.

La poética del Indio es todo lo opuesto a la lógica algorítmica de la Inteligencia Artificial y la industria cultural automatizada, su poesía, apela a la paradoja y a una narrativa lunfarda, inseparable de una episteme popular y sin grietas, difícilmente accesible a la colonización digital y algorítmica de la nueva Roma decadente.

La poética del Indio es todo lo opuesto a la lógica algorítmica de la Inteligencia Artificial y la industria cultural automatizada