Murió el Indio: una tarde en la que se detuvo el tiempo

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    Funeral masivo del Indio Solari en Avellaneda_07.06.2026_Daniela Morán
    Foto: Daniela Morán

Murió el Indio: una tarde en la que se detuvo el tiempo

08 Junio 2026

Estaba trabajando cuando llegó la noticia. Habían pasado apenas siete minutos desde el comunicado. Miré la pantalla y sólo pude escribir un mensaje: "Murió el Indio".

No escribí lo que realmente sentía. Debería haber dicho: me duele el Indio en todo el cuerpo.

Sentí cómo los músculos del rostro se me caían (dice Stanislavsky que la tristeza es así) y cómo el tiempo volvía a jugar una de sus trampas. Una de sus tantas trampas.

De golpe, toda mi vida quedó yuxtapuesta en una misma tarde. Había un videoclip delante de mis ojos que hubiera preferido no ver.
No en este tiempo. Pero el tiempo de Dios no es el de los hombres, dice San Agustín. Y el rayo de Zeus cae, vaya a saber en cuál de los dos tiempos.
Salí rumbo a mi otro trabajo y me bajé en un asentamiento. Todo parecía ocurrir en cámara lenta, en un despojo desconocido.

No encontré respuestas. Los recuerdos llegaban como ráfagas en la cara: golpeaban y corrían.

Volví a ver aquel punzón con el que esculpí Gulp! sobre un bloque de yeso apoyado en un banco de madera. Había un rodillo pequeño y tinta.

Un objeto insignificante para cualquiera, pero hoy convertido en un lujo íntimo. Volvieron también las preguntas de la niñez: quién era Drácula y por qué usaba tacones; qué escondían aquellas letras que parecían venir de otro mundo. El desconocido, el mundo de las palabras que creaban incógnitas. 

Algo que más tarde me vendría muy bien. 

Sus palabras hacían de mi universo un lugar habitable. Aunque no por eso, menos desconocido y laberíntico. Hay algo en la poesía, en su forma metaforizante de asir el mundo que es indecible. 

Recordé una caminata interminable bordeando la Avenida Santa Fe mientras sonaba Tarea Fina en un discman Aiwa, y las lágrimas parecían caer por primera vez con fuerza, como las gotas en una ventana.

Aparecieron escenas dispersas: una media colgada de un picaporte, la casa de una amiga, un perro que dinamitaba los bordes de nuestras clases autodidactas de rock. Y el baile, claro, ese que se hacía con la media de toalla. Tan elongadas como resistentes. Pero como dijo él : “El rock es un pensamiento político bailable”.

San Telmo volvió a ser la patria amada, aunque nunca hubiera necesitado una bandera ni una letra que la explicara. ¿Será por eso que no tiene letra?

También regresó el cine: Eisenstein con su fuerza acorazada.

Y volvieron los nombres propios. Sole Rosas sobrevolando a los amigos. Las personas que reaparecen cada vez que una canción abre una puerta.
Por eso no lloro solamente a un músico. Lo lloro en cada pedazo de historia que fui. En cada poema que mi cuerpo pudo asumir. En cada vez que una canción consiguió poner palabras donde no las había.

En la poesía del Indio había consuelo. En sus versos había una mitología de la bondad, una manera de nombrar el mundo. Su carisma tenía algo paternal. El Indio no fue un hijo del rock argentino: fue una de sus formas más complejas y duraderas. Un mito que no lograré descifrar.

Su obra dejó una mirada sobre el país, sobre la amistad, sobre la derrota y la esperanza. Una mirada que dialoga con la tradición de Roberto Arlt y con las calles de mi barrio y ahora que me leés del tuyo también. Una presencia que seguirá  existiendo incluso en la ausencia.

Por eso su muerte no cabe en un comunicado ni en un titular. No hay tal muerte. Hay tanta vida fugándose por las palabras.

El Indio será  el lugar al que volveremos para reencontrarnos con nuestros amigos, con nuestras versiones pasadas y con aquello que todavía somos.

Él es una patria íntima.

Y permanece como un cerezo. En la inmanencia de las almas que habitó. 

Larga vida al rey.