La misa de los bárbaros: ser, estar y resistencia en el fenómeno Patricio Rey

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    Concentración masiva y espontánea en Plaza de Mayo por la muerte del Indio Solari_Noelia Guevara
    Foto: Noelia Guevara

La misa de los bárbaros: ser, estar y resistencia en el fenómeno Patricio Rey

08 Junio 2026

I. El dilema que no cesa: Civilización o Barbarie

"La vida de un pueblo es una realidad tejida de historia y de cultura."
— Saúl Taborda, citado por Fermín Chávez


Cuando Domingo Faustino Sarmiento clausuró el horizonte político argentino bajo la fórmula 'civilización o barbarie', no estaba describiendo una tensión histórica: estaba codificando un modo de silenciar. Como señala Fermín Chávez, la fórmula era 'muy corta y por eso muy deficiente', pero su eficacia residía precisamente en eso: en su poder de reducción. Toda la complejidad del sujeto popular —el gaucho, el criollo, el mestizo— quedaba aplastada bajo el rótulo de la barbarie, fuera del campo de lo pensable y lo legítimo. Casi dos siglos después, esa operación sigue activa; solo que los 'bárbaros' de hoy no cabalgan en la pampa: se congregan en estadios, pueblan autobuses desde el interior profundo, y reconocen en Patricio Rey algo que los medios hegemónicos se niegan a nombrar: una identidad, una comunidad, una mística, la expresión de una parte del ser nacional.

Rodolfo Kusch nos advierte que el problema es más hondo que una disputa política. En su obra sobre el hombre americano, Kusch distingue dos modos de existir: el ser —el 'ser alguien' del proyecto burgués occidental, que requiere pulcritud, ascenso, negación del suelo— y el estar —ese 'estar aquí nomás' que define el modo americano profundo de habitar el mundo, anterior a cualquier proyecto individual y radicalmente comunitario. La fórmula sarmientina no es solo una ideología: es la imposición violenta del ser sobre el estar, de la ciudad sobre la pampa, del frac sobre el poncho. La misa ricotera, en este ensayo, es el nombre de ese estar que se niega a ser cancelado.

II. El hedor y el pánico moral: la reproducción del silencio

Cada vez que las multitudes ricoteras se congregan, los medios del régimen liberal activan un repertorio interpretativo que Fermín Chávez ya habría reconocido sin dificultad: el vocabulario de la barbarie. 'Hordas', 'desmanes', 'peligro', 'caos', 'multitud', 'morochos', 'conurbanos', 'periferia': las mismas palabras con que el unitarismo letrado del siglo XIX leyó a los caudillos y sus montoneras. Alcira Argumedo nos recuerda que la matriz eurocéntrica opera mediante silencios activos: no solo calla lo que no quiere ver, sino que cuando lo nombra, lo hace desde categorías que ya contienen su condena. La política del presente guarda algo de esta denuncia.

Kusch tiene un nombre para lo que la cultura dominante desprecia en el sujeto popular: lo llama el hedor. Frente a la pulcritud del ciudadano europeo —ese 'ser alguien' que se construye sobre la negación de su suelo y su cuerpo—, el hedor es la marca de quien vive enraizado en la tierra, de quien no ha cortado el cordón umbilical con América. El miedo burgués al ricotero es, en el fondo, el viejo miedo kuscheano al hedor: el temor de quien ha apostado toda su identidad al pulimento a que lo profundo y lo popular le recuerde que debajo de la ciudad hay un suelo, y que ese suelo tiene sus propias leyes, su vocabulario, su tradición. Por eso la condena mediática y de parte de una parte del poder no es meramente política: es ontológica. Se condena un modo de ser —o mejor, un modo de estar, un reveival de la barbarie denunciada por Sarmiento.

III. El pogo como estar: comunidad, suelo y conjuración colectiva

"¿Pero no será el mero estar ese magma vital primario de donde todo sale de nuevo: naciones, personajes, cultura?"
— Rodolfo Kusch, Geocultura del hombre americano

Nada irrita más a la sensibilidad 'civilizada' que el pogo ricotero. En su superficie, parece confirmar todos los prejuicios: masa en movimiento, cuerpos transpirando, aparente irracionalidad colectiva, hedor, expresiones de malestar para la moral “civilizada”. Pero quien haya estado adentro, y quien estudie el fenómeno con honestidad intelectual, sabe que el pogo es todo lo contrario del caos individualista que el mercado produce cotidianamente. Kusch, en su análisis del ritual indígena en Geocultura, señala que el ritual no sirve para 'modificar la realidad objetiva' —como haría la técnica occidental— sino para algo más primordial: para conjurar el mundo, para restaurar el lazo comunitario con lo que está más allá del individuo. El pogo es exactamente eso: una conjuración colectiva, una apuesta identitaria, fortaleza defensiva al sistema.

En los términos de Argumedo, esto se conecta con la noción de una naturaleza humana radicalmente social en el pensamiento latinoamericano, donde el individuo no precede a la comunidad sino que se constituye en ella. Pero Kusch agrega una dimensión que Argumedo no desarrolla: la del suelo como condicionante cultural. El geocultural kuscheano sostiene que el pensamiento no puede separarse del territorio que lo produce; que hay un 'pensar natural' que se recoge en las calles y en los barrios de la gran ciudad, y que ese pensar tiene su propia coherencia, irreducible a los sistemas importados. El estadio ricotero, repleto de personas llegadas desde quinientos kilómetros, era también un acto de reconocimiento geocultural: el suelo americano que se reencuentra con sus propias voces, la cultura contiene una expresión comunitaria a que reconoce como propia.

IV. La fagocitación y el Indio: el estar que canaliza

Kusch introduce uno de sus conceptos más potentes para pensar lo que ocurre en la misa ricotera: la fagocitación. América, argumenta, no es un espacio pasivo que recibe la cultura occidental y la imita: es un suelo que absorbe, transforma y reelabora lo que viene de afuera según sus propias matrices profundas. Lo fagocitado no desaparece, pero cambia de sentido. En este marco, Los Redondos no fueron simplemente una banda de rock —forma musical nacida en el norte anglosajón— sino el producto de una fagocitación: un artefacto cultural occidental absorbido por el suelo americano, moldeado por las desventuras del ser nacional y transformado en algo radicalmente distinto, en un rito plebeyo que habla desde el estar y no desde el ser. 

El Indio Solari cumple en este proceso una función que Argumedo llamaría la de un intelectual periférico: alguien que no habla desde las academias legitimadas por el centro, sino desde los márgenes donde las 'otras ideas' conservan su vitalidad, el pensamiento de Solari fue vital para varias generaciones, porque no solo generó conciencia, sino que se sirvió de la propia conciencia que emanaba de su público, la misa adquiere un sentido duplico de conciencia que atravesó al propio pastor. Pero desde Kusch podemos precisar más: Solari es un canalizador del pensar natural que se ve activo en los barrios y en las calles, ese saber que no aspira a 'ser alguien' sino que se limita —y en eso radica su grandeza— a 'estar aquí', a nombrar la experiencia de quienes viven en el subsuelo social sin vergüenza ni redención prometida. Sus letras no ofrecen proyecto: ofrecen presencia. Y esa presencia, para los sectores populares embestidos por décadas de derrota, tiene el valor de una confirmación ontológica. 

V. El interior que irrumpe: potencia del estar americano

Existe una geografía implícita en la misa ricotera que merece ser leída desde Kusch antes que desde la sociología del espectáculo. Cuando los recitales de los Redondos convocan decenas de miles en ciudades del interior profundo, y cuando multitudes se movilizan desde pueblos y parajes para llegar a esos encuentros, está ocurriendo algo que el geocultura kuscheano anticipó: el suelo americano, ese que Sarmiento llamó 'barbarie' y que el iluminismo argentino trató de negar durante un siglo, se moviliza y reclama presencia. No como proyecto político articulado —eso sería volver al 'ser alguien'— sino como puro estar: como la afirmación de que se existe, de que se ocupa un lugar, de que hay un suelo y ese suelo tiene sus voces. La misa es movilización, y cuando hay desplazamiento popular el orden liberal comienza a estar cuestionado.

Chávez pedía invertir la fórmula del equívoco. Argumedo nos daba las matrices alternativas para pensarlo. Kusch nos muestra dónde vive esa inversión: no en los manifiestos ni en los programas, sino en el magma vital primario del estar americano, en ese hedor que la pulcritud occidental no pudo extirpar del todo. La misa ricotera no es un fenómeno de masas indiferenciadas: es una de las formas en que ese estar resurge, se hace cuerpo, se convierte en rito. En ese estadio repleto, en ese pogo que cuida y sostiene, en esa letra que nombra lo innombrado desde el subsuelo, hay una civilización. No la que importamos del mundo sajón. La que respiramos y compartimos todos los días.
VI. La negación civilizada: el cuerpo que no cabe en ningún palacio

Con la muerte del Indio Solari el país experimenta en tiempo real una nueva versión de la operación sarmientina. La familia solicitó que el velatorio se realizara en el Congreso de la Nación. Cualquier analista hubiera adivinado la respuesta: el Palacio Legislativo, se argumentó, “no reúne las condiciones de infraestructura, logística y seguridad necesarias para un evento de esta magnitud”. Técnico, aséptico, civilizado.

La familia buscó entonces Racing Club —el Cilindro mágico de Avellaneda, el estadio Presidente Perón, territorio popular e histórico donde la misa por el 98 —. Pero también fue negado. El argumento, previsible: seguridad, casi un reflejo de la respuesta oficial. Es que en menos de dos semanas el presidente de Racing volvió a comportarse como un representante de la Pandilla del Barranco que caracterizó Jorge Abelardo Ramos, esa Pandilla de hombres liberales de buenos modales que tenía como norte el intercambio con Gran Bretaña. No comprender la vinculación del fútbol con el Indio y omitir la relación directa de Racing con los Redondos debe ser visto y denunciado como un nuevo de tabula rasa de Diego Milito contra la identidad popular del club de Avellaneda. Kusch diría que no es casualidad: el poder siente el hedor, el príncipe Milito con sus trajes comprados en Milán es un experto en auto percibir hedor. Siente que en ese estadio repleto de ricoteros no hay orden posible, no hay protocolo que contenga ese estar que desborda toda categoría administrativa. Frente al hedor, la respuesta civilizada es siempre la misma: cerrar la puerta con guante blanco y Milito sabe mucho del tema.

El cuerpo terminó en el Polideportivo Gatica, en Villa Domínico, Avellaneda —Provincia de Buenos Aires—. No en el recinto de los legisladores. No en la capital. El pueblo bonaerense abrió lo que la sensibilidad liberal se encargó de cerrar. Y en ese desplazamiento involuntario hay una enseñanza que Jauretche hubiera celebrado: cuando el poder le niega al sujeto popular los espacios del centro, el sujeto popular vuelve, como siempre, a su propio suelo. No lo hace como derrota. Lo hace como confirmación ontológica: el estar americano no necesita de palacios para existir. Ya existe. Y esa existencia es, precisamente, lo que el poder no puede administrar. El Indio se convierte en un fantasma fundamentalista que ojalá pronto empiece a recorrer Argentina, junto con él, una masa amorfa, con barro y con oro, desplazada por el poder, pero que sabe de resistencia y también de dar vuelta la taba.

El autor sostiene que el fenómeno de Los Redonditos de Ricota no fue simplemente un movimiento musical masivo, sino la expresión cultural más potente del sujeto popular argentino que resiste, desde siempre, la operación de exclusión que arranca en Sarmiento y continúa hasta hoy: la que llama "bárbaro" a todo lo que no encaja en el molde europeo y burgués. Apoyándose en Kusch, argumenta que la "misa ricotera" encarna un modo americano y comunitario de existir —el estar— que se niega a ser aplastado por la lógica del ser occidental, y que el reciente rechazo del velatorio del Indio Solari tanto en el Congreso como en Racing no fue un problema logístico, sino una nueva versión de esa misma exclusión histórica que el pueblo, como siempre, terminó convirtiendo en afirmación de su propia identidad.