Espacios públicos: no bombardeen Buenos Aires

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    No bombardeen Buenos Aires

Espacios públicos: no bombardeen Buenos Aires

01 Junio 2026

El Jardín Botánico con senderos históricos impermeabilizados y cocheras a centímetros de árboles centenarios. Plaza Armenia en proceso para una concesión por 20 años para un estacionamiento subterráneo, sin audiencia pública y con los artesanos de siempre afuera. La Reserva Ecológica con un bar construido adentro, en zona intangible. El Tiro Federal concesionado por 150 años en forma gratuita para torres y un complejo privado. El Parque de las Victorias, en la zona sur con mayor déficit de verde de la Ciudad, vendido para un club de golf privado. Costa Salguero —32 hectáreas de Costanera Norte— recuperada después de siete mil vecinos en audiencia pública y tres fallos judiciales. Son apenas algunos de los treinta dos conflictos que el Partido Intransigente relevó en un mapa de espacios verdes bajo presión en la Ciudad. Y son los que conocemos.

Lo que hoy está ocurriendo en la Ciudad de Buenos Aires ya no puede explicarse solamente como una serie de malas decisiones urbanísticas. No alcanza con hablar de plazas concesionadas, árboles mutilados o negocios inmobiliarios aislados. Lo que está en discusión es algo más profundo: las condiciones mismas de la vida urbana. Buenos Aires se está volviendo una ciudad más dura, más caliente, más gris, más cara, más cansada.
Estamos habitando una ciudad donde cada vez cuesta más alquilar, descansar, caminar, criar hijos, sostener un comercio o simplemente sentarse bajo un árbol sin que haya una empresa calculando cuánto puede facturar alrededor. Una ciudad donde cada vez más chicos juegan rodeados de autos y no de árboles.

Durante años nos dijeron que la ciudad funcionaba, que había gestión, que había modernización. Pero detrás de esa narrativa se consolidó otra lógica: la idea de que todo espacio común es una oportunidad de negocio y que cada metro cuadrado que no genera rentabilidad inmediata es un activo subutilizado.

Así se fueron naturalizando decisiones que, vistas en conjunto, dibujan un modelo de ciudad muy preciso. Mientras tanto, la ciudad perdió o concesionó más de 200 hectáreas de espacios verdes públicos. Lo que aparece fragmentado en las noticias, cuando se mira completo, deja ver un patrón, un verdadero bombardeo fragmentado y permanente sobre la experiencia de vivir Buenos Aires.  

Pero el problema no termina en el verde. El cemento y la privatización son apenas la expresión visible de un deterioro urbano más amplio. Porque la ciudad también se vuelve hostil cuando el alquiler expulsa, cuando el transporte agota, cuando el calor se vuelve insoportable, cuando desaparecen los lugares de encuentro, cuando los barrios pierden identidad y cuando cada vez más personas viven la ciudad como un espacio de supervivencia y no como un espacio de comunidad. Eso es lo que está en juego.

Y por eso la defensa de Buenos Aires no puede quedar limitada a especialistas, ambientalistas o vecinos directamente afectados. Tiene que transformarse en una defensa colectiva de la vida urbana. De los clubes de barrio, de las ferias, de los comerciantes, de las plazas donde juegan los chicos, de los jubilados que necesitan sombra, de los pibes que pasan tres horas viajando, de quienes alquilan, de quienes trabajan en aplicaciones. De todos los que venimos sintiendo, hace tiempo, que la ciudad se volvió un lugar cada vez más expulsivo y agotador.

Porque una ciudad no se destruye solamente cuando se derrumba un edificio, también se destruye cuando pierde lentamente las condiciones que permiten habitarla dignamente.

Y sin embargo, Buenos Aires todavía resiste. Resistió en Parque Lezama, en Plaza Mafalda, en Villa Santa Rita, en Costa Salguero. Resistió en cada vecino que entendió que una plaza no es un “espacio ocioso” sino infraestructura social, salud pública y memoria compartida. 

Por eso la discusión de fondo no es si queremos más o menos bares, más o menos estacionamientos o más o menos emprendimientos inmobiliarios.

La discusión es otra: quién tiene derecho a decidir qué ciudad vamos a habitar.

Porque Buenos Aires no necesita ser salvada por un operador eficiente ni por un desarrollador creativo. Necesita volver a ser pensada como un espacio común. Una ciudad para vivir y no solamente para explotar económicamente. Defender la ciudad no es nostalgia, es defender las condiciones materiales, ambientales, sociales y afectivas que hacen posible una vida urbana digna. No bombardeen Buenos Aires.