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Opinión //// 22.11.2021
El trotskismo: luces y sombras, por Juan Carlos Venturini

"No solamente apoyaron la rebelión gauchócrata de la Sociedad Rural contra el primer gobierno de Cristina, también apoyaron, con su silencio, la persecución macrista contra Cristina, Boudou, Milagro Sala, D´Elía y demás compañeros. Votaron en cambio, explícitamente, junto al macrismo, el desafuero y la detención del compañero De Vido, lo que representa una verdadera traición política". 

Por Juan Carlos Venturini

El trotskismo como corriente de ideas, o espacio político, está estrechamente ligado a los avatares de la revolución rusa. León Trotsky fue el segundo dirigente en orden de importancia luego del liderazgo indiscutible de Lenin. Poseedor de una gran cultura, brillante periodista y escritor, orador consumado, ya tempranamente ocupó un lugar destacado en las jornadas revolucionarias de 1905. Con sólo 25 años de edad, fue electo presidente del soviet de Petrogrado, tal vez el lugar más expectante de la insurrección. Trotsky no perteneció al núcleo íntimo de colaboradores de Lenin. Durante las largas luchas internas del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso se fueron diferenciando dos tendencias: los bolcheviques (mayoritarios) y los mencheviques (minoritarios), que recibieron esos nombres (y así quedaron consagrados para la historia) por la relación de fuerzas que mostraron en el segundo Congreso del Partido, efectuado en 1902. Aunque originariamente las diferencias entre ambas tendencias se concentraban en cuestiones organizativas, un recorrido a lo largo de los años indica que, globalmente, los mencheviques apostaban a una revolución democrática dirigida por la burguesía donde la izquierda ocupara la oposición parlamentaria, mientras los bolcheviques pugnaban por la dirección de esa revolución democrática para derrocar al zar y establecer la república.

Trotsky ocupó un lugar intermedio entre las facciones bolchevique y menchevique. Aunque durante años mantuvo una crítica acerba contra Lenin por sus concepciones organizativas “autoritarias”, en las cuestiones teóricas de fondo sembraban en el mismo terreno. Como conclusión de la experiencia de 1905 Trotsky da a conocer lo que más adelante se conocerá como teoría de la “revolución permanente” en un trabajo titulado “Resultados y perspectivas”. En él, básicamente planteaba que la revolución en Rusia, contra el zarismo y los resabios de la nobleza feudal, tendría un carácter democrático en la tradición de la Revolución Francesa, pero debería ser dirigida por el partido obrero socialdemócrata, por la evidente claudicación de la burguesía frente al zarismo. Esta peculiaridad, según Trotsky, llevaría inevitablemente a que la próxima revolución democrática en Rusia se transforme rápidamente en revolución socialista en un proceso continuo, ininterrumpido o permanente. Lo que significaba que la revolución democrática en Rusia no estaría separada de la revolución socialista por toda una etapa histórica, sino que el tránsito hacia el socialismo sería más o menos inmediato en un solo proceso continuo.

Esta confluencia con las ideas de Lenin llevó a que en junio de 1917 la organización liderada por Trotsky llamada “interdistritos”, y que durante toda la etapa anterior se había mantenido equidistante de las dos grandes tendencias, bregando por su unidad, se incorporara al Partido Bolchevique, pasando Trostky a integrar su Comité Central. Como en 1905 Trotsky ocupó las más altas responsabilidades. Apenas triunfa la revolución de octubre de 1917 el bisoño estado obrero y campesino es atacado por poderosos ejércitos que respondían al zar y a la reacción, y que contaron con el apoyo de una coalición de fuerzas extranjeras de las principales potencias imperialistas como Inglaterra, Francia y los Estados Unidos. Como Ministro de Guerra, Trotsky fue el constructor del Ejército Rojo y el máximo responsable de conducir la guerra civil a la victoria. Una verdadera hazaña.

Pero a la muerte de Lenín, en 1924, sin embargo, el poder queda concentrado en José Stalin, un oscuro dirigente del Comité Central, sin ninguna actuación pública anterior de relieve, y enemigo jurado de Trotsky. Comprender este desenlace exige analizar la evolución política del bolchevismo en el poder desde 1917.

La revolución soviética

Una peculiaridad sustancial de la revolución Rusa, tanto en 1905 como en 1917, fue la aparición de los soviets, cuya traducción literal significa “consejos”. Los soviets eran consejos de delegados organizados por distritos, con base en las principales barriadas obreras y centros de trabajo. Surgieron en la revolución de 1905 y volvieron a emerger con la explosión revolucionaria de febrero de 1917. Los cargos eran electos y revocables en todo momento y sus mandatos provenían de las asambleas en sus distritos. Prolongaban con ello las tradiciones revolucionarias libertarias de la gran Comuna de París de 1871. Cuando en febrero de 1917 irrumpen los soviets, los bolcheviques eran marcadamente minoritarios en ellos abarcando entre un 5 y un 10% de los delegados. Los partidos mayoritarios eran los socialistas revolucionarios y los mencheviques. Esta correlación expresaba la confianza en la conducción burguesa de la revolución. El zar había sido reemplazado por un gobierno provisional integrado por el principal partido de la burguesía liberal y por la fracción de la derecha del partido socialista revolucionario (populismo ruso), un partido con fuerte arraigo en el campesinado.

La revolución de febrero de 1917, que derrotó al zar, abrió una situación peculiar de “doble poder”. Por un lado, un gobierno provisional de la burguesía, por el otro, un poder de los soviets que ejercía un verdadero control del gobierno. Los soldados movilizados, por ejemplo, respondían a las directivas de los soviets. Al mismo tiempo se realizaba una verdadera revolución agraria. Las masas campesinas ocupaban las tierras de la nobleza, muchos de cuyos jerarcas caían asesinados en los levantamientos.

Las dos reivindicaciones que motorizaban a los trabajadores, campesinos y soldados insurrectos, eran Paz y Tierra. Es decir, finalización inmediata de la guerra imperialista y entrega de la tierra a los campesinos. Estas aspiraciones fueron creciendo en los soviets que fueron dotando, poco a poco, de la mayoría a los bolcheviques, ante las trabas y maniobras del gobierno provisional burgués y las vacilaciones de los otros dos partidos soviéticos.

La experiencia política recorrida en esos meses cruciales, de febrero a octubre, mostró la conducta vacilante de la burguesía con la nobleza y los generales zaristas. Y la conducta conciliadora de las fracciones más liberales y conservadoras de los mencheviques y socialistas revolucionarios en el seno de los soviets.

Las profundas y permanentes movilizaciones populares hicieron que las masas recorrieran una rápida experiencia. Mostraron con toda claridad que los representantes del gobierno provisional querían derrotar a la revolución y acordar con los representantes zaristas la continuidad del antiguo régimen con algunas modificaciones superficiales. Por eso, en determinado momento crece la exigencia bolchevique de imponer “todo el poder a los soviets”.

Después de intensos enfrentamientos, donde los bolcheviques fueron hasta momentáneamente ilegalizados, el gobierno provisional acordó con los generales zaristas la imposición de un golpe militar reaccionario. Kornilov fue el jefe de la conspitación. Pero la agitación soviética, liderada por los bolcheviques, desarmó la rebelión. Mientras los trabajadores ferroviarios paralizaban los trenes con tropas provenientes de los frentes de guerra, que se dirigían hacia Moscú y hacia Petrogrado, centenares de activistas obreros explicaban a los soldados que se los quería usar para reprimir a los trabajadores y ahogar en sangre la revolución en marcha. El golpe de Kornilov se derrumbó sin disparar un solo tiro. Los soldados, en masa, les dieron la espalda a los conspirados. Kornilov y su clique de generales tuvieron que huir. El gobierno provisional burgués se quedó solo, aislado en el Palacio de Invierno, sin respaldo militar. Los batallones, uno a uno, se subordinaban a la autoridad de los soviets. En pocos días más, el gobierno burgués fue depuesto. El segundo Congreso nacional de los Soviets asumió el poder el 25 de octubre de 1917 (antiguo calendario) y nombró al nuevo gobierno donde los bolcheviques eran mayoría, pero donde mencheviques, socialistas revolucionarios de izquierda y anarquistas tenían importante participación.

Los primeros decretos del gobierno revolucionario fueron la entrega de la tierra a los campesinos y el cese unilateral de la guerra. Esto consolidó inmediatamente su poder con el apoyo masivo de la masa campesina que, en los meses previos, había sido una protagonista esencial de la revolución. Fue el momento de máximo apoyo popular al bolchevismo, que en los próximos meses iba a adoptar el nombre de Partido Comunista.

Los bolcheviques (comunistas) en el poder

El nobel gobierno soviético se vio obligado a acometer una tarea ciclópea: combatir a los ejércitos reaccionarios, hasta en catorce frentes distintos, con un nuevo ejército rojo animado sólo por la energía revolucionaria de miles de jóvenes obreros y campesinos. Pero a pesar de la victoria en la guerra civil, los bolcheviques no pudieron escapar a la crisis económica de envergadura que asoló al país.

Aquí es donde Lenín, Trotsky, y sus camaradas, cometen uno de los errores fundamentales que marcará la evolución política posterior. Adoptan la linea de la estatización total de la economía que, si bien podía justificarse en plena guerra civil como “comunismo de guerra”, llevaba a enfrentar a la masa campesina de pequeños propietarios, mayoría de la poblacion y, sobre todo, mayoría del apoyo revolucionario inicial con que contó la revolución.

Con esta orientación, el gobierno bolchevique inició, a poco de la toma del poder, un giro represivo y autoritario creando la Checa, una poderosa policía política interna, con inmensos poderes para realizar ejecuciones sumarias. Se incautaban por la fuerza las cosechas de los campesinos que organizaron una sorda resistencia ocultando sus bienes. El resultado no pudo ser más calamitoso: cundió el hambre y la miseria más inaudita.

Mientras tanto los sectores opositores en los soviets (mencheviques, socialistas revolucionarios) fueron barridos y perseguidos. Los soviets perdieron todo poder transformándose en correa de trasmisión administrativa del Partido Comunista.

Algunos autores relatan la paradoja de que muchos campesinos afirmaban su apoyo a los “bolcheviques” que habían refrendado la propiedad de su parcela en 1917, pero detestaban a los “comunistas” que atacaban su propiedad en 1919. (Kronstadt, 1921, Paul Avrich)

Las desmesuras del “comunismo de guerra”, con sus incautaciones permanentes a los campesinos, la hambruna y la opresión de la represión creciente, provocaron huelgas y movilizaciones populares extendidas a lo largo de todo el territorio, particularmente en Petrogrado y en Moscú.

La masacre de Kronstadt

Este clima adverso al gobierno penetró fuertemente en la guarnición naval de la isla de Kronstadt, frente a Petrogrado, que había sido un bastión de apoyo fundamental de la revolución de octubre. El soviet de Krontadt, con mayoría bolchevique y fuerte presencia anarquista, elevó al gobierno una petición donde exigía el retorno al libre intercambio mercantil, la legalidad para todos los partidos soviéticos y nuevas elecciones en los soviets. El gobierno de Lenin y Trotski ni siquiera los escuchó ni abrió ninguna negociación. Simplemente preparó una represión sangrienta no sin antes propalar la mentira infame de que los marinos se habían aliado a la contrarrevolución blanca. Victor Serge, militante y escritor bolchevique, comentó después asombrado: “era la primera vez que nuestro partido nos mentía” (Victor Serge, Memorias de un revolucionario).

La represión significó el asesinato de varios centenares de marinos. Otros varios centenares tomados prisioneros fueron fusilados y cayeron frente a la metralla vivando a la Revolución de Octubre y a la Internacional Comunista.

La bárbara masacre de Kronstadt cavó un abismo de sangre entre el gobierno comunista de Lenín y Trotski y el proletariado y el campesinado que los habían llevado al poder. Un abismo que ya nunca se cerró. A partir de Kronstadt progresan permanentemente en el Partido Comunista las tendencias mas autoritarias y represivas representadas por Stalin.

La discusión ante la Nueva Política Económica (la NEP de aquí en adelante)

Como consecuencia directa de las movilizaciones populares y de la represión a la guarnición de Kronstadt, el gobierno bolchevique adopta la NEP que, en pocas palabras, significaba la reimplantación del libre intercambio comercial. El problema es que Lenin y Trotski interpretan esta decisión obligada como una derrota, como una retirada. No como la única política sensata para preservar la unidad popular, la alianza obrera y campesina y para promover el desarrollo económico. Al contrario, Lenin caracteriza que el libre intercambio comercial generará capitalismo en todos los poros de la sociedad y que, por lo tanto, la implantación de la NEP abre un grave peligro de restauración capitalista. La conclusión es terminante: hay que reforzar el curso represivo. A partir de ese momento, no solo no se legalizará a los otros partidos soviéticos sino que se implantará la dictadura en el propio partido Comunista (bolchevique) prohibiéndose las fracciones y tendencias internas y dotando a la cúpula del Comité Central y al Secretariado de poderes omnímodos sobre el resto de los militantes.

Un resabio lejano de estas resoluciones autoritarias lo observamos en la historia de expulsiones y diatribas en todos los grupos trostkistas, como sucediera recientemente en el Partido Obrero cuando se le negó al grupo de Altamira el derecho a constituirse en tendencia interna.

El error fundamental de los bolcheviques

Esta errada caracterización de la NEP consideramos que es el tropiezo fundamental del bolchevismo y el que pavimenta la futura contrarrevolución estalinista. En realidad, los resultados de la NEP fueron un éxito. Después de 1921, la joven Unión Soviética salió de la indigencia y logró varios años de crecimiento económico y bienestar relativo. Pero este crecimiento implicó un mayor poder social de los llamados nepman, los propietarios del campo y la ciudad, la pequeña burguesía urbana y rural. El gobierno de Stalin, lejos de sacar la conclusión de que había que negociar y concertar con este sector un régimen de mayores libertades y derechos políticos, se propuso aplastarlos. Es que Stalin en 1926 ya representaba a una nueva clase en gestación surgida a través del control del estado y de la economía estatizada (lo que luego se llamó la “nomenclatura”). La escala de salarios de esta nutrida burocracia ya multiplicaba por varias veces a la retribución del obrero calificado. Esta burocracia fundaba su mandato y su poder sobre la base de la mixtificación y la mentira al considerar al Partido Comunista como legítima representación histórica de la clase obrera. Cualquier debate democrático socavaba las bases de ese poder.

A partir de 1928 Stalin se lanza a la liquidación de la NEP y emprende la estatización general de la economía lo que lleva a la colectivización forzosa de millones de pequeños y medianos propietarios. Este disparate significó una verdadera tragedia social con millones de asesinados y una verdadera debacle económica con la destrucción de toda una cultura agraria. Por décadas la Unión Soviética dejó de exportar granos y se transformó en un pais importador.

Ahora bien, Trotski no se opuso a esta salvajada, a pesar de la persecución que sufría y la pérdida ya de todos sus cargos. En el debate participaron tres sectores: uno encabezado por Bujarín, que correctamente bregaba por el mantenimiento de la NEP y una política de concertación con los pequeños propietarios y al que Troski caracterizó como “oposición de derecha”. Un sector del “centro” encabezado por Stalin al que Trotsky le dió su apoyo crítico afirmando que Stalin, con sus métodos equivocados, estaba en realidad llevando adelante el programa revolucionario de la “oposición de izquierda” que el mismo encabezaba. Trotski revela aquí que conserva y magnifica todos los errores cometidos en la época del comunismo de guerra hacia la estatización general. Es oportuno repasar las opiniones de Trotski en el libro “Terrorismo y comunismo” de 1920 donde no solo promueve la estatización forzosa sino que justifica la dictadura del Partido Comunista como “partido único” por ser la “encarnación” histórica de los intereses de la clase obrera. Una concepción que se opone por el vértice a los planteos de 1917 de Lenin en “El estado y la revolución”. Lo notable es que muchos amigos trotskistas reivindican ambas obras que, sin embargo, se oponen por el vértice, por sus análisis y conclusiones.

Es decir que Trotski apoyó a Stalin en esta verdadera contrarrevolución social que comenzaba, y que culminó en 1938, con el último de los célebres “procesos de Moscú”, que significó la muerte de miles de comunistas, entre ellos todos los viejos dirigentes de la revolución de octubre, con la excepción de Troski, que, finalmente, es asesinado en Mexico por un agente de Stalin en 1940.

Insisto: sin la pretensión de simplificar una compleja evolución histórica, creo que se puede ubicar a la estatización total de la economía, gestada en el período del “comunismo de guerra”, abandonada obligadamente en 1921 por la resistencia popular, y vuelta a aplicar por Stalin entre 1928 y 1938, como el corazón de los errores bolcheviques que pavimentaron, luego del ascenso de Stalin, una verdadera contrarrevolución social que instaura uno de los regímenes mas retrógrados de la historia. Régimen que, según el autor Kiva Maidanik, llegó a ostentar un 30% de mano de obra esclava en los tristemente célebres “gulags” o campos de concentración de la Rusia estalinista.

Cabe recordar que Marx en el célebre Manifiesto Comunista jamás bregó por algo parecido a la estatización total de la economía. Al contrario, presagiaba que el ejercicio del poder de la clase obrera iría reabsorviendo paulatinamente el capital a través de todo un período histórico.

El derrumbe de la URSS en 1991, sin que se disparara un sólo tiro, obedece en última instancia al creciente repudio de la población a este régimen reaccionario, consolidado por Stalin. El comunismo en el siglo XIX era sinónimo de la libertad más radical. En el siglo XX se lo asoció a uno de los regímenes más reaccionarios de la historia. Lo que fracasó en Rusia no fue el comunismo sino la delirante estatizacion forzosa y su gestión por una tiranía burocrática.

El trotskismo después de Trotski

Los continuadores del célebre revolucionario fueron incapaces de realizar un análisis crítico de las posiciones de su maestro. Como parte de su caracterización defectuosa de la realidad de la URSS, Troski la siguió caracterizando como un estado obrero, deformado, burocratizado o degenerado y propugnaba para corregirlo una “revolución política” (explícitamente no social). La expansión de la Unión Soviética, luego del desenlace de la 2da guerra mundial, con la instauración de estados títeres en toda la Europa Oriental, colocó a los trotskistas en una verdadera encrucijada. A pesar de ser regímenes odiados por la mayoría de la población, impuestos por la fuerza de los tanques rusos, los trotskistas concluyeron que “nuevos estados obreros” se estaban implantando por efecto de la acción de la burocracia estalinista. Allí pergeñaron un primer invento disparatado: la “revolución por arriba”. Según ella, la acción de una burocracia criminal era capaz de suscitar una revolución social.

Cuando las masas de Europa del Este, en cambio, inician un movimiento insurreccional contra los odiados burócratas promoscovitas y promueven una revolución liberal burguesa, de restauración del capitalismo, los troskistas inventan un disparate de signo opuesto: la contrarrevolución por abajo. Algunos, como muchos trotskistas argentinos, confundieron esta restauración capitalista como la esperada “revolución política”, pronosticada por Troski. Algunos, siguieron caracterizando hasta fines de los 90, a la Rusia de Yeltsin como un “estado obrero en descomposición”.

Toda esta seguidilla de disparates se producen por la voluntad (o incapacidad) de no apartarse del error de su maestro. Es evidente que la contrarrevolución estalinista fue mucho más allá que una mera burocratización. Fue la intauración del poder de una nueva clase opresora basada en el control omnímodo del aparato estatal. No es cierto que en la Unión Soviética, luego de la contrarrevolución estalinista, permaneciesen las “bases económicas socialistas”, como pensaba Trotski. La estatización total de la economía también puede ser un brutal instrumento de opresión. En 1939, luego de consumada la contrarrevolución estalinista el salario de un jerarca del Comité Central era 50 veces superior al de un obrero calificado. Era un régimen despótico donde los trabajadores carecían hasta del derecho elemental de huelga y de organización sindical. Continuar calificando a este engendro como “estado obrero” carecía de todo fundamento.

Los trotskistas argentinos actuales

La crítica esencial a las corrientes trotkistas argentinas, con la honrosa excepción del Partido Piquetero, es su guerra desembozada contra los gobiernos de Néstor y Cristina y contra el gobierno actual del Frente de Todos. A pesar de todas las evidencias, las corrientes trotkistas caracterizan al frente macrista y al Frente de Todos como dos coaliciones proimperialistas. No solamente apoyaron la rebelión gauchócrata de la Sociedad Rural contra el primer gobierno de Cristina, también apoyaron, con su silencio, la persecución macrista contra Cristina, Boudou, Milagro Sala, D´Elía y demás compañeros. Votaron en cambio, explícitamente, junto al macrismo, el desafuero y la detención del compañero De Vido, lo que representa una verdadera traición política.

Nuestra crítica a los compañeros trotskistas busca que reviertan esta política sectaria, que le hace el juego a la derecha antinacional. Creemos que deben acordar con el Frente de Todos para contribuir a frenar la ofensiva reaccionaria promovida por el imperialismo. Trotski enseñaba, desde su exilio mejicano, que sus simpatizantes apoyaran al gobierno de Lázaro Cárdenas. Sería interesante que sus acólitos argentinos lo recuerden.