El desodorante de Lumumba

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MUNDIAL 2026

El desodorante de Lumumba

30 Junio 2026

La polémica por la utilización de la imagen del hincha congoleño Michel Nkuka Mboladinga, conocido como "Lumumba Vea", en una campaña vinculada al Mundial 2026 reabrió un debate que trasciende al fútbol y a la publicidad. ¿Puede el capitalismo convertir un símbolo de resistencia anticolonial en una herramienta de marketing? ¿Qué ocurre cuando la figura de Patrice Lumumba, uno de los grandes líderes de la emancipación africana, es apropiada por marcas globales como Rexona y por la maquinaria comercial de la FIFA? En este artículo analizamos, desde las ideas de Roland Barthes, Guy Debord, Pierre Bourdieu, Umberto Eco y Frantz Fanon, cómo opera la apropiación de los símbolos políticos, por qué la memoria de Lumumba sigue interpelando al presente y de qué manera el intento de vaciar su significado terminó, paradójicamente, multiplicando su alcance en todo el mundo.

I. La mano sostiene otra cosa

Hay una imagen que circuló en redes durante el Mundial 2026 y que dice más que cualquier análisis: Michel Nkuka Mboladinga el Lumumba Vea vestido en un traje amarillo, con el brazo derecho en alto, la misma pose que la FIFA había cortado de su transmisión cuando se volvió protesta de repente ese porte de eterna y solemne rebeldía parece detenerse ahora el revolucionario apareció sosteniendo un desodorante Rexona. En el ángulo superior derecho, los logos de la FIFA y de Rexona juntos: «Sponsor officiel de la Coupe du Monde de la FIFA 2026». La cuenta que reposteó la imagen escribió: «Gran apoyo que recibió este artista». Lo llamaron artista, sí. Ya no es la encarnación de un hombre que el colonialismo disolvió en ácido sulfúrico como venganza al África profunda. De repente ahora es artista. Asistimos a un vaciamiento completo en una sola palabra.

Lo notable de la operación no es su torpeza sino su precisión. El brazo que sostenía la denuncia ahora sostiene el producto, detrás de ese brazo se sostenía simbólicamente una idea. Pero no lo modificaron, no lo suavizaron: lo reutilizaron idéntico, cambiando solo lo que la mano sostiene. Un rápido camino, del gesto de protesta al gesto publicitario. Eso, como veremos, no es descuido: es la lógica del sistema operando con precisión. Un avanzada capitalista al significante vacío.

II. El mito, Barthes y la palabra «auténtica»

En Mitologías (1957), Roland Barthes describió cómo la cultura burguesa convierte historia en naturaleza. El mito no miente: hace algo más eficaz. Toma un signo cargado de conflicto y sangre, lo vacía de esa carga y lo devuelve como imagen pura, inocente, universalizable, el efecto de esta operación no es únicamente el cambio de sentido del objeto sino la velocidad con que opera este cambio. No dice esto no ocurrió: dice esto no significa lo que crees que significa, la revolución no es lo que pensabas. La historia se naturaliza. Lo político se vuelve pintoresco. La cultura de masas aparece como somnífero a la potencia original.

La FIFA ejecutó el primer movimiento: le dio cámara a Mboladinga como curiosidad folclórica y la cortó en el momento exacto en que hizo el gesto de la pistola en la sien, el instante de la denuncia explícita. Borró el referente político, conservó el color local. Es que a veces el poder tiende a “humanizarse” y ve a la barbarie como pintoresca. Rexona ejecutó el segundo movimiento, más sofisticado. La FIFA había borrado el referente político conservando el color local; la marca fue más lejos: tomó el gesto exacto de la protesta: el brazo en alto, la pose de la estatua de Kinshasa, y lo convirtió en soporte publicitario sin modificarle nada.

No hizo falta declaración de ningún ejecutivo: la imagen habla sola. El logo de la FIFA y el de Rexona juntos en el ángulo superior derecho, la leyenda «Sponsor officiel de la Coupe du Monde de la FIFA 2026», y Mboladinga con el brazo en alto sosteniendo un desodorante. La autenticidad del gesto lo que Barthes llamó el robo del lenguaje es exactamente lo que la campaña necesita y consume. Así en épocas digitales la resistencia se vuelve contenido. La memoria de Lumumba se vuelve argumento de venta.

Debord lo había anticipado: el espectáculo no necesita suprimir la subversión, le alcanza con integrarla. En este análisis de la cultura Bourdieu lo formularía en términos de campo: Rexona ejecutó una reconversión de capital simbólico en capital económico, así hubo una búsqueda que destruye el valor político del símbolo precisamente porque ese valor dependía de su distancia con el mundo de la mercancía. Y se le preguntamos a Humberto Eco aportaría la dimensión constitutiva del circuito semiótico: la FIFA intervino el signo en la emisión; Rexona lo recuperó en la recepción, ya domesticado. Dos momentos de control sobre lo que ese cuerpo puede significar. La imagen circula, pero circula amputada, la fuerza se desmorona ante la sutileza del capitalismo.

III. El Mundial como campo de disputa

El caso de Mboladinga no fue el único gesto político del torneo. Los propios jugadores congoleños replicaron durante el partido con Portugal: boca tapada con una mano, pistola en la sien con la otra. La denuncia migró de la tribuna a la cancha y obligó a la prensa internacional a preguntar qué significaba. El símbolo se multiplicó. Hay vida más allá de Rexona.

Pero el Mundial también mostró su otra cara. El árbitro australiano Shaun Evans fue investigado y exonerado por hacer un gesto de OK invertido asociado al supremacismo blanco. La simetría es brutal: el gesto anticolonial fue cortado de la transmisión sin explicación; el gesto supremacista fue investigado, blanqueado y archivado. La institución decide qué símbolos perturban el orden, o en realidad es la garante de un orden específico. Y hay un detalle más: en el próximo partido del Congo Mboladinga no podría estar en el estadio es que en Estados Unidos le negaron la visa. Ya circulaba como imagen publicitaria global, pero era físicamente inaceptable en el territorio que lo había vuelto famoso. El colonialismo tiene sus ironías y Trump decide a quien recibe en su casa.

IV. Lo que el sistema no logra contener

Y sin embargo algo se escapa. Algo que el sistema no pudo neutralizar.

De repente el mundo habla de Patrice Lumumba. No todos, no con profundidad, pero su nombre circula. En Colombia, una presentadora escribió en X que Mboladinga le hacía «pensar muy mal». La periodista Mabel Lara le respondió: «Sorprendentes los mensajes cargados de prejuicios frente al hincha congoleño que homenajea a Lumumba y que nos recuerda que el mundo es enorme y detrás de cada símbolo hay memoria». Esas discusiones que en otras circunstancias no hubiera existido hay que agradecérselas al mundial también. La discusión se dio en el espacio público porque un hombre de 49 años decidió pararse inmóvil en una tribuna de Guadalajara vestido con los colores de su bandera. Escuelas de Kinshasa discutieron el fenómeno. Jóvenes en todo el Congo copiaron la pose. Hinchas de decenas de países preguntaron quién era ese hombre y qué significaba su gesto. La respuesta era siempre la misma: habla de un primer ministro asesinado por el colonialismo belga y la CIA, habla de un Congo que sangra sin que nadie preste atención, habla de la diferencia entre independencia formal y liberación real. Esas son palabras de Fanón. Esas son las preguntas que siguen abiertas. Y el colonialismo sigue vigente, Lulumba es mucho más que la lucha del Congo, es mucho más que África, es la imagen de un amplio proceso inacabado de liberación.

El mito barthesiano no es omnipotente. Puede vaciar el signo en su circulación masiva, pero no puede controlar todos los momentos en que ese signo se recibe, se interpreta, se discute. Rexona compró la pose; no compró la pregunta que la pose dispara. Y esa pregunta, una vez formulada, no se puede desformatear. Lulumba ganó

V. El balance

El capitalismo a lo largo de la historia tuvo una capacidad notable para domesticar los símbolos de la resistencia. Lo hizo con el Che en las remeras, con los puños en alto convertidos en logotipos deportivos, con el reggae vaciado de Rastafari, con Maradona como voz de apuestas deportivas. El caso Rexona/Mboladinga sigue esa lógica con eficacia desconcertante: tomó el gesto exacto de la protesta y lo convirtió en soporte publicitario sin cambiarle nada.

Y sin embargo, mirado en su totalidad, el balance es positivo. Que hoy el mundo hable de Lumumba, aunque sea por un desodorante y desde la confusión, aunque sea porque una presentadora colombiana que no sabía quién era, significa que la imagen de un emancipador llegó a lugares donde nunca hubiera llegado. Significa que el nombre de Patrice Lumumba se pronunció en idiomas que él nunca habló, en países que en 1961 ni siquiera sabían que existía el Congo.

La operación de vaciamiento generó, como efecto secundario no deseado, la mayor difusión global que haya tenido nunca el nombre de Lumumba. El sistema intentó domesticar el símbolo, rápidamente. No lo logró del todo. Y esa tensión es exactamente el tipo de grieta que la historia de la liberación conoce bien: la que se abre cuando el poder intenta contener lo que no puede contener, y termina mostrando, sin querer, aquello que quería ocultar. El proceso está abierto, sería demasiado injusto pedirle a Lulumba que lo cierre.

Mientras la advertencia de Fanón siga siendo válida, esto que la independencia sin transformación real es una promesa incumplida, el cuerpo de Mboladinga seguirá siendo más que una imagen publicitaria. Seguirá siendo una pregunta. Y las preguntas, a diferencia de los desodorantes, no caducan.

el balance es positivo. Que hoy el mundo hable de Lumumba, aunque sea por un desodorante y desde la confusión, aunque sea porque una presentadora colombiana que no sabía quién era, significa que la imagen de un emancipador llegó a lugares donde nunca hubiera llegado. Significa que el nombre de Patrice Lumumba se pronunció en idiomas que él nunca habló, en países que en 1961 ni siquiera sabían que existía el Congo.