fbpx Nicolás Vilela: "Me preocupa que el debate actual se plantee como 'progres contra pobres'" | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Militancia //// 16.03.2022
Nicolás Vilela: "Me preocupa que el debate actual se plantee como 'progres contra pobres'"

Nicolás Vilela, concejal de Hurlingham, acaba de publicar “Comunología, del pensamiento nacional al pensamiento de la militancia”. En diálogo con AGENCIA PACO URONDO aborda los principales ejes del volumen de reciente aparición.

Por Rodrigo Lugones

Nicolás Vilela es militante político de Hurlingham, Secretario General de la Universidad Nacional de Hurlingham, concejal por el Frente de Todos del mismo distrito y docente universitario. Acaba de publicar “Comunología, del pensamiento nacional al pensamiento de la militancia”. En diálogo exclusivo con AGENCIA PACO URONDO, expuso los principales puntos teóricos de un libro que viene a aportar a la “Teoría de la militancia”, fundada por el hoy intendente de Hurlingham, Damián Selci.

AGENCIA PACO URONDO: Hace un tiempo leí los libros de Damián Selci y ahora pude leer el tuyo. En esas lecturas verifiqué que existe una especie de diálogo entre ellos. No sé si suplementario o complementario. Si estos libros estan pensados como una teoría ampliada de la Teoría de la militancia. Si después habrá otros libros de ustedes o de otros autores que van a venir a encastrarse en esta lógica del pensamiento de la militancia. O es algo que simplemente ocurre porque son compañeros y mantienen una afinidad intelectual e ideológica.

Nicolás Vilela: Es algo que está en curso y ese algo se llama teoría de la militancia o pensamiento de la militancia. En este libro tiene el nombre de comunología. Son esfuerzos de varios compañeros y compañeras en distintos lugares para poder pensar una etapa que estamos encarando ahora, que es muy compleja, pero también para revisar los términos en los que hicimos las cosas hasta acá. Es un pensamiento que tiene que ver con detectar el sentido de la militancia que venimos construyendo. Y también, sobre todo, con poder empezar una perspectiva nueva. El primer libro de Damián tiene como origen la derrota electoral del 2015, y eso de algún modo, es lo que nos forzó a pensar en una dirección distinta. Es decir, preguntarnos qué significó esta derrota desde el punto de vista de la militancia. Ese punto de vista es lo nuevo. Uno estaba acostumbrado a leer a la figura del militante en libros, en documentales, en textos históricos, sabiendo que era una forma de subjetivación totalmente central en cualquier dinámica política pero, sin embargo, hasta Teoría de la militancia no había habido nadie que lo pudiera presentar en sus características, teóricamente, prácticamente, como punto de vista y forma de intervención en la realidad. Se abre un campo de reflexión nuevo: ¿qué tiene para decir la militancia sobre determinados temas? El intento de este libro fue, de algún modo, grandilocuente: pensar si se le podía dar un estatus disciplinario a ese punto de vista. Esa disciplina llamada comunología tiene como agente a la militancia en el sentido de que se preocupa por detectar los mecanismos de contagio, de contacto que logran que una persona se sume a militar. Pensando que lo más importante es la figura del militante como alguien que circula socialmente en todos los lugares buscando contagiar primero y organizar después. Partí de la premisa de que la pandemia trajo una reflexión y unos términos lingüísticos que me parecieron útiles para pensar estos problemas y que se podía revertir un poco la tendencia habitual, es decir inmunológica, de pensar que somos un cuerpo que se defiende contra un virus que quiere ingresar. Y me puse pensar qué pasa si el punto de vista de la militancia es el punto de vista del virus: el punto de vista de la gente que contagia. Inclusive, ensayos que intentaron pensar el punto de vista del virus, por ejemplo que identificaron al lenguaje como un virus como el de William Burroughs, hasta en este tipo de casos, el virus siempre es un virus de contestación y de reacción. Es un virus que inocula una vacuna contra un virus que los había infectado previamente. A mí lo que me interesaba acá era invertir el punto de vista y empezar por el contagio, no pensarlo como una respuesta, una resistencia, una defensa respecto de algo  sino desde una perspectiva de avance y de conquista.

APU: En esa línea, me gustaría que desarrolles el concepto de autopoiesis, que parece que sirve para pensar como un sistema al peronismo, ¿Cómo sería eso?

NV: El concepto de autopoeisis viene de la biología y apunta a la reproducción de los sistemas (los seres vivos) como un proceso maquínico de autoorganización que tiende al equilibrio. El peronismo como sistema autopoiético es esa mitología de un sistema político cerrado, soberano, que se puede autoreproducir neutralizando el entorno, separando lo propio de lo ajeno. Hay una pretensión  en el libro que es hacer como si en el país existiera sólo el peronismo. De algún modo, toma como base frases de Néstor y Cristina, hablando de que el peronismo es el lugar donde se procesan las contradicciones de la sociedad. Y también la equivalencia que traza Perón entre peronista y argentino. Entonces, pensar las discusiones dentro del peronismo como la verdadera batalla cultural. Y pensar que lo que ingresa al sistema peronista como campo de discusión ingresa con una resonancia particular. Puede ser el marxismo, puede ser la teología de la liberación, puede ser el postestructuralismo. Ingresa con una resonancia particular y se traduce en sus propios términos. El peronismo es una sistema que se va reproduciendo, década tras década, con su propia dinámica interna, actuando como resonancia respecto de lo exterior. En definitiva, el libro no solamente presenta una caracterización del peronismo en su sentido autopoiético de capacidad de reproducirse en distintos contextos, generando equilibrios internos, sino también una crítica de eso mismo, de  esa certeza de que siempre habría un equilibrio que podamos mantener. Hay una discusión con que ese mecanismo efectivamente funcione, porque justamente si uno se cierra sobre sí mismo operativamente para distinguirse del entorno, y piensa que uno funciona como una máquina que se puede autorreproducir, pone una barrera para limitar ese entorno y recorta el espacio de intervención . Lo que termina pasando  es que esa barrera que uno pone para defenderse del entorno es una barrera que lo limita para avanzar hacia afuera. Parecía que había en la tradición del peronismo todo un lenguaje muy defensivo y muy inmunológico. Me refiero a todos los textos y conferencias de Perón que hablan del cuerpo político, el cuerpo institucional como un organismo y hablan de los agentes extranjeros como unos microbios que ingresan y de los anticuerpos como las bases populares que lo neutralizan. Es el elemento extraño, el agente patógeno, según Perón, el que al intentar penetrar en el sistema genera contradicción, interferencia, y activa los mecanismos inmunológicos para equilibrarse. Me pareció que esta idea era muy problemática para entender nuestra coyuntura, o por lo menos, que era muy problemática para poder pensar un programa de avance y construcción política porque se mantiene en un régimen donde la prioridad siempre está puesta en neutralizar lo ajeno y lograr un estado de equilibrio y de pureza, que además nunca se produce en la realidad porque llega un momento donde lo propio y lo ajeno se vuelven indistinguibles. Y los anticuerpos ya no saben bien qué están atacando. Los buenos y los malos estamos todos mezclados, como decía Cooke. Me pareció que el punto de vista correcto era el opuesto: partir de la contaminación, de la impureza, del contacto y del contagio, y ver qué posibilidades había para explorar en esa dirección. Para justamente ir hacia la preocupación del libro, que es cómo construir una comunidad organizada acorde a este tiempo, acorde al mandato de empoderamiento de Cristina. Y que no lo veo solamente como un problema nacional sino de los proyectos emancipadores en el mundo en este momento.

APU: Hay algo que está presente en Feinmann y lo hemos charlado, en otra entrevista, con Selci. Damián dice que las bibliotecas de las unidades básicas difícilmente contengan algún libro posterior a 1971. Feinmann planteaba esta idea de que el pensamiento nacional suele estar todo el tiempo respondiéndole a la historia oficial, al mitrismo. En tu libro también está ésta discusión con el pensamiento nacional, algo así como… ‘muchachos está todo bien, pero ya sabemos qué hicieron los demás ¿nosotros qué vamos a hacer?’ Me gustaría que profundices en eso.

NV: Lo que dice Feinmann cuando escribió Filosofía y Nación es básicamente que si el revisionismo histórico se convierte en la historia de los vencidos como una historia que da vuelta la historia de los vencedores, (para poner un menos donde hay un más y un más donde hay un menos) termina condenada a estar sujeta siempre a los términos en los que puso la discusión el otro. Por lo tanto, se vuelve muy poco propensa a reflexionar en sus propios términos, a proponer nuevas categorías. Justamente la paradoja es que el pensamiento que se supone que se preocupa por lo propio, que es el pensamiento nacional, por lo nuestro, más bien estuvo dedicado durante décadas a pensar a los otros, a lo ajeno en general. Puede ser la historia oficial mitrista, puede ser el mediopelo, puede ser el nacionalismo sin conciencia popular, puede ser cualquier figura subjetiva, social, que sea ajena al campo nacional y popular en sus valores. Es como si lo propio nunca se pensara, salvo como una esencia que se corrompe invadida por algo que viene de afuera. Nunca hay contradicción en nosotros mismos. Ahí me parece que hice un balance “compañero” acerca del pensamiento nacional donde lo planteo como un campo de discusión muy importante para la cultura argentina, y en ese sentido le doy una valoración positiva, y especialmente, en la medida que logró una contaminación interesante entre peronismo y marxismo. Pero también un balance deficitario, en el sentido de que terminó produciendo un tipo de pensamiento donde no se distingue bien cómo sería liberarnos, cómo sería defendernos, parece que es exactamente lo mismo; parece que el momento de la liberación es siempre defendernos de los otros, generar una cultura de resistencia a lo que nos quieren imponer. O sea, poner un menos donde hay un más, poner un más donde hay un menos. En definitiva, sin poder plantear los términos de la discusión. En algún sentido, el libro intenta tomarse en serio al desafío del pensamiento nacional, que era buscar pensar lo propio, porque en este momento es más importante que nunca. En lugar de seguir leyendo a la derecha, caracterizando a la derecha, discutiendo con la derecha, es ver ¿qué somos? ¿qué queremos hacer? ¿cómo lo vamos a hacer? ¿cuál es nuestra discusión? Son esas preguntas. Usualmente, hay una crítica de que el campo nacional y popular no lee a la derecha. A mí me parecía más importante que dentro del campo emancipador en general veía muchas bibliotecas que no se estaban poniendo en relación. Muchas cosas interesantes de personas interesantes que no estaban discutiendo entre sí. Me parecía más importante que la biblioteca del campo nacional y popular pueda dialogar con la biblioteca del postmarxismo, pueda dialogar con la biblioteca del pensamiento biopolítico, antes que ver qué pasa si  caracterizamos por vez número 50 a la derecha contemporánea. El libro, en ese sentido, es una superficie que permite que se relacionen tradiciones distintas dentro del campo de la izquierda y nacional y popular, sobre todo, el nacionalismo popular y la izquierda universitaria.

APU: En un momento del libro planteas, grosso modo, que pareciera que el Kirchnerismo viene a volver tomar algo de lo que Cooke había planteado al interior del peronismo. De ahí deducís cuál es el significado histórico del Kirchnerismo como continuador de ese debate dentro del peronismo. La pregunta es: ¿cuál es el sentido histórico del Kirchnerismo?

NV: La hipótesis de ese capítulo es que, como dijo Cristina en un discurso, lo más importante que le dio el kirchnerismo al pueblo argentino es el empoderamiento. Es una frase del último tramo del gobierno de Cristina, y de alguna manera, plantea que el significado histórico del kirchnerismo pasa por esa palabra y hace una relectura de todo el ciclo 2003-2015 en la clave del empoderamiento. Hay muchos textos, mucha bibliografía, mucha discusión pública sobre el kirchnerismo asociado con los derechos, y no tanta sobre el kirchnerismo asociado con las responsabilidades. Desde el punto de vista de la militancia, es muy importante hacer eje en las responsabilidades que vienen con los derechos. Que era en definitiva el discurso de Cristina cuando convocaba, no a la militancia sino a todo al pueblo argentino, a hacerse cargo de los derechos, a ejercerlos, a defenderlos, pero también a participar activamente, a militar. Entonces, el significado histórico del kirchnerismo está muy asociado a una dinámica militante que es rastreable desde el inicio, en la vocación de Néstor por armar una estructura propia vinculada con la JP. O sea, no es algo que aparece en los últimos dos años sino algo que en los últimos dos años se nombra como empoderamiento  y que, en definitiva, lo veo como una invitación al ejercicio de la responsabilidad militante, a hacerse cargo.  Creo que, en este caso, hacerse cargo de hacer política y de que todas y todos ejerzan ese derecho, es una cuestión donde lo ideológico y lo pragmático se unen. Un proyecto nacional, que no tiene apoyo del poder financiero ni de las corporaciones, se  sostiene en el tiempo con apoyo popular. Sin apoyo popular, sin movilización, sin participación, no se sostiene; eso sería lo “pragmático”. Pero también hay un punto más  ético e ideológico de preguntarnos en qué tipo de Argentina y de mundo queremos vivir. Y contestar: en un mundo donde la  política se socialice, que no sea responsabilidad exclusiva del Estado, de las administraciones, de las gestiones, sino en generalde toda su población.

APU: El planteo leninista de El Estado y la revolución, dice que la disolución del Estado implica la descentralización de las responsabilidades. Todos somos responsables, todos tenemos que hacer algo para resolver los problemas comunes. No es que de repente de un día para el otro cae, sino que justamente recae sobre cada uno de nosotras y nosotros la posibilidad de poder resolver alguna instancia del orden de lo común.

NV: La convocatoria es a todo el mundo pero justamente lo interesante es ver qué le pasa a todo el mundo con eso. Quiero decir: cuál es el modo de subjetividad específico que genera la militancia. Trabajarlo desde qué le puede pasar a una persona en singular, trabajarlo desde el lugar individual, entre comillas. Justo nombrabámos a Cooke antes. Había una polémica famosa en los 60’ de Rozitchner con Cooke, que se llama La izquierda sin sujeto. León Rozitchner le llamaba la atención a Cooke, y al peronismo revolucionario en general, sobre el hecho de que por confiar en la necesidad objetiva de la historia, en que la revolución se iba a producir de todas maneras, le prestaban muy poca atención  al tipo de subjetividad que estaba creando esa transformación. O sea, según Rozitchner, se preguntaban por la transformación de las condiciones materiales de existencia pero no sobre las condiciones espirituales. Intenté darle importancia en el libro al trabajo de la subjetividad militante en su singularidad y en la relación con el proceso de encuadramiento orgánico colectivo. Obviamente tiene sintonía con lo que está en Teoría de la militancia. Me parece que justamente ahora el problema que tenemos muchas veces en el campo de la discusión emancipatoria es el contrario al que marcaba Rozitchner: una especie de sujeto sin izquierda. Miles de publicaciones, de invitaciones que hablan sobre las nuevas subjetividades, la transformación de la subjetividad que produce no sé qué cosa, pero sin que eso esté asociado con ninguna construcción colectiva, sin que esté formando parte de ningún proceso orgánico. Acá es: qué tipo de subjetivación crea la militancia, entendida  precisamente desde la construcción colectiva, desde la importancia que tiene la construcción política para cada una de las personas que individualmente se suman a participar.   

APU: En un momento te detenés en una idea, que viene de los Grundrisse de Marx, el general intellect y hablás de la fascinación del pensamiento neoperaísta por el concepto. Toda esa tendencia post-deleuzeana autonomista que se apasiona con el intelecto general, al estar atravesada por el horizontalismo y los conceptos de asamblea de Toni Negri, lo que olvida es la necesidad de que ese intelecto colectivo sea soportado por una orgánica política. Traduciéndolo con un ejemplo, el contra agumento podría ser: ¿Cómo vamos a producir un país en el que desarrollemos alta tecnología o una vacuna para una pandemia en cinco meses si no tenemos condiciones básicas de ordenamiento político, que nos permitan soberanía económica para poder, a su vez, tener las condiciones subjetivas, materiales y organizativas para poder producir esa vacuna? 

NV: Por un lado, hay un intento de que discusiones que plantean el operaismo y el autonomismo en general resuenen y puedan permitirnos leer de otra manera figuras del campo nacional y popular. Un uso que me parece útil. Pero al mismo tiempo, con lo que decías recién, si no se  recontextualiza el aporte que pueda hacer el operaismo en los términos de nuestra propia discusión nacional, se vuelve un uso inútil porque lleva a posiciones antiestatales en todos los casos. Y no solamente antiestatales, sino a lo que está más enfatizado en el libro: a posiciones antiorgánicas. A posiciones donde nunca hay conducción política, nunca hay organización política vertical, disciplinada, que justamente pueda disponer los saberes del intelecto general a través de un determinado reparto de funciones. Por eso es interesante no solamente qué bibliotecas podemos utilizar sino también qué uso le damos. Porque ahí, si uno pone frente a frente estas dos bibliotecas, la del campo nacional y popular y la de por ejemplo el autonomismo italiano, por momentos se encuentra un parecido donde menos se esperaba: la posición absolutamente central que le otorgan al Estado en los dos casos, aunque por motivos contrarios. Nosotros tenemos un tema dentro de la tradición nacional y popular, esto yo lo llamo pejotismo en el libro, que sería la creencia de que llegando al Estado y utilizando su botonera todo se resuelve a través de la administración de los problemas sociales. En ese sentido, cualquier noción de empoderamiento y socialización de las responsabilidades carece por completo de encuadre. Y por el contrario, tenemos al autonomismo que es un planteo de hacer política a distancia del Estado pero bajo la premisa de que el Estado captura todo, que si uno no se pone a distancia realmente no se puede hacer una política propia. Me parece que el kirchnerismo abre una posibilidad de una posición distinta, que tiene mucho en común con lo que viene diciendo García Linera: que el Estado es en definitiva una forma monopólica de comunidad, pero es una forma imprescindible para poder pensar en otra etapa en la que ese monopolio empiece a socializarse en toda la población. Ahí es donde la posición que es, por así decirlo ‘sin el Estado no se puede pero con el Estado no alcanza’, es muy importante. Evidentemente en cualquier discusión podemos decir que sólo te salva el Estado y no el mercado pero también podemos decir que para un proyecto de emancipación lo que verdaderamente salva es el empoderamiento popular generalizado y construido junto con y mediante el Estado.

APU: Lo nombrabas a García Linera y me parece que él es una referencia central para entrar en la última etapa, que es la de “lo común”.  Lo común en la época de la hegemonía de lo individual. Aunque pareciera, en virtud de los últimos acontecimientos, que esa hegemonía de lo individual está empezando a caer. La filosofía, esto lo dice Selci también, en los últimos 45 años se ha encargado de ponerle todas las precauciones posibles a cualquier tipo de pensamiento revolucionario, de izquierda o progresista porque podría devenir en una especie de totalitarismo fascista de izquierda. En tu libro hablás de dos modelos de lo común. Por un lado el de Jean Luc Nancy, quien escribe desde el pensamiento de Heidegger y por otro lado, el de García Linera, con una lógica autonomista pero muy centrada en el indigenismo latinoamericano que incluye la figura del Estado como articulador de lo común. Remarcanos alguna mínima diferencia entre las dos posiciones y un planteo general de ambas.

NV: Diría que el pensamiento acerca de lo común y de la comunidad, que se puso de moda hace 30 años, después de la caída del comunismo, tuvo la virtud de seguir pensando esas palabras o esos problemas. El libro que se llama Cómo salvar lo común del comunismo me parece que es expresivo en ese sentido. Es un libro francés de hace un par de años. Pero lo hizo a expensas del horizonte de transformación concreto y expansivo de esos proyectos. Se quedó con la discusión, se quedó con la idea de comunismo, pero renunciando a cualquier pensamiento sobre la organización política, la figura de la militancia, los modos de construcción concretos. En cambio, el proceso de América Latina me parece que encaró, de manera muchas veces premeditada y muchas veces azarosa, grandes momentos de construcción política a partir del año 2000. Momentos donde lo común y lo comunitario aparecían como una realidad desde una noción de Estado fuerte que apoyaba y construía comunidad. Pero esos procesos no se detuvieron  demasiado en la reflexión teórica. Me pareció que si uno mezclaba, en algún sentido, esos dos asuntos, es decir una reflexión fuerte sobre lo común sin práctica efectiva y una práctica fuerte hacia lo común sin reflexión teórica, podía dar lugar a algo nuevo. Me parece que García Linera es uno de los que mejor nos inspiró en ese camino y que hay muchas cosas para seguir pensando si uno mira todo junto, poniendo arriba de la mesa La comunidad organizada de Perón, Communitas de Esposito y algún texto de feminismo por ejemplo. De ahí sale algo nuevo, pero sobre todo, porque tenemos la experiencia del kirchnerismo y en general de gobiernos populares en América Latina como una experiencia concreta, propia, y no simplemente como una declaración sobre la idea de comunidad.

APU: Me gustaría que definas la comunología. En el libro decís algo así como que es la disciplina que trata sobre la organización de lo común. Es un gran desafío pensar ésto en el mundo donde parece que lo común está destinado a convertirse en una dictadura. El sálvese quién pueda, lo individual y la lógica del goce son lo único que impera.

NV: La definición  de comunología como disciplina que trata sobre la organización de lo común, como decía al principio, tiene el objetivo de pensar cómo se construye lo común, y de afirmar que  el agente a cargo de la construcción de lo común es la militancia. Por lo tanto, en definitiva, el libro aporta a la Teoría de la militancia abierta por Damián. Al mismo tiempo,  los términos en los que está puesto el libro son los de Esposito, comunidad e  inmunidad. Sobre todo a partir de la pandemia sabemos que la inmunología es una disciplina  donde se trata siempre de distinguir lo propio de lo ajeno dentro de un cuerpo, y que los anticuerpos puedan neutralizar lo ajeno para fortalecer lo propio. Me parecía que el pensamiento nacional tenía una lógica muy asociada con la inmunidad. Defender la patria, defender nuestros intereses, poner un límite, etc. Y me pareció que si no teníamos un desarrollo equivalente del otro par de la palabra, no  necesariamente su opuesto sino su par, que es comunidad, no íbamos a poder enfrentar demasiado bien el problema que yo estaba planteando. Si el objetivo es adoptar un punto de vista de conquista, de contacto, y no defensivo como es el caso de la inmunidad, hay que pensar una disciplina que adopte el punto de vista del contagio, que se ponga del lado de lo común, de lo viral, por así decirlo. Ahí surge la comunología, que tiene algo  como de ficción en el sentido de decir : qué pasa si adoptamos el punto de vista del contagio y no del cuerpo que se defiende. Esa es la pregunta del libro. No necesariamente recabar históricamente  si en realidad vino primero el virus  o el anticuerpo. No hacer un trabajo sobre cuál es el origen, como por ejemplo hizo en su momento Mario Tronti en Obreros y capital, donde dice que primero viene la resistencia y después el poder que intenta neutralizarla. No es ese tipo de enfoque sino más como si fuera una ficción, un  “como si”: hagamos como si el punto de vista no fuera ‘tenemos que defendernos de los virus imperialistas extranjeros que quieren invadirnos’, y por lo tanto, ‘nuestra única posibilidad es la resistencia’, sino como si nosotros fuéramos  los que avanzamos, conquistamos, contagiamos. Me parece que durante la pandemia la mayor parte de las reflexiones se hicieron cargo de la figura del pensamiento que venía más a la mano, que es ‘somos un cuerpo que se defiende’, donde el virus es siempre visto como lo maligno. Y hubo unas excepciones que me hicieron pensar lo contrario, por ejemplo Bruno Latour, que decía en una entrevista ‘la pandemia demuestra la capacidad desestabilizante que tiene lo viral’. Para un libro que continuaba con la idea de que hay que pasar a la ofensiva, lo que decía Latour era mucho más interesante. Identificarnos con el virus y no con el cuerpo que se está defendiendo.

APU: Hay una pregunta que me interesa, que puede quedar abierta o no, pero me parece que es central en el pensamiento, si se quiere, de izquierda emancipatorio o nacional y popular también, porque involucra al genocidio o al fracaso -entrecomillas- de ciertos proyectos de izquierda, que es: Entendidas la comunología y la teoría de la militancia… ¿Cuál sería el planteo económico que desde ahí podríamos empezar a tener para ordenar lo común desde la descentralización de las responsabilidades? ¿Qué tipo de economía es la que nos permitiría, por lo menos, iniciar un proceso de estas características?

NV: Yo diría que el primer paso importante, que era fundar un punto de vista o una disciplina que permita mirar a todo lo que conocemos desde un lugar distinto, eso está o está en construcción y forma parte de este primer momento. Y que esperablemente puede haber un segundo momento de reflexión donde este enfoque, a su vez, observe qué pasa con la economía, qué pasa con las políticas sociales, qué pasa  con problemas concretos. Pueden venir derivas a partir de ahí. Contestando más específicamente, y para circunscribirme a lo que pensé en el libro, me interesó hacer una aproximación  a la psicología económica. Como el libro tiene un enfoque psicopolítico, tomé a la economía más por el lado subjetivo. Como dice Latour en su libro sobre Gabriel Tarde: la economía como ciencia de los intereses apasionados. Tarde creía que el agente más poderoso para contagiar a otros es la conversación. Y se preguntaba si era posible calcular la energía de contagio que hay en una conversación. Entonces, ya desde la comunología, si  uno está buscando cómo construir, cómo organizar políticamente a la sociedad, cómo sumar a nuevos militantes, lo que interesa siempre es con quién hablás, cuáles son los valores, cuáles son las creencias de la persona que tenés enfrente, para saber cómo encarar una conversación, cómo discutir. Si uno pudiera, cuantificar el grado de intensidad política que hay en un vínculo conversacional, en una discusión, esa medida es algo útil para la militancia. En definitiva, las palabras que se usan en la economía como valor, deuda, confianza, expectativas, son todas palabras que al mismo tiempo son rasgos psicopolíticos de los seres humanos, son afectos . El ángulo con el que en este primer libro me interesó trabajar fue ese: cómo se puede cuantificar, si se pudiera hacer esto, los niveles de politización que hay o que se pueden producir en una determinada conversación a partir de lo que cada uno dice, qué afectos  expresa. La militancia, con la pandemia, tuvo una complejidad enorme, que no es solamente que no pudimos movilizar, y por lo tanto, no pudimos desarrollar el principal factor de fuerza de un movimiento popular, sino también que aún cuando se pudo hacer una actividad, hacer un casa por casa, si hablás con el otro con un barbijo puesto hay una parte importante de la cara que no la ves, no sabés qué señas está haciendo esa cara, cuál es el lenguaje no verbal que está emitiendo, y todo eso para una conversación entre un militante y un vecino,  o entre compañeros, es muy importante por los resultados que puede producir. En el libro hay una apuesta fuerte a que en la discusión, en la conversación, en el cara a cara, se produzcan eventos de contagio: hay compañeros potencialmente en todas partes.

APU: ¿Te interesa algún punto que no hayamos tocado que quieras desarrollar?

NV: Dos reflexiones. Por un lado había pensado  que una propuesta como ésta, la comunología llega a ser muy contraintuitiva porque estoy planteando el punto de vista del virus, que en este momento lo tenemos asociado con la muerte. De hecho, cuando uno plantea esa apuesta al contagio lo hace sabiendo que no tiene garantías y que está llena de riesgos. Me acuerdo de una frase de Baudrillard, que decía ‘el virus es el genio maligno de la alteridad ’. Hay una parte siempre potencialmente peligrosa, negativa, en cualquier evento de contagio. Paradójicamente, la pandemia es un momento en el cual los que siempre defendimos el mano a mano, el cuerpo a cuerpo, la movilización, el estar juntos, el compartir, tuvimos que defender el distanciamiento social, que nos quedemos en nuestras casas, no compartir el mate. Y por el otro lado, los que siempre defendieron posiciones individualistas, de poner a distancia al otro, ahora movilizaban todos juntos, cuerpo con cuerpo, para decir que se estaban violando sus libertades. Creo que tuvo sentido ese discurso y esas medidas, porque se construye más comunidad haciendo lo que hicimos, cuidarnos mutuamente a distancia, que si nos abalanzamos sobre los otros en un momento de alta circulación de una epidemia mortal. En algún punto, el libro viene en un momento que está causado por la pandemia en su terminología pero que, al mismo tiempo, parece contraintuitivo, porque suponemos que siempre contagiarse es malo. Pero también lo bueno se puede contagiar, como cuando se habla de risa contagiosa.  Como segundo comentario: me preocupa un poco que la discusión actual, y parafraseando eso de las  peleas de pobres contra pobres,  se produzca en términos de “progres contra pobres”. Aceptamos los términos de la discusión, nuevamente, que nos impone la derecha, cuando discutimos si es más importante el dni no binario o cuántos puestos de trabajo creamos. Y no insistimos, en cambio, en que por ejemplo la plata que le falta al pueblo argentino está en los paraísos fiscales  donde la  fugaron los funcionarios macristas y las corporaciones de todas estas décadas. Aceptar esa discusión como “progres contra pobres” genera una especie de falsa alternativa en la que o se parece defender posiciones populistas pero que llevan a su vez a posiciones reaccionarias,  antiminorías por llamarlo de algún modo. O bien se defiende  un lugar que puede ser, como decía Nancy Fraser en su momento,  el neoliberalismo progresista, o sea, se defienden posiciones de progresismo cultural sin tener ningún tipo de discusión sobre la vida cotidiana económica de los argentinos y las argentinas. Me parece que ese es un ejemplo de hasta qué punto es importante, primero, poner los términos de la discusión, y segundo, pasar a la ofensiva.