fbpx María Lucrecia “Maluca” Ciriani: un ejemplo de rebeldía y militancia | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Militancia //// 13.11.2020
María Lucrecia “Maluca” Ciriani: un ejemplo de rebeldía y militancia

AGENCIA PACO URONDO dialogó con “Maluca” Ciriani, quien trabajó junto Alice Domon, una de las religiosas francesas desaparecidas por la dictadura. Un repaso de su historia militante: desde su paso por la Nicaragua de la revolución sandinista a su actual compromiso social y político en el barrio de La Boca. 

Por Mariano Nieva | Foto: archivo personal de Maluca Ciriani

María Lucrecia “Maluca” Ciriani hizo de su vida un ejemplo de rebeldía y militancia. En comunicación con AGENCIA PACO URONDO recordó sus días en la villa 20 de Lugano junto a los Sacerdotes para el Tercer Mundo, sus vínculos con Alice Domon, Leonie Duquet e Ivonne Pierrón (en la foto que encabeza la nota, junto a Maluca), las monjas francesas que desafiaron con distinta suerte a la dictadura genocida; además recordó su ingreso a las filas de las FAL (Fuerzas Argentinas de Liberación), el exilio en México y su posterior llegada a la Nicaragua sandinista. Hoy milita en la Multisectorial La Boca Resiste y Propone (LBRyP). 

Agencia Paco Urondo: ¿En qué contexto y de qué manera conoce a la religiosa francesa Alice Domon?

Maluca Ciriani: Conocí a Alice Domon, a la que todos/as le decíamos Caty, en la Villa 20 del barrio de Lugano en la Ciudad de Buenos Aires donde empecé a militar de muy jovencita, a los 17 años, con el Padre Héctor Botán, parte del equipo de curas villeros e integrante del Movimiento de Sacerdotes para El Tercer Mundo (MSTM). Allí, con mi hermano y otros/as compañeros/as armamos el Centro de Salud, y La Capilla. Cuando Caty llegó con otra monja, Montserrat Bertán, ambas de la congregación francesa Misioneras Extranjeras de París, vivieron en una pequeña casilla en donde apenas cabían sus camas. En ese lugar yo ayudaba a los/as chicos/as del barrio dando apoyo escolar sobre todo para el ingreso al colegio secundario. Además, allí teníamos también el botiquín sanitario que Alice administraba para las familias que no podían comprar medicamentos. Es en ese contexto que construimos un vínculo muy fuerte de amistad.

APU: Esa amistad forjada con Caty, fue lo que luego la llevó a conocer a Leonie Duquet.

MC: Efectivamente, con Caty empezamos una relación fraterna muy importante, a pesar de que aunque yo venía de una familia cristiana, siempre me consideré atea. A través de Alice conocí a Leonie Duquet, que era una persona muy interesante y con un pensamiento político muy desarrollado. Con las monjas tuve grandes discusiones sobre la lucha armada por ejemplo, ya que con mis compañeros/as sentíamos que no nos quedaba alternativa porque en ese momento hasta para hacer una pintada tenías que montar un operativo. Luego, con la llegada de Juan Carlos Onganía al poder todo se agravó mucho más, por eso se dejaron de hacer las asambleas en las universidades. Lo mismo pasó en los sindicatos.

APU: Reconocerse atea, sin embargo, no impidió que tuviera vínculos muy estrechos con algunos miembros del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM).

MC: Absolutamente, conocí mucho, por ejemplo al padre Rodolfo Ricciardelli, porque él de jovencito empezó a trabajar con Héctor Botán en la villa 20 de Lugano. Después se fue a la 1-11-14 del Bajo Flores dónde al frente de la Parroquia Santa María del Pueblo hizo una gran labor hasta su muerte. También, compartí momentos con otros grandes sacerdotes como Jorge Vernazza y Eduardo Goñi, hombres de la Iglesia muy especiales y comprometidos, a quienes entre otros, en diciembre de 1972, mientras estaban haciendo una huelga de hambre bajo el lema “Una Navidad sin presos políticos” les pusieron una bomba en la capilla de Lugano, que afortunadamente no los alcanzó y salieron ilesos. Quiero decir también que el padre Botán me escondió en su habitación tres días porque me buscaban. Así que les debo mucho a esos curas que fueron compañeros maravillosos.

La lucha armada como opción

APU: ¿Cómo se dio su ingreso a las filas de las FAL (Fuerzas Argentinas de Liberación)?

MC: En aquel tiempo me recibí de maestra y comencé a militar también en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (Universidad de Buenos Aires) con sede en la calle Puán 480 de la Capital Federal. Luego entré en las FAL (Fuerzas Argentinas de Liberación), una organización de las que menos se menciona, a pesar de ser de las primeras con característica de guerrilla urbana. Allí, tuvimos mucha discusión y formación política leyendo por ejemplo “El Capital” (1867) escrito por Carl Marx y teniendo varias clases con el filósofo y maestro Raúl Sciarreta, quien nos hablaba de Louis Althusser y con compañeros/s que venían encapuchados/as también. Más tarde, estudié enfermería y trabajé en el Hospital Rivadavia y en el Sanatorio Otamendi y Miroli. Me convertí en delegada gremial de ATSA (Asociación de Trabajadores de la Sanidad Argentina) a pedido de la conducción de la FAL porque había que organizar el servicio sanitario del grupo. Ya en 1973 me alejo de “la orga” porque personalmente no estaba de acuerdo con votar en blanco. Y como yo quería hacerlo por Héctor Cámpora, me uní a los/as muchachos/as que se separaron de Montoneros y armaron la columna Sabino Navarro. Con ellos/as escribíamos todas las semanas para la Revista Militancia y así fue que conocimos entre otros/as a Rodolfo Ortega Peña.

APU: Una característica de las organizaciones de aquellos años, era los vínculos que se construían a pesar de las diferencias ¿Qué recuerdos tiene de esas experiencias?

MC: Yo era peronista y recuerdo que tanto en México, país en donde con mi pareja (un compañero que cayó en La Calera y estuvo 3 años preso) nos exiliamos, como en Nicaragua, hice amigos/as del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) con quienes nos ayudábamos mutuamente. Nunca tuvimos problemas a pesar de las diferencias y las discusiones políticas que podían existir entre las tendencias. Vivíamos una unidad importante en los objetivos generales y también en ser solidarios/as. Hoy que tengo 70 años puedo decir que pertenezco a esa generación a la cual le tocó esa parte de la historia que para mí fueron años maravillosos.

APU: Ser parte de una organización armada supone el riesgo de una fuerte represión por parte del Estado, incluso con el resultado del aniquilamiento. ¿Cómo manejaban el miedo a la posibilidad, no sólo de la detención y la tortura, sino de la propia muerte?

MC: Perdés el miedo cuando tenés compañeros/as al lado que te van marcando. Los/as más grandes que además, eran nuestro ejemplo. Sin ir más lejos, recuerdo al Ciego Civelli quien estuvo diez años preso y a Alejandro Baldú, quien aún permanece desaparecido, de las FAL que cuando cayeron fue un momento muy duro. Difícil de explicar lo que se siente.Una unidad tan fuerte y de cuidado por el otro/a. Un amor muy profundo. Es más, a veces cuando programábamos algún operativo nos peleábamos para ver quién iba estar adelante y de esta forma arriesgarse más. Nadie quería la muerte del compañero/a. Se prefería la propia. Como pasa con los/as hijos/as o los/as nietos/as. Elijaría sin dudar partir yo antes que cualquiera de ellos/as. Es un sentimiento muy particular.

Nicaragua y la Revolución Sandinista

APU: Otro momento decisivo para su vida sin duda alguna, debe haber sido estar en el corazón mismo de la Revolución Sandinista de 1979 en Nicaragua.

MC: Totalmente, a mí la verdad no me gustaba estar en México porque con mi pareja estábamos con carácter de refugiados y eso hacía que no tuviéramos categoría de ciudadanos. Entonces, por intermedio de unos compañeros/as que conocí allí me fui a Nicaragua en 1979 donde nos recibieron muy bien. Ya con la revolución impulsada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en marcha, comencé a trabajar con el sacerdote Fernando Cardenal, una persona realmente maravillosa, como responsable en el área sanitaria de la Campaña de Alfabetización Nicaragüense. Allí también, aprendí a construir y a desarrollar políticas públicas como cuando armamos el Ministerio de Salud que hasta ese momento no existía en el país. Por eso digo, que en Nicaragua aprendí a hacer política desde otro costado.

APU: ¿Cómo se entera desde el exilio que tanto Alice Domon como Leonie Duquet fueron secuestradas en la Iglesia de la Santa Cruz junto con algunas Madres de Plaza de Mayo, familiares de desaparecidos/as y varios/as militantes políticos/as?

MC: Me entero por mi padre porque la noche anterior a que las secuestraran, Caty había dormido en casa de mis papás por protección. En ese momento, diciembre de 1977, nosotros/as desde el exilio no teníamos idea sobre las desapariciones forzadas que existían en nuestro país. Si conocíamos lo que era estar preso/a y sabíamos de la tortura. De todos modos, como dije antes, el dolor es infinito cuando algo le pasa a un/a compañero/a. Verdaderamente duele más que si te pasara a vos mismo porque uno/a eligió este camino y sabe a lo que está expuesto/a. Yo también estuve presa cuando fue el Cordobazo en 1969 aunque eran otras épocas y distintas experiencias. Por eso, nunca imaginé el horror que hicieron estos tipos después de 1976. Fue muy duro y más estando lejos, pensar que habían matado a los compañeros/as y a Alice y Leonie en particular porque las conocía bien, sabía de su nobleza y solidaridad. Caty por ejemplo, era una persona sumamente ingenua, muy particular y amorosa que venía de una familia de campesinos franceses e imaginarla en manos de estas bestias dolía muchísimo.

APU: ¿Y con la hermana Ivonne Pierrón como se vincula?

MC: Cuando el 8 de diciembre de 1977 los militares se llevaron a los compañeros/as de la Santa Cruz para preservarla sacan a Ivonne Pierrón del país para llevarla a Europa. Y como ella no quería estar en Francia sino en América Latina, se vino para Nicaragua dónde yo estaba y de esta manera la conozco. Luego, tuve mi segundo hijo en Centroamérica y ella me cuidó con mucho amor y familiaridad. Pasado el tiempo cuando volvimos a la Argentina, Ivonne quiso irse a la provincia de Misiones junto a un compañero del Movimiento Agrario Misionero (MAM) que se llamaba Ramón “Moncho” Enríquez y allí fundó un hogar y se convirtió en una incansable luchadora por los Derechos Humanos (DDHH) hasta su fallecimiento en 2017. Con ella seguimos siempre en contacto. A tal punto que en los inviernos venía a visitarme a Buenos Aires y se quedaba en mi casa. Ella fue como una segunda madre porque cuando mi mamá murió el 17 de octubre de 1977 yo no pude venir a despedirla. Por eso fue muy importante saber que hasta sus últimos momentos tanto la hermana Pierrón como Caty cuidaron de ella. Lo que significó algo muy importante tanto para mi hermano como para mí, porque por esos días ya estábamos exiliados.

Volver del exilio

APU: Cuando regresa del exilio con tantas experiencias acumuladas. ¿Cómo continuó su actividad vinculada a la militancia?

MC: Volví del exilio en marzo de 1983. Y si bien nunca me sentí atraída por la lucha electoral estoy absolutamente de acuerdo con los procesos democráticos. Todo lo que viví en Nicaragua por caso, nunca lo pude experimentar acá, en mi país. Sentía que no tenía la posibilidad de construir nada. Solo se trataba de resistir. Luego en 1988 trabajé en la Escuela de Sanidad de la provincia de Buenos Aires dedicándome a la formación de residentes de enfermería con el médico sanitarista Floreal Ferrara, quien fue también ministro de salud en la gestión de Antonio Cafiero como gobernador bonaerense (1987-1991). Con él, armamos lo que se llamó el Movimiento por un Sistema Integral de Salud. Y en 2002 llego al barrio de La Boca y me sumo a la casa Torquatto Tasso que si bien no tiene una identidad política partidaria si posee una profunda marca que tiene que ver con la memoria y con los Derechos Humanos (DDHH). Contamos además, con la visita permanente de las Madres de Plaza de Mayo y como entre tantas cosas que hice a lo largo de mi vida estudié también psicología, hacemos un fuerte trabajo con niños/as y adolescentes de la zona.

APU: También forma parte de la Multisectorial La Boca Resiste y Propone (LBRyP).

MC: Exactamente, porque creo que hay que dar una batalla cultural más de fondo porque existe un peligro y es que a veces se termina idealizando un poco a la población. A su vez, creo que hay situaciones en que los/as adolescentes, jóvenes y familias de La Boca concretamente están muy lejos de tener una idea de los derechos que ya tienen y que además les corresponde. Esa es sin duda la lucha nuestra y también la de ayudar a construir ese momento urgente que pasa y que no vuelve más que es la infancia. Por eso, es que trabajamos mucho con los/as chicos/as en talleres de arte y juegos con la colaboración de jóvenes profesionales y artistas. Todo esto representa una tarea muy hermosa que intentamos llevar a cabo también cuando armamos La Boca Resiste y Propone (LBRyP) con “La Negra” Natalia Quinto quien es una luchadora incansable y una militante maravillosa. Y con otros/as compañeros/as en la Red de Cooperación.

APU: ¿Cómo vivió la aparición en 2005 de los restos de Leonie Duquet?

MC: Cuando hace 15 apareció el cuerpo de Leonie en el cementerio de la localidad bonaerense de General Lavalle, luego del trabajo de reconocimiento del Equipo de Antropología Forense (EAF), la familia de la querida monja francesa me otorgó un poder para hacer todos los trámites de restitución de los restos y para presentarlo también en el Arzobispado de la Ciudad de Buenos de Aires con la idea de que descansen en la Iglesia de la Santa Cruz. Lugar donde fue secuestrada junto a Caty, quien aún permanece desaparecida, y los/as otros/as compañeros/as. Por otra parte, te cuento que conservo un huesito del esqueleto encontrado de Duquet que lo tenía Ivonne Pierrón quien antes de morir decidió que yo lo conservara. Y aunque a veces me pregunto que hacer con él, me parece increíble sentir y saber que una parte de Leonie está en casa conmigo. Acompañándome siempre.