fbpx ¿Bussiness del país dividido?, por Damián Selci
Más información //// 23.09.2013
¿Bussiness del país dividido?, por Damián Selci

Columna publicada en la revista digital "Planta". El autor vuelve a polemizar, aunque sin nombrarlos, con reconocidos blogueros antikirchneristas (¿neomassistas?).

Un joven ciudadano argentino se levanta a la mañana, prende la computadora y lee: “hay que terminar con el bussiness del país dividido”. ¿Qué debe entender? Que la batalla cultural, el relato, la confrontación, la polarización, no conmueven ni convencen: serían solamente el negocio simbólico de unos charlatanes que “ya no tendrían de qué vivir” una vez concluida la etapa kirchnerista. Semejante desenlace, por otro lado, estaría al caer: un nuevo tiempo histórico se anunciaría en el horizonte, un tiempo no antagónico, más pacífico, menos ideológico, más viable. En otras palabras, un perfumado pero falso 1983, apoyado en una épica moderada y provisto de su respectiva “teoría de los dos demonios” –ahora aplicada al kirchnerismo y a Clarín, esos enemigos fanáticamente enredados en su guerra de elites, combatiendo a espaldas de la gente, etc. Y bien, después de pensarlo un poco, el joven ciudadano argentino entiende el mensaje: lo que le están vendiendo es un neo-alfonsinismo pragmático, sin Trova Rosarina ni levantamientos carapintadas, cuya máxima reza: “con la unidad se come, se cura y se educa”. Así la Paz sería, volvería a ser la base de la Administración (también a la inversa: sólo con Administración tendríamos Paz).
Pero la tesis de que “un país dividido no resulta viable” es mentira. Simplemente falsa –Estados Unidos, por ejemplo, está efectivamente “dividido” en republicanos y demócratas; los primeros tienen un 40% del electorado, los segundos un 45%, y el resto oscila y define al presidente. Como todos sabemos, los republicanos son muy distintos a los demócratas; tienen concepciones diametralmente opuestas no sólo acerca de cómo debe manejarse la política tributaria o la salud pública, sino también sobre los derechos de los homosexuales, el rol de los afroamericanos, la crianza de los hijos, etc. Mutuamente se enfrentan siempre que pueden. Ahora bien, ¿Estados Unidos es un país “inviable” por esto? No parece. ¿Lo es Inglaterra, dividida política y socialmente entre laboristas y conservadores? ¿Y Francia, partida entre una centroizquierda atea y una centroderecha ultracatólica? Es reconfortante, reconfortante pero ilusorio, pensar que no existe la discusión política acalorada en estos países –a los cuales no podríamos calificar de “inviables” probablemente en ningún sentido del término.
Naturalmente, la institucionalidad actual de Estados Unidos es producto de luchas internas del pasado ya saldadas, lo cual brinda un piso de “normalidad” más que evidente; pero la discusión, la división, la batalla cultural no es de ninguna manera un negocio, y la calificación de “bussiness” debería ser descartada in limine como un exabrupto fuera de lugar. La discusión política es una práctica cultural característica de la civilización moderna, que los ciudadanos pueden ejercer educadamente, esto es, con pasión y sin recurrir a la violencia verbal o física –tal como puede leerse en el relato de Joyce “Efemérides en el comité”, donde un grupo de militantes, en plena campaña para las elecciones municipales, debate febrilmente sobre el legado de Parnell: para cerrar el altercado, uno de ellos recita un poema en honor a líder revolucionario, y luego le preguntan al conservador si las loas le parecen buenas o malas, a lo cual éste responde: “Una fina pieza literaria”.
No hay ningún “negocio del país dividido”. El verdadero “negocio” (del establishment) es el país en crisis –ahora podemos por fin (quizá) hablar literalmente. Las clases dominantes argentinas han tenido una sola idea en la historia, un solo intento serio por construir un Orden Social (esto es, un modelo económico que tuviese su correlato superestructural en una institucionalidad duradera): el modelo agroexportador. Duró desde 1880 hasta 1930. Luego, no se les ocurrió nada más. Desde entonces la única “política económica” que se permitieron fue la especulación mediante crisis recurrentes. La mecánica es conocida: obtener dólares con la exportación de materias primas, acumularlos fuera de la banca pública, presionar al gobierno para forzar una devaluación de la moneda, en otras palabras provocar una crisis –y luego, con los dólares atesorados, el peso devaluado y el presidente depuesto, comprar todo a mitad de precio… Del lado del pueblo, desocupación y pobreza; del lado del establishment, ¡dólares contantes y sonantes!, ahorrados celosamente en cuentas en el exterior, con los cuales se financia la bendita “reactivación” –el reinicio del ciclo económico, con la pequeña salvedad de que, por la crisis, los salarios están por el piso y la acumulación de capital se realiza con todo esplendor y sin ningún riesgo. Debemos notar que, célebremente, la recurrencia de esta práctica no le ocasiona al establishment el menor inconveniente moral (de hecho, la blanquean: en una entrevista del 31 de agosto para La Nación, el periodista define al pasar al banquero Jorge Brito como alguien que “creció en las crisis”, como si fuese natural hacerse millonario con la quiebra del país y la miseria de la gente). Por supuesto, la crisis puede ser un excelente negocio, pero no constituye un modelo económico en ningún sentido del término (ni liberal, ni conservador) y su aplicación supone una premisa política siniestra: la inestabilidad institucional, la fatal necesidad de que los presidentes (democráticos o militares) vuelen por el aire cada cierta cantidad de tiempo –cada vez que los precios de la economía vuelven a ser relativamente altos. Sin proyecto desde hace casi un siglo, el establishment se limita a saquear y especular; este negocio dinamita la posibilidad de instaurar algún orden social en la Argentina y, por consiguiente, es lo contrario de la paz. Basta con observar la historia de la sucesión presidencial en nuestro país.En el actual contexto político-económico, la idea del “bussiness del país dividido”, ¿qué puede revelarnos, aparte de una nueva prueba de la identidad dialéctica entre pedantería y candor? ¿Sergio Massa va a poner paños fríos en las discusiones entre el sobrino kirchnerista y el tío macrista? Sobre todo, ¿cuál es el problema? Los que piden calma entonando salmodias pacifistas al estilo de Nelson Castro, pero también los que se ríen de la batalla cultural y la parodian incansablemente en sus cuentas de Twitter, en realidad exigen algo más intranquilizante y menos gracioso: que los kirchneristas se callen la boca (cosa que puede evidenciarse toda vez que alguien les discute algo: van de la distancia irónica a la indignación de peluquería –y vuelven, como un péndulo). Hipnotizados por su propio ingenio, se entretienen reclamando el retorno del aburrimiento, los políticos grises, los ministros-fusible, los temas tabú… ¿Así es el país que quieren? Amén del hastío cultural que genera la sola idea de vivir en una nación donde no se puede discutir sin ser estigmatizado, es preciso desgarrar el velo ideológico que permitiría semejante hegemonía del sosiego: la “paz social”, que significa la eliminación de los conflictos político-económicos, o bien es el resultado del triunfo aplastante de una fuerza social sobre otra, o bien es una ficción narcótica que nubla la confrontación sin disolverla: y esto último sólo puede lograrse mediante una cosa, la Deuda. Para eliminar las retenciones sin producir la quiebra instantánea del fisco, hay que endeudarse. De tal modo, por ejemplo, “el campo se reconciliaría con el conurbano”. Muy bella imagen. Esta es la congruencia sombría entre el budismo verbal de Massa y el programa económico que esbozó en sus reuniones con empresarios: la base material de la Paz no es la Administración (o sea, la “gestión”), sino la Deuda –porque la única forma de tener a “todos contentos” es eximiéndolos de pagar impuestos, cosa que obviamente genera un agujero fiscal cuyo llenado deberá realizarse de algún modo. Acá está lo que los autodenominados pos-kirchneristas, con todo su romanticismo a cuestas, no llegan a pensar: cuál es el instrumento económico que destrabaría la confrontación supuestamente “inútil” en que se enfrasca el kirchnerismo.
El “negocio del país dividido” no es más que una apariencia que distrae a los lectores sobre la acechanza del verdadero e histórico negocio del establishment: la crisis. El reciente editorial de la revista Crisis (publicación que, como se verá, no logra comprender su propio nombre: ver acá) es una muestra palmaria de esta desorientación: una vez manifestada la inquietud de “entender la época”, los editorialistas se compran entera la agenda Clarín-Massa y nos hablan un poco poéticamente de la corrupción, “la crisis que corroe los salarios”, la promesa massista de “reconciliar república y peronismo”, “menos relato y más cloacas”, “cierto fondo de verdad que clama por un capitalismo previsible y viable”, todo esto basado en una premisa: “Moral y gestión son las dos palabras del momento”. La redacción sentenciosa, solemne y llena de lugares comunes cohíbe el pensamiento de los editorialistas al punto de presentar la sucesión política desde el 83 en adelante como una serie inocente donde los relatos alfonsinista, menemista y kirchnerista “caen por la economía”, sin preguntarse en ningún momento cuál es el negocio que el establishment busca en cada caso. Podríamos pensar: ¿les falta agenda, o son oportunistas que se acomodan para donde sopla el viento? –pero esto es secundario: lo importante es que (al igual que la mayoría de los analistas políticos) carecen de una noción conceptual-histórica de lo que requiere un orden social para instituirse. Y por ende se inhabilitan para formular la cuestión de fondo: dado que en la Argentina “el negocio es la crisis económica”,  la principal amenaza para la constitución de un orden social “normal y previsible” no proviene del pueblo ni de la batalla cultural kirchnerista, sino del establishment. Esto es lo que habría que pensar.