"China está retrocediendo en América Latina"

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    Adriana Ghitia
    Adriana Ghitia
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"China está retrocediendo en América Latina"

29 Julio 2026

Durante los últimos años, la expansión de China en América Latina fue presentada como uno de los grandes cambios del escenario internacional. Sin embargo, el nuevo contexto geopolítico, marcado por la competencia estratégica entre Washington y Beijing, abre interrogantes sobre el futuro de esa presencia y sobre el lugar que debería ocupar Argentina en ese tablero.

En una entrevista reciente, AGENCIA PACO URONDO (APU) dialogó el sociólogo y especialista en relaciones internacionales Martín Rozengardt sobre cómo debería ser la relación de nuestro país con China. En ese marco de debate, APU ahora dialogó Adriana Ghitia, responsable de los temas internacionales de Principios y Valores, el espacio que conduce Guillermo Moreno. ¿China está avanzando o en realidad retrocede en nuestra región? ¿Se puede industrializar Argentina en esa relación con el gigante asiático? ¿Cómo pensar la causa Malvinas en esa relación?

APU: En una entrevista con el sociólogo Rozengardt, se refería a la necesidad de profundizar la relación entre Argentina y China. Desde Principios y Valores ustedes tienen una mirada distinta. ¿Cómo debería ser, desde su perspectiva, la relación de nuestro país con China?

AG: Ante todo, desde nuestro análisis de la política internacional y la geopolítica partimos de una premisa: las relaciones entre los Estados deben pensarse desde los intereses nacionales, no desde afinidades ideológicas ni desde una lógica de amigos y enemigos.

Cuando observamos el nuevo orden internacional, que se está configurando en un contexto de enorme conflictividad —lo que el papa Francisco definió como una "tercera guerra mundial en cuotas"—, vemos que los próximos cuarenta años estarán organizados alrededor de dos grandes vectores estratégicos: la energía y los alimentos.

Desde esa perspectiva, los países que hoy aparecen mejor posicionados son Estados Unidos y la Federación Rusa. Ambos cuentan con una enorme capacidad energética y, además, poseen el mayor poder de disuasión nuclear. En el caso de Estados Unidos, esto se consolidó a partir de la revolución del shale oil, un proceso anterior incluso a Donald Trump, aunque consideramos que Trump es el emergente político de esa transformación y no la causa del fenómeno.

China, en cambio, enfrenta una debilidad estructural: no dispone de recursos energéticos ni de producción de alimentos suficientes para sostener su enorme aparato industrial y abastecer a su población. Su crecimiento fue posible en el marco del proceso de globalización y hoy depende de esos dos recursos estratégicos.

Existe, además, una particularidad del modelo chino. Hacia adentro mantiene una economía fuertemente planificada por el Estado y conducida por el Partido Comunista Chino; hacia afuera, en cambio, promueve un modelo globalista y rechaza el proteccionismo. Esa contradicción explica buena parte de las tensiones que hoy atraviesa el sistema internacional.

Desde nuestro punto de vista, Estados Unidos y Rusia conforman hoy la principal alianza estratégica porque reúnen energía, capacidad de producción y el mayor poder de disuasión militar. China, aunque viene expandiendo su influencia mediante la Ruta de la Seda y una extensa red de infraestructura logística y de telecomunicaciones en distintos continentes, todavía no posee la capacidad militar ni energética de esos dos actores.

APU: Recién mencionabas la crisis de la globalización. ¿Cómo se manifiesta concretamente ese proceso?

AG: Se manifiesta en el resurgimiento del Estado nación como actor central. China, por ejemplo, es proteccionista hacia adentro, pero globalista hacia afuera. Lo que estamos viendo es la tensión entre un orden internacional que se está agotando y otro nuevo que todavía se está conformando.

En ese nuevo escenario vuelven a cobrar importancia los Estados nacionales, mientras que las estructuras supranacionales, que durante décadas condicionaron buena parte de las políticas económicas y productivas de los países, comienzan a perder peso. Un ejemplo muy claro es la Unión Europea. Hoy existe una distancia creciente entre las decisiones que toma el Parlamento Europeo y las demandas de los propios pueblos europeos, porque muchas de esas normas responden a un mundo que ya está cambiando.

Lo mismo ocurre con distintos organismos internacionales. Estados Unidos fue quien dio el primer paso al cuestionar el funcionamiento de la Organización Mundial del Comercio. Cuando comenzó a aplicar aranceles de manera unilateral, dejó de ajustarse a las reglas que habían organizado el comercio internacional durante el período de la globalización.

En ese contexto, la globalización sigue siendo funcional a China, porque su modelo de crecimiento se desarrolló precisamente bajo ese esquema de apertura comercial y cadenas globales de producción.

APU: Cuando se discute la relación entre Argentina y China, suele plantearse que las manufacturas chinas afectan a la industria nacional. ¿Cómo analizás esa cuestión?

AG: Ese es uno de los problemas centrales. En los proyectos de inversión que impulsó China en Argentina muchas veces trajeron a sus propios trabajadores, es decir, no generaron empleo local. A eso se suma que ofrecen productos con precios con los que resulta prácticamente imposible competir, porque buena parte de su estructura productiva está subsidiada por el Estado.

Eso genera una competencia muy desigual para países como la Argentina, que aspiran a desarrollar una industria nacional. Hoy lo estamos viendo, por ejemplo, con plataformas como Temu. La industria textil argentina, que se consolidó durante décadas, enfrenta enormes dificultades para competir con productos chinos de muy bajo precio.

Pero el problema no termina ahí. China sostiene que mantiene relaciones internacionales sin intervenir en la política interna de otros países, y en parte eso es cierto. Sin embargo, su principal interés pasa por expandir sus negocios y consolidar la Ruta de la Seda mediante el control de infraestructura estratégica: puertos, ferrocarriles, hidrovías y redes logísticas.

Eso me recuerda al papel que desempeñó Inglaterra en otro momento histórico. Cuando un país controla infraestructura estratégica, no solo está realizando inversiones económicas: también adquiere herramientas de enorme importancia geopolítica. Lo mismo ocurre con las estaciones espaciales o los puertos. Son instalaciones que tienen utilidad en tiempos de paz, pero también pueden tener un valor estratégico en un escenario de conflicto.

APU: En este contexto de crisis de la globalización, ¿es posible que China tenga que replegarse en América Latina? ¿Eso podría abrir oportunidades para que la industria argentina recupere mercados en la región?

AG: Sí, esa posibilidad existe. Así como considero que la Unión Europea es uno de los grandes perdedores del nuevo orden internacional, también creo que los organismos supranacionales, como la OTAN, están atravesando un proceso de reformulación. El área de interés estratégico de Estados Unidos ya no es Europa: hoy el principal rival comercial y estratégico es China.

No se trata de una confrontación militar directa, sino de una guerra comercial vinculada a la seguridad nacional, al control de los insumos estratégicos y, sobre todo, a la recuperación de los puestos de trabajo dentro del territorio estadounidense.

Durante la globalización muchas industrias trasladaron su producción a países donde la mano de obra era más barata. Eso provocó la pérdida de empleo industrial en Estados Unidos y en Europa. Un ejemplo muy gráfico de ese proceso aparece en la película Full Monty, que muestra las consecuencias de la desindustrialización en Inglaterra. En Estados Unidos ocurrió algo similar con el denominado "cinturón del óxido".

Hoy Washington intenta revertir ese proceso. Por eso desplaza su foco estratégico hacia el continente americano. Con la actualización de la doctrina de seguridad nacional y una nueva interpretación de la Doctrina Monroe, considera que su área de interés abarca desde Groenlandia hasta la Antártida. En ese marco, está impulsando acuerdos y políticas orientadas a reducir la presencia de China en América Latina.

Panamá es un ejemplo muy claro. La empresa china que administraba activos vinculados al Canal de Panamá debió retirarse. También vemos movimientos similares en otros países de la región, como Chile, con el debate sobre el cable de fibra óptica, y Perú, donde China construyó el puerto de Chancay como parte de su estrategia de expansión sobre el Pacífico.

China crece o retrocede en la región

APU: Muchas veces se sostiene que a la Argentina le conviene fortalecer su vínculo con China porque se supone que Beijing será el gran ganador de esta disputa global. Sin embargo, según el análisis que planteás, los hechos parecen indicar lo contrario. ¿China está retrocediendo en América Latina?

AG: China tiene dos debilidades estructurales: la energía y los alimentos. En esta disputa comercial, Estados Unidos busca precisamente limitar su acceso a esos recursos estratégicos. Lo vemos tanto en América Latina como en Medio Oriente.

China planifica a muy largo plazo. La construcción de puertos, corredores logísticos y obras de infraestructura en África y América Latina no fue improvisada, sino el resultado de una estrategia sostenida durante décadas. En Argentina, por ejemplo, tuvo interés en la hidrovía del Paraná y también impulsó proyectos para desarrollar un megapuerto en Ushuaia con proyección hacia el estrecho de Magallanes.

En el mundo actual, los llamados choke points —los pasos estratégicos para el comercio y la logística internacional— adquirieron una importancia decisiva. Controlar esos corredores significa tener influencia sobre el comercio, las comunicaciones y también sobre eventuales escenarios de conflicto. Por eso la disputa entre Estados Unidos y China no pasa únicamente por el intercambio comercial, sino también por el control de esas infraestructuras estratégicas.

Relación con China y causa Malvinas

APU: En este escenario de disputa geopolítica entre Estados Unidos y China, ¿cómo se inserta el debate sobre las Islas Malvinas? ¿Qué debería hacer Argentina para avanzar en la recuperación de la soberanía?

AG: Lo primero que necesita la Argentina es un proyecto nacional soberano. Sin una estrategia de país resulta muy difícil insertarse con fortaleza en el escenario internacional y defender los intereses nacionales.

La recuperación de las Islas Malvinas será un proceso de mediano plazo. Hasta ahora, la estrategia basada exclusivamente en la vía diplomática no ha dado resultados, pero el nuevo contexto internacional abre una ventana de oportunidad.

Durante el orden internacional anterior existía una alianza muy sólida entre Estados Unidos y el Reino Unido. Hoy observo tensiones crecientes entre ambos países. Estados Unidos ya no tiene como prioridad estratégica a Europa ni a la OTAN, sino que concentra su atención en el continente americano, desde Groenlandia hasta la Antártida.

En ese marco, Inglaterra representa, a mi entender, parte del viejo orden globalista, mientras que Estados Unidos impulsa una estrategia centrada en la defensa de sus intereses nacionales. Esa diferencia también se refleja en otros escenarios, como Canadá, Groenlandia o Medio Oriente.

China, en cambio, no va a defender los intereses argentinos sobre Malvinas. China defiende sus propios intereses nacionales. Basta observar su actividad pesquera en el límite de la Zona Económica Exclusiva argentina o su interés estratégico por el Ártico. Por eso creo que, dadas las tensiones actuales entre Washington y Londres, hoy existen más posibilidades de avanzar en el reclamo soberano dialogando con Estados Unidos que apostando a una alianza estratégica con China.

APU: Para terminar, Argentina tiene una fuerte relación comercial con China a partir de las exportaciones de soja. ¿Cómo debería pensarse ese vínculo en este nuevo escenario internacional?

AG: Nosotros no proponemos romper relaciones con China. No planteamos dejar de tener vínculos diplomáticos, económicos o comerciales. Lo que sostenemos es que esas relaciones deben organizarse en función de los intereses nacionales argentinos.

Argentina puede seguir exportándole soja a China y, al mismo tiempo, diversificar sus mercados. También debe diseñar políticas que protejan a la industria nacional frente a una competencia desigual.

Eso implica revisar algunos aspectos de la relación económica con China. Hay sectores industriales donde Argentina podría recuperar mercados regionales. El caso de los caños sin costura es un ejemplo: la competencia de productos chinos, mucho más baratos, afectó seriamente a empresas argentinas que los fabricaban.

Al mismo tiempo, habrá que observar cómo evolucionan las relaciones con el resto de América del Sur. Brasil, por ejemplo, volvió a darle prioridad al acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea. Ese tipo de movimientos también obliga a repensar la estrategia comercial argentina y la manera en que se relaciona con los distintos bloques y países.