Malvinas, escuela, nacionalismo y después

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    Foto: Noelia Guevara

Malvinas, escuela, nacionalismo y después

02 Abril 2026

Hace 15 años empecé a trabajar como maestro, todavía recuerdo el primer acto por Malvinas que me tocó presenciar con un grupo de niños a cargo. Al himno nacional le siguió otro. Era la Marcha de las Malvinas. No pude cantarlo. No solo no conocía su letra, no lo había escuchado mis anteriores 15 años de educación obligatoria.

Si bien realicé mi formación obligatoria en escuelas privadas y soy generación 89`, Malvinas y su entorno se susurra aún hoy se susurra con vergüenza tal como se hiciera en “La salud de los enfermos” de Julio Cortázar. Los últimos años de estado presente, trajeron la causa Malvinas a la conversación pública desde distintos dispositivos y sin dejar de reclamar soberanía ante los organismos internacionales pertinentes. No obstante, la educación sentimental reciente también tiró por el sumidero toda la constelación de estrellas que se articularon con patriotismo, nacionalismo y tradición por lo cual, a partir de un mismo movimiento, los himnos y todo lo que se sirviera a la mesa con dictadura era indigerible.

¿Por qué muchos prefieren no hablar de Malvinas? ¿Cuánto de su suerte se jugó al haber sido el corolario público de la violencia privada?

Quizás haya que correrse apenas de la escena más evidente —la guerra, la dictadura, la derrota— para ver cómo Malvinas aparece, no como resto del pasado sino como signo disponible para el presente. Porque si durante años fue un nombre dicho en voz baja, hoy vuelve a pronunciarse con otra entonación, subido a la ola de las novedades geopolíticas de los últimos años. En un mundo que abandona lentamente la ilusión de un orden unipolar y donde las disputas por territorios, recursos y soberanía vuelven a ocupar el centro de la escena, Malvinas deja de ser una anomalía lejana para convertirse en una pieza inteligible dentro de un tablero más amplio.

No es casual, entonces, que la causa recupere densidad en este contexto. Hay algo del clima de época que la vuelve nuevamente decible. Pero esa reaparición no es neutra ni homogénea: llega también atravesada por un reacomodamiento de las tradiciones políticas locales. En particular, por un giro —por momentos telúrico— que el peronismo experimenta después de la derrota. Como si, frente a la intemperie, ciertos núcleos duros de la identidad política volvieran a activarse, no ya como repetición sino como búsqueda de anclaje.

En ese movimiento, Malvinas aparece como una superficie de inscripción privilegiada. Una causa que permite articular soberanía, pueblo, nación, pero también agravio, pérdida y deuda histórica. Sin embargo, el riesgo es que ese retorno se produzca en clave reactiva, más como refugio que como elaboración. Como si bastará con invocar el nombre para suturar lo que en realidad sigue abierto.

Pero hay otra fricción menos evidente y, sin embargo, decisiva. Malvinas no sólo tensiona a la política: incómoda también a cierto progresismo pedagógico que, con buenas razones históricas, se constituyó en clave antibelicista y con un horizonte cada vez más globalista. Una pedagogía que aprendió —a fuerza de tragedia— a desconfiar de los relatos nacionales cerrados, de las épicas militares, de los símbolos que ordenan sin dejar lugar a la pregunta. En ese registro, Malvinas irrumpe como un cuerpo extraño: ¿cómo sostener una causa territorial sin recaer en lógicas que esa misma tradición crítica buscó desarmar?

La incomodidad no es menor, porque lo que entra en juego ahí es algo más profundo que un contenido curricular: es la propia matriz de sentido desde la cual la escuela viene pensando su tarea en las últimas décadas. Y, sin embargo, Malvinas toca una fibra aún más íntima del dispositivo escolar. Porque la escuela moderna —en Argentina y en buena parte del mundo— no fue sólo una institución de transmisión de saberes, sino una maquinaria de producción de nación. Un espacio donde se aprendía a nombrar un “nosotros”, a inscribirse en una historia común, a reconocer símbolos compartidos.

En ese cruce, la escena se vuelve especialmente compleja. Por un lado, una tradición pedagógica que busca abrir, problematizar, desnaturalizar. Por otro, una causa que convoca a cerrar filas, a afirmar pertenencia, a sostener un reclamo. Entre ambas, la escuela oscila, a veces sin encontrar un punto de apoyo. O bien se refugia en el silencio elegante de lo no dicho, o bien recurre a una liturgia que repite sin convicción

Quizás el desafío consista en no elegir entre una cosa y la otra, sino en habitar la tensión. En aceptar que Malvinas no encaja del todo en ninguno de los marcos disponibles y que, justamente por eso, puede volverse una oportunidad pedagógica singular. No para reconciliar lo irreconciliable, sino para poner en juego preguntas que incomodan: ¿es posible un nacionalismo democrático? ¿Puede pensarse la soberanía sin épica militar? ¿Cómo enseñar una guerra sin glorificar ni diluirla en abstracciones?

Volver sobre Malvinas, entonces, no es simplemente recuperar un tema ausente, sino revisar las categorías con las que venimos pensando la relación entre escuela, nación y política. Es interrogar esa herencia que, en nombre de evitar el autoritarismo, a veces termina desarmando cualquier forma de autoridad simbólica. Y es, también, resistir la tentación de una posición acrítica que, en nombre de la identidad, clausure la reflexión.

Entre el silencio de ayer y la afirmación apresurada de hoy, hay un espacio que todavía no terminamos de habitar. Un espacio donde Malvinas no sea ni un tabú ni un eslogan. Donde pueda ser pensada en su doble condición: causa legítima y acontecimiento trágico. Donde el reclamo de soberanía no oculte las responsabilidades políticas de quienes condujeron al país a una guerra desigual, pero tampoco quede capturado por esa misma condena. Quizás, entonces, empezar a hablar de Malvinas de otro modo implique aceptar que no hay forma de hacerlo sin incomodidad. Pero también que en esa incomodidad se juega algo más que una memoria: se juega la posibilidad de que la escuela vuelva a ser un lugar donde la nación no se impone ni se disuelve, sino que se piensa.

El autor es docente y ensayista