Leopoldo Marechal y el voto católico en el primer triunfo peronista
Se cumplen 80 años de un acontecimiento electoral que marcó el inicio de la democracia social, donde gravitaron las cuestiones religiosas y la fe del pueblo argentino. El 24 de febrero de 1946 la fórmula Perón – Quijano triunfó frente a la de Tamborini – Mosca por 1.485.468 votos válidos (53,75%) frente a 1.207.178 de la U.D. (43,65%), en épocas de Colegio Electoral y donde se votaban en pocas provincias frente al resto que eran territorios nacionales, amén que tampoco las mujeres emitían sus votos.
La Revolución del 4 de junio de 1943 y, en particular, la figura del Juan Perón, dividieron a la comunidad política argentina. Su accionar en la Secretaría de Trabajo y Previsión, el apoyo sindical, su relación con la actriz Eva Duarte y su embrionario armado político, despertó esperanzas en algunos y alarma en otros.
Producido el 17 de octubre de 1945, el naciente antiperonismo buscó enfrentar el desafío del “Coronel del Pueblo” a través de la conjunción de todos los partidos políticos tradicionales en la llamada “Unión Democrática”, bajo la influencia del embajador norteamericano Spruille Braden. La publicación del “Libro Azul”, que denunció las supuestas actividades nazis locales involucrando a Perón, fue prueba de ello. La respuesta fue el “Libro Azul y Blanco”, denunciando la injerencia norteamericana en la campaña presidencial y el apoyo financiero yanki a los candidatos de la UD.
Perón, en tanto, contó con el apoyo de la UCR Junta Renovadora, radicales de FORJA, laboristas, nacionalistas, sectores del empresariado industrialista, grupos militares y del movimiento obrero organizado. A ello se sumó la apelación al voto católico.
El rol de la religión católica, estudiado por autores como Bianchi, Bosca, Buchrucker, Caimari, Ciria y Zanata, entre otros, gravitó en el incipiente peronismo, desde las cuestiones ideológicas, las relaciones con la jerarquía eclesiástica, los intelectuales del nacionalismo católico y el apoyo popular de la feligresía a la fórmula Perón – Quijano.
Argentina discurrió su existencia devocional entre una fuerte presencia católica desde la época de la conquista española, donde, en la disputa entre unitarios y federales, los primeros, como Rivadavia, apelaron a reformas liberales que atentaban contra la identidad católica, mientras que Juan Manuel de Rosas y la mayoría de los caudillos federales adherían al sentir cristiano – aunque ello no estuviera exento de tensiones con la Iglesia -, y, triunfante la élite liberal, la misma se enfrentó, superó y luego pactó, - reformas de Roca mediante-, con la jerarquía eclesiástica.
País profundamente creyente, pero sin exaltación católica de sus grupos gobernantes –salvo Belgrano, San Martín, Güemes y Rosas, entre otros pocos-, se vio compelido a abrazar la catolicidad tras la crisis del ‘29, el golpe del ‘30 y el fraude electoral. Se potenció un redescubrimiento, de la élite y del pueblo, del catolicismo en el Congreso Eucarístico de 1934. Unos y otros encontraron, por diversos motivos, la configuración de una Nación Católica como traducción de lo sucedido con el nacionalismo (reaccionario o popular) en otras latitudes.
Ese espíritu se expresó de forma de cruzada con respecto al nuevo líder político. Hubo muchos católicos que impugnaron su acercamiento a los sindicatos y a grupos izquierdistas. Tanto los católicos “demócratas” de la Liga Democrática Cristiana, futuros inspiradores de la Democracia Cristiana local, inspirados por Jacques Maritain, que se expresaban en la revista “Orden Cristiano”, como los católicos sociales, herederos de la obra del padre Gotte y de monseñor De Andrea, signaban como totalitario al Primer Trabajador. Esa tensión se reflejó oficialmente por parte de la jerarquía católica a través de la” Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires”, el diario “El Pueblo” y la revista Criterio.
Perón, definido “humanista y cristiano”, lector de la obra de Maritain y de Andrea, tuvo, el apoyo de intelectuales y referentes del nacionalismo católico, de la Juventud Obrera Católica y de la Carta Pastoral del Episcopado Argentino del 15 de noviembre de 1945. Expresiones de Perón sobre la Doctrina Social de la Iglesia, “la cruz y la espada”, o “El Evangelio y las armas”, más cierta influencia del padre Hernán Benítez, el apoyo del padre Virgilio Filippo, junto a cartas, solicitadas y volantes, dan una idea de, más allá de la genuina fe católica del militar, la necesaria reorientación de su campaña donde, inicialmente, no tuvo a la comunidad católica como principal destinataria.
En tanto, la Unión Democrática contenía partidos como el Socialista y el Comunista, inicialmente, que generaron rechazo en la comunidad católica, junto a la UCR y el partido Demócrata Progresista, organizaciones de raíz laica que tenían distancia con el catolicismo. Bastaba remontarse a las polémicas del fundador del PDP, Lisandro de la Torre, con monseñor Gustavo Franceschi. Sólo los conservadores del Partido Demócrata podían ser referencia para la jerarquía católica en la Unión Democrática.
Al respecto Roberto Baschetti en “Lo que el viento (no) se llevó” (2013) incluyó un volante peronista que ejemplifica la interpelación para obtener el voto católico:
“¡Católico! La Carta Pastoral del Episcopado argentino enseña claramente que Ud. no puede votar una fórmula que separa la Iglesia del Estado y suprima el Catecismo en la enseñanza oficial; lo cual se ha propuesto el conglomerado oligárquico seudo democrático, al unirse con el socialismo y el comunismo, que aportan el mayor número de votos de la Unión Democrática (entidad: DESUNION DEMOCRATICA). (…)
PARA NOSOTROS – ha dicho el coronel Perón – LA IGLESIA ARGENTINA ES BENEMÉRITA, PORQUE HOY COMO SIEMPRE ESTÁ CON EL PUEBLO. NUESTRA POLÍTICA SOCIAL HA SALIDO EN GRAN PARTE DE LAS ENCICLICAS PAPALES Y NUESTRA DOCTRINA ES LA DOCTRINA SOCIAL CRISTIANA
¡CATOLICO, OBEDEZCA A SUS OBISPOS!”
Más allá de la ingenuamente imperativa exhortación final del votante, o la poca gracia que le haría a los militantes obreros de cuño socialista que apoyaban a Perón, ante una elección reñida donde cada voto valía, todo era válido.
Leopoldo Marechal, enorme escritor y católico sin par, explicitó su apoyo a Perón en la elección de 1946 a través de las memorias de su compañera de vida, Elbia Rosbaco Marechal en su libro de memorias: “Mi vida con Leopoldo Marechal” (1973). Allí, el propio Marechal sostuvo que participó activamente “en la formulación teórica del peronismo, que actuó primero y concretó después su doctrina, y en la defensa y divulgación de sus postulados. Porque una revolución que no defiende y enseña su doctrina comete un acto de suicidio”.
Explicitó su unión con referentes católicos que se sumarían al naciente movimiento y cómo Perón planteó su campaña presidencial: “Resuelto Perón a llegar al poder sólo mediante el sufragio popular, fue necesario trabajar en pro de su candidatura; y entonces formé parte del Comité Pro Candidatura del Coronel Perón, con Arturo Cancela, Hipólito H. Paz y José María Castiñeira de Dios, mi joven discípulo, que venía siguiéndome en todas mis aventuras y desventuras. La primera reunión con el candidato se hizo en una vieja casa de la calle Piedras, donde Perón expuso ante nosotros, creo que por primera vez, un esbozo total de su doctrina y la estrategia que aplicaría a la acción: llegó a prever los métodos que seguiríamos en caso de una derrota electoral y, en el caso de un triunfo, a calcular el desgaste de prestigio que siempre trae el ejercicio del poder. ¡Todo un estratega! La campaña se realizó con medios pobres, inscripciones con carbonilla en las paredes, concentraciones populares, algunos espacios en la radio para los cuales escribí cerca de veinte monólogos humorísticos. Cuando se le recordaba la falta de recursos, Perón decía: “Pónganme en la punta de un palo y úsenme como afiche”. No eran muchos los que creían en la victoria electoral; recuerdo que el poeta Ledesma, embarcado en la oposición, me pronosticaba en son de triunfo: “No van a sacar ni cincuenta votos”. Así llegó el acto comicial, y muy luego se dieron los primeros cómputos del escrutinio en algunas provincias, que favorecerían a la Unión Democrática. Esa noche, una muy calurosa de verano (sic), subimos con algunos compañeros a la terraza del “Jousten”, donde una elegante reunión de opositores festejaba nuestra incipiente derrota con descorchamientos de champagne. Nos ensombrecimos de angustia; pero al día siguiente se desencadenó el diluvio de votos que nos llevó al poder”.
De “mal menor” a candidato “devoto” para los sectores católicos, más allá de los volantes y el apoyo de referentes católicos como Marechal, éstos volcaron su voluntad libremente en las elecciones del 24 de febrero de 1946, donde Perón se alzó con la primera magistratura, y llevando adelante la adecuación del sentir peronista con el ideario cristiano, donde se imbricó con un programa nacionalista popular industrializador, con pleno empleo y modernizante a favor de los trabajadores, patentizando la concreción de la justicia social, en favor del pueblo argentino.
*El autor es politólogo.