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Debates //// 11.09.2021
¿Qué es esa cosa llamada Astrología?, por Mariela Genovesi y Leandro Liptak

Mucho se ha hablado en estos días acerca del status científico de la Astrología. ¿Podemos intentar hallar un método objetivo, claro y universal para que su objeto de estudio se convierta en “conocimiento científico”?

Por Mariela Genovesi y Leandro Liptak

Cada vez nos encontramos con más discursos que ponen énfasis en el mundo astrológico...decir que uno tiene su luna en tal signo del zodíaco y su ascendente en tal otro se volvió algo común y cotidiano. Hasta es capturado por discursos presidenciales y políticos. ¿Tiene Milei algún astro que coincida con Bolsonaro o con Hitler? La respuesta podría ser tanto sí como no...tenemos alrededor de 26 variables para que aparezcan rasgos comunes entre estas personalidades políticas ....

Pero… ¿Por qué colocar a estos tres personajes juntos? Porque evidentemente tienen rasgos expresivos, discursivos, simbólicos, actitudinales, ideológicos y políticos que hacen que esa combinación sea curiosamente posible. Como la enciclopedia china de “El idioma analítico de John Wilkins” (1952), el cuento de Borges citado por Foucault en el prefacio de “Las palabras y las cosas” (1966).

De esta manera, podríamos llevar a cabo varios tipos de análisis (de corte económico, estético, político-ideológico, discursivo) con los cuales podríamos trazar similitudes y/o diferencias cruzando datos a través de un cuadro analítico-comparativo. También podríamos analizar su matriz subjetiva, apelando al psicoanálisis, a sus expresiones y actitudes histriónicas, teatrales, emocionales y afectivas y ¿por qué no acudir, además, a la astrología?

La astrología se ha sofisticado y de alguna manera también masificado. Ya no se trata simplemente de afirmar que tal persona es de Leo o X signo para entablar un tema de conversación frugal. Porque si esto fuera así… ¿Cuál sería el sentido de convertirlo en un discurso electoralmente atractivo porque se encuentra afín a un determinado perfil y grupo social?

Ahora se ha agregado nueva información, pero para que se convierta en conocimiento, sabemos, debe cumplir con una serie de postulados y de reglas. Y de cruces de variables y de la configuración de un lenguaje astrológico capaz de construir realidades y trazar vínculos, se trata este artículo.

Parafraseando el libro de Chalmers “¿Qué es esa cosa llamada ciencia?” (1982) nos preguntamos qué es aquello denominado “astrología” y si es posible re-pensar su vínculo real con la ciencia, para ver si es factible sacarla del lugar pseudocientífico en el que se la ha encasillado.

Primero que nada... ¿Que sería la ciencia y qué la pseudo-ciencia? Vamos a empezar por lo segundo para llegar a lo primero. El término «pseudo» remite a algo que es “falso” por ser “semejante a” o por ser un “supuesto”, siendo -en el caso de este último- una afirmación o una hipótesis que no puede ser confirmada con certeza. Ya a simple vista, esto nos ayuda a apreciar que “falso” no resulta ser sinónimo de “supuesto”.

Históricamente, a las pseudo-ciencias se las ha considerado como disciplinas que no pueden dar cuenta de un método claro. Estando la “claridad” -dentro del universo académico y científico- asociada a la verdad, a lo metódico, a lo objetivo y a lo universal. Características todas ellas que se le atribuyen al «conocimiento científico» un tipo de conocimiento que, para ser considerado como tal, debe remitir a la «verdad» dando cuenta de un «método» avalado como lógico, universal, objetivo y viable.

Ahora bien, no todas las disciplinas consideradas como científicas, comparten los mismos tipos de métodos ni objetos de estudio. De hecho, son bien conocidas y antiguas las disputas que el positivismo -y aún más el positivismo lógico- mantiene con las ciencias humanas y sociales.

Pero -y para volver a la astrología-, ella tiene una hermana que sí ha sido aceptada como “científica”. Estamos hablando de la “astronomía” y acá el problema no aparece vinculado al prefijo, sino al sufijo. Ambas comparten el término «Astro» (del latín astrum o del griego astér) que hace referencia a las “estrellas” o a los también llamados “cuerpos celestes”, por ser entidades físicas del universo sideral. La diferencia, como bien dijimos, aparece en la terminación, ya que «nomía» remite a la sistematización de leyes o de conocimientos. De esta manera, la astronomía remitiría al conocimiento sistematizado de los astros.

Al respecto, podríamos efectuar un paralelismo con la anatomía -en cuanto al conocimiento que se puede sistematizar del cuerpo humano- con la economía, la taxonomía o con la agronomía. Son ciencias. El «nomos» es ley. Y si es ley, es porque -parafraseando a Comte- se obtiene una generalidad que le permite otorgarle a los hechos precisión, objetividad y rigor.

Ahora, con la «logía», no tenemos necesariamente una ley, sí un saber y un tipo de conocimiento que puede “ser o no ser”. Es decir, puede aspirar a ser y a transformarse en científico o puede procurar ese mismo intento en vano. Es por eso, que sobre él siempre pesará algún tipo de desconfianza. Y aquí podemos mencionar a la ecología, la sociología o la psicología.

La astrología -ya por nominación etimológica- aparece vinculada a este último reducto. Y en cuanto al sentido completo de su significado, sería un “saber o estudio sobre los astros”. Lo cual -para hilar un poco más fino- supone considerar la posición y los movimientos astrales para establecer conexiones o vínculos significativos con sucesos históricos o personales que se desarrollan aquí, en el planeta Tierra.

Por consiguiente, centraremos la atención en esto último, porque allí reside la clave de toda la cuestión: en la interpretación acerca de cómo esas “conexiones o vínculos” se producen.
 


 

Si tal interpretación remite al campo de la predicción o a la lectura de las “influencias”, estamos en condiciones de afirmar que sí, que en ese caso la astrología se trataría de una serie de creencias o de supersticiones, para quienes los más acérrimos enemigos de la misma no dudarían en considerarla como pseudo-científica.

Aquí podemos mencionar a los famosos “horóscopos”, que ayudaron mucho a alimentar este encasillamiento y veta. Pero la Astrología es más que eso, y no supone directamente el estudio de la “influencia” que tal cuerpo celeste ejercería sobre nosotros para dotarnos de ciertos atributos o para determinar nuestra suerte y/o infortunios. No. Pero si no se trata de esto… ¿Qué es o qué tipo de saber intenta generar?

Citando nuevamente el mencionado libro de Foucault, allí el autor sostiene que a partir de la Modernidad se establece un nuevo orden de configuración diferente al sostenido por el Renacimiento, momento en el cual los enlaces entre “las cosas” y lo que ellas representaban, se regían mediante los “lazos sólidos y secretos de la semejanza a lo que marcaban" porque el mundo se conocía mediante analogías y la «resonancia simpática» entre cuerpos. De ahí la idea de “correspondencia” entre lo que era entendido como “macrocosmos” y lo que se consideraba el “microcosmos”. Dentro de este marco, la astrología, junto con la alquimia y la adivinación, eran consideradas “ciencias”, gozando así de un status enfáticamente positivo.

La Modernidad inaugura otro tipo de acceso al conocimiento. Ahora, el orden ya no se funda en la analogía mística, sino en lo evidente y en el método demostrativo que conduzca a esto. Entre la cosa y la imagen que se genere de ella, se deberá respetar cierta semejanza sí, pero en términos de correspondencia objetiva, de medida y orden, para conservar y obtener de ella un conocimiento “claro”.

Algo de esto recupera Richard Tarnas en su libro “Cosmos y Psique” (2009), al mencionar que esta ruptura no sólo supuso un cambio de status para la Astrología y todos los saberes míticos y esotéricos, sino también el olvido y depreciación de toda una historia de trabajo y de investigación orientada a la recopilación de taxonomías, variables y patrones simbólicos basados en correlaciones.

Y llegados a este punto, vamos a recuperar la problemática asociada a la interpretación, porque si la Astrología puede llegar a ostentar algún tipo de método, ese método sería el hermenéutico, en tanto “arte de interpretar, traducir, explicar y comprender” algún patrón, texto, símbolo o lenguaje al que resulta necesario asignarle un sentido.

Al respecto, Tarnas denomina “correlación” a la asociación que se produce entre ciertas entidades celestes -por ejemplo, los planetas- y sus arquetipos, es decir, una serie de características simbólicas que aparecen intrínsecamente vinculadas al origen mitológico del nombre que contingentemente se les asignó. Dicha correlación astrológica, mantiene para Tarnas una correspondencia coherentemente significativa con dos formatos de expresión: con la configuración de la psique y el comportamiento humano, y con los acontecimientos externos a nivel masivo y social. Para ratificar esto, él lleva a cabo una exhaustiva investigación basada en el cotejo de tránsitos planetarios con cartas natales y eventos históricos. Sobre esto, sólo haremos mención al análisis que él efectúa sobre el descubrimiento de Urano, Neptuno y Plutón.
 


 

Urano es descubierto en 1781, señala Tarnas, estando el principio arquetípico de tal planeta asociado a los cambios radicales y a los procesos revolucionarios. Curiosamente, este evento coincide con el pasaje de la “Era Moderna a la Contemporánea", con el surgimiento del estado-nación como estructura política de dominio y regulación de las relaciones de poder (hecho que puede asociarse a las implicancias de la Revolución Francesa de 1789) y con la Revolución Industrial y la emergencia del capitalismo, en tanto estructura económica de intercambio de bienes y servicios.

En 1846 se descubre a Neptuno, planeta arquetípicamente asociado a lo onírico, a lo profundo, al movimiento, a lo imperecedero e inestable, a lo sutil e intangible y a lo intuitivo. Lo cual para Tarnas “coincide con todo un abanico de fenómenos sincrónicos históricos y culturales”, como el surgimiento del espiritualismo, la teosofía, las ideas socialistas y marxistas (en 1848 se publica el Manifiesto Comunista), el impresionismo, el impacto de la fotografía y las primeras actividades cinematográficas, el consumo de sustancias psicodélicas en los ambientes bohemios de la antigua Europa, y el interés por los sueños, el inconsciente y la hipnosis.

Finalmente, en 1930 se descubre Plutón, vinculado a Hares, el dios del inframundo, y arquetípicamente asociado a lo oscuro, lo oculto, la intensidad, el poder, el misterio, los instintos primordiales, libidinales y agresivos, destructivos y regenerativos (como la pulsión erótica y tanática de Freud). En ese sentido, afirma Tarnas, los fenómenos sincrónicos de los años inmediatamente anteriores y posteriores, coincidieron con el descubrimiento de la energía nuclear; el comienzo de la evolución tecnológica de la civilización occidental; la lucha por el poder y el surgimiento de movimientos fascistas; la intensificación de estos últimos a través del nazismo; el holocausto, la bomba atómica y la amenaza de aniquilación nuclear y devastación ecológica.

De esta manera, resulta claro para Tarnas que la astrología parece ofrecer un tipo singularmente útil de comprensión de la actividad dinámica de los arquetipos en la experiencia social y humana, como una especie de continuación y profundización de la psicología profunda.

Pues esta idea de «correlación», se refuerza con la noción de sincronicidad trabajada por Gustav Jung, quien además de interesarse por el psicoanálisis, mostró un gran interés por la astrología.

Tal “sincronicidad” remite a la situación particular que se produce cuando dos o más acontecimientos independientes y sin una aparente conexión causal, constituyen un patrón significativo. Al mejor estilo freudiano, Jung utilizará la experiencia de análisis para desarrollar una explicación sobre esto basándose en el ejemplo del «escarabajo de oro». A los ojos de Jung, una de sus pacientes era “psicológicamente inaccesible”, pues tendía a racionalizar todo. Tras varios intentos por “suavizar” ese racionalismo, un día esta joven dama asiste a la reunión y le manifiesta a Jung que por la noche había soñado con un regalo, con un escarabajo de oro que le era entregado. Jung -que se encontraba escuchándola parado al lado de la ventana- advierte que, sincrónicamente, al momento de oír tal afirmación, un escarabajo intenta entrar por esa misma ventana. Impresionado, lo captura en el aire, y le dice “toma, aquí tienes tu escarabajo”.

Se trata de una conexión simbólica entre dos acontecimientos que, libre de ambigüedad por la fuerza de su coincidencia, deviene en un efecto revelador para el individuo. Fenómeno, por otra parte, que podría vincularse con la epifanía y con lo que sucede bajo este tipo de manifestación. Es por eso que Tarnas, también menciona el caso de Petrarca, quien luego de realizar un esforzado ascenso al Mont Ventoux y al llegar a la cumbre, decide sentarse a apreciar el bello escenario que se cernía ante sus ojos. Tras contemplar el paisaje, toma el libro “Confesiones” de Agustín de Hipona y abriéndolo al azar, se topa con la siguiente cita “los hombres viajan para admirar las alturas de los montes, las grandes olas del mar, las anchurosas corrientes de los ríos, la inmensidad del océano, el curso de los astros, y se olvidan de lo mucho de admirable que hay en sí mismos…”. Petrarca quedó conmovido por la coincidencia del momento con las palabras de Agustín, al punto que esto mismo lo hizo pensar sobre la fortaleza o el peso que coincidencias como estas poseen y que derivan en trasformaciones o conversiones radicales para el desarrollo psicológico y espiritual.   

Entonces, la sincronicidad o la correlación arquetípica planetaria que expresa un tipo de acontecimiento con otro a nivel social, cultural, religioso, político y/o económico; o a nivel personal, subjetivo y singular…recae en asociaciones distintas. En un caso, en las múltiples referencias que se pueden trazar, en el otro, en las interpretaciones propias y epifánicas que cada persona esté dispuesta a encontrar. En cualquier caso, esto ya no remite a una idea de “influencia”, sino de “correlación sincrónica y arquetípica”.
 


 

¿Podría haber ciencia detrás de todo esto? Así las cosas, es difícil precisarlo, pero al menos no debería descartarse el «intento de» tan enfáticamente como antes. Recordemos que estamos en el terreno del «lógos» y no del «nomos». Popper, de hecho, a su manera y peleando con otros fantasmas, lo ha expresado mejor: “la piedra angular de toda teoría del conocimiento es que ilumine la relación existente entre nuestro conocimiento asombroso y en constante crecimiento; y nuestra convicción -asimismo creciente- de que, en realidad, no sabemos nada". Cuestión que remite a la tensión siempre existente entre el conocimiento y la ignorancia, lo que creemos y afirmamos que conocemos, y la multiplicidad de problemas que subyacen a este enfático determinismo. De ahí la distinción entre “sabiduría” y “conocimiento” haciendo alusión a la idea socrática de la ignorancia. Algo con lo cual, Gregory Bateson coincidiría, ya que según lo puesto de manifiesto por él en Espíritu y Naturaleza (1982), “la ciencia indaga, y no prueba nada”. Algo, de todos modos, polémico.

Sin dudas, lo que sí puede hacer la astrología es crear un lenguaje que – en términos de Heidegger- «desoculte», manifieste algo del ser, para establecer vínculos y relaciones; o, para decirlo con Wittgenstein, genere prácticas, hábitos y convenciones, dando lugar así a cierto «pragmatismo lingüístico» que funcione, que determinados hablantes hablen para interactuar y comprenderse.

Quizás sea algo que inconsciente o arquetípicamente ya se esté produciendo, y por eso, comenzamos este artículo hablando de los comicios electorales y la necesidad de incluir en ellos, a “esa cosa llamada astrología”.