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Debates //// 15.07.2020
Claves ecofeministas para un futuro sin desigualdad ni barbijos

"¿Qué implicaría entonces una salida ecofeminista? ¿Cuáles son las pistas por donde podemos empezar a buscar una salida post pandemia?". Por Florencia Lampreabe.

Por Florencia Lampreabe | Diputada nacional * | Ilustración: Silvia Lucero

¿Cómo imaginar el mundo post-pandemia? ¿Cómo pensar la “nueva normalidad”? La apuesta es poder superar los debates superficiales, las fake news, las posverdades, las falsas dicotomías, para convertir esta crisis de escala planetaria en una oportunidad y no en la puerta de entrada a una nueva era de caos, escasez, distanciamiento social y profilaxis. 

La pandemia ha puesto de manifiesto una doble paradoja que involucra las dimensiones de ambiente y género. Por un lado, un supuesto “respiro ambiental” derivado del parate de la actividad humana (y no de un desarrollo que garantice el bienestar de las personas); por el otro, un reconocimiento generalizado de la importancia vital que tienen las tareas de cuidado para el funcionamiento de la sociedad que se da en el marco de una profundización de la sobrecarga del trabajo no remunerado que llevan adelante las mujeres. Esta doble paradoja no parece casual si tomamos en cuenta la relación estrecha entre las desigualdades sociales, ambientales y de género. 

Premisas ecofeministas para pensar el presente 

Para comenzar a desandar el problema, en primer lugar tenemos que despejar brevemente por qué decimos que no hay justicia social sin justicia ambiental. Los problemas ambientales los sufren mayormente los sectores sociales más vulnerables, que son los que están condenados a instalarse en terrenos menos aptos y en barrios inundables, que son corridos de sus tierras por negocios inmobiliarios o por la expansión de la frontera agropecuaria, que viven en la vera del arroyo contaminado o al lado del basural a cielo abierto. Son las poblaciones más marginadas y empobrecidas las que menos contribuyen a generar los problemas ambientales y las que cargan desproporcionadamente con sus consecuencias.

Por otro lado, basta indagar mínimamente para acercarse a las variables ambientales que explican el surgimiento de este tipo de virus o enfermedades zoonóticas: el tráfico ilegal de fauna silvestre, la pérdida de biodiversidad, la deforestación, la expansión de la frontera agropecuaria, la ganadería intensiva, el aumento de la temperatura, la globalización y la concentración poblacional en las grandes urbes. Si bien aún no está determinado el origen exacto del COVID-19, se sabe que fue transmitido de animales a humanos al igual que el ébola, la gripe aviar, la gripe H1N1, el MERS, el SARS y el 75% de las enfermedades infecciosas emergentes en humanos. También, que estas aumentan al ritmo de la destrucción de los ecosistemas naturales llegando actualmente a surgir una nueva cada 4 meses.

Ya desde los años 70, las corrientes ecofeministas cuestionan la disociación entre sociedad y naturaleza y entre varón y mujer como dos caras del mismo sistema patriarcal de explotación según el cual tanto la naturaleza como las mujeres y las tareas feminizadas se encuentran objetivadas y subordinadas al varón y la producción. Aquí podríamos encontrar una de las razones por las cuales las mujeres a menudo solemos protagonizar y sentirnos más interpeladas por las luchas ambientales. Cabe aclarar que no adscribimos a una tradición esencialista del ecofeminismo en tanto naturalización de la relación entre mujeres y las cuestiones ambientales: esto implicaría reforzar los estereotipos de género y por lo tanto la desigualdad. Tampoco se trata de que el ambientalismo sea una agenda inherente al feminismo, o de que ahora las mujeres debamos cargar por nuestra condición de tales con esta nueva cruzada que es de la humanidad toda. 

El motivo central por el que las mujeres solemos encontrarnos más cerca de las luchas ambientales se vincula de manera clara al trabajo doméstico no remunerado. Precisamente, al hecho de que cargamos con el grueso de las tareas de cuidado de la vida y que estas tareas, además de ser desprestigiadas y desvalorizadas, se encuentran directamente condicionadas por cuestiones ambientales como el hábitat, la infraestructura básica, el acceso al agua potable, a un entorno saludable, un aire respirable, una alimentación suficiente y de calidad. Cuanto peores son estas condiciones, más difícil y sacrificado se vuelve ese trabajo invisibilizado y no remunerado. Sucede que no sólo la pobreza está feminizada; los problemas ambientales también. Fijémonos en lo que ocurre ante una catástrofe climática, una inundación o, sin ir más lejos, con la cuarentena a raíz de la pandemia: mujeres haciendo malabares con hijes, cumpliendo protocolos de limpieza, cocinando, siguiendo las clases escolares a distancia, muchas veces en combinación con su propio teletrabajo. Ni hablar cuando esta sobrecarga se da en el marco de severas restricciones socioeconómicas, habitando viviendas precarias, cuando ya no se cuenta con el peso extra de la changa y poner un plato de comida en la mesa o comprar una lavandina se convierte en un desafío en sí mismo. Adicionalmente, suelen ser mujeres las que solidariamente cargan el extra de trabajo en comedores, merenderos y otros espacios comunitarios. 

El ecofeminismo resulta entonces un buen lente para explicar esta convergencia o doble paradoja en la que parece que el ambiente se alivia cuando la humanidad cae en desgracia, a la vez que se visibiliza la importancia vital que adquieren las tareas de cuidado en el contexto de un mayor sacrificio y sobrecarga de trabajo para las mujeres.

Distintas voces desde el ecofeminismo vienen advirtiendo hace tiempo que la cuestión está justamente en esas falsas dicotomías y relaciones de dominación y desigualdad entre sociedad/naturaleza, varón/mujer, trabajo/tareas de cuidado o -en la versión del momento- salud/economía. Todas forman parte de la misma visión dualista y andro-antropocéntrica de este modelo de “mal desarrollo” que nos ha conducido a un nivel insultante de concentración de la riqueza, al deterioro de las condiciones de vida de la mayoría, a la destrucción del trabajo rural, la miseria en las grandes urbes, la desaparición de fauna silvestre y la aniquilación de ecosistemas y hábitats. Estas falsas dicotomías se encuentran también detrás de las argumentaciones con las que se defiende el extractivismo depredador en pos del desarrollo económico, como si no fuese posible producir y generar trabajo cuidando los bienes naturales. No podemos construir nada diferente si partimos de la misma visión que opone el bienestar de las personas al cuidado ambiental, objetiva a la naturaleza como mero recurso natural y a las personas como meros recursos humanos, a las mujeres como cuerpos para poseer o territorios para apropiarse.

La salida ecofeminista

¿Qué implicaría entonces una salida ecofeminista? ¿Cuáles son las pistas por donde podemos empezar a buscar una salida post pandemia?

Una primera pista la podemos encontrar en la decisión de nuestro actual gobierno nacional respecto de priorizar la vida como guía para las acciones del Estado durante el transcurso de la pandemia, incluso contra las presiones de los voceros de los poderes económicos que apuran carreras a riesgo de muerte. El mensaje es claro: queremos una economía para la vida y no al revés.

En el mismo sentido, toda acción o medida orientada a la soberanía alimentaria  es una cuestión medular para avanzar en la construcción de un modelo productivo agroalimentario que garantice el acceso a una alimentación saludable. Y ¿de qué hablamos cuando hablamos de soberanía alimentaria? De la capacidad de cada pueblo de definir sus propias políticas agrarias y alimentarias. Esto supone disponibilidad y accesibilidad de alimentos, pero también calidad y modelo productivo. En este aspecto, no es preciso inventar nada. El modelo de producción agroecológica que llevan adelante productores campesinos y de la agricultura familiar a lo largo y ancho del país, y que ha resultado fundamental para la provisión de alimentos en este contexto de pandemia, traza un camino hacia la soberanía alimentaria, hacia una producción que genera trabajo en condiciones dignas cuidando el suelo, el agua, el aire y el bienestar de la población. Además, las mujeres cumplen un rol preponderante por su papel histórico desde la invención de la agricultura, como protectoras y guardianas de las semillas, la biodiversidad y los recursos genéticos. Y a quienes plantean que la agroecología no puede dar de comer a 40 millones de argentinxs o a 400 millones de personas en el mundo, habría que devolverles una sencilla pregunta: el modelo de “campo” orientado a engordar ganado extranjero y producir biocombustibles, ¿llega en el presente a abastecer al mercado interno? Quizá sea hora de abandonar este tipo de mitos, funcionales al avance del modelo extranjerizante de monocultivo, empobrecimiento de los suelos, deforestación, dependencia de agroquímicos y una baja demanda de mano de obra. Tal y como indica la FAO, casi el 80% de los alimentos a escala mundial proviene de la agricultura familiar. Por supuesto que se precisan las divisas, que la transición hacia un modelo agroecológico no se puede llevar adelante de la noche a la mañana, pero hay un camino a transitar en materia de políticas de protección y promoción de los cinturones frutihortícolas, de acceso a la tierra, de reconversión y diversificación de cultivos que prioricen la producción de alimentos de calidad, la creación de trabajo y el cuidado del ambiente. Por otra parte, también hay un contexto internacional que cada vez pone más trabas a los agroquímicos y una oportunidad para la exportación en la creciente demanda internacional de alimentos y productos orgánicos y agroecológicos.

Una salida ecofeminista debe apuntar además a la jerarquización y valorización de las tareas de cuidado a través de un reparto más equitativo de esos roles entre mujeres, varones, Estado e instituciones comunitarias. Además, es clave avanzar en el reconocimiento económico de estas tareas, garantizando una cobertura en materia de seguridad social y orientarse hacia políticas de mejoramiento del hábitat, de infraestructura básica y de viviendas en los barrios populares y las villas del país.

En un sentido similar, es necesario avanzar en un ordenamiento territorial federal que contribuya al mantenimiento de los equilibrios ecosistémicos definiendo áreas de preservación, áreas productivas y áreas para la planificación urbana. Ese ordenamiento es imprescindible para limitar la especulación inmobiliaria, frenar la deforestación y la destrucción de hábitats y establecer lineamientos para la planificación de un desarrollo urbano y rural que sea social y ambientalmente sustentable. En la misma línea, es preciso que este ordenamiento tienda a la desconcentración poblacional y la reducción de la circulación hacia el centro del AMBA a través de la búsqueda de alternativas de desarrollo económico que apuesten a la producción local y regional para lograr un mayor autoabastecimiento de ciudades y pueblos, promover el comercio y el consumo de proximidad y reducir los costos y la energía de transporte y logística.
 
Por último, en el marco de la economía circular, es clave generar trabajo a partir de la reducción de desechos y descartes mediante el reciclado y la reutilización. Tenemos el ejemplo y la experiencia de los cartoneros devenidos recuperadores urbanos, que hicieron de la basura una fuente de trabajo y una política social y ambiental. Hay que trabajar en los distintos niveles de gobierno para implementar políticas de separación en origen y recolección diferenciada de residuos. También, para favorecer el compostaje, la recuperación de suelos degradados y otro tipo de líneas de reciclado de desechos para la construcción, sistemas de recuperación de agua y generación de fuentes alternativas de energía, entre otras líneas de acción.

Se trata de sentar las bases de un desarrollo productivo que amigue la generación de trabajo con la ecología, el artículo 14 bis (derechos socio laborales) con el 41 (derechos ambientales) de la Constitución Nacional, como bien resumió el compañero Máximo Kirchner. 

En síntesis, una salida ecofeminista a esta crisis pandémica supone poner la vida en el centro de la escena para derribar las lógicas de dominación o desigualdad. Si nos quedamos detenidos en discusiones paliativas del estilo “cuarentena sí/cuarentena no” y no empezamos a pensar cómo vamos a torcer este rumbo, no llegaremos a sacarnos el barbijo que a la vuelta de la esquina ya nos estará esperando la amenaza de una nueva pandemia o catástrofe semejante. Para hacernos cargo de lo que viene, tenemos que guiarnos por una mirada integral del ambiente que incluya relaciones igualitarias entre las personas y entre la sociedad y la naturaleza como aspectos de la misma realidad. 

* Lic. en Ciencia Política. Diputada Nacional del Frente de Todos