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Cultura //// 15.08.2021
Rescatar la literatura infantil: homenaje a Javier Villafañe

En la columna semanal Informe de un día una mirada sobre el escritor y titiritero: "Al igual que Almafuerte o tantos otros escritores bohemios, era un errante. Un artista de esos que rescataban la tradición oral y que a su vez funcionaban como trovadores porque no servían para dejar su arte en un solo lugar". 

 

Por Inés Busquets

 El títere nace con el hombre.

El hombre ve al primer títere

 cuando gira la cabeza

 y alcanza a ver su sombra.

(Javier Villafañe)

Javier Villafañe, al igual que Almafuerte o tantos otros escritores bohemios, era un errante. Un artista de esos que rescataban la tradición oral y que a su vez funcionaban como trovadores porque no servían para dejar su arte en un solo lugar.
Es por eso que Javier Villafañe, como los personajes de sus cuentos, fue una persona que no tuvo un lugar fijo sino que anduvo de acá para allá, siempre.
En ese imaginario y acumulación de paisajes iba creando sus obras, sus personajes, sus poemas y sus cuentos. Es que la travesía de la vida nómade es la que le otorgaba la materia prima.

Javier Villafañe nació en 1909 en Buenos Aires, pero de joven partió con un amigo en carreta con su teatro de títeres, fue así que con “La andariega” vivió y visitó distintas provincias y pueblos de la Argentina, donde no solamente creaba sus personajes sino que los transmitía y también recolectaba dibujos infantiles para ilustrar sus libros.

Maese Trotamundos era su títere emblemático, su alter ego que con capa, melena y sombrero se encargada de presentar las historias.

Siempre iniciaba:

− ¡Público! ¡Respetable público!

Y se despedía:

−Respetable público: he dicho.

Conocí la obra de Javier Villafañe en una biblioteca para grandes. Yo era una niña y mi mamá trabajaba en la Biblioteca de la Facultad de Bellas Artes, un lugar con poco espacio físico para transitar porque los estantes, escritorios y bibliotecas atiborradas de libros ocupaban todos los vacíos. Entre esas bibliotecas tomaba un té calentito con las tazas de oficina pública y miraba el ventanal que daba a Plaza Rocha. De todos los lugares que recorrí lo que más retengo son los cielos y las copas de los árboles, de allí también. Después del té el tiempo muerto significaba colmarme de títulos y tapas de las que pocas veces entendía el significado.
Un día decidí subirme a una de esas escaleritas con ruedas que estaban para alcanzar los libros más altos, ahí donde nadie llegaba.
En las alturas lo vi: un libro rojo de tapa dura. Lo saqué lentamente temiendo quedar sumida debajo de una montaña de libros, pero parecía estar dispuesto, esperándome. Por eso pienso que uno no va a los libros sino que ellos son los que nos buscan.

La tapa tenía el garabato de un sol muy amarillo y unos animales con trazo infantil: Los sueños del sapo, Javier Villafañe, leí.

Desde ese momento supe que sin ser estudiante universitaria sacaría un libro por primera vez para llevármelo conmigo unos cuantos días, así como hacían los universitarios que veía tantas veces entrar y salir.
Los sueños del sapo es un libro que consta de quince cuentos y nueve leyendas, editado por primera vez en el año 1963 por la editorial Hachette.

Si pensara cual es el cuento que más veces conté en mi vida es el que le da nombre al libro.
Y me permito con las distorsiones de la narración oral hacerlo una vez más:
“Había una vez un sapo que se había cansado de ser sapo. Entonces una tarde dijo: −Esta noche voy a soñar que soy árbol.

Esa noche se acostó contento en su cueva porque iba a ser árbol. A la mañana siguiente se levantó un poco triste y contó su sueño. Más de cien sapos lo escuchaban. –Anoche fui árbol. Pero no me gustó ser árbol.

− ¿Por qué? −le preguntaron y él respondió: −no me gustó ser árbol porque tenés que estar muy erguido y parado en un solo lugar, aparte el viento te empuja y en otoño quedás desnudo y con frío. Tenía brazos largos pero no podía volar.

El sapo se fue y mientras descansaba pensó.

−Esta noche voy a soñar que soy río.
Al otro día contó su sueño, más de doscientos sapos lo escuchaban.

−Anoche fui río−dijo−pero no me gustó ser río.

− ¿Por qué?− le preguntaron.

− Y no me gustó porque siempre vas muy rápido y aparte se te suben barcos que van y vienen, despiden y se van. La misma prisa por partir, la misma prisa por llegar. Descubrí también que el río es agua quieta; es la espuma que anda, que siempre está callado y que es un largo silencio que busca las orillas.
El sapo se fue pensativo y triste al pasto, hasta que se le ocurrió otra cosa:

−Esta noche voy a soñar que soy caballo.

Al otro día contó su sueño. Más de trescientos sapos lo escuchaban.

−Anoche fui un hermoso caballo. Iba con un hombre que huía. Me llevaba con un látigo. Me ataron a un poste y un pájaro se posó en mi lomo. No me gustó ser caballo.

Así el sapo fue soñando que era nube, flor, luciérnaga  y pájaro, pero ninguna de esas cosas le había gustado. Cada vez eran más los sapos que se acercaban para escuchar su sueño.
Una mañana los sapos lo vieron muy feliz a la orilla del agua. Y le preguntaron: − ¿Por qué estás tan contento? ¿Qué soñaste?

Y el sapo dijo: −Anoche tuve un sueño maravilloso. Soñé que era sapo.

Era una niña y ese cuento me impactó. Se enfrentó a una parte mía que soñaba con ser otras cosas. Con la disconformidad propia de la edad, de no aceptarse o auto exigirse ser diferente. ¿Cuánta sabiduría puede encontrarse en las palabras?
Aun no se bien qué significa crecer, más allá de la cuestión cronológica.
Sin embargo, todavía siento el impacto profundo de ese cuento, es una huella íntima que me mantiene en eje y que vuelve a mi como un Boomerang cada vez que remotamente me encuentro mirando hacia otro lado.

Ese libro rojo de Hachette lo devolví a donde pertenecía, ya había hecho efecto y una vez más confirmo que se quedó para siempre.