“To read Mafalda”: del Pato Donald a Harry Potter

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    Para leer a Mafalda
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“To read Mafalda”: del Pato Donald a Harry Potter

19 Mayo 2026

En 1975, con apenas 23 años, Pablo José Hernández publicaba su primer libro: “Para leer a Mafalda”. Por entonces, el destacado historiador y ensayista suscripto al denominado Revisionismo histórico argentino recién daba sus primeros años en el periodismo mientras militaba en la Juventud Peronista. Inspirándose en el popular trabajo del sociólogo chileno Ariel Dorfman titulado “Para leer al pato Donald”, Hernández se decidía a desentrañar el mensaje que transmitía aquel personaje icónico creado por Quino.

Como todo joven, provocador y con espíritu disruptivo, Hernández se proponía demostrar lo siguiente: “Mafalda no es una tira progresista, por el contrario, sus críticas se realizan dentro del límite tolerado por el sistema y no sólo no cuestionándolo, sino ayudando a mantener con sus tímidos comentarios la farsa conocida comúnmente como “libertad de prensa”. Más allá de las lógicas censuras del periodo en cuestión donde Quino creaba a su personaje más icónico al autor le llamaba la atención cualquier tipo de omisión con relación al peronismo y su proyecto social. Así las cosas, entrevía que tenía sobradas coincidencias y armónica relación con la mentada colonización pedagógica que denunciaba Dorfman con relación al mensaje de Disney. Para Hernández, Mafalda y su tira no representa ningún ethos argentino, no problematiza, sólo representa un estereotipo de la clase media que sagazmente Arturo Jauretche la habría denominado con notable calibre sociológico como “medio pelo”.

“…cuando Quino realiza la defensa de Mafalda y su propia autodefensa: “Hay gente que critica a Mafalda y dice que es aburguesada. Pero yo defiendo que hay que describir sólo lo que se conoce. No puedo convertir a Mafalda en proletaria, porque es una clase a la que no pertenezco”. (…) Es cierto que hay gente que critica a Mafalda y dice que es aburguesada, precisamente de esto trata el presente trabajo. También es verdad que hay que describir sólo lo que se conoce, y así lo hacemos en este escrito. Lo que es incorrecto es defender posiciones equivocadas. Ser pequeño burgués y defender la burguesía y a la alianza de esta con el imperialismo es tomar una actitud decididamente antinacional, y por lo tanto, condenable”.

Repitamos el contexto: Pablo Hernández lo escribía cuando aún el peronismo había regresado al gobierno luego de arrasar las urnas en 1973. Aún no había sido interrumpido por los tanques de la oligarquía y los intereses imperialistas. Cuando se producía la normalización en 1983 con el triunfo socialdemócrata del radical Raúl Alfonsín, Mafalda recuperaría su aura de icono nacional, su corrección política, y pose de “rebeldía controlada” iba acorde a los nuevos tiempos donde las palabras “nación” y “revolución” eran malapalabra.

Mafalda, volando con Harry

Hace unos días, Nerina Van Domselaar para Agenda Malvinas denunciaba la utilización de Mafalda realizada por la Embajada del Reino Unido en Argentina, a propósito de la celebración por el día del libro: “La utilización del personaje Mafalda, termina siendo una herramienta cultural para crear una influencia, sin la necesidad de una fuerza militar o económica”

La Embajada publicaba una imagen en donde un icono de la literatura británica (Harry Potter) volaba en una escoba junto a Mafalda. La misma se acompañaba con el texto “Dos de nuestros personajes literarios favoritos, volando juntos”

La autora identificaba la utilización de Mafalda como una estrategia propia del soft power, con la finalidad de influir culturalmente generando un gesto que aparente inocente concordia e igualdad.

“Mafalda, es un personaje que históricamente estuvo asociado a valores positivos como el pensamiento crítico, la paz, los derechos humanos y la educación. En ese sentido, al utilizarla, se permite crear una imagen vinculada a estos mismos valores”.

Sin lugar a dudas, hubo una intencionalidad adrede por parte de la embajada, que va en sintonía con otras políticas de colonización pedagógica donde, proceden a una inteligente política de desmalvinización, como los programas de becas y financiamiento para que visiten nuestras islas usurpadas por ellos, como acceder a premios que posibilitan a estudiantes inmiscuirse y formarse en la cultura anglobritánica (sin contar otros gestos que pueden asociarse en la inocente conexión Potter-Mafalda, como el operativo “secretos de la montaña” llamado “Cumbre por la Paz” donde excombatientes de ambos países se reúnen para ascender el cerro Aconcagua).

No obstante, Harry Potter tiene muchos puntos en común con la niña creada por Quino: las principales críticas políticas a la creación de Rowling se centran en su representación del autoritarismo, la supremacía y la ineficiencia institucional. Aunque la obra denuncia el fascismo y el racismo, diversos analistas señalan una falta de critica sistémica, esto es, dicho posicionamiento termina perpetuando el elitismo, el statu quo y una visión conservadora del orden social. La diferencia estriba que el posicionamiento, digámosle, conformista de Harry Potter es funcional a la política de soft power llevada a cabo por los británicos mientras que la universalización de Mafalda no defiende nuestra posición completamente asimétrica.

En un contexto donde la cuestión Malvinas se encuentra en la agenda político y social de los sectores populares (como bien observó Juan Rattenbach, nos encontramos en un proceso donde la malvinización viene desde las bases como reacción a las políticas antinacionales) debemos estar alerta en torno a estas políticas nada inocentes desarrollada por Gran Bretaña y sus aliados en comunicación. Pero también nos debemos discutir ciertas construcciones simbólicas impuestas por sectores progresistas y preguntarnos: ¿en qué nos representa Mafalda como argentinos?