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Cultura //// 16.08.2020
Psicodrama grupal hoy: clínica de la diversidad

El “contagio” de afecciones en devolución dramática, es todo un fenómeno estético irreductible a la comprensión de un sentido hegemónico y latente. Reivindicamos una lectura compositiva, no interpretativa de la escena.

Por Carolina Pavlovsky

La concepción teórico práctica del Psicodrama Grupal ha atravesado transformaciones no sustanciales, aunque sí fundantes de diferencias, desde sus orígenes a nuestros días. Una genealogía y elucidación crítica de esta práctica, aunque necesaria, supera las intenciones de este trabajo.

Basta leer a J. Moreno, creador del psicodrama, para reconocer allí un pensamiento articulado, lúcido, visionario, cuestionador y sumamente vigente. Los primeros psicodramatistas eran médicos psicoanalistas, (de París, en la década de 1940, de Buenos Aires, en el año 1963, los doctores M. Rosa Glasserman, Rojas Bermúdez y Pavlovsky realizan la primer formación con J. Moreno.), por tanto sus primeras experiencias estaban articuladas con una clínica psicoanalítica. Tanto el movimiento francés como el nuestro tienen una experiencia en común: son iniciados por psicoanalistas de niños, que, trabajando en instituciones descubren el psicodrama como recurso privilegiado para el trabajo clínico con la infancia, la adolescencia y sobre todo lo grupal. La inclusión del psicodrama como herramienta en la clínica produce en algunos, una nueva forma de concebir la terapéutica. La necesidad de una supervisión autogestiva se impone en estos pioneros. (Kesselman, Luis frydlewsky, Pavlovsky). Aparecen entonces las primeras intuiciones, semilla de una noción que cambiaría no sólo la visión acerca de la producción dramática sino también, y sobre todo, acerca de lo grupal: la multiplicidad de sentidos. La multiplicación dramática, aparece como una técnica que supera la mera “devolución verbal” posterior a la dramatización y rescata la fuerza originaria, dionisíaca del Psicodrama, su dimensión expresiva-colectiva. La Multiplicación Dramática no se agota en un recurso dramático más, es toda una concepción de la produccion de sentidos. Acción de transversalidad, despliegue de la producción inconsciente, rizomática, colectiva, institucional. Es el grupo, por las múltiples versiones subjetivas que presta el que hace estallar el sentido monocular de una escena. Es la diversidad lo que produce el estallido de la versión narcisista de nuestros relatos, nuestras historias. El “contagio” de afecciones en devolución dramática, es todo un fenómeno estético irreductible a la comprensión de un sentido hegemónico y latente. Reivindicamos una lectura compositiva, no interpretativa de la escena. Hemos aprendido a devenir coordinadores aprendiendo a devenir nuevos cuerpos, propiciadores de la resonancia grupal, que sepan correrse de la transferencia radial que comúnmente los miembros del grupo establecen respecto de la coordinación. Aprendimos a despojarnos de los ropajes con que aprendimos; aprendimos la plasticidad para tolerar el caos, las intensidades inesperadas, lo diverso que supone el acontecimiento grupal. Una coordinación lo más imperceptible posible que no haga de su persona nada más llamativo que su persona misma. Una compañía más… Concebimos una noción de clinica ampliada, no reducida a las prácticas paradigmáticas y hegemónicas y saberes incluso a nivel académico; clínica que abandone sus refugios sedentarios y se anime a transitar nuevos territorios en un compromiso de construcción social. La experiencia profesional del amplio campo de la salud humana y de las formas de intervención a nivel social, nos debiera motivar constantemente a preguntarnos sobre como se producen las concepciones y las realidades. Preguntarnos por la producción de subjetividades, acerca de nuestras formas de vida, de nuestra ética; que concepción de la salud, la enfermedad, lo grupal, lo colectivo, del poder, de lo social, de lo histórico, de la cultura, es decir, de qué tipo de agenciamiento somos parte, y qué enunciados y realidades estamos produciendo.

En nuestro espacio de formación y clínico, somos testigos de la capacidad de eficacia que el psicodrama grupal hoy tiene como dispositivo de prevención, de transformación individual y grupal, de productor de nuevas subjetividades, nuevas redes de sostén de las mismas. En instituciones y prácticas sociales que lo instrumentan, en tratamiento de la psicosis en hospitales e instituciones públicas y privadas, en poblaciones de riesgo como ser violencia familiar, mujeres maltratadas, adolescencia vulnerable, etc; en actividades culturales y de prevención en villas, en comedores escolares, en escuelas, en cárceles, en los grupos de abordaje de las adicciones, trastornos alimenticios. Con docentes, con voluntarios, con profesionales, acompañados por una nueva camada de estudiantes y psicólogos, jóvenes, con mucha conciencia de la responsabilidad social de la práctica clínica y menos prejuiciosos ante otros saberes. Hasta hoy, el psicodrama grupal, donde se lleve a cabo, parece funcionar mejor a través de intersticios, fisuras institucionales que facilitan su aplicación, y no es casual que aún sea una práctica casi desconocida, al punto que, históricamente son muy pocos los autores que reconocen el creador del Psicodrama, Jacob Moreno como uno de los principales precursores de la terapia de grupo. Sin embargo, debemos atender al hecho de que por primera vez en la Facultad de Psicología de la U.B.A. se abrió un Postgrado de Psicodrama. La demanda social, allí en sus puntos más neurálgicos, requiere hoy de dispositivos de intervención donde los saberes acerca de lo colectivo y grupal recuperen una preponderancia que desde hace mucho tiempo había sido descalificada y censurada.

Y esto atañe a la ética que supone sostener la perspectiva de multiplicidad. Lo plural hay que sostenerlo contra la fuerza centrípeta y narcisista, donde la libido queda atrapada en la mezquindad del plano individual. El psicodrama grupal se abre hoy como raicillas (rizoma deleuziano) como práctica y concepción de la multiplicidad, en la trama de las zonas más neurálgicas del sufrimiento social. Y quizás su eficacia resida en que opera como fuerza instituyente contra la inercia y la catatonia social a que nos acostumbra el régimen de subjetividad que produce el capitalismo y su capacidad de concentrar poder en función del sometimiento de los cuerpos, de los saberes, de las energías transformadoras. La diversidad, produce otras subjetividades y otras realidades. Es potencia de transformación, y nos conecta con afectos más solidarios e inclusivos.