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Cultura //// 03.05.2020
Piñera, la guerra contra Chile

A raíz del estreno de Piñera, la guerra contra Chile, el documental del argentino Carlos Pronzato, accedimos a su visión de lo que estuvo pasando durante los levantamientos populares y cómo esa lucha se ha transformado, momentáneamente, en un enfrentamiento al Covid-19. 

Por Lois Pérez Leira

 

 

Carlos Pronzato es un cineasta y escritor argentino radicado en Salvador (Bahia). Su larga trayectoria cono realizador de documentales, lo ha convertido en una figura muy reconocida en todo nuestro continente. Donde surge un conflicto en cualquier punto de la Patria Grande, Pronzato empuña su única arma, la cámara, y denuncia ante el mundo, con objetividad militante, los acontecimientos producidos.

Sin dinero, sin empresas patrocinadoras, con la más plena libertad e independencia nos ofrece su testimonio. Ahora desde las entrañas del Chile sublevado, este documental denominado Piñera, la guerra contra Chile (Documental digital, 60 minutos, 2020)

Piñera: La guerra contra Chile - YouTube

Lois Pérez Leira: Usted viajó recientemente a Chile para filmar la insurrección popular contra Piñera. ¿Cómo valora la situación de este pais?

Carlos Pronzato: Efectivamente, viajamos en febrero de este año, cuando nuestros compromisos en Brasil con otros documentales me lo permitieron. La mayoría de nuestras producciones son alternativas e independientes, por fuera del mercado, sin empresa e con mínimos recursos. No podemos programar estos viajes como lo puede hacer un medio periodístico empresarial, por ejemplo, en el mismo momento en que acontecen este tipo de episodios históricos. Por lo tanto, con la constante colaboración de un público que apoya nuestro trabajo a través de solicitudes de apoyo económico, fuimos a Chile por tierra, como siempre lo hacemos por Latinoamérica, para conocer en profundidad nuestro continente. La compleja situación en el país andino se arrastra desde otras épocas y no precisamente apenas producto de los últimos tiempos. La mayoría coloca los 30 años de la Concertación como paño de fondo explicativo de la sustentación del neoliberalismo, responsable por colocar al país entre los más desiguales socialmente hablando del planeta. Otros extienden ese lapso desde el inicio de la dictadura y la caída violenta de Salvador Allende en 1973, por lo tanto, 47 años en total. Concuerdo con esta última validación, ya que el modelo económico de los Chicago Boys fue implementado en el período pinochetista a sangre y fuego y, a partir de 1989, avalado por la reunión de diversos partidos para constituir la Concertación, que incluyó también gobiernos de centro izquierda, igualmente responsables por la catástrofe socio económica que provocó el llamado estallido popular de octubre de 2019. El famoso modelo chileno, el alumno brillante neoliberal, quedó expuesto frente a la masiva protesta que se extendió desde Arica hasta Punta Arenas, desnudando la explotación descomunal que destruyó familias enteras durante años, con la sustracción sistemática de sus jubilaciones, de la supresión de las garantías sociales y universales de la Salud, comercializada entre grandes empresas, como así también el lucrativo comercio de la privatización casi total de la educación secundaria y universitaria. Todos estos factores fueron creciendo en protestas cada vez mayores, digamos desde 2006, para situarnos en tiempos más próximos, con la famosa “Rebelión Pinguina” (estudiantes secundarios) en 2011 con los universitarios, acrecentando a este caldo insurrecional la insatisfacción obrera y laboral en general, que ningún gobierno, de ningún color político, consiguió contener desde el Estado. Al contrario, agravó la situación con políticas que siempre favorecieron al sector privado. Por eso, uno de los ejes de las protestas fue la clase política, llamada de casta, en las calles.

 

LPL: ¿La revuelta contó con una dirección y organización, o fue una acción colectiva horizontal?

C.P.: Si tomamos en cuenta el universo de pequeñas organizaciones sociales, grupos e individuos que nunca dejaran de enfrentar el modelo desde su imposición por fuera de lo institucional, podemos decir que hubo un sustrato a través del tiempo en donde se fueron asentando las bases para la eclosión del movimiento pingüino, por ejemplo, que resurge con toda fuerza ahora, mezclado en la pauta general de las reivindicaciones. Y fueron justamente los estudiantes que comenzaron la revuelta, protestando por los 30 pesos de aumento del pasaje. “No fueron 30 pesos, son 30 años” dice la gente en las calles. Entonces, la insurrección fue posible gracias a esa levadura que fue creciendo con el tiempo, rechazando siempre encuadramientos de partidos políticos que desviasen el ímpetu hacia descaracterizaciones institucionales, hiriendo de muerte la participación popular genuina, como se vio claramente -y nosotros lo comprobamos- en las calles. Como siempre, en estos casos, hay tentativas de dar una dirección política a la multiplicidad de movimientos y necesidades de la explosión social, pero la paradoja es que si hubiese habido una dirección previa no habría ninguna posibilidad de tamaña dimensión de la protesta, en momentos en que los moldes donde se forjan las historias sociales y políticas de cada país se salieron hace tiempo de las urnas. También hubo y hay propuestas, que aunque no tengan objetivos electorales funcionan dentro de una lógica que no admite la horizontalidad, y fue y es justamente esto, como usted coloca en su pregunta, la marca más evidente de lo que pasó, una acción colectiva horizontal. Claro que todo ese movimiento telúrico, digamos, que hizo temblar Chile, y porque no, los cimientos políticos burgueses del continente, mantienen en la retaguardia motores importantes como las asambleas territoriales, la larga lucha del pueblo mapuche, siempre presente en su pugna contra todos los gobiernos de sustentación de un Estado criminal y, finalmente, el movimiento obrero o los restos del sindicalismo estrangulado por el neoliberalismo, cuya vertiente de lucha siempre participa de alguna forma en las movilizaciones.

 

LPL:¿Su trabajo fílmico está destinado a un documental?

C.P.: Sí es nuestro cuarto documental en Chile. Los otros fueron La Rebelión Pingüina (2007), premiado en el concurso de la Clacso; Buscando a Allende (2008), presentado en Santiago durante el centenario de su nacimiento y Mapuche, un Pueblo contra el Estado (2010), premiado en las Jornadas Internacionales de Cine en Salvador de Bahía, Brasil. La experiencia vivida en Chile, como en otros países del continente en oportunidades anteriores, también tiene como objetivo la escritura de textos alusivos al tema abordado.

 

LPL: A pesar de las grandes manifestaciones Piñera no fue derrotado. ¿Lo salvó la pandemia?

C.P.: Nosotros llegamos después de las manifestaciones, pero igualmente conseguimos testimonios importantes en las calles, principalmente los días viernes, que es el día pactado por la gente para concentrarse en la Plaza Italia (rebautizada como Plaza Dignidad) como modo de permanecer activos y enfrentar la represión constante de los Pacos (“culiaos”, como llama la gente a los Carabineros, la fuerza policial, con toda razón) y para que no se apague la llama del 18 de octubre del 2019. Yo creo que Piñera ya fue derrotado por que la Historia -como dijo Salvador Allende- la hacen los pueblos. Un millón y medio de personas en el centro de Santiago el 25 de octubre, que no se desmovilizó nunca posteriormente, inclusive en un período casi imposible de mantener el espíritu de la revuelta en alto, como son las vacaciones de verano. Todo continuó de alguna forma, los viernes principalmente en la Plaza, en las calles, pero también con un alto grado de rebelión en cualquier parte de Chile, enfrentando un Estado militarizado desde Pinochet. Por lo tanto, la pandemia obligó a guardar todo el instrumental de defensa popular en las casas, los escudos de plástico, las hondas, las piedras, las brigadas voluntarias de salud, la Primera Línea, los “cabros” que enfrentan los tanques a metros de ellos nada más, los estudiantes, los profesores, los trabajadores de todas las profesiones. Todo ese arsenal popular enfrenta ahora ese enemigo mundial, el Covid-19, pero el plebiscito de abril para elegir una Asamblea Constituyente -una especie de paliativo, legítimo pero insuficiente, para parar la protesta- es un elemento que quedó en suspenso (sería el 26 de abril), aunque la derrota del modelo neoliberal personificado por Piñera, ya está en curso inexorable hacia el precipicio y es cuestión de tiempo.

 

LPL:¿Cuándo se estrena su documental?

 CP.: El domingo 26 de abril, el día que se debería hacer el Plebiscito, en la web, ya que estamos impedidos de ofrecer presentaciones físicas, como lo hacemos comúnmente, colocando después, muchas veces, el documental en plataformas digitales. Informaremos en breve. Aprovecho la oportunidad para anunciar que también, en breve, presentaremos un pequeño libro titulado Poemas para el Estallido, ya concluido. Durante la realización de ciertos documentales, también surgen libros de poemas, dependiendo del impacto que, sin saberlo conscientemente, nos transmiten episodios históricos como este. Por causa de la pandemia, ciertamente también la publicación será en forma de e-book y posteriormente en papel, en caso de que el mundo -y nosotros- pueda volver a la normalidad.

 

LPL: ¿Cuál es el mensaje que quiere transmitir con este trabajo audiovisual?

C.P.: El mismo que en todos los documentales que realizamos en esta línea del género de intervención política insurreccional, desde La Guerra del Agua (Bolivia, 2000), pretendemos que quede claro: el poder insustituible de la insurrección popular, con una dirección que surja del propio proceso revolucionario, de la evolución de la acción.

 

LPL: ¿Cuál será su próximo trabajo?

C.P.: En estos momentos de catástrofe sanitaria mundial por causa del covid 19, es difícil decir y saber cuál podría ser un próximo trabajo. Hay proyectos en curso, momentáneamente suspendidos. En estos momentos, mi dedicación exclusiva es hacia la literatura, actividad que sí puede ser desarrollada en soledad, finalizando libros postergados de poesía y mi tercer libro de cuentos, cuyo escenario es la ciudad de San Pablo, Brasil.